martes, 7 de abril de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




EM UN RETRATO


De sob o cômoro quadrangular
Da terra fresca que me há de inumar,

E depois de já muito ter chovido,
Quando a erva alastrar com o olvido,

Ainda, amigo, o mesmo meu olhar
Há de ir humilde, atravessando o mar,

Envolver-te de preito enternecido,
Como o de um pobre cão agradecido.


Camilo Pessanha.

viernes, 3 de abril de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






DE PASO EN GEORGETOWN


“No sé cómo se forjó la leyenda de que los hombres que administran territorios lejanos se caracterizan por su “fuerza y parquedad”. Lo contradice el testimonio de la experiencia. Algunos puede que empiecen siendo fuertes e incluso retienen una cierta enjutez en su edad adulta, pero la mayoría de ellos, cuando alcanzan alguna relevancia al servicio del Rey Emperador, son objeto de alguna que otra denuncia. En cuanto a su silencio, parece variar en relación inversamente proporcional a su distancia de la civilización. Para encontrar silencio uno debe ir a los comedores que hay a las afueras de Londres: los hombres que viven en grandes espacios abiertos, según mi experiencia, son asilvestradamente parlanchines; me he dado cuenta de que muchos de ellos adquieren la costumbre de habar con ellos mismos o con los perros y con los nativos, igualmente ajenos a su lengua. Y lo que es más hablan sobre cualquier tema: recuerdos personales, sus sueños, dieta y digestión, ciencia historia moralidad y teología. Aunque principalmente de teología. Parece ser la obsesión que aguarda a todo hombre solitario. Sacas cualquier tema grosero con un borrachín de la calle, aficionado al ron, y en diez minutos te está probando o rebatiendo la doctrina del pecado original.
Mr. Bain, aunque infatigable en su tarea, no era un hombre fuerte; frecuentes ataques de fiebre lo habían dejado consumido y sin sangre en las venas, y además sufría constantes ataques de asma terribles que le mantenían despierto prácticamente toda la noche, salvo una o dos horas. Tampoco era un hombre callado. Durante las quince noches que pasé a su lado habló de forma exhaustiva sobre todos los temas imaginables, con ansiedad, seguridad, entusiasmo, no siempre con exactitud o precisión, a veces apenas con congruencia, inagotablemente; con una imaginación exacerbada, con vertiginosos cambios en su manera de pesar e inquietantes efectos escénicos, con un vocabulario que combinaba de manera extraña la jerga que acostumbraba utilizar entre sus subordinados y las palabras más largas y menos frecuentes que había encontrado impresas en alguna parte. Como digo, hablaba sobre cualquier tema en cualquier momento, pero sobre todo hacía conjeturas metafísicas o contaba anécdotas. Siempre se presentaba a sí mismo en estas últimas de un modo prominente, y era entonces que sus gestos se volvían histriónicos al máximo. El diálogo estaba dispuesto en tu totalidad mediante la oratio recta: nunca ”le ordene que se fuera de una vez” sino “le dije vete, rápido, vete”, y con estas palabras el dedo de Mr. Bain se disparaba acusante, su cuerpo se estiraba y enervaba, y sus ojos se afilaban hasta tal punto que empecé a temer que fuera a sufrir algún tipo de ataque.
Un rasgo incesante –y lamentablemente poco común—de los recuerdos de Mr. Bain, era que a diferencia de la mayoría de la gente, que recuerda todas las injusticias con las que se ha topado, él recordaba y retenía también cada palabra de aprobación, el cariño que recibió de sus padres siendo niño, el premio en geometría que le otorgaron en el colegio, la mención de honor que obtuvo en la escuela de formación profesional por su habilidad para el dibujo, numerosas muestras espontáneas de aprecio por parte de muchos conocidos a lo largo de su vida, la devoción por parte de sus subordinados y la confianza de sus superiores; el deleite con el que el gobernador revisó sus informes oficiales; los testimonios de los convictos que incidían en la imparcialidad, clemencia y sabiduría de sus sentencias judiciales. Todas estás experiencias permanecían vívidas y relucientes en su memoria y todas, o casi todas, tuve el privilegio de escucharlas.
Me parecía que muchas de sus historias ponían a prueba los límites de la credibilidad, como por ejemplo que tenía un caballo que podía bucear o que tenían un consejero que contrató a un loro que le traía información. El pájaro, contaba Mr. Bain, se adelantaba volando y luego volvía para posarse sobre el hombro del indio y susurrarle al oído lo que había visto, quién andaba por la carretera y dónde se podía encontrar agua. No creo que Mr. Bain estuviera engañándome deliberadamente sino que al igual que cualquier persona que disfruta contando anécdotas, llega un momento que no sabía distinguir entre lo que realmente había ocurrido y las historietas inventadas que había contado tantas veces como ciertas. Resulta molesto que a uno le chafen su historia: pronto caí en la mezquina y exasperante manía de desmontar y cuestionar sus historias, lo que normalmente desenterraba las mentiras aceptadas.”


Evelyn Waugh. 
Noventa y dos días. 
Ediciones del Viento.

jueves, 2 de abril de 2015

OBITER DICTUM






La orden de reemplazar al guionista de una película no generaba en Irving Thalberg o David Selznick más congoja que la sentida por un entrenador de fútbol cuando sustituye a un delantero en el descuento del partido, aunque siempre era un consuelo que te cayera en suerte la redacción final sancionada por el mandamás de turno, pues en ese caso sabías que ninguna otra mano tenía ya potestad para hacer cambios ulteriores. Cuando la generación pionera de los magnates cinematográficos inició su lenta retirada a mediados de los cuarenta, nosotros empezamos a acariciar la nebulosa idea de que, en un medio menos jerárquico y mecanizado como el que vaticinábamos, los escritores tendrían más posibilidades de escoger sus proyectos y de hallar colaboradores o financiación. Nadie podía sospechar entonces que, lista negra aparte, el futuro nos depararía una mengua, no un aumento, en el estatus de los guionistas.


Ring Lardner Jr.

lunes, 30 de marzo de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






POR ZURICH


“Zurich está situada al fin de un hermoso lago, que toma el nombre de esta ciudad, y un pequeño río que desemboca en él, la divide en dos. Muchas cuestas en ella, mal empedrada, casas muy altas, viejas y sin elegancia, calles torcidas, callejones estrechos, tenebrosos, largos. Quien haya visto las tiendecillas y mercancías de algunas de nuestras ciudades, por ejemplo de Alcalá, ve una copia exacta de las de Zurich: aquellas puertas en arco, aquellos mostradores sucios, aquellos escaparatillos con cintas, botones de metal, navajas, dedales y paquetes cagados de moscas, y aquella casaca y aquel peluquín del amo de la tienda. No hay cafés ni vi librería cuyo surtido pasara de treinta tomos, ¿y para qué es menester más? Sus campos están bien cultivados, comen bien y viven contentos, ¿no saben bastante?, ¿naciones ilustradas sabéis otro tanto?
En los pocos edificios modernos de alguna consideración hay mucha pesadez y mal gusto de adornos. Sobre las ventanas bajas de la Casa de la Ciudad hay varios bustos mal ejecutados, a un lado vi los de Temístocles, Epaminondas, Scévola, Cocles, Arístides..., y al otro, los de varios héroes nacionales, recomendables por los servicios que hicieron a su país, todos ellos, así los antiguos como los modernos, tienen un lema latino alusivo a sus virtudes patrióticas.
Vi sobre el río fábricas donde se pintan lienzos, levantando el agua que necesitan por medio de grandes ruedas con arcaduces, movidas por la misma corriente. Muchos talleres de varios oficios, artes útiles, pero rudas. Abundancia de frutas, excelente hortaliza, gran carnicería; mucha gente, ningún lujo; las damas de este país no me parecen las más a propósito para enseñar actitudes elegantes al teatro ni a las bellas artes, se visten para no estar desnudas y andan por no estar paradas.
Buena posada sobre la orilla del lago, deleitosa vista desde mis ventanas, enfrente montes con árboles y al pie de ellos pequeñas laderas con mucho cultivo y un sin número de casas pequeñas de labranza o de recreo, entre la frondosidad de jardines y frutales de que está cubierta toda aquella orilla, a otra parte la ciudad y el río, que la atraviesa, y a la del sur montes altos que me entristecen el ánimo al considerar que he de pasar por ellos. El lago, hermosísimo, sus aguas muy claras, barcos largos y chatos para el transporte de granos y otros frutos. A la parte de oriente una eminencia que domina la ciudad, con muchas casas de campo, algunas construidas con elegancia y comodidad, rodeadas de viñas, huertas y jardinillos. En éstos no reina el mejor gusto, galerías, pedestales, balaústres, pirámides, boliches de bojes y murtas, donde gime la naturaleza bajo, la tijera y el compás para producir formas extravagantes y mezquinas y esto en un país donde ella presenta por todas partes las más hermosas. Zurich es capital del cantón de este nombre, está fortificada, aunque pienso que no completamente, vi pararrayos en muchas casas y montaderos a la antigua en las puertas, muchas fuentes. La gente es sencilla y cortés.
Como muy bien y salgo a las cuatro para Lucerna, distante de aquí unas ocho leguas, el camino es un reventadero para los infelices caballos por las penosas cuestas que hay que subir y bajar, por lo demás es viaje muy divertido. Montes de mucha frondosidad y repartidas por ellos y en las vegas y cañadas que forman, muchas casas de labranza, distantes unas de otras un tiro de piedra, las más son de madera, todo es rústico, pintoresco y pobre. El camino, aunque mucho más angosto que los de Inglaterra, se parece a aquéllos por los continuos vallados de arbustos y árboles que le adornan a un lado y otro. Hay muchos frutales y desde la silla de posta iba cogiendo ciruelas y manzanas. Abundancia de fuentecillas que se componen de un tronco perpendicular por donde sube el agua, un caño de hierro y otro gran tronco de nogal, socavado, que hace de pilón, a modo de una artesa. Hice noche en medio de estos montes en un lugarcillo infeliz, en cuya posada hallé una buena sopa, una excelente tortilla, pichones, pollos, jamón, un guisado de vaca, manteca, queso, barquillos y vino tinto y blanco.”


Leandro Fernández de Moratín. Viage a Italia. Madrid. M. Rivadeneyra.

domingo, 29 de marzo de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





[…]

A la luz secular de una niña muerta, madre de hombres
                y mujeres, voy andando y agonizando.

El cadáver del sol y mi cadáver
con la materia horriblemente eterna, me azotan la cara
desde todo lo hondo de los siglos, y escucho aquí, llorando, así, la espantosa clarinada migratoria.

[…]


     Pablo de Rokha.

sábado, 28 de marzo de 2015

OBITER DICTUM

 




«Según Freud, los diferentes tipos de neurosis estaban relacionados con la imposibilidad del paciente de superar las primeras etapas del desarrollo sexual debido a las fijaciones en la etapa «oral», «anal» o «fálica», que impedían avanzar hacia la «genitalidad», que es como denominaba Freud a la etapa de madurez sexual. Freud creía que la vida mental se guiaba en su origen por el «principio del placer»; es decir, por la necesidad de evitar el dolor y obtener placer. También creía que el sistema nervioso y, por tanto, la estructura mental al completo, tenía como función reducir el nivel de intensidad de los impulsos instintivos que llegaban a él para hallar el modo de expresarlos y, por consiguiente, de descargarlos. La idea de salud y felicidad mental se vinculó a la existencia, o consecución, de la satisfacción sexual.»


Anthony Storr.


jueves, 26 de marzo de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




NÄKTERGALEN I BADELUNDA


I den gröna midnatten vid näktergalens nordgräns. Tunga löv hänger i trance, de döva bilarna rusar mot neonlinjen. Näktergalens röst stiger inte åt sidan, den är lika genomträngande som en tupps galande, men skön och utan fåfänga. Jag var i fängelse och den besökte mig.  Jag var sjuk och den besökte mig. Jag märkte den inte då, men nu. Tiden strömmar ned från solen och månen och in i alla tick tack tick tacksamma klockor. Men just här finns ingen tid. Bara näktergalens röst, de råa klingande tonerna som slipar natthimlens ljusa lie.


Tomas Tranströmer

miércoles, 25 de marzo de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




LEALTAD Y PODER

LIBRO I
XV. Al día siguiente alzan los reales de aquel puesto. Hace lo propio César; enviando delante la caballería compuesta de cuatro mil hombres que había juntado en toda la provincia, en los eduos, y los confederados de éstos, para que observasen hacia dónde marchaban los enemigos. Más como diesen tras ellos con demasiado ardimiento, vienen a trabarse en un mal paso con la caballería de los helvecios, y mueren algunos de los nuestros. Engreídos ellos con esta ventaja, pues con quinientos caballos habían hecho retroceder a cuatro mil, empezaron a esperar a los nuestros con mayor osadía, y a provocarlos a combate vuelta de frente la retaguardia. César reprimía el ardor de los suyos, contentándose por entonces con estorbar al enemigo los robos, forrajes y talas. De este modo anduvieron cerca de quince días, no distando su retaguardia de la vanguardia nuestra más de cinco a seis millas.

XVI. Mientras tanto instaba César todos los días a los eduos por el trigo que por acuerdo de la República le tenían ofrecido; y es que, a causa de los fríos de aquel clima, que, como antes se dijo, es muy septentrional, no sólo no estaba sazonado, pero ni aun alcanzaba el forraje; y no podía tampoco servirse del trigo conducido en barcas por el Arar, porque los helvecios se habían desviado de este río, y él no quería perderlos de vista. Dábanle largas los eduos con decir que lo estaban acopiando, que ya venía en camino, que luego llegaba. Advirtiendo él que era entretenerlo no más, y que apuraba el plazo en que debía repartir las raciones de pan a los soldados, habiendo convocado a los principales de la nación, muchos de los cuales militaban en su campo, y también a Diviciaco y Lisco, que tenían el supremo magistrado (que los eduos llaman Vergobreto, y es anual con derecho sobre la vida y muerte de sus nacionales) quéjase de ellos agriamente, porque no pudiendo haber trigo por compra ni cosecha, en tiempo de tanta necesidad, y con los enemigos a la vista, no cuidaban de remediarle; que habiendo él emprendido aquella guerra obligado en parte de sus ruegos, todavía sentía más el verse así abandonado.

XVII. En fin, Lisco, movido del discurso de César, descubre lo que hasta entonces había callado; y era «la mucha mano que algunos de su nación tenían con la gente menuda, los cuales, con ser unos meros particulares, mandaban más que los mismos magistrados; ésos eran los que, vertiendo especies sediciosas y malignas, disuadían al pueblo que no aprontase el trigo, diciendo que, pues no pueden hacerse señores de la Galia, les vale más ser vasallos de los galos que de los romanos; siendo cosa sin duda, que si una vez vencen los romanos a los helvecios, han de quitar la libertad a los eduos no menos que al resto de la Galia; que los mismos descubrían a los enemigos nuestras trazas, y cuanto acaecía en los reales; y él no podía irles a la mano; antes estaba previendo el gran riesgo que corría su persona por habérselo manifestado a más no poder, y por eso, mientras pudo, había disimulado».

XVIII. Bien conocía César que las expresiones de Lisco tildaban a Dumnórige, hermano de Diviciaco; mas no queriendo tratar este punto en presencia de tanta gente, despide luego a los de la junta, menos a Lisco; examínale a solas sobre lo dicho; explícase él con mayor libertad y franqueza; por informes secretos tomados de otros halla ser la pura verdad: «que Dumnórige era el tal; hombre por extremo osado, de gran séquito popular por su liberalidad, amigo de novedades; que de muchos años atrás tenía en arriendo bien barato el portazgo y todas las demás alcabalas de los eduos, porque haciendo él postura, nadie se atrevía a pujarla. Con semejantes arbitrios había engrosado su hacienda, y amontonado grandes caudales para desahogo de sus profusiones; sustentaba siempre a su sueldo un gran cuerpo de caballería, y andaba acompañado de él; con sus larguezas dominaba, no sólo en su patria, sino también en las naciones confinantes; que por asegurar este predominio había casado a su madre entre los bituriges con un señor de la primera nobleza y autoridad; su mujer era helvecia; una hermana suya por parte de madre y varias parientas tenían maridos extranjeros; por estas conexiones favorecía y procuraba el bien de los helvecios; por su interés particular aborrecía igualmente a César y a los romanos; porque con su venida le habían cercenado el poder, y restituido al hermano Diviciaco el antiguo crédito y lustre. Que si aconteciese algún azar a los romanos, entraba en grandes esperanzas de alzarse con el reino con ayuda de los helvecios, mientras que durante el imperio romano, no sólo desconfiaba de llegar al trono, sino aun de mantener el séquito adquirido». Averiguó también César en estas pesquisas que Dumnórige y su caballería (mandaba él la que los eduos enviaron de socorro a César) fueron los primeros en huir en aquel encuentro mal sostenido pocos días antes, y que con su fuga se desordenaron los demás escuadrones.


Julio César. La guerra de las Galias. Ediciones Orbis.





domingo, 22 de marzo de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




CASA DE UN COMERCIANTE EN ULTRAIECTUM
                                                        (Siglo VII d.C.)

Vivo en un lodazal donde gruñen los cerdos
y el humo ofende la quietud del aire.
Fui una vez a Tréveris, y donde se cargaban
las carretas camino de los hornos de cal
recogí el torso alado de un dios ciego.
Me ayuda a despreciar
a esta mugrienta tribu de pastores:
sueño que llegué al Sur, y estuve en Roma.


                                               Guillermo Carnero

viernes, 20 de marzo de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




LOS KURDOS MILLI


“Al atravesar el Éufrates desde Jerablús, se llega a una región de onduladas estepas cubiertas de hierba, sin árboles ni agua, que por el Este se extiende hasta el Tigris y por Norte hasta las montañas de Diarbekir y Nusaybin. De trecho en trecho se ven afloramientos rocosos de caliza o basalto y uadis de empinadas orillas, secos durante casi todo el año, que atraviesan la región, pero pocos rasgos destacables rompen la monotonía. Las extensas praderas, sobre las que las lluvias primaverales esparcen una tenue alfombra de hierba y flores de tallo corto, adquieren durante el largo verano un tedioso tono marrón continuo e interminable, y en invierno se llenan de tramos de fango o desaparecen bajo una efímera capa de nieve. Reina una agradable espaciosidad en aquel terreno rocoso: el viento lo recorre libremente, procedente de las montañas del Noroeste o de las lejanas colinas persas, sin encontrar obstáculos y, aunque el sol resulta molesto a mediodía, las noches son suaves y frescas y hay vigor en el aire, hermosura en los amaneceres y en los atardeceres, y una belleza en el distante claro de luna que cubre el valle y las elevaciones que ni siquiera los áridos desiertos de Egipto superan.
Por este extenso territorio vagan los kurdos milli. Se diferencian menos del antiguo pueblo persa que la mayoría de las tribus kurdas y son nuevos en el lugar, hasta el punto de que su migración aún no ha concluido, pues continúan empujando lentamente hacia el oeste a los árabes que ocupan la franja norte de Mesopotamia, y pueblos que hace diez años eran totalmente árabes, se hallan hoy en manos kurdas. Hablan un dialecto del persa, aunque la mayoría son bilingües y hablan también árabe o turco, según sus movimientos los pongan en contacto con uno u otro pueblo en las fronteras. Se trata de una raza nómada, cuya riqueza la constituyen los rebaños de ovejas y cabras y los caballos de los que están muy orgullosos; en primavera cultivan a su manera los fondos de los valles y recogen cereal suficiente para abastecer sus despensas y alimentar el ganado al año siguiente, pero no perseveran en la vida asentada de los agricultores. Unos cuantos jefes se permiten el lujo de tener casas en los valles más ricos, rodeados por las cabañas de sus inmediatos seguidores, cabañas que, debido a la escasez de madera para techumbres, se construyen al estilo de las colmenas o de los gigantescos hormigueros de África, de adobe desde el suelo hasta arriba. Pero incluso los jefes abandonan con gusto el encierro de las paredes de piedra cuando llega el verano y recorren la región, plantando sus tiendas donde les apetece y trasladando el campamento cuando la estancia en un lugar irrita su espíritu errante. Las tiendas son de tejido de pelo de cabra negro, muy bien tranzado para evitar las escasas lluvias y colgado sobre una hilera de postes derechos, con puntales más cortos a los lados para dar altura. La riqueza y rango de un hombre se calcula por el número de postes de su tienda: desde el refugio de uno o dos palos de los miembros de los clanes al impresionante palacio del jefe tribal con sus veinte o treinta palos y un salón con capacidad para medio centenar de personas. Dentro, las tiendas se dividen con cortinas para aislar la zona de las mujeres, la habitación principal en la que duermen los hombres y comen y se reúnen con sus amigos, y casi siempre un espacio semiabierto en un extremo que sirve de establo y cuadra; las de los ricos están decoradas con killims de colores tejidos por las mujeres, cuyos delicados dibujos desmecerecen ante nuestros ojos a causa de la variedad de retazos de telas extravagantes entretejidos en la trama a modo de borlas.
Las mujeres rara vez se cubren la cabeza, y a menos que haya un invitado en la tienda –en cuyo caso permanecen discretamente al margen--, no se muestran tímidas con los desconocidos. En su mayoría corpulentas, con buen color y rasgos marcados pero no desagradables, coronados por masas de cabellos negros recogidos en espesas trenzas, no parecen muy limpias y se visten con poca gracia, aunque con colores alegres; son espontáneas y hospitalarias, pero a veces crean situaciones incómodas empeñándose en enseñar a los ingleses cómo hay que vestirse y desnudarse. Los hombres visten como los árabes, con los que se llevan bien, unidos por su común odio a los turcos; son buenos jinetes, acostumbran a beber mucho y profesan la fe de Mahoma en el fondo, prestando poca atención a la religión y dedicándose a todo tipo de juegos de habilidad y a la caza; como jugadores arriesgan alegremente su última moneda e incluso la libertad de su familia en un lance de dados, cruel y traicionero –por el que llegarán a quebrantar incluso el vínculo de la hospitalidad, sagrado para el honor de los beduinos--: les gusta la música, bailan muy bien, se apoderan del dinero y los gastan en su adorno personal; jactanciosos y suspicaces, ladrones de profesión para los que el robo es tan honrado como en su momento lo fue en las fronteras escocesas, les gustan las bromas como a los colegiales. Se les pueden tachar de mala gente, pero no se puede pedir mejor compañía ni cazadores más avezados.”


Leonard Woolley. Ciudades muertas y…  Ediciones del Viento.

lunes, 16 de marzo de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





A UN BARRIO CERRADO


Nunca entraban temporales
ni barro originario,
ni oscuridad,
ni ácaros,
                          apenas garzas
ornamentales, señoras
asexuadas, lavanda,
perros dorados.


Rodolfo Godino.

domingo, 15 de marzo de 2015

OBITER DICTUM






1971

         “La aterradora insularidad de un hombre y una mujer casados, enfrentados en un ring imaginario, dándose golpes verbales en los ojos y los genitales. El ambiente es biempensante, propio de la cultura en que viven. Su ropa es la adecuada para esta parte del mundo, esta época del año, este nivel de ingresos. Hay flores (de invernadero) en la mesa (heredada). Los niños duermen o velan en los dormitorios del primer piso. Parecen tan arraigados en este medio como si hubieran nacido aquí, como los árboles en el jardín, pero en el momento más violento del combate se diría que están en un cráter de la luna, un árido desierto, el Sahara. Su insularidad es incomprensible. Éste es un lugar abandonado.”


John Cheever

lunes, 9 de marzo de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






EL PARAÍSO EN BALLARAT


“Ya los descubrimientos menores realizados tres meses antes en la colonia de Nueva Gales del Sur habían alentado una primera migración hacia Australia; afluyó entonces un torrente de aventureros, que ahora devino aluvión. En un solo mes se vertieron sobre Melbourne unas cien mil personas, de nacionalidad inglesa y otras, y partieron en apretadas filas hacia las minas. Las tripulaciones de los barcos que los llevaron se integraron en la tropa; siguieron a éstas los funcionarios de los despachos gubernamentales; y también se enrolaron cocineros, criadas, cocheros, mayordomos y demás servidumbre doméstica; y carpinteros, herreros, fontaneros, pintores, periodistas, redactores, abogados con sus clientes, cantineros, sablistas, tahúres, estafadores, ladrones, mujeres de vida airada, colmaderos, carniceros, panaderos, médicos, boticarios, enfermeras; y la policía; e incluso oficiales de cargo elevado y antes codiciado abandonaron sus posiciones y se juntaron a la marcha. El rugiente alud se precipitó desde Melbourne y lo dejó desierto como si fuera domingo, paralizado, en un inerte compás de espera, las naves ancladas en un ocioso balanceo, disipado todo signo de vida, acallado cualquier sonido salvo el crujir de los jirones nubosos que fluctuaban en las calles vacantes.
        El herboso y hojudo paraíso de Ballarat fue hendido, lacerado, escarificado y desentrañado en la frenética búsqueda de sus tesoros ocultos. No hay nada como la minería de superficie para despojar a una tierra paradisíaca de sus atributos, bellezas y bondades hasta hacer de ella una visión odiosa y repulsiva.”


Mark Twain. La travesía del Pacífico. Ediciones Laertes.