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jueves, 14 de abril de 2022

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE








OTRO MODELO DE SEGUNDA OPINIÓN


«De todos los días el que más suelen celebrar es el del aniversario de su nacimiento. En ese día consideran apropiado hacerse servir una comida más abundante que la de los demás días; en ella los persas ricos se hacen servir un buey, un caballo, un camello y un asno enteros, asados al horno, y los pobres se hacen servir animales menores. Toman pocos platos fuertes, pero muchos postres, y no todos a la vez; por esta razón los persas dicen que los griegos terminan de comer con hambre, ya que, tras la comida propiamente dicha, no se les sirve nada que merezca la pena, pues, si se les sirviera algo exquisito, no dejarían de comer. Son, además, muy dados al vino, pero no les está permitido vomitar ni orinar en presencia de otro. Esta regla, por cierto, es rígidamente observada. Por otra parte, suelen discutir los asuntos más importantes cuando están embriagados; y las decisiones que resultan de sus discusiones las plantea al día siguiente, cuando están sobrios, el dueño de la casa en que estén discutiendo. Y si, cuando están sobrios, les sigue pareciendo acertado, lo ponen en práctica; y si no les parece acertado, renuncian a ello. Asimismo, lo que hayan podido decidir provisionalmente cuando están sobrios, lo vuelven a tratar en estado de embriaguez.»

Herodoto.
Editorial Gredos.

sábado, 26 de junio de 2021

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






UNA DE COSTUMBRES Y DOS HUEVOS DUROS


Los persas son los hombres que más aceptan las costumbres extranjeras. Y, así, llevan el traje medo, por considerarlo más distinguido que el suyo propio, y, para la guerra, los petos egipcios. Además, cuando tienen noticias de cualquier tipo de placer, se entregan a él; por ejemplo, mantienen relaciones con muchachos, cosa que aprendieron de los griegos. Por otra parte, cada uno se casa con varias esposas legítimas y se procura, además, un número muy superior de concubinas. Entre ellos demuestra hombría de bien quien, además del valor en la guerra, puede mostrar muchos hijos; y al que puede mostrar más, el rey, todos los años, le envía regalos, pues consideran que el número hace la fuerza. Desde los cinco, hasta los veinte años, sólo enseñan a sus hijos tres cosas: a montar a caballo, a disparar el arco y a decir la verdad. Y hasta que un niño no tiene cinco años, no comparece en presencia de su padre, sino que hace su vida con las mujeres. Esto se hace así con el fin de que, si muere durante su crianza, no cause a su padre pesar alguno.

Herodoto.
Editorial Gredos.

viernes, 10 de julio de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






EL AFORTUNADO


            “En la época en que Cambises llevaba a cabo su campaña contra Egipto, emprendieron también  la suya los lacedemonios contra Polícrates, hijo de Eaques, quien mediante una revolución se había apoderado de Samos, dividiendo la ciudad en tres partes, que gobernaba conjuntamente con sus hermanos Pantagnoto y Silosonte. Mas, luego, Polícrates mató al primero y desterró a Silosonte, el menor, al objeto de convertirse en señor absoluto de toda la isla de Samos. Buscó entonces amistad con Amasis, rey de Egipto, a quien envió regalos y también los recibió.
         El poder de Polícrates creció en poco tiempo, tanto en Jonia como en el resto de Grecia. Cualquier empresa suya terminaba coronada por el éxito. Mantenía una flota de cien naves de cincuenta remos y un ejército de mil arqueros. Robaba y asaltaba a quien le parecía, sin respetar a nadie, pues opinaba que más favor hacía a un amigo devolviéndole lo que le había robado, que no robándoselo nunca.
         Polícrates ocupó numerosas islas y se adueñó también de muchas ciudades de tierra firme. Incluso venció a los lesbios en una batalla naval cuando éstos acudían con todas sus fuerzas en auxilio de Mileto. Los prisioneros tuvieron que cavar, en castigo, todo el foso que rodea las murallas de Samos.
         Las noticias de los extraordinarios triunfos de Polícrates llegaron también a oídos de Amasis, el faraón egipcio. Pero éste, en vez de alegrarse, sitió preocupación y pesar. Y al ver que la buena suerte de Polícrates continuaba ininterrumpida, dictó la siguiente carta, que envió a Samos:

Así habla Amasis a Polícrates: Dulce es saber que a un querido amigo le acompaña la fortuna. A mí, sin embargo, tu gran suerte no acaba de gustarme, porque sé que los dioses son envidiosos. Yo me siento más tranquilo cuando sólo sale bien –a mí, o a los que amo –una parte de lo emprendido y fracasa la otra. Considero mejor una mezcla de suerte y desgracia que una incesante ventura. Pues aún no oí hablar de nadie a quien todo le fuera perfectamente, y que luego no tuviese un final horrible. Sigue por ello mi consejo y guárdate del eterno favor de la fortuna. Piensa qué es lo más precioso para ti, en la tierra, y cuya perdida habría de causarte mayor pesar. Arrójalo lejos de tu persona, tan lejos, que jamás pueda volver a caer en manos humanas. Y si aun así no alternaran suerte y desgracia en tu vida, repite el sacrificio que te recomiendo.

Cuando Polícrates hubo leído la carta de Amasis, comprendió cuán sabio era el consejo del amigo, y se preguntó cuál de sus tesoros le daría más pena perder. Sumido estaba en sus reflexiones, cuando sus ojos se posaron en el anillo que adornaba su dedo. Era un aro de oro con una esmeralda, obra de Teodoro de Samos, hijo de Telecles.
Polícrates decidió desprenderse de esa alhaja. Mandó preparar uno de sus barcos de cincuenta remos, subió a bordo y ordenó dirigirse a alta mar. En cuanto la nave estuvo suficientemente lejos de la isla, se arranco el anillo  del dedo y lo arrojó al agua. Acto seguido regresó, se encerró en su palacio y lloró la pérdida de la alhaja.
Pero cinco o seis días más tarde ocurrió lo siguiente: un pescador capturó un pez tan grande y hermoso, que lo considero merecedor de ser ofrecido como regalo a Polícrates. Corrió con el pescado a palacio y pidió ser recibido por el soberano. Accedió éste, y el pescador le entregó el obsequio con estas palabras:
--¡Oh, mi rey. Este pez, pescado por mí, me pareció demasiado bueno para llevarlo al mercado, pese a que vivo del trabajo de mis brazos. Me pareció que sólo era digno de ti y de tu magnificencia. Así, pues, te ruego que lo aceptes.
Polícrates se sintió halagado y respondió:
--Obraste bien. Agradezco tanto tus frases como tu regalo, de modo que te invito a sentarte a mi mesa.
El pescador, que nunca soñara con tal honor, regreso lleno de orgullo a su casa. Pero cuando los criados de Polícrates se disponían a limpiar y cocinar el pescado, encontraron en su vientre el anillo de su amo. Muy contentos, se lo llevaron al rey y le explicaron dónde lo habían hallado. Polícrates vio en el suceso una respuesta de los dioses, escribió en una carta todo lo acaecido y la envió a Amasis de Egipto.
Así que Amasis hubo leído la misiva, comprendió que ningún hombre puede proteger a otro del destino que le aguarda, y que Polícrates, a quien todo le salía bien y que incluso recuperaba lo que había lanzado al mar como sacrificio, no tendría buen fin. En consecuencia, envió un mensajero a Samos anunciando que renunciaba al tratado de amistad. Lo hizo para no tener que penar por Polícrates como amigo, cuando a éste le azotara la desgracia.”


Werner Keller. El asombro de Herodoto. Bruguera.

lunes, 4 de febrero de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE


ARISTÁGORAS, SU SUEGRO Y EL MAR



“Aristágoras, gobernador de Mileto, abrigaba la idea de separarse de Persia, llevado por una serie de temores. Y su decisión se vio reforzada por cierto suceso. Precisamente en aquellos días, llegó de Susa un mensajero de Histieo, con una misiva tatuada en su cuero cabelludo, en la que se le indicaba la necesidad de sublevarse contra Darío.
Como todos los caminos estaban estrechamente vigilados e Histieo no había encontrado otra manera más segura de comunicarse con Mileto, rapó a su más fiel criado, le marcó el mensaje en la piel de la cabeza y esperó a que volviera a crecerle el pelo. Sólo entonces le dejó partir para Mileto, encargándole simplemente esto: que a su llegada pidiera al propio Aristágoras que le rapara el pelo y le mirara la cabeza. Las palabras escritas, como ya hemos dicho, le invitaban al levantamiento.
Histieo actuó así porque la forzada permanencia en Susa le hacía sentirse desgraciado, y confiaba en que, si se producía una revolución, podría volver a la costa. De no decidirse Mileto a un alzamiento, contaba con que nunca más vería el mar.”

Werner Keller. El asombro de Herodoto. Bruguera. 1973.

sábado, 29 de diciembre de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE


CARRUSEL DE LA MUERTE


“Las sepulturas reales se encuentran en la región de Gerro, lugar hasta donde es navegable el Borístenes. Así que muere un soberano, cavan allí una gran fosa cuadrada. Lista ésta, depositan el cadáver sobre un carro y lo conducen a tierras de otras tribus  Antes, ha sido embalsamado de la siguiente manera: abierto y vaciado el vientre, lo rellenan con una mezcla de azafrán, incienso, semillas de apio y de anís, todo bien machacado, antes de coserlo. Por último, se cubre todo el cuerpo de una capa de cera.

Cuando el muerto es transportado de una provincia a otra, quienes lo reciben hacen lo mismo que los escitas reales: se cortan un trozo de oreja, rapan sus cabellos, se hacen cortes alrededor del brazo, aráñanse la frente y la nariz y se atraviesan la mano izquierda con una flecha.

Por fin, después de llevar el carro mortuorio de un lado a otro, llegan al lugar conocido por Gerro, el más apartado de sus dominios, donde aguarda la tumba. Colocan el cadáver en la fosa, sobre un lecho de paja, a cuyos lados hunden lanzas en el suelo. Seguidamente apoyan palos en ellas y lo cubren todo con una enramada de mimbre. En el espacio sobrante de la fosa entierran a una de sus concubinas, al copero, a un cocinero, un caballerizo, un criado y un mensajero para recados, todos los cuales son estrangulados antes. Tampoco le han de faltar al rey muerto caballos ni toda clase de útiles, incluso vasos de oro, pero no se le ponen en la tumba objetos de plata ni de bronce. La última operación consiste en formar entre todos los acompañantes un gran túmulo, y cada cual procura colaborar a que sea lo más alto posible."

Werner Keller. El asombro de Herodoto. Bruguera. 1973.