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jueves, 12 de mayo de 2022

OBITER DICTUM






«En contraste con la mayoría de nuestros amigos, no nadábamos en la abundancia. A mi padre, por el mero hecho de ser americano, se le consideraba rico. En realidad, sólo era medianamente acomodado. No teníamos mayordomo, ni lacayos; carecíamos de coche, caballos y cochero. Teníamos tres sirvientas, que era lo mínimo entonces. En días de lluvia, si ibas a tomar el té a casa de tus amigos, tenías que andar un buen trecho bajo la lluvia con el impermeable y los chanclos. Nunca se pedía un coche para una chica, a menos que tuviera que ir a una verdadera fiesta, y eso para que no se le estropeara el vestido.»


Agatha Christie.



martes, 6 de octubre de 2020

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





COÑAC O JEREZ

Una de las cosas que más añoraría hoy, si fuera pequeña, sería la falta de las sirvientas. Para una niña constituían la parte más pintoresca de la vida diaria. Las nodrizas ponían lo ordinario; las sirvientas, el drama, la diversión y toda clase de conocimientos no específicos pero interesantes. Lejos de ser esclavas, eran tiranas muchas veces. «Sabían cuál era su puesto», como se decía, lo que no significaba sometimiento, sino orgullo, orgullo profesional. Las sirvientas de principios de siglo estaban muy dotadas. Las camareras tenían que ser altas, bien parecidas, bien entrenadas, tener la voz justa para susurrar: «¿Coñac o jerez?» Hacían milagros para atender a los caballeros. Dudo que hoy exista una verdadera sirvienta. Posiblemente quedarán algunas de unos setenta u ochenta años, renqueando por ahí; aparte de éstas, ahora no hay más que las externas, las asistentas, ayudantas, empleadas de hogar y encantadoras señoras jóvenes que quieren ganar algo de dinero, reservando unas horas para sí y para las necesidades de sus hijos. Son aficionadas amables, que con frecuencia se hacen amigas nuestras, pero que rara vez inspiran el respeto con el que mirábamos a nuestra servidumbre.

Agatha Christie.
Autobiografía.

Editorial Molino.