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sábado, 24 de septiembre de 2022

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA


 



Yo sé que ya mi voz se va perdiendo,

yo sé que ya mis ojos vuelan poco,

sé que de tanto ya sentirme loco

loco me estoy volviendo.


Sé que mi amor sé fue sin haber sido,

que mi vida se va porque así quiere,

y que mi anhelo de vivir se muere

en pasmo convertido.


Sé que esto ya no cuenta y que no es cuento

ni el velo ni el desvelo de la noche.

Apenas siento deslizarse el río.


Al corazón pongo el oído atento.

Como Rubén siento pasar un coche

y pasa por mi carne un largo frío.


Pedro Garfias.


lunes, 8 de marzo de 2021

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





EN LENGUA MÁGICA

Fue a parar en el destierro al castillo un lord, en Escocia. El castillo estaba siempre solo y Garfias, andaluz inquieto, iba cada día a la taberna del condado y silenciosamente, pues no hablaba el inglés, sino apenas un español gitano que yo mismo no le entendía, bebía melancólicamente su solitaria cerveza. Este parroquiano mudo llamó la atención del tabernero. Una noche, cuando ya todos los bebedores se habían marchado, el tabernero le rogó que se quedara y continuaron ellos bebiendo en silencio, junto al fuego de la chimenea que chisporroteaba y hablaba por los dos. Se hizo un rito esta invitación. Cada noche Garfias era acogido por el tabernero, solitario como él, sin mujer y sin familia. Poco a poco sus lenguas se desataron. Garfias le contaba toda la guerra de España, con interjecciones, cojuramentos, con imprecaciones muy andaluzas. El tabernero lo escuchaba en religioso silencio, sin entender naturalmente una sola palabra. A su vez, el escocés comenzó a contar sus desventuras, probablemente la historia de su mujer que lo abandonó, probablemente las hazañas de sus hijos cuyos retratos de uniforme militar adornaban la chimenea. Digo probablemente porque, durante los largos meses que duraron estas extrañas conversaciones, Garfias tampoco entendió una palabra. Sin embargo, la amistad de los dos hombres solitarios que hablaban apasionadamente cada uno de sus asuntos y en su idioma, inaccesible para el otro, se fue acrecentando y el verse cada noche y hablarse hasta el amanecer se convirtió en una necesidad para ambos. Cuando Garfias debió partir para México se despidieron bebiendo y hablando, abrazándose y llorando. La emoción que los unía tan profundamente era la separación de sus soledades.
—Pedro —le dije muchas veces al poeta—, ¿qué crees tú que te contaba?
—Nunca entendí una palabra, Pablo, pero cuando lo escuchaba tuve siempre la sensación, la certeza de comprenderlo. Y cuando yo hablaba, estaba seguro de que él también me comprendía a mí.

Pablo Neruda.
Confieso que he vivido.
Editorial Seix Barral.

sábado, 7 de noviembre de 2020

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






Los horizontes
fluían de sus ojos

Traía rumor de selvas en el pecho
y un haz de sueños rotos
sobre sus hombros trémulos

La montaña y el mar          sus dos lebreles
le saltaban al paso

La montaña asombrada
y el mar encabritado

Pedro Garfias.

viernes, 22 de febrero de 2019

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






Alguna vez, en la alta noche, siento
por mis hombros un río de tristezas
pasar, y oigo las horas detenerse,
y veo las sombras agruparse inquietas.
Digo que es noche alta, y que el silencio
tirante y duro, me devuelve en trémula
palpitación jadeante, eco preciso,
el latir de mis venas.
Solos la noche y yo, con mis dos manos
sacudo el tronco de feroz corteza
hasta ver desprenderse de la copa
tiernos luceros, pálidas estrellas,
y me sonrío con mi secreto... dentro
de mil años, caerán sobre la tierra.

Pedro Garfias.

jueves, 3 de marzo de 2011

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






Cuando me tiro de noche
en el ataúd del lecho
que es menos duro que el otro
porque ya sabe mis huesos,
me pongo a mirar arriba
los astros de mis recuerdos.

Aquél que se abrió de pronto
cuando todo era misterio.
El otro que se apagó
antes de sentirse abierto.

A veces grito iracundo:
aquí me falta un lucero,
aquí me sobra una estrella.
¿Quién hizo este firmamento?

Una voz piadosa dice
que no es cielo sino techo.
—Por mi vida, grito yo,
dejadme saber mi sueño.
Donde yo pongo los ojos
todo es cielo—.

Pedro Garfias.