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viernes, 17 de abril de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE

  UN HUEVO DE PINGÜINO


“Y a oscuras, acompañado casi de continuo por ventiscas huracanadas que a uno le impiden verse la mano incluso a la altura de los ojos. La vida en tales circunstancias resulta pobre tanto mental como físicamente. Hacer ejercicio al aire libre es difícil, y cuando sopla ventisca resulta totalmente imposible, y uno es consciente de todo lo que está perdiéndose al no poder ver el mundo que le rodea cuando sale al exterior. Me han contado que si uno se encuentra con un loco o con alguien trastornado por un gran dolor o conmoción, lo que hay que hacer es sacarle al exterior y dar una vuelta con él: la naturaleza se encargará del resto. A nosotros, que éramos personas normales y estábamos viviendo en unas condiciones anormales, la naturaleza podía ayudarnos mucho a apartar los pensamientos de la rutina diaria; pero la naturaleza también pierde buena parte de poder curativo cuando uno no la puede ver, sino sólo sentir, y cuando la sensación que produce es profundamente desagradable.
De alguna manera, a la hora de juzgar la vida en los polos uno debe dejar de lado el preceptivo aguante y averiguar qué responsabilidades puede eludir un hombre, sin olvidar en ningún momento que arrastrar un trineo constituye la prueba más difícil de todas. Si resulta difícil formarse una idea de lo que puede llegar a hacer un hombre normal y corriente es porque resulta mucho más fácil eludir responsabilidades en el mundo civilizado. En el fondo no importa si el hombre que trabaja dentro o fuera de la cabaña elude responsabilidades, como  tampoco importa mucho en el mundo civilizado: no constituye más que una oportunidad desaprovechada. Pero si uno está arrastrando un trineo por la Barrera, no cabe eludir responsabilidad alguna: a la mayoría se nos nota al cabo de una semana.
Son muchas las cuestiones que habría que analizar: el efecto que produce en el hombre el paso del calor al frío (como en el caso de Bowers, que se incorporó a nuestra expedición recién llegado del golfo Pérsico, o en el de Simpson, que se marchó de la Antártida a la India, es decir, el caso contrario);las diferencias entre el frío seco y el húmedo; ¿qué temperaturas son agradables en la Antártida, y cuales lo son en comparación con las de Inglaterra?; ¿cómo afectarían estas temperaturas a las mujeres? El hombre con nervios de acero es el que más lejos llega. ¿Cuál es la razón entre la presencia de ánimo y la fuerza física? ¿Qué es la vitalidad? ¿Por qué ciertas cosas le aterran a uno en un determinado momento y no en otros? ¿A qué se debe que muestre este coraje a primera hora de la mañana? ¿Cuál es influencia de la imaginación? ¿En qué medida puede un hombre exigirse a sí mismo? ¿De dónde salía la enorme cantidad de calor que generaba Bowers? ¿Y las canas de mi barba, de dónde salieron? Y los ojos azules de X, que zarpó de Inglaterra con ojos pardos y al regresar se encontró con que su madre se negaba a reconocerle como hijo suyo? ¿Varían el crecimiento y el color del pelo y de los ojos?
Son muchos los motivos que impulsan al hombre a ir a los polos, y el acicate intelectual está presente en todos ellos; pero en el fondo lo que cuenta es el deseo de saber, a secas, y en este momento no hay ningún lugar para obtener conocimientos que pueda compararse con la Antártida.
La exploración es la expresión física de la pasión intelectual.
Y diré una cosa: si tiene usted el deseo de saber y el poder para hacerlo realidad, vaya y explore. Si es usted un hombre valiente, no hará nada; si es un hombre miedoso, es posible que haga mucho, pues sólo los cobardes tienen necesidad de demostrar su valor. Hay quien le dirá que está chiflado, y casi todo el mundo le preguntará: “¿Para qué?” y es que somos una nación de tenderos, y ningún tendero esta dispuesto a parar mientes en una investigación que no le prometa un rendimiento económico antes de un año. Así que viajará usted prácticamente solo con su trineo, pero quienes le acompañen no serán tenderos, y eso tiene un gran valor. Si hace ueste su correspondiente viaje de invierno, obtendrá su recompensa, siempre y cuando lo único que desee sea un huevo de pingüino.”

Apsley Cherry-Garrard. El peor viaje del mundo. Ediciones B.

 

 

 

domingo, 14 de julio de 2013

OBITER DICTUM






12 de noviembre de 1912.
79° 50’ de latitud sur.


         Esta cruz y este túmulo se levantan sobre los cadáveres del capitán de navío Scott, comandante de la Orden Real de Victoria; el doctor Wilson, licenciado en medicina y filosofía y letras por la Universidad de Cambridge, y el teniente H. R. Bowers, de la Real Infantería de Marina de la India. Se trata de un modesto monumento para conmemorar su valeroso intento de alcanzar el polo, lo que lograron el 17 de enero de 1912 después de que llegara la expedición noruega. Un tiempo inclemente y la falta de combustible fueron la causa de sus muertes.
         Este monumento perpetúa también la memoria de sus dos valerosos compañeros: el capitán L.E.G. Oates, de los Dragones de Inniskilling, a quien le sobrevino la muerte cuando echó a andar en medio de una ventisca para salvar a sus compañeros, a unas 18 millas al sur de donde se encontraban, y el marinero Edgar Evans, quien murió al pie del glaciar Beardmore.
         Lo que el Señor nos da, el Señor nos lo quita. Bendito sea el Señor.


Expedición de socorro.


Apsley Cherry-Garrard

sábado, 2 de junio de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




GLACIAR DE BEARDMORE



“Ya he dicho que hay quien afirma que Scott debería haber recurrido a los esquís y los perros. Si el lector lee el relato del descubrimiento del glaciar Beardmore y el viaje que realizó por él Shackleton, dejará de inclinarse a favor de tal solución. A decir verdad, aunque nosotros encontramos un camino mucho mejor que el de Shackleton para llegar a la cima del glaciar, no creo que sea posible subir y bajar por él con perros ni pasar por las irregularidades que presenta el hielo en la confluencia con la planicie, salvo que se disponga de tiempo de sobra para buscar otra ruta. “Sin duda los perros hubieran podido llegar hasta aquí”, le oí decir a Scott cerca del Formanubes, aproximadamente en la mitad del glaciar. Sin embargo, lo mejor que hubiéramos podido hacer con los perros en las crestas de presión por las que pasamos durante el viaje de regreso habría sido arrojarlos a la sima más cercana. Si uno puede evitar pasar por zonas tan peligrosas, mejor que mejor; en caso contrario, no debe recurrir a los perros. La gente que dice estas cosas no sabe de lo que está hablando.
Si la intención de Scott era subir por el Beardmore, probablemente acertó al no llevar perros. En realidad, lo que hizo fue confiar en los ponis hasta el pie del glaciar y en sus propias fuerzas a partir de dicho punto. Como dependía de los ponis, no pudo ponerse en marcha hasta noviembre, pues la experiencia del viaje del depósito demostraba que los ponis no podían soportar las condiciones meteorológicas de la Barrera antes de esas fechas. Pero podría haber salido antes si hubiera llevado perros en lugar de ponis hasta el pie del glaciar. Así habría ganado unos cuantos días en su carrera contra el tiempo otoñal, que era el que iba a tener durante el viaje de vuelta.
Tales tragedias suscitan inevitablemente una pregunta: ¿merecía la pena? Pero ¿qué es lo que merece la pena? ¿Arriesgar la vida por una hazaña o por el país de uno? A Scott no le atraía mucho la idea de plantearse algo por el hecho de que constituyera una hazaña y nada más que una hazaña. Era preciso que, además, tuviera otro fin: el conocimiento. A Wilson las hazañas le atraían aún menos, y en los fragmentos de su diario que se reproducen en este libro llama poderosísimamente la atención el hecho de que no hiciera ningún comentario al enterarse de que los noruegos habían sido los primeros en llegar al polo. Es como si pensara que en el fondo carecía de importancia. Y probablemente así fuera.
Sería muy oportuno que alguien abordara estas cuestiones y otras semejantes relacionadas con la vida polar. El polo ofrece abundante material para la psicología, pues presenta unos elementos únicos, sobre todo el aislamiento completo y los cuatro meses de oscuridad que hay todos los años. Incluso en Mesopotamia, una nación que llevaba largo tiempo sufriendo, insistió al final en que se hiciera todo lo necesario para cuidar y evacuar a enfermos y heridos. Pero en las regiones polares un hombre ha de hacerse a la idea de que puede acabar pudriéndose a causa del escorbuto (como le ocurrió a Evans) o verse obligado a mantenerse durante diez meses con medias raciones de foca y raciones completas de alimentos contaminados por tomaína (como les ocurrió a Campbell y sus hombres) sin que nadie del mundo exterior pueda acudir a socorrerle durante un año o más. Allí no existen las “heridas de nada”: si uno se rompe la pierna en el glaciar Beardmore, ha de pensar en la forma más conveniente de suicidarse, tanto por su propio bien como por el de sus compañeros.
El explorador polar ha de hacerse a la idea de que se verá obligado a pasar privaciones tanto sexual como socialmente. ¿En qué medida pueden constituir un sucedáneo el trabajo duro y lo que cabría en llamar la “imaginación dramática”? Compare el lector los pensamientos que nos venían a la cabeza cuando viajábamos, la forma en que soñábamos con comida por la noche, y ese instinto tan primario en virtud del cual perder una miga de galleta le causaba a uno un resquemor duradero. Noche tras noche compraba yo grandes bollos de chocolate en un puesto del andén de entrevías de la estación Hatfield, pero siempre me despertaba antes de darle un bocado. Algunos de mis compañeros tenían la suerte de no ser tan nerviosos y acababan comiéndose aquellos alimentos imaginarios.

Apsley Cherry-Garrard. El peor viaje del mundo. Ediciones B.

lunes, 18 de abril de 2011

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





AL SUR


“En los mares del hemisferio sur habitan estas y otras especies de aves, pero el albatros es la preeminente. Ya se ha señalado que en opinión de Wilson, si no todas, al menos el albatros vuela alrededor del mundo por aquellos tempestuoso mares empujado por los vientos del oeste y solo baja una vez al año para criar a islas como la de Kerguelen, la de St Paul, las Auckland y otras. De ser así, el descanso del que pueden disfrutar sobre las grandes olas que predominan por estas latitudes debe de resultar insuficiente si se juzga con el criterio que se aplica en el caso de aves más civilizadas. Aunque en otras regiones he visto ejemplares de aves marinas que parecían volar miles de millas sin separarse del barco ni un solo día, durante este viaje saqué la conclusión de que cada mañana aparecía un grupo distinto de aves y que tenía hambre cuando llegaba. Por la mañana volaban a popa y más cerca del barco, por supuesto, y se alimentaban de los restos que arrojábamos por la borda. Más tarde, una vez satisfecho el hambre, las aves se dispersaban, y las que continuaban volando a popa se mantenían a gran distancia. De ahí que capturáramos especímenes a primera hora de la mañana, y sólo uno después de mediodía.
El viento seguía siendo favorable, y no tardó en soplar con bastante fuerza. El viernes, 7 de octubre, navegamos a 7 y 8 nudos sólo con vela, lo cual estaba muy bien para el “Terra Brioso”, que era como llamábamos familiarmente a nuestro querido barco. Faltaban sólo 1.000 millas para llegar a Melbourne. El sábado por la noche estábamos listos para maniobrar con las drizas de juanete. Campbell relevó a la guardia a las cuatro de la mañana del domingo. El viento soplaba con fuerza y racheado, pero el barco seguía con los juanetes desplegados. Teníamos marejada de popa.
         A las seis y media ocurrió uno de esos incidentes de la vida en el mar que tiene interés aunque carezcan de importancia. De repente estalló sobre nosotros el primer turbión realmente violento de la travesía. Soltamos las drizas de juanete: cayó la verga de juanete de proa, pero la del juanete mayor se quedó atascada a medio camino. Después nos enteraríamos de que un matafiol que había salido disparado de la verga había obstruido el motón de la escota de la gavia alta. La verga de juanete estaba totalmente inclinada hacia estribor y se balanceaba de un lado a otro, la vela parecía que iba a salir volando de un momento a otro y hacía el mismo ruido que un cañón, y el mástil temblaba violentamente.
         Temíamos perder el mastelero, pero nada se podía hacer mientras el viento soplara con semejante furia. Campbell caminaba de un lado a otro del puente, en silencio y con una sonrisa en los labios. La guardia se agrupó alrededor de los flechastes, lista para subir a la arboladura, y Crean se ofreció a subir él solo para intentar desenganchar la verga, pero le fue negado el permiso. La situación que se había creado con el mastelero era sumamente delicada, pero no había nada que hacer.
         Cuando pasó la borrasca pudimos soltar y aferrar la vela, de suerte que al siguiente turbión fuerte ya estábamos preparados para bajar las gavias altas y no hubo ningún problema. Al final, los desperfectos fueron una vela rajada y un mastelero a punto de romperse.
         A la mañana siguiente se envergó el nuevo juanete pero en medio de la operación cayó la mayor granizada que jamás haya visto. Muchos pedazos de granizo tenían varios centímetros de diámetro y hacían daño aun cuando uno llevara prendas gruesas e impermeable. Al mismo tiempo se formaron varias trombas de agua. Los hombres subidos a la verga de juanete pasaron un rato espantoso. En cubierta algunos hombres hicieron bolas con el granizo como si de nieve se tratara.
         A partir de aquel momento seguimos nuestro rumbo perseguidos por una borrasca. El 12 de octubre, a primera hora de la mañana, avistamos el faro del cabo de Otway. Trabajando de firme en la sala de maquinas y con todo el velamen desplegado, a punto estuvimos de llegar a la embocadura de Port Phillip a mediodía, pero la marea estaba cambiando, y nos fue imposible pasar. Llegamos al puerto de Melbourne aquella misma noche, en medio de una profunda oscuridad y con fuerte viento.
         A Scott le aguardaba un telegrama:

Madeira. Me dirijo al sur.
AMUNDSEN.”


Apsley Cherry-Garrard. El peor viaje del mundo. Ediciones B.