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lunes, 29 de febrero de 2016

ALLÁ EN LAS INDIAS





ZONAS TÓRRIDAS

“A los que afirman que de las cinco partes del mundo que llaman zonas no son habitables más de las dos templadas, y que la del medio por su excesivo calor y las dos de los cabos por el demasiado frío son inhabitables, y que de la una zona habitable no se puede pasar a la otra habitable por el calor demasiado que hay en medio, puedo afirmar, demás de lo que todos saben, que yo nací en la tórrida zona, que es en el Cuzco, y me crié en ella hasta los veinte años, y he estado en la otra zona templada de la otra parte del Trópico de Capricornio, a la parte del sur, en los últimos términos de los Charcas, que son los Chichas, y, para venir a esta otra templada de la parte del norte, donde escribo esto, pasé por la tórrida zona y la atravesé toda y estuve tres días naturales debajo de la línea equinoccial, donde dicen que pasa perpendicularmente, que es en el cabo de Pasau, por todo lo cual digo que es habitable la tórrida también como las templadas. De las zonas frías quisiera poder decir por vista de ojos como de las otras tres. Remítome a los que saben de ellas más que yo. A los que dicen que por su mucha frialdad son inhabitables, osaré decir, con los que tienen lo contrario, que también son habitables como las demás, porque en buena consideración no es de imaginar, cuanto más de creer, que partes tan grandes del mundo las hiciese Dios inútiles, habiéndolo criado todo para que lo habitasen los hombres, y que se engañan los antiguos en lo que dicen de las zonas frías, también como se engañaron en lo que dijeron de la tórrida, que era inhabitable por su mucho calor. Antes se debe creer que el Señor, como padre sabio y poderoso, y la naturaleza, como madre universal y piadosa, hubiesen remediado los inconvenientes de la frialdad con templanza de calor, como remediaron el demasiado calor de la tórrida zona con tantas nieves, fuentes, ríos y lagos como en el Perú se hallan, que la hacen templada de tanta variedad de temples, unas que declinan a calor y a más calor, hasta llegar a regiones tan bajas, y por ende tan calientes, que, por su mucho calor, son casi inhabitables, como dijeron los antiguos de ella “


Inca Garcilaso de la Vega. 
Comentarios Reales.

domingo, 28 de febrero de 2016

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






Una ratlla.
una coma,
dos punts.

Però aquí
ni ratlla
ni punt
ni res.


            Joan Brossa

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





     PRECIO

Toda la vida estaba
en tus pálidos labios...
Toda la noche estaba
en mi trémulo vaso...
Y yo cerca de ti,
con el vino en la mano,
ni bebí ni bese...
Eso pude: Eso valgo.


Dulce María Loynaz

miércoles, 24 de febrero de 2016

OBITER DICTUM





     “Los envidiosos me tacharon de espía británico y agente secreto afgano, no queriendo entender que los seres extraños como yo pueden vivir honradamente, satisfechos, con la idea de que se han reconciliado con Dios y ya no les importan los miserables humanos. En mi opinión, ésa es la única lección que merece la pena aprender cuando se viaja mucho."


Sirdar Ikbal Ali Shah

viernes, 19 de febrero de 2016

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






Y LA EDUCACIÓN


            “El paso de la niñez a la pubertad y la misteriosa metamorfosis que da como resultado ese monstruo que es un adolescente podrían muy bien resumirse en un pequeño detalle, el de las antiguas mayúsculas del alfabeto griego: la gran zeta, una esfera atravesada por un aro como Saturno, o la gran épsilon, como un esbelto cáliz curvado, conservan todavía para mí un encanto y un misterio indescriptibles, como si fueran signos de calurosa bienvenida trazados sobre el amanecer del Edén. Las minúsculas griegas corrientes, aunque ahora me resultan mucho más familiares, me parecen cositas bastante desagradables, como una nube de mosquitos. En cuanto a los acentos griegos, logré con éxito, a lo largo de una larga serie de trimestres escolares, evitar aprendérmelos; jamás me he sentido tan satisfecho como cuando, tiempo después, descubrí que los griegos tampoco se los aprendieron nunca. Sentía un claro orgullo de ser tan ignorante como Platón y Tucídides. Al menos, los griegos que escribieron la prosa y la poesía que merecían la pena estudiarse, no los conocían; según creo, los acentos fueron un invento de los gramáticos renacentistas. Pero es un hecho psicológico que la contemplación de una mayúscula griega aún me llena de felicidad; la de una minúscula, de indiferencia teñida de disgusto y la de los acentos, de una santa indignación rayana en la irreverencia. Pienso que la explicación radica en que aprendí las mayúsculas griegas, como las mayúsculas inglesas, en casa; me las enseñaron como un juego cuando aún era pequeño, mientras que las otras las aprendí durante el período que llamamos educación, ese período en el que un desconocido me instruía sobre cosas que no deseaba saber.
         Cuento esto sólo para mostrar que yo era mucho más sabio y abierto a los seis años que a los dieciséis. Dios no permita que esto me sirva de base para una teoría pedagógica. En ciertos aspectos, este trabajo no puede dejar de ser teórico, pero no es necesario rizar el rizo y que además sea pedagógico. Desde luego, no adoptaré esa elegante actitud moderna de revolverme e insultar a mis maestros porque decidí no aprender lo que ellos estaban dispuestos a enseñar. Puede ser que en las renovadas escuelas de hoy, al niño le enseñen de tal forma que grite de placer a la vista de un acento griego. Pero me temo que es mucho más probable que las escuelas modernas se hayan librado del acento librándose del griego. Y en este punto, como suele ocurrir, estoy sin lugar a dudas del lado de mis maestros y en contra mía. Me alegro mucho de que mis denodados esfuerzos por no aprender latín se vieran frustrados en cierta medida y de no haber conseguido siquiera escapar de la contaminación de la lengua de Aristóteles y Demóstenes. Al menos sé el suficiente griego para coger el chiste cuando alguien dice (como sucedió el otro día) que el estudio de esa lengua no es propio de una época democrática. No sé de qué lengua pensaba él que procedía la democracia, y eso que hemos de admitir que esa palabra parece haberse convertido hoy en día en parte de la jerga periodística. Pero de momento lo que me interesa es el aspecto personal o psicológico, mi propio testimonio íntimo ante el hecho que, por un motivo u otro, un muchacho pasa, con toda seguridad, de un primer estadio en el que desea aprender casi todo aun estadio posterior en el que apenas desea saber nada. Un viajero muy pragmático, con mucha experiencia y poca mística, me soltó en cierta ocasión: «Debe de haber algo en la educación totalmente equivocado. Hay mucha gente con niños maravillosos y los adultos son todos unos inútiles.» Se muy bien a qué se refería; aunque tengo dudas de si mi inutilidad actual es fruto de mi educación o si tiene algún otro motivo más misterioso y profundo.”


G. K. Chesterton. Autobiografía.
Acantilado.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





[…]

Dile al pájaro que vuelva,
dile que deje en el alféizar
una pluma parda,
para que yo sepa que hay
posibilidad de regreso,
para que me cubra de mansedumbre
antes de que la niebla
inicie la ceremonia del olvido.


Clara Janés.

viernes, 12 de febrero de 2016

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





CARNAVAL PERPETUO


“Estos alemanes que van vestidos a la inglesa o que llevan los bigotes recortados a la americana, estos alemanes correctos, finos, amables, ceremoniosos, me parecen que están disfrazados. Yo no comprendo completamente a un alemán mas que vestido de militar. Es entonces cuando tiene verdaderamente tipo alemán. Sus movimientos, sus actitudes, su mirada, todo se armoniza con su traje. Dijérase que ha nacido con el casco adherido a la cabeza, y que por las noches deja la cabeza y el casco a la puerta de su dormitorio para que el asistente se lo bruña todo con la misma pasta y con el mismo cepillo.
Un civil alemán es como un militar vestido de paisano. Sus saludos más atentos tienen algo de militar. Sus pasos son  perfectamente militares. Es civil toda la vida como podía serlo por un par de horas. Cuando se saca el sombrero parece que va a mostrar la cabeza cubierta de un casco imperial. A veces, los alemanes son calvos, y al descubrirse estas calvas esféricas y casi metálicas, brillan como cascos.
Los movimientos del alemán no son nunca esos movimientos fáciles y .espontáneos del hombre civil. Cada alemán parece obedecer siempre a una disciplina invisible, y, en realidad, los alemanes no hacen con verdadera soltura y con verdadera espontaneidad nada más que esos movimientos rígidos y uniformes de los militares. Yo hablaba el otro día de la civilización alemana. Aquí no hay civilización. Todo es militarismo.
El mismo socialismo alemán es militar. Toda su fuerza es militar. Todas sus cualidades son militares: orden, disciplina, organización. Un socialista de fila en Alemania no tiene más libertad dentro del partido que la que un pobre soldado pueda tener en el Ejército. Una manifestación socialista es como un batallón en marcha.
Por los demás casi todos los alemanes que no son militares están afiliados al partido socialista. Se es socialista como se pudiera ser soldado. Se pertenece a un ejército; se obedece unas órdenes; se tiene una disciplina. Un alemán sin disciplina no se siente completamente libre ni dueño de sí mismo. Toda la población alemana es ejército. Unos alemanes van vestidos de militares y otros van vestidos de paisanos; pero todos son militares.”


Julio Camba. Alemania. Editorial Renacimiento.

lunes, 8 de febrero de 2016

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





LA COMPAGNE DU VANNIER


    Je t'aimais. J'aimais ton visage de source ravine par l'orage et le chiffre de ton domaine enserrant mon baiser. Certains se confient à une imagination toute ronde. Aller me suffit. J'ai rapporté du désespoir un panier si petit, mon amour, qu'on a pu le tresser en osier.


René Char.

miércoles, 3 de febrero de 2016

OBITER DICTUM






“Mientras te escribo, el viento del sudeste imprime al Polynésien un movimiento de cabeceo y balanceo combinados: es un movimiento temido incluso por los mismo marinos y que se denomina «el golpe de cacerola». M. Bourge, admirable hombre de mar, me dijo que podía considerarme muy afortunado por haber visto el horrible y sublime espectáculo de la puesta de sol en el puerto de Djibouti. Él ha pasado dieciocho veces por Djibouti, y sólo lo vio una vez; me dijo que de todo lo que ha visto en el mar, es lo más bello. Sin embargo, parece ser que la bahía de Sídney, si entramos en ella por la mañana, sólo va a la zaga de la de Río de Janeiro.”


Marcel Schowb.

lunes, 1 de febrero de 2016

EN EL TRASTERO OCULTO

RODNEY SMITH









OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





CHINOS EN EL TREN


“De todas las emociones estúpidas, el resentimiento que sentían los viajeros blancos para con nuestros compañeros del vagón de los chinos, era la más estúpida y la peor. Parecían no haberles mirado ni escuchado nunca, ni haber pensado en ellos, sino que los odiaban a priori. Los mongoles eran sus enemigos en ese cruel campo de batalla del dinero. Podían trabajar mejor y por salarios más bajos en cincuenta industrias, por lo tanto, no había ninguna calumnia contra ellos que fuera demasiado fútil para que los blancos la repitieran, o aun llegaran a creer. Los consideraban insectos dañinos y fingían sentir una especie de ahogo cuando los veían. Ahora bien, en realidad, las chinas jóvenes se parecen tanto a una clase de mujeres europeas, que al levantar la vista y ver a una de ellas desde cierta distancia, me he sentido muchas veces engañado durante un momento por la semejanza. No diré que se trata de la clase más atractiva de nuestras mujeres, pero muchas esposas están menos dotadas de encantos que ellas. Por otra parte, los inmigrantes afirmaban que los chinos eran muy sucios. No diré que fueran limpios, pues ello resultaba imposible durante el viaje; pero en sus esfuerzos por lograr un poco de higiene los demás no podíamos hacer otra cosa sino avergonzarnos de nosotros mismos. Todos vivíamos como cochinos y nos volcábamos en el mismo cieno, diariamente nos humedecíamos las manos y la cara durante un minuto y no sentíamos ninguna vergüenza. Pero los chinos no perdían nunca la oportunidad de efectuar una higiene más completa, y se les podía ver lavándose los pies (algo que ni siquiera soñábamos hacer nosotros) y llegando tan lejos como lo permitía la decencia para lavar todo su cuerpo. De paso podría comentar que cuanto más descuidadas son las personas en su higiene personal, tanto más delicado es su sentido del pudor. Un hombre limpio se desnuda frente a sus compañeros del club de remo; pero el que está sucio se desliza de la cama sin descubrir un solo centímetro de su piel. Finalmente, los sucios y malolientes blancos habían concebido la sorprendente idea de que era el vagón de los chinos solamente el que tenía mal olor. Ya he afirmado que era la excepción y, además, el más fresco de los tres.
Estos juicios son el ejemplo del sentimiento que predomina en toda la América occidental. Se considera que los chinos son estúpidos debido a su poca familiaridad con el idioma inglés. Se les desprecia porque su destreza y frugalidad les permite trabajar por menos paga que los holgazanes y pretenciosos caucásicos. Se dice que son ladrones; estoy seguro de que no tienen el monopolio de ese pecado. Se les llama crueles; los anglosajones y los alegres irlandeses deberían reflexionar un poco antes de pronunciar esa acusación. También se me dice que son una raza de piratas de río y que pertenecen a la clase más despreciada y peligrosa del Celeste Imperio. Mas, si eso es cierto ¡qué piratas más extraordinarios son! ¡Y cuáles serán las virtudes, la industria, la educación y la inteligencia de las clases superiores que permanecieron en su tierra!
Poco antes era a los irlandeses a quienes se combatía ahora son los chinos los que deben alejarse. Tal es el grito del pueblo. Al fin y al cabo, parece que ningún país se somete de buen grado a la inmigración, como tampoco quieren someterse a la invasión; cada una es una guerra a sangre y fuego, y la resistencia a cualquiera de las dos no es otra cosa que legítima defensa. Sin embargo, así las cosas podemos lamentar la tradición libre de la república que gusta representarse a sí misma con los brazos abiertos, dando la bienvenida a todos los infortunados. Y seguramente que, siendo hombre amante de la libertad, se me excusará si demuestro amargura al ver su sagrado nombre pisoteado en la contienda. Hace muy pocos días, oí a un individuo vulgar en el Sand-Lot, la tribuna popular de San Francisco, pidiendo a gritos armas y matanza.
-- Al llamamiento de Abraham Lincoln— decía el orador—se levantaron ustedes en nombre de la libertad para libertar a los negros. ¿No pueden levantarse ahora y libertarse ustedes mismos de unos pocos mongoles sucios?”


Robert L. Stevenson. De praderas y bosques. Ediciones Península.