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miércoles, 30 de noviembre de 2022

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE


 

HUMUS



«Tras varias horas de viaje, el paisaje se vuelve completamente diferente. Subes por pendientes donde la vegetación es más bien un cementerio que un jardín, pues los árboles se elevan por encima de los matorrales aplastados, los bejucos ahogan las flores, la hierba crece tan alta como las espigas y, por doquier, la vida muere y resucita, la putrefacción se transforma en humus, pasta viva para dar calor a otras semillas, y la lucha continúa con espasmos y éxtasis en ese océano de savia. Las plantas aquí se tornan en monstruos, las flores están envenenadas por los cadáveres que les sirvieron de lecho y de origen, la abundancia te deja petrificado pues, tras los millones de organismos que han sobrevivido, adivinas la existencia de otros muchos millones que mueren cada hora, y ese gesto de la naturaleza de arrojar incesantemente vida sin ton ni son, ese gesto de creación por el mero gozo de crear, por la alegría de absorber el sol y de cantar su victoria, te atonta, te abruma.»



Mircea Eliade.

La India.

Editorial Herder.

viernes, 31 de enero de 2020

OBITER DICTUM






«Así como los griegos, en el mito del eterno retorno, buscaban satisfacer su sed metafísica de lo «óntico» y de lo estático (pues, desde el punto de vista de lo infinito, el devenir de las cosas que vuelven sin cesar en el mismo estado es por consiguiente implícitamente anulado y hasta puede afirmarse que «el mundo queda en su lugar»), del mismo modo el «primitivo», al conferir al tiempo una dirección cíclica, anula su irreversibilidad. Todo recomienza por su principio a cada instante. El pasado no es sino la prefiguración del futuro. Ningún acontecimiento es irreversible y ninguna transformación es definitiva. En cierto sentido, hasta puede decirse que nada nuevo se produce en el mundo, pues todo no es más que la repetición de los mismos arquetipos primordiales.»


Mircea Eliade

miércoles, 20 de julio de 2016

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





SOBRE EL RIDÍCULO


“Pienso que el ridículo es el elemento dinámico, creador e innovador de toda conciencia que se quiera viva y que experimente lo vivo. No conozco ninguna transfiguración de la humanidad, ningún salto audaz en la comprensión ni ningún descubrimiento pasional fecundo que no haya parecido ridículo a sus contemporáneos. Pero eso no es prueba suficiente, pues todo lo que supera el presente y el límite de la comprensión parece ridículo. Hay otro aspecto del ridículo y ése es el que me interesa: la disponibilidad, la vida eterna, la fecundidad eterna de un acto, de un pensamiento o de una actitud ridícula. El ridículo nos enseña siempre: cada uno lo puede asimilar e interpretar a su manera, se es libre de casar de él lo que se quiera y de hacer co él todo lo que uno desee. No sucede lo mismo con lo que es racional, justificado, verificado, reconocido. Se trata aquí de verdades o actitudes que no conciernen a la vida presta aparecer. Convierten al mundo en una plataforma estable. Nadie las discute, nadie duda de su veracidad. Pero están muertas. Su victoria es su lápida. Son adecuadas para las familias, las instituciones y la pedagogía.
            Uno puede leer un buen libro, uno de esos libros perfectamente escritos, perfectamente construidos, destacados por la crítica, aprobados por el público, coronados de premios. Un buen libro, es decir, un libro muerto. Es tan bueno que en nada conmueve nuestro marasmo ni nuestra mediocridad; por el contrario, se integra perfectamente en nuestros cortos ideales, en nuestros pequeños dramas, en nuestros vicios mezquinos, en nuestras pobres nostalgias. Eso es todo. En diez o en cien años ya nadie lo leerá.
            Todo lo que no es ridículo, es caduco. Si tuviera que definir lo efímero, diría que es todo lo que es perfecto, toda idea bien expresada y bien delimitada, todo que se muestra racional y comprobado. A menudo la mediocridad tiene como atributos «perfecto» y «definitivo».
            Los tomos de filosofía de un profesor francés de provincias están mucho mejor escritos, son muchos más racionales y serios que cualquier panfleto del siglo XIX que fecundó decenas de ideas y fue comentado en decenas de libros. Evitar el ridículo significa rechazar la única posibilidad de inmortalidad. El único contacto directo con la eternidad. Un libro que no sea ridículo, o una idea unánimemente aplaudida de entrada, ha renunciado, por el hecho mismo de su éxito, a toda potencialidad, a toda posibilidad de ser retomado y continuado.




Mircea Eliade. 
El vuelo mágico. 
Ediciones Siruela.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





EL ALQUIMISTA

         “En definitiva, el alquimista occidental en su laboratorio, lo mismo que sus colegas chinos o indios, operaba sobre sí mismo, sobre su vida fisio-psicológica tanto como sobre su experiencia moral y espiritual. Los textos están de acuerdo en ensalzar las virtudes y cualidades del alquimista: deber ser sano, humilde, paciente, casto; debe tener el espíritu libre y en armonía con la obra; debe ser inteligente y sabio; debe al mismo tiempo obrar, meditar, orar, etc. Vemos por todo ello que no se trata aquí únicamente de operaciones de laboratorio. El alquimista se compromete por entero en su obra. Pero estas cualidades y virtudes no pueden entenderse en una acepción puramente moral. Ejercen la misma función en el alquimista que la paciencia, la inteligencia, la ecuanimidad, etc., en el sadhana tántrico o en el noviciado que precedía a la iniciación en los Misterios. Es decir, que ninguna virtud ni ninguna erudición podían dispensar de la experiencia de iniciación, que era la única capaz de operar la ruptura de nivel implicada en la «transmutación».”


Mircea Eliade. 
Herreros y alquimistas. 
Alianza Editorial.

miércoles, 15 de octubre de 2014

OBITER DICTUM





                         “Pero a estas alturas tenemos el derecho a preguntarnos si la importancia de los arquetipos para la conciencia del hombre arcaico y la incapacidad de la memoria popular para retener lo que no sean arquetipos no nos revelan algo más que la resistencia de la espiritualidad tradicional frente a la historia; si no nos revela la caducidad, o en todo caso el carácter secundario, de la individualidad humana en cuanto tal, individualidad cuya espontaneidad creadora constituye, en último análisis, la autenticidad y la irreversibilidad de la historia. En todo caso es notable que, por un lado, la memoria popular se niegue a conservar los elementos personales, «históricos»”, de la biografía de un héroe, mientras que, por el otro, las experiencias místicas superiores implican una elevación del Dios personal al Dios transpersonal.”

Mircea Eliade.



martes, 18 de junio de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






RECUERDO


“Nací en Bucarest, pero el mismo año de mi nacimiento trasladaron a mi padre de guarnición y marchamos a Ramnic. Allí es donde se sitúan mis primeros recuerdos. Vivíamos en una casa con numerosas habitaciones. Recuerdo que había acacias bajo las ventanas. Detrás de la casa estaba el patio y un huerto, que me parecía inmenso por los albaricoqueros, los ciruelos, los membrilleros. Mi recuerdo más antiguo es de la época en que apenas tenía tres años. Me veo revolcándome con mi hermano por la hierba en compañía de un gran perro blanco llamado “Picú”. A nuestro lado, sentada en un taburete, mi madre charlando con la vecina. A este primer recuerdo le sigue otro. Era por la tarde. Estábamos en el andén de la estación esperando a una tía que llegaba de Bucarest. Había mucha gente. Me habían dado un croissant, que sostenía en la mano y que no me atrevía a comer de los enorme y prodigioso que me parecía. Lo contemplaba orgulloso, lo exhibía como un trofeo. Al entrar el tren en la estación, nuestro pequeño grupo se agitó y quedé solo un instante. Apareció entonces delante de mí, surgido de no sé dónde, un niño de cinco o seis años. Me arrancó el croissant, me miró un instante sonriendo, le dio un mordisco y desapareció entre la gente. Mi sorpresa fue tal que permanecí parado en el sitio, con la boca abierta, horrorizado por esa astucia y esa audacia cuyo pode acababa de revelárseme.
         Otro recuerdo de mis primeros años son los paseos a caballo por los bosques y viñedos de los alrededores de Ramnic. Cuando el coche se paraba al borde de un camino, a la sombra de árboles cargados de frutos, subía al asiento para coger ciruelas. Andando un día a cuatro patas por la hierba del bosque, vi un lagarto azul verdoso brillante, y pasamos el lagarto y yo largo rato inmóviles ambos, mirándonos. No sentía ningún miedo, y sin embargo mi corazón latía a toda velocidad, tal era mi alegría al haber descubierto un animal tan extraño y desconocido, de belleza tan misteriosa.”

Mircea Eliade. 
Memoria
Taurus Ediciones.

miércoles, 19 de octubre de 2011

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





CALCUTA


“Al alba, síntomas de reuma despiertan al pobre europeo arrebujado entre sus chales. Le queda una hora. Antes de las seis de la mañana ya está en el patio, medio desnudo, y se lava vertiéndose agua de una pila de piedra estrecha como un sepulcro. En todo el barrio tiene lugar el baño, cada bomba en las calles es una fuente para las familias pobres. El té, y todavía la agitación de las muchachas, y las plegarias de los fieles y, porque es la Puja, juegos, danzas y risas por todas partes, junto a las ofrendas.
         El templo de Kali, célebre en toda la India, es el más solicitado de los altares dedicados a Durga. Tengo un amigo entre los brahmanes que lo dirigen y viven de sus rentas. Me guía entre los miles de peregrinos, algunos venidos del Orissa –las mujeres son angulosas, oscuras de piel, los ojos vivos--, otros de la frontera con Nepal, otros del Assam. Me zarandean por entre las filas apretadas de fieles y pobres que esperan desde hace días y días poder disfrutar las ofrendas en una hoja de palmera. El altar de Siva y su pozo sagrado (en donde una mirada penetrante puede descubrir el lingam del dios) son tomados al asalto por las mujeres, que vierten allí el agua del Ganges y murmuran mantras, adorando con una increíble devoción al dios que preside su fecundidad. Se me autoriza a observar por encima del altar y veo a mujeres de la aristocracia de Calcuta, cubiertas de sedas, junto a campesinas de Aoudh, viejas piadosas, muchachas descalzas con los cabellos sueltos. Reconozco rostros y me acuerdo de nombres encontrados en tiempos de los festivales artísticos. Desde lo alto de la escalera, con el joven brahmán a mi lado, miro las filas de mujeres cuyas plegarias a Siva han sido atendidas y comprendo el significado del cactus vecino, con los pinchos cargados de anillos de hierro, sus ofrendas.
         En el bullicio de las calles que conducen al templo, un mismo grito, una misma llamada: “Duurga…! ¡Duurga…!”. Las gentes esperan bajo el sol, con sus presentes de flores y ungüentos, y llegan de continuo, y las ofrendas se acumulan aplastadas a los pies de la diosa que los fieles no alcanzan a ver en la oscuridad del templo asediado. Imposible abrirme paso ni tan siquiera hasta el muro. Rodeo la turba y llego ante el pórtico bajo el que sacrifican cabras. Dos mil al día, porque es la Puja. También allí hay gran cantidad de curiosos y fieles. Soy el único blanco, pero me acompaña un brahmán del templo. Cabras y más cabras, el sacrificador se afana con prodigiosa destreza y la sangre salpica todo el entorno. Las cabezas y miembros son recogidos por hábiles servidores. Todavía calientes, las cabras degolladas pasan de unos a otros, y las desuellan, descuartizan, extraen las vísceras y las deshuesan. No veo lo que sigue pero el fuego que asciende me permite entender. No se puede permanecer mucho rato: los animales, hipnotizados por el miedo y el olor de la sangre, se abandonan mansamente entre las manos ejercitadas del inmolador. Los vapores de sangre te excitan, despiertan los instintos inhibidos. El sol arde, la gente te zarandea gritando: “¡Duurga…! ¡Duurga…!”.
         Me dirijo hacia el río, pues para todo hindú el rito termina con las abluciones en el Ganges sagrado –de una suciedad repulsiva, de aguas grasientas y fétidas--. En la calle, cada tenderete también es un altar: Ganesa, Lakshmi, Krishna, Siva. Se venden ídolos e imágenes rojas: Durga. A cada paso, pedigüeños lisiados, leprosos incurables, brahmanes estafadores, yoghis y faquires de feria con la cabellera gris de ceniza de los saddhus. En las márgenes del camino, charlatanes con la cabeza enterrada, mientras sus compadres recogen las monedas de cobre de las mujeres del Aoudh. O bien falsos faquires que parlotean sobre planchas de clavos, o incluso vacas de cinco patas y toda suerte de otras exhibiciones grotescas, odiosas, repugnantes, que los peregrinos admiran y que las mujeres premian con sus limosnas.
         Al comienzo, el espectáculo divierte, sobre todo si se entiende que pertenece a un hinduismo degenerado, el hinduismo que ha ofrecido sacrificios humanos a la misma Durga y la prostitución orgiástica que poca gente conoce y que nadie puede desvelar. Enseguida, abandonado al cansancio, uno siente disgusto, un tipo de cólera desesperada contra esa mezcla de piedad y barbarie. La única consolación: la serenidad de las mujeres de la élite, que cumplen con su deber indiferentes al jaleo, las pasiones, la sangre, los gritos. Me refugio en la avenida que conduce, a lo largo del río, hacia el ghat en donde queman los cadáveres. Una madre espera el haz de leña para su hijo muerto, envuelto en un paño. Una hoguera acaba de devorar el cuerpo de un rico comerciante de Shambazar. Un miembro de la familia rebusca entre los tizones y encuentra huesos medio blancos.  Se trae otra leña pequeña y otra hojarasca. Debe desaparecer todo, hasta la última señal. Cuando se enfría la brasa, un cuervo viene a posarse sobre la ceniza que todavía huele a carne quemada. Picotea desesperado la madera; pero nada, no encuentra nada, ya que el cuerpo está desde ahora en el cielo de Durga.
         Delante del ghat, un jardín, arbustos perfumados, cipreses. Me esperan tantos amigos. Y todos me decían que… Pero ¿para qué repetirlo aquí? En la India lo sublime se mezcla con las atrocidades, el disgusto, las supersticiones. Por eso fascina y no perdona.”


Mircea Eliade. 
El vuelo mágico. 
Ediciones Siruela.