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lunes, 13 de septiembre de 2021

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






CHA


«Mi kurumaya dice llamarse «Cha». Lleva un sombrero blanco que parece la punta de una seta gigantesca; una chaqueta corta de mangas anchas; pantalones azules ajustados como leotardos, que le llegan a los tobillos; y unas sandalias ligeras de paja que van atadas a sus pies desnudos con cuerdas de fibra de palmito. Sin duda, personifica toda la paciencia, resistencia y artero poder de persuasión de su gremio. Ya ha manifestado su capacidad para hacer que le dé más de lo que la ley permite; y en vano me han puesto en guardia contra él. Pues la primera sensación que se experimenta al tener a un ser humano por caballo, brincando de arriba abajo durante horas entre dos largueros, basta por sí sola para despertar un sentimiento de compasión. Y cuando resulta que este ser humano, que de ese modo trota entre los largueros, con todas sus esperanzas, recuerdos, sentimientos y vivencias, posee la más dulce de las sonrisas y la facultad de devolver el menor favor mediante una vistosa exhibición de infinita gratitud, la compasión se transforma en solidaridad, y suscita impulsos irracionales de autosacrificio. Creo que el espectáculo del abundante sudor tiene también algo que ver con el sentimiento, pues te hace pensar en el precio de los latidos y las contracciones musculares, y también de los resfriados, congestiones, y pleuresías. Las ropas de Cha están empapadas, y él se seca el rostro con una toallita color azul celeste con figuras blancas de brotes de bambú y gorriones, toalla que lleva enrollada en la muñeca mientras corre.»

Lafcadio Hearn.
En el país de los dioses.
El Acantilado.

lunes, 26 de octubre de 2020

OBITER DICTUM






Aquí están las figuras mismas de Hokusai, deambulando con sus impermeables de paja, sus inmensos sombreros de paja en forma de seta, y sus sandalias del mismo material; campesinos descalzos, profundamente curtidos por el viento y el sol; y madres de rostro paciente que llevan a la espalda niños calvos y sonrientes, y dan pasitos con sus geta (unos altos y ruidosos zuecos de madera), y comerciantes con túnica, acuclillados, fumando sus pequeñas pipas de bronce entre los innumerables acertijos de sus tiendas.

Lafcadio Hearn.