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viernes, 16 de abril de 2021

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE


















LAS CUPLETISTAS DE OSVALDO JOVE

"En Entrebo, en la parroquia de Labrada de Buriz, partido de Villalba, condado de Montenegro y diócesis de Mondoñedo, había un cojo llamado Osvaldo Jove. Sentado parecía un gigante, pero se ponía de pie y aquel pecho poderoso y el vientre rotundo descansaba en dos piernas curvas y cortas. Pero con ellas, teje que teje, hacía Osvaldo mucho camino, y era cazador de fama. Iba al monte sin perros, pero poseía más vientos que un perdiguero de Burgos en las mañanas tempranas. Llevaba siempre Osvaldo en el bolsillo una libreta en cuyas páginas tenía pegados retratos de las artistas que venían allá por los años diez en las cajas de cerillas, y cuando se aburría, sacaba del bolsillo la libreta y se quedaba como tonto admirando aquellas blancas mantecas, y siempre terminaba por sonreírles, y sonreírse a sí mismo. Un día vio, en «El Progreso» de Lugo, la esquela de un tal don Oswaldo, con lo cual pasó a escribir su nombre con la misma ortografía, sustituyendo la v por la w. A Oswaldo, pues, las que menos le gustaban de las fulanas del cupletismo, eran la francesa Cleo de Merode, y una bilbaína que se llamaba Dora la Menchaca. Prefería la Chelito a la Fornarina, y a Amalia Molina no le concedía mérito alguno. Cuando juntaba algún dinero, ya porque vendiese unos pinos, ya porque había criado un par de muletos, bajaba a Baamonde, tomaba el tren, y se iba a Madrid, a verlas de carne y hueso. En uno de esos viajes, gastó todo el dinero y regresó a pie desde la capital, según él cazando por Castilla y León conejos a pedradas, y pescando alguna trucha en los ríos. En Lugo pidió prestadas cinco pesetas para poder llegar en tren a Baamonde, fumando un puro que le diera un Montenegro de Begonte. De este viaje trajo consigo un libro que enseñaba a predecir el tiempo y a curar dolencias del ganado. También trajo la Desesperación de Espronceda, comprada en la Puerta del Sol madrileña, y una oración contra el pedrisco."

Alvaro Cunqueiro.
Viajes imaginarios y reales.
Tusquets Editores.

lunes, 27 de enero de 2020

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





                   O TEMPO DOS PROBES


Os probes teñen muito máis tempo que os ricos
— e tamén máis frío, máis fame, máis soedade,
máis choiva, máis sol, máis lúa, máis vento.
Coñécense entre eles, e teñen unha fala propia
feita de medo e de raiba, humildosa na coda
e por dedentro chea de dentes afiados.
Entre os probes da miña illa adeprendín
que cando morre un neno, a xente esquece a fala,
e soio ao día seguinte volven adeprender a falar,
pirmeiro os outros nenos, logo a nai, logo os cas.


                                                                  Alvaro Cunqueiro

lunes, 29 de abril de 2019

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






EL JARDÍN DE SAN CARLOS


"El pintor Kaydeda y yo dimos toda la clara mañana de un domingo a un jardín romántico, al jardín de San Carlos. Don Ramón Otero Pedrayo, recordando a Shelley, convocaba para presidirlo la muerte y la poesía. Cipreses, mirto y rosas, son la corona del héroe que allí yace: rosas, porque ya lo dijo Omar Jayam, nacen más rojas donde están los Césares enterrados. Pero de todo el jardín coruñés de San Carlos, yo amo más que nadie las enrejadas ventanas, ventanas de convento de clarisas abiertas, de pronto, a la enorme y dudosa luz del día. Me gustaría una pintura, en la que lady Stanhope, como un gran manto negro que el viento arremolina –concretamente el viento de la oda al salvaje viento del Oeste, de Shelley--, volase desde el mar hasta las altas ventajas por ver el perfil helénico, fino y traslúcido como un verso de Keats, de Sir John Moore. Hay toda una generación de héroes británicos decimonónicos, cuyo perfil es un verso de Keats: son los héroes que los dioses contemplan, libres, hermosos y serenos, pero patéticos en el “agon” como los caballos que galopan en el friso de los tesoros de Delofs. “Cumplieron la tarea mercenaria, cobraron la soldada, y están muertos”. Esto es lo que un poeta dijo de ellos, añadiendo: “Lo que Dios olvidara, defendieron, y lo salvaron todo por la paga”. Hay batallas que tienen nombre de flor: Elviña es una de ellas, y en estas batallas me imagino al héroe deshojando, pensativo, el destino, en el espectro de la rosa…Una rosa blanca, si queréis, marfil y sueño, como lady Stanhope. Allá en la melodiosa Hama, al borde del desierto siriaco, viendo volar pichones en las terrazas o contemplando como gira, se desliza, regresa a la mano y se va para siempre una flor de jazmín en un laberinto de agua, lady Stanhope añoraba únicamente de su vieja Inglaterra las hojas secas del otoño, arremolinadas en la solana de la “manor” natal. Una solana, quizás, con enrejadas ventanas como las del jardín de San Carlos, ventanas para las despedidas románticas, ventanas del amor deshabitadas.  (Lytton Strachey estudió la nariz de los Pitt: lady Stanhope era una Pitt. Todavía su nariz no se ha lanzado al gran vuelo de los últimos Pitt, que adquirieron narices italianas, esas grandes narices de las sepulturas etruscas; todavía la nariz de lady Stanhope es una hermosas, fina nariz, que al respirar la bella aletea, flor de dos pálidos pétalos gemelos)."


Alvaro Cunqueiro. 
100 artigos. 
La Voz de Galicia.


miércoles, 10 de abril de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





 


OTRA VEZ EN EL JARDÍN



  


"La mañana habita el jardín; lentamente se adentra en él, por puertas y ventanas, se enclaustra, y silenciosamente remansa. La luz es más fina que fuera del recinto, y una niña que juega la lleva como un pequeño sol, como un verso rubio, un dáctilo, en el cabello. ¿Quizás sea en las femeninas cabelleras donde duermen los finos hilos con que se tejen las ciaras mañanas? Un poeta, Pedro de Espinosa, le pregunta a Dios:”Señor, ¿quién te enseño el perfil de la azucena?”… Asomado a la bahía y la ciudad, quisiera preguntarte, Señor, quién te enseñó a derramar así, sin límites ni pausa, la luz de las mañanas… De los dones de Dios, decía Enrique Von Kleist, dos amos sobre todo: las mañanas de sol y los sueños. Unas para cabalgar, los otros para huir. “Huir”, es el mote de Kleist. También de lady Stanhope. Cuentan los hermanos Tharaud que lady Stanhope había conocido en Antioquía a un joven iraní, de santa estirpe, ciego por un sacrificio ritual, que se ganaba la vida vendiendo a las gentes los sueños que éstas deseaban. Lady Stanhope le compró sueños, entre ellos uno en el que ella, niña, corría por un prado persiguiendo una paloma, bajo la dulce lluvia de mayo.   Pudo comprarle también, digo yo, un sueño con una mañana de sol en el jardín de San Carlos, y el dux británico en sus brazos y el amor… Pero no, ni aun un ciego iraní, engendrado a la vista de las estrellas, discípulo de la araña y el fuego, capaz de vestir el aire con sus sueños, y de vender las Mil y Una Noches a Harun-al-Raschid, podía venderle a la amada de Moore una mañana como ésta, una luz tan dorada, tan calco mar y tan alegres gaviotas.   Una mañana que te obliga a quedarte quieto, junto a un ciprés de San Carlos, por temor de pisarla, de pisar estos hilos luminosos que Dios, como quien teje Camariñas o “point d’Aleçon”, ordena sobre el mundo y sus estancias."                                                                  

Alvaro Cunqueiro. 
100 artigos. 
La Voz de Galicia.

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sábado, 29 de septiembre de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






CONTRA LA LLUVIA


“Lady Augusta Gregory se ha referido una vez a ciertas prácticas mágicas de los gaélicos antiguos contra la lluvia. Algunas de las cuales exigen que previamente se identifique un culpable, que lo había, del temporal pluvioso. En tiempos de las persecuciones de los paganos contra los primeros cristianos, éstos eran acusados de los chaparrones y las inundaciones. Se refiere a ello Tertuliano, citando aquello de pluvia cadet, causa christiani sunt. Llueve, la culpa es de los cristianos. Y en seguida venía la degollina. Esto de los mártires y la meteorología está sin estudiar. Yo tengo tomadas algunas notas.
Ahora recuerdo aquel Teótimo de Adana —la ciudad episcopal del famoso clérigo Teófilos, cuya historia cuenta, entre otros, Gonzalo de Berceo—, que fue acusado de haber puesto en el cielo, desde el alba a la anochecida, un espléndido arco iris el día en que fueron quemadas allí unas vírgenes. Salieron guardas contra Teótimo, lo hubieron, y en su zurrón encontraron el arco iris doblado. Teótimo hubiera podido atar con él a los persecutores, y quemarlos, que el arco iris tenía partes de ardiente y terrible fuego, pero era un alma compasiva. El arco iris se perdió en lo alto, donde parpadean las estrellas, y Teótimo se dejó cortar a trocitos en la plaza de Adana, junto a la fuente, que eran cuatro leones que echaban agua por la boca, como en la antigua de la Plaza Mayor de Lugo.
Volviendo a la magia gaélica, identificado el culpable de las grandes lluvias en la isla de San Patricio, se averiguaba por qué era pluvioso. Fagha Fiona, por ejemplo, producía nieblas y grandes lluvias cuando se ponía melancólico y añoraba los años pasados en Ceash como paje de la hermosa Guendola. Comenzaba la cenicienta neblina por envolverlo a él, espumilla de la memoria de los alegres días, y después envolvía su reino y finalmente toda la isla y el gran mar. Fagha pasa por ser el inventor, en Irlanda, de las tenacillas para rizar el pelo. El deán Swift se rió una vez de estas fábulas de las invenciones, a las que los gaélicos fueron tan aficionados como los griegos del tiempo pasado. Por ejemplo, de Lenke O'Donnell, inventor del colador. Y volviendo a Fagha Fiona, hubo que convencerlo de que hiciese un viaje a Ceash, donde todavía vivía Guendola, sentada en la solana, enrollando hojas de menta seca y diciendo adiós con un pañuelo rojo a los viajeros. Guendola era ya una anciana, el pelo blanco, pero conservaba toda la dentadura y aún tenía los labios frescos y colorados. Fagha no se atrevió a acercarse a ella, porque vestía un traje viejo y mendado, pero le habló desde detrás de la cerca que hacían al jardín de la dama los varales en los que se enredaba el lúpulo. Recordaron ambos veranos pasados y Guendola sonrió. Desde entonces Fagha dejó de ser pluvioso y cada vez que recordaba los días de Ceash recordaba la sonrisa de Guendola, y entonces, aunque fuese en el medio del cruel invierno, se abría sobre el mundo una hermosa hora de dulce sol.
Actualizando el pensamiento de aquellos magos célticos, siempre además poetas en voz alta y arpistas estrepitosos, se podría afirmar que una concentración en un punto determinado de media docena de tristes y angustiados puede producir un día de intensa lluvia. Probablemente si encima son literatos, las lluvias serán más fuertes. Habría que buscarles a los tristes memorias alegres para que cesasen las lluvias.”


Alvaro Cunqueiro. 
Viajes imaginarios y reales. 
Tusquets Editores.

miércoles, 20 de abril de 2011

OBITER DICTUM







Cuando a Salomón le fue ofrecida el agua de la inmortalidad, dudó, y contra el parecer de todos sus súbditos, que le pedían que la bebiese, el gran rey siguió el consejo de la paloma salvaje Butimar.
—No bebas —dijo la paloma al gran rey en el dulce lenguaje de los pájaros—. ¿Cómo puedes desear vivir cuando todos aquellos que te han amado, tus hijos, tus consejeros, tus amigos, estén en la lista de los muertos? ¿Por qué desear la eterna juventud cuando el rostro mismo de la Tierra se vaya arrugando con la edad, y los ojos parpadeantes de las mismas estrellas vayan siendo cerrados por los dedos negros de Azrael? Cuando tu vida sea un oasis en el inmenso desierto de la muerte, y cuanto te des cuenta de que tu existencia eterna solamente es la prueba de una ausencia eterna, ¿quisieras verdaderamente vivir? No vivirá nadie con quien puedas compartir un recuerdo de juventud. Solo, olvidando y olvidado, vivirás.


Alvaro Cunqueiro.