Mostrando entradas con la etiqueta Leigh Fermor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Leigh Fermor. Mostrar todas las entradas

lunes, 5 de junio de 2023

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE


 

BLANCA NAVIDAD


«Entré en una pequeña Gasthof y me desprendí de la mochila. Era el único cliente. Las guapas hijas del hostelero, de edades comprendidas entre tres y quince años, estaban subidas en sillas y ayudaban a su padre a decorar un árbol navideño: colgaban bolas, tendían oropel, fijaban velas en las ramas y una espléndida estrella en la punta. Solicitaron mi ayuda, y cuando casi habíamos terminado, el padre, un hombre alto y que parecía muy considerado, descorchó una delgada botella de vino procedente del viñedo Rüdesheim, al otro lado del río. Bebimos juntos y casi habíamos apurado una segunda botella cuando dimos los últimos toques al árbol navideño. Entonces la familia lo rodeó y se pusieron a cantar. La única luz era la de las velas, y los semblantes de las niñas iluminados por las pequeñas llamas, así como sus hermosas y claras voces, convirtieron en memorable la solemne y encantadora ceremonia. No dejó de sorprenderme que no cantaran Stille Nacht , que con tanta frecuencia había oído en los últimos días, pero esa canción es un himno luterano, y creo que los habitantes de aquella ribera del Rin eran mayoritariamente católicos. Dos de los villancicos que cantaron han permanecido en mi memoria: O Du Heilige («Oh tú santo») y Es ist ein Ros entsprungen («Ha brotado una rosa»): ambos eran fascinantes, sobre todo el segundo, el cual, según me dijeron, era muy antiguo. Finalmente fui con ellos a la iglesia y pasé la noche en vela. En plena noche, cuando todos los habitantes de Bingen intercambiaban felicitaciones ante la iglesia, se puso a nevar pausadamente. A la mañana siguiente los miembros de la familia se abrazaron, se estrecharon las manos y se desearon unos a otros una feliz Navidad.»


Patrick Leigh Fermor.

El tiempo de los regalos.

Peninsula.








martes, 8 de marzo de 2022

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






              EN UN SUEÑO EN ULM


«En el corazón de aquella madriguera se alzaba la catedral de Ulm, ceñida por un octágono de casas que se encumbraba en el extremo occidental de la enorme nave, con la torre más alta del mundo, cuya aguja transparente desaparecía en un deshilachado edredón de nubes. Finalizaba un día de mercado. Estaban quitando la nieve de los toldos alquitranados y formando columnas con los cestos encajados unos en otros. Habían cargado los restos de verduras en las carretas, muchos de cuyos caballos tenían aquellas hermosas crines y colas muy rubias, y los carreteros maldecían mientras los hacían retroceder entre las lanzas de las carretas. Mujeres de mejillas coloreadas, procedentes de una veintena de pueblos, llevaban cofias almidonadas y provistas de cintas negras que debían de haber sido terribles receptáculos de nieve. Se congregaban en torno a los braseros y pisoteaban el suelo con unas botas extraordinarias como no las había visto antes ni las he vuelto a ver desde entonces: unos cilindros inmensos, anchos como el calzado de los postillones del siglo XVII , forradas de fieltro y rellenas de paja. Incomprensibles gritos dialectales se mezclaban con los bufidos y relinchos. Las aves de corral estaban agitadas, los cerdos chillaban, los ganaderos azuzaban a las reses para que salieran de los corrales medio desmontados a medida que colocaban las vallas. Aldeanos con sombreros de ala ancha, chalecos rojos y látigos en las manos charlaban en las columnatas y en el tramo de escalones bajos. Un estridente y jocoso murmullo de confabulación se mezclaba con el humo entre las macizas columnas, y las bóvedas que sostenían aquellas columnas eran los suelos de edificios medievales tan grandes y macizos como antiguos tithe barns ingleses.»

Patrick Leigh Fermor.
El tiempo de los regalos.
Peninsula.

lunes, 22 de febrero de 2021

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





JUEVES SANTO



Todas las mujeres llevaban pañuelos atados bajo el mentón. Los hombres, calzados con botas hasta las rodillas, o mocasines de piel sin curtir y con jarreteras hasta media pierna, sujetaban anchos sombreros de fieltro o conos de lana. De los hombros de un par de pastores colgaban pesadas capas blancas de frisa, de confección casera. A pesar del calor y el gentío, uno de ellos estaba enfundado en un manto de piel de oveja sin curtir, con el lado lanudo hacia afuera, que llegaba a las losas del suelo. La rusticidad había aumentado mucho en los últimos ciento cincuenta kilómetros. Los rostros tenían un aspecto áspero y bravío: eran labradores y hombres del campo hasta la médula. Los cirios, colocados en una rejilla triangular, iluminaban aquellas máscaras rústicas y poblaban la nave, a sus espaldas, con una multitud de sombras. Durante una pausa del canto llano, comprendí de repente que era Jueves Santo. Estaban cantando Tenebrae , y lo hacían muy bien. Los versos de los salmos penitenciales recibían su respuesta desde el otro lado del coro, y las lentas recapitulaciones y expresiones en otra forma de los responsorios desarrollaban la historia de la traición. Tan convincente era la atmósfera que los sombríos acontecimientos podrían haber tenido lugar aquella misma noche. Las palabras cantadas avanzaban paso a paso a través de las fases del drama. De vez en cuando, tomaban un nuevo cirio del candelero y lo apagaban. Al otro lado de la puerta la oscuridad era total, y con la extinción de cada llama las sombras del interior se aproximaban más. Realzaba el claroscuro de aquellos ásperos rostros campesinos e intensificaba el brillo del arrobamiento en innumerables ojos; y en la iglesia, a medida que aunmentaba el calor, flotaba el olor de la cera fundida, la piel de oveja, la cuajada, el sudor y la infinidad de alientos. Había en el fondo un espectro de incienso antiguo y un hedor a chamusquina a medida que los pabilos, apagados uno tras otro, expiraban y producían madejas de humo ascendente. Seniores populi consilium fecerunt —cantaban las voces—, ut Jesus dolo tenerent et occiderent ; y uno imaginaba un grupo de ancianos malignos que estaban en un rincón, miraban de soslayo y susurraban moviendo la bocas desdentadas, las barbas oscilando mientras maquinaban la traición y el asesinato. Cum gladiis et fustibus exierunt tamquam ad latronem … Algo en los rostros medio iluminados y en los ojos parpadeantes proporcionaba una siniestra inmediatez a las palabras. Estas evocaban unas sombras apremiantes bajo los muros de una ciudad y los ásperos gritos de la muchedumbre deseosa de linchar. Había un parpadeo de faroles, torpes tropezones en el empinado olivar y sombras frenéticas de antorchas entre los árboles: un forcejeo, palabras, golpes, un destello, faroles caídos y pisoteados, una prenda de vestir arrebatada, alguien corriendo bajo las ramas. Por un momento nosotros, la congregación, nos convertimos en los villanos con las espadas y los garrotes. Unos hechos rápidos y abominables se sucedían en la ambigüedad de la cuesta boscosa. ¡La sugerencia duró una fracción de segundo! Cuando se llevaron la última de las velas, la oscuridad era tan profunda que apenas se distinguía rasgo alguno. La sensación del cambio de papeles se había evaporado, y los congregados salimos al polvo. Empezaron a encenderse las luces en las ventanas del pueblo, y un atisbo de luna brillaba en el otro extremo de la llanura.

Patrick Leigh Fermor.
El tiempo de los regalos.
Peninsula.

jueves, 5 de septiembre de 2019

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE








ENTRE TEUTÓNICO Y LATINO


«Por encima de los cavernosos meandros del Tajo, labrada o resaltada con escamas de colores sobre las barbacanas de Toledo, la gran águila bicéfala del imperio abre más sus alas, todavía hoy, que cualquier emblema similar junto al Danubio o en el Tirol. Con las alas las heráldicamente extendidas en las velas de las flotas, la misma ave cruzaba el Atlántico, emblemática de la expansión repentina de la asombrosa herencia de Carlos V. Tallada en piedra volcánica y desmoronándose entre las lianas, ese despliegue de plumas pétreas todavía deja perplejos a los mayas, a quienes les recuerda al quetzal. Ahí, junto al lago Titicaca, se han salvado de la ruina a lo largo de cuatro siglos llenos de terremotos. Carlos era el epítome de la doble herencia, un símbolo viviente del compuesto teutónico y latino y de toda la era. Vestido de negro contra un fondo oscuro, fatigado por el gobierno y las campañas, en pie con una mano sobre la cabeza de su perro, ¡cuán reflexiva y sombría es la mirada del gran emperador en el cuadro de Ticiano! Cuando se retiró, tras haber abdicado, fue propio de la dualidad predominante que no se estableciera en Melk ni en Göttweig ni en San Florián ni en ninguna de las famosas abadías austríacas, sino en un pequeño anexo real, fijado como una lapa a los muros del pequeño monasterio jerónimo de Yuste, entre los hayedos y los encinares de Extremadura.»


Patrick Leigh Fermor. 
El tiempo de los regalos. 
Peninsula.

viernes, 12 de octubre de 2018

OBITER DICTUM






Recordé el consejo que me había dado el alcalde de Bruchsal, y en cuanto llegué a aquel pueblecito busqué al Bürgermeister («burgomaestre»). Le encontré en el Gemeindeamt («oficina municipal»), donde redactó una nota. La presenté en la hostería: me daba derecho a una cena y una jarra de cerveza, una cama para pasar la noche, pan y un tazón de café por la mañana, todo ello a cuenta de la parroquia. Ahora me parece asombroso, pero tal era el trato que me daban, y nunca lo hacían rezongando; siempre era objeto de una bienvenida amistosa. No sé cuántas veces me aproveché de esa costumbre generosa y, al parecer, muy antigua, que se mantenía en Alemania y Austria, tal vez superviviente de una añeja prestación caritativa de ayuda a estudiantes errantes y peregrinos, ahora extendida a todos los viajeros pobres.

Patrick Leigh Fermor.

domingo, 19 de marzo de 2017

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE









EN DORDRECHT


Aparte del paisaje nevado, las nubes y las aguas bordeadas de árboles del Merwede, de los días que siguieron recuerdo poco más que los nombres de las ciudades en las que dormí. Debí de salir tarde de Dordrecht: Sliedrecht, mi próxima parada, solo está a unos pocos kilómetros, y Gorinchen, la siguiente, no se encuentra mucho más lejos. Conservo en la memoria algunos muros antiguos, calles adoquinadas, una barbacana y gabarras amarradas a lo largo del río, pero lo que recuerdo con más nitidez es el calabozo del pueblo. Alguien me había dicho que, en Holanda, los viajeros humildes podían pasar la noche en las comisarías de policía, y era cierto. Sin decir palabra, un guardia me hizo entrar en una celda y dormí allí, tapado hasta las orejas con la manta, sobre una tabla de madera fijada en la pared con unos goznes y asegurada por medio de dos cadenas bajo un bosque de vulgares dibujos e inscripciones. Incluso me dieron un tazón de café con leche y una rebanada de pan antes de partir. Menos mal que puse «estudiante» en mi pasaporte: era un amuleto y un «Ábrete, Sésamo». De acuerdo con la tradición europea, esa palabra evocaba a un personaje juvenil, necesitado y serio, espoleado a lo largo de las carreteras de Óccidente por la sed de aprendizaje, y así, a pesar de su ánimo exaltado y la tendencia a entonar canciones de borrachos en latín macarrónico, un firme candidato a recibir auxilio


Patrick Leigh Fermor.
El tiempo de los regalos.
Peninsula.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

OBITER DICTUM






Desde el final de estos viajes hasta la guerra, viví, con un solo año de interrupción, en Europa oriental, entre amigos a los que debo llamar liberales anticuados. Odiaban a la Alemania nazi, pero era imposible mirar al este en busca de inspiración y esperanza, tal como sus equivalentes occidentales, quienes miraban desde lejos e inquietos por la pesadilla de una sola clase de totalitarismo, se sentían capaces de hacer. Y es que Rusia comenzaba a unos pocos campos de distancia, al otro lado de un río, y allí, como sabían todos sus vecinos, se estaban cometiendo grandes tropelías y había un peligro terrible. Todos sus temores resultaron fundados. Al vivir entre ellos compartí esos temores, los cuales hicieron el suelo pedregoso para que pudieran fructificar ciertas semillas.


Patrick Leigh Fermor

viernes, 9 de diciembre de 2011

OBITER DICTUM













El ámbito del templo coincidía de una manera tan convincente con una veintena de cuadros flamencos semiolvidados, que al instante poblé el vacío con aquellos grupos del siglo XVII que deberían haber estado sentados o paseando por allí: burgueses de rubias barbas en punta, a cuyos pies permanecían desobedientes perros de aguas que se negaban a quedarse en el exterior, conversando seriamente con sus esposas e hijos, inmóviles como fichas de ajedrez, vestidos de velarte negro y con idénticas gorgueras en forma de panal bajo las enormes columnas con escudos de armas. Al cabo de pocos años, la hermosa ciudad sería bombardeada hasta dejarla reducida a fragmentos, y solo se salvaría aquella iglesia. De haberlo sabido, me habría quedado allí más tiempo.


Patrick Leigh Fermor