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martes, 28 de diciembre de 2021

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






LA TERTULIA SE PASA AL CAFÉ


Las costumbres, en sus continuas reformas, han quitado gran parte de oportunidad a este artículo. Ya no es la librería el habitual punto de reunión en que nuestros padres comentaban las interesantes noticias de Rusia publicadas en La Gaceta con tres meses de retraso a lo sumo, la tribuna en que se debatía la eterna cuestión de los chorizos y polacos, y el observatorio en que se pasaba revista a las nuevas publicaciones, sin perjuicio de conspirar cuando llegaba la ocasión contra los Gobiernos, que este ha sido vicio arraigado lo mismo en las costumbres de nuestros padres que en las nuestras. Los ateneos, los casinos, y más principalmente los cafés, han triunfado de las librerías, y los antiguos concurrentes a estas las han abandonado, permitiendo a los libreros consagrarse más a su comercio y menos a la murmuración política, literaria y social.
Aún hay, no obstante, quien lucha por la conservación de la costumbre tradicional de pasar una hora como testigo de las transacciones bibliográficas, y observar lo que pasa por la calle, gracias a los modernos escaparates, que causarían profundo horror a nuestros abuelos si pudieran verlos.

Manuel Ossorio.
La Republica de las Letras.
Establecimiento tipográfico de E. Cuesta.

jueves, 15 de noviembre de 2018

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EL MIGUELITO

“Colocado en medio de la acera, con el sombrero hasta las cejas y la capa hasta los ojos, mintiendo buen cuerpo y airoso talle, se vé á un hombre en actitud observadora y reposada. Si  tiene cédula de  vecindad, cosa bastante problemática, es seguro que no se marcará en ella la profesion que ejerce. Y, sin embargo, el tipo que analizamos ejerce una industria  que debe ser lucrativa, porque hace una docena de años que vendía arena de mármol de San Isidro, y hoy luce sortijas en la mano y una cadena colosal en el chaleco, que á no ser de rico dublé podría tomarse por de oro finísimo de Arabia.
El sitio predilecto del mismo es la acera comprendida entre la calle de Carretas y la Carrera de San Jerónimo; las horas á que puede vérsele desde la una de la tarde á las diez de la noche; suele hacer frecuentes desapariciones; pero no es dudoso que ninguna pasará de un cuarto de hora. El hombre llena sin duda una obligacion, así durante su guardia como en su ausencia.
Al pasar junto á él otro embozado, en el momento que hemos elejido para estudiarle le ha llamado Miguelito. Ya es una noticia biográfica: sepamos esperar y acaso conoceremos toda su vida y milagros.
Pero trascurre un cuarto de hora, y nuestro hombre sigue en su primitiva actitud, examinando atentamente á todos los transeuntes, como si esperase á alguno. Al cabo de  este tiempo sonrie  imperceptiblemente: sin duda tiene ya lo que buscaba.
Y lo que buscaba no es otra cosa que un jóven, que mira en todas dirécciones como embobado; que se pára observando la altura del surtidor de la fuente que ocupa el centro de la plaza; que admira  tímidamente  á las beldades que pasean sus venales atractivos por entre la multitud,  y que luce un cigarro de tres cuartos en una  boquilla con cabos  de plata.
Nuestro jóven, colocado en una antesala y á media luz podría confundirse con un cuelgacapas; tal es la gracia con que lleva sus ropas , cuyo brillo denuncia que son nuevas y cuyo corte no desdeñaría algun sastre de fama, si  una imprudente etiqueta cosida á uno de los faldones del gaban no dijera con toda elocuencia. Tienda  del leon rapante, cálle de la Cruz, núm. 99.
Al pasar nuestro forastero, --pues sin duda lo es--junto al industrial que le marcado por suyo, siente que le posan una mano sobre  el hombro, al mismo tiempo que escucha una voz que le dice:
--¡Vaya V. con Dios!
Párase  el jóven balbuceando algunas frases, con las que  quiere dar á entender  á su interlocutor que nunca  le ha  conocido; pero este continúa:
--Poca  memoria tiene V. para estudiante. ¿No va V. hoy á casa del duque?
--Sin duda está V. equivocado. Yo no conozco á ningun duque.
--¡Qué!¿No estuvo V. ayer en la calle de la Victoria?
--Ni sé dónde está.
--Dispense V., amigo  mio; pero se parece V. al que yo buscaba como  un huevo á otro.
--Está V. dispensado.
--Pero no ha de ser inútil mi equivocacion involuntaria, y si quiere  Y. acompañarme á casa del duque le  presentaré á los amigos.
--¿Pero, qué amigos?
--Gente alegre y campechana, que tira las onzas por pasar el rato. V. tiene cara de hombre de suerte, y capaz de dar siete golpes á un duro.
El jóven ha oido referir en su pueblo que en Madrid se pueden ganar miles y miles con un poco de suerte; se ha gastado acaso en ocho días el dinero que debia durarle un mes, y comprendiendo que le invitan  á entrar en una casa de juego, cae en el lazo y aprovecha la feliz coyuntura  que le ofrece su parecido con otra persona para aceptar el ofrecimiento de su franco interlocutor.
Si, por el contrario, recuerda los consejos de su padre, que compromete y gasta la hacienda de sus abuelos para hacerle abogado, y que pueda ser el mejor dia diputado  por el distrito ó juez municipal del pueblo; si está todavía bajo el influjo de la santa  bendicion de su madre, desprecia  el ofrecimiento que le hacia el cazador de  víctimas y sigue su camino.
Pero el primer fracaso no le desanima al buen Miguelito, y despues de encender una tagarnina vuelve á ponerse en  expectación…”

Manuel Ossorio. 
De la Puerta del Sol. 
Imprenta de los Sres. Rojas.




miércoles, 16 de mayo de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



VENDEDORES DE PERIÓDICOS


“No hace mucho que, en vista de las numerosas ocultaciones que disminuían las rentas públicas, el gobierno nombró investigadores especiales que denunciaran las industrias no afectas al pago de tributos.
No sabemos, ni pretendemos averiguar, si los nuevos funcionarios cumplieron como buenos su cometido, ni si la Hacienda, ese monstruo multifauce nunca satisfecho, alcanzó beneficiosos resultados. Lo cierto, lo indudable es que existen en Madrid numerosas industrias, poco estudiadas, tributarias algunas y exentas otras de toda gabela y que merecen un lijero estudio crítico.
Desde luego reclaman nuestra atención los vendedores de periódicos ó ciegos, según se llaman vulgarmente, por  más de que casi todos estos industriales tengan una vista excelente, pertenezcan á cualquiera de los dos sexos y se hallen comprendidos en cualesquiera de las edades de la vida humana. Estos industriales se estacionan en las esquinas, recorren las aceras ó cruzan el empedrado, aturdiendo á los transeúntes con sus gritos. Su efímera mercancía, constantemente renovada, satisface todos los caprichos, todas las tendencias, todas las opiniones. Desde El Tribunal del Pueblo hasta La Regeneración, desde El imparcial hasta La Iberia, desde El Diario del Pueblo hasta El Cencerro, los vendedores de periódicos confunden en sus manos á los republicanos y los carlistas, radicales y conservadores, alfonsino é incoloros. La idea política toma forma en el cerebro del escritor, se hace pública mediante la tipografía, y se reparte por medio del vendedor. Este lleva siempre una esperanza y un consuelo al parroquiano, cualesquiera que puedan ser sus opiniones. Y sin embargo de prestar semejantes beneficios, solo consigue una pequeña ganancia en el ejercicio de su industria. Tal vez se me dirá que menos gana y trabaja más el redactor de un diario; pero no se debe perder de vista que el escritor público cursa en la prensa la carrera de ministro y que el vendedor de periódicos no suele salir de vendedor.”


Manuel Ossorio. De la Puerta del Sol. Imprenta de los Sres. Rojas.