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jueves, 14 de mayo de 2020

OBITER DICTUM



«Yo ya dije el 1 de septiembre de 1939 en el Reichstag alemán (y procuro no hacer profecías precipitadas) que esta guerra no se acabará como se imaginan los judíos, con el exterminio de los pueblos arios europeos, sino que el resultado de esta guerra será la aniquilación de la judeidad. Se aplicará ahora, por primera vez, la vieja ley judía: ojo por ojo, diente por diente.»


Adolf Hitler.


miércoles, 27 de marzo de 2019

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






TRADUCCIÓN O MANDATO


Hermes era el enviado divino que llevaba los mensajes de los dioses a los hombres; en los pasajes homéricos suele ejecutar verbalmente el mensaje que se la ha confiado. Pero es frecuente, sobre todo en el uso profano, que el cometido del hermeneus consista en traducir lo manifestado de modo extraño o ininteligible al lenguaje inteligible por todos. Por eso la tarea de la traducción goza siempre de una cierta «libertad». Presupone la plena compresión de la lengua extranjera, pero aún más la comprensión del sentido auténtico de lo manifestado. El que quiera hacerse entender como intérprete debe traducir el sentido expresado. La labor de la «hermenéutica» es siempre esa transferencia desde un mundo a otro, desde el mundo de los dioses al de los humanos, desde el mundo de una lengua extraña al mundo de la lengua propia (los traductores humanos sólo pueden traducir a su propia lengua). Pero dado que la tarea del traductor consiste en «cumplir» algo, el sentido del hermeneuein oscila entre la traducción y el mandato…

Hans George Gardamer. 
Verdad y método II. 
Ediciones Sígueme

jueves, 24 de septiembre de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






LE LLAMABAN ADOLF O FÜHRER

«Por fin, después de que una orquesta de instrumentos de viento hubiera tocado una marcha tras otra apareció Hitler. La gente se levantó de un salto de sus asientos, y gritó como si todos estuvieran fuera de sí: «¡Heil, Heil, Heil!» durante unos minutos. Yo estaba sentada demasiado lejos para poder ver la cara de Hitler. Cuando cesaron las aclamaciones, Hitler habló: «Compañeros alemanes…», empezó diciendo.
En aquel instante tuve una visión casi apocalíptica que jamás pude olvidar. Para mí fue como si la superficie de la tierra se extendiese ante mí en una semiesfera, que de pronto se escindió por la mitad y arrojó un gigantesco chorro de agua, tan enorme que tocó el cielo y sacudió la tierra. Yo estaba paralizada; aunque no entendía gran cosa del discurso, me sentía fascinada. Un ruido de tambor atronaba los tímpanos de los oyentes y noté que estos sucumbían al magnetismo de aquel hombre.

Leni Riefenstahl.
Memorias.
Editorial Lumen. »

viernes, 21 de febrero de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






PRENSA JUDÍA


“Es natural que también para nosotros los nacionalsocialistas, resulte difícil en nuestras propias filas, proclamar a Inglaterra como un posible aliado de Alemania en el futuro. La prensa judía, en nuestro país, supo concentrar siempre la animadversión sobre Inglaterra y más de un buen ingenuo alemán cayó en el ardid judío. La cháchara de esta prensa giraba en torno de un supuesto resurgimiento de nuestro poderío marítimo, protestaba contra el robo de nuestras colonias y no omitía recomendar la necesidad de reconquistarlas. Con todo esto no hacía otra cosa que suministrar el material que luego el judío bellaco se encargaba de remitir a sus compinches en Inglaterra, con fines de práctico aprovechamiento, en su propaganda germanófoba. Que hoy no estamos para luchar por poderíos marítimos ni cosas parecidas, es una persuasión que ya debe ir infiltrándose en las huecas cabezas de nuestros políticos burgueses. Orientar en este sentido las fuerzas de la nación sin tener asegurada previamente nuestra posición en Europa, constituyó, ya antes de la guerra, una locura. En la actualidad, una idea semejante se cuenta entre aquellas torpezas que, políticamente consideradas, merecen calificarse con la palabra crimen.
Cuántas veces podrá llegarse al límite de la desesperación, viendo cómo los instigadores judíos sabían entretener a nuestro pueblo con motivos hoy por hoy completamente secundarios; promoviendo demostraciones y protestas mientras, en aquellos mismos días, Francia desgarraba el tronco alemán pedazo a pedazo, despojándonos sistemáticamente de los fundamentos de nuestra autonomía.
Aquí debo mencionar particularmente un tema del cual el judío sabía servirse en aquellos años con extraordinaria habilidad: la cuestión del Tirol sur.
¡Sí, la cuestión del Tirol!
Quisiera subrayar que yo, personalmente, me cuento entre aquellos que desde agosto de 1914 a noviembre de 1918 --cuando se definía la suerte de Alemania y, con ella, la suerte del Tirol sur-- actuaron allí donde, realmente, tuvo lugar la defensa de este territorio: en el ejército. Yo también había combatido en aquellos años, no para que este territorio fuese, como los otros del suelo alemán, nuestro.
No cabe dudar de que la reintegración de territorios perdidos no se realiza por la sola virtud de invocaciones solemnes al Todopoderoso o por esperanzas piadosas en la justicia de una liga de naciones, sino únicamente con las armas.
Si Alemania quiere poner fin al peligro de exterminio que la amenaza en Europa, deberá tener cuidado de no reincidir en los errores de la anteguerra, haciéndose enemiga del mundo entero.
Fue la fantástica concepción de una alianza nibelunguesca con el cadavérico Estado de los Habsburgo, la que precipitó a Alemania a la ruina. Dejarse llevar de sentimentalismos, frente a las posibilidades de nuestra actual política exterior, será el mejor medio de impedir para siempre el resurgimiento alemán.“


Adolf Hitler. Mi lucha.

lunes, 2 de diciembre de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





ESCRITO EN LANDESBERG


“En el invierno de 1919 y más todavía en la primavera y el verano de 1920, el joven partido nacionalsocialista se vio obligado a definir su posición frente a un problema que, durante la guerra, habría asumido extraordinaria importancia. En la breve descripción contenida en la primera parte de este libro, acerca de los síntomas que pude constatar personalmente sobre el desastre alemán que se avecina, hice referencia a la índole especial de la propaganda ejercitada tanto por los franceses como por parte de los ingleses, para fomentar la antigua querella entre el Norte y el Sur de Alemania. En la primavera de 1915 aparecieron sistemáticamente en el frente alemán los primeros volantes de agitación contra Prusia, señalándose a este país como al único culpable de la guerra.
En 1916 alcanzó esta campaña un grado de desarrollo consumado a la par hábil y villano. Pronto comenzó a dar sus frutos aquella agitación hecha entre los alemanes del Sur contra los del Norte, y que estaba calculada para estimular los más bajos instintos.
Es fuerza hacer a las autoridades responsables de entonces, tanto en el gobierno como en el ejército -pero ante todo en el comando bávaro- un reproche que no pueden eludir: y este es que, en criminal olvido del cumplimiento de su deber, no obrasen con la entereza necesaria, frente a semejante campaña. ¡Nada se hizo! Por el contrario, incluso parecía que al algunos sectores no se veía con desagrado aquella campaña, pensándose con evidente limitación mental, que, mediante aquella funesta influencia, no sólo se oponía una barrera al desenvolvimiento de unidad alemana, sino que con ello, se producía también, automáticamente, una intensificación de la tendencia federalista. ¡Raramente ha de encontrarse en la Historia un caso de deliberado descuido con efectos más graves! El debilitamiento que se creía infligir a Prusia afectó a toda Alemania y su consecuencia fue precipitar el desastre, que significó no sólo la ruina del conjunto nacional de Alemania, sino asimismo la de cada uno de los Estados alemanes en particular.
Munich, la ciudad donde con más violencia ardía el odio artificialmente concitado hacia Prusia, debió ser la primera en lanzar el grito revolucionario contra su tradicional monarquía.
Pero sería un error atribuir exclusivamente a la propaganda de guerra enemiga el origen de ese espíritu hostil a Prusia. La forma increíblemente insensata en que estaba organizada nuestra economía de guerra, que, con una centralización rayana en el absurdo, mantenía bajo su tutela todo el territorio del Reich, y lo explotaba, fue una de las causas principales que engendraron aquel sentimiento antiprusiano; pues, para la concepción de la gente del pueblo, los comités de aprovisionamiento, que tenían su central en Berlín, estaban identificados con la capital y, a su vez, Berlín con Prusia.
Demasiado malicioso era el judío, para no haberse dado cuenta, ya entonces, de que la infame campaña de explotación que él mismo había organizado contra el pueblo alemán, bajo la capa de los comités, de aprovisionamiento, provocaría y debía provocar resistencia. Mientras esa resistencia no implicó para él un peligro, no tenía porqué temerla; pero a fin de prevenir una explosión de las masas movidas por la desesperanza y la indignación, descubrió que no podía haber receta mejor que la de desviar el furor popular en otro sentido, como medio de neutralizarlo.
¡Luego vino la revolución!
El judío internacional, Kurt Eisner, comenzó a intrigar en Baviera contra Prusia. Dando al movimiento revolucionario bávaro un cariz deliberadamente hostil contra el resto de Alemania, no obraba ni en lo más mínimo animado del propósito de servir intereses de Baviera, sino, llanamente, como un ejecutor del judaísmo. Explotó los instintos y antipatías del pueblo bávaro para poder, por ese medio, desmoronar más fácilmente a Alemania. Pero pronto el Reich en ruina habría caído en manos del bolchevismo.
Óptimos frutos produjo el arte con que los agitadores bolcheviques supieron presentar la eliminación de la república del Consejo de Soldados como una victoria del "militarismo prusiano" sobre el pueblo bávaro "antimilitarista y antiprusiano". Cuando en Munich se realizaron las elecciones para la dieta constituyente de Baviera, Kurt Eisner contaba en su favor escasamente con diez mil adeptos y el partido comunista apenas si llegaba a tres mil, en tanto que al producirse el fracaso de la república comunista, el número de ambos grupos había alcanzado ya un total aproximado de cien mil.
Desde aquella época, me empeñé personalmente en la lucha contra la descabellada agitación de los Estados alemanes entre sí. En toda mi vida no creo haber emprendido jamás obra más popular que aquella campaña mía de resistencia contra la animadversión existente contra Prusia. Durante el gobierno del consejo de soldados tuvieron lugar en Munich los primeros mítines donde se excitaba el odio contra el resto de Alemania, en especial contra Prusia, en una forma tal, que no sólo entrañaba peligro de vida para el alemán del Norte que se arriesgase a concurrir a un mitin de aquellos, sino que aquellas demostraciones concluían casi siempre con la estúpida vocinglería de "¡Abajo Prusia!", "¡Separémonos de Prusia!", ¡"Guerra a Prusia"!, etc., estado de ánimo que hallaba su expresión cabal en el grito de guerra de un "insuperable" representante de los altos intereses de Baviera en el Reichstag, que decía : Preferimos morir como bávaros antes que perecer como prusianos.”

Adolf Hitler. Mi lucha.