Mostrando entradas con la etiqueta Alarcón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alarcón. Mostrar todas las entradas

miércoles, 24 de noviembre de 2021

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






LA FENICE


«El teatro de La Fenice, donde se han estrenado tantas óperas magistrales, y uno de los primeros del mundo, según la fama, se halla cerrado hace tiempo por orden del gobierno austríaco, a consecuencia de las manifestaciones o tumultos que allí ocurrían frecuentemente.
Ved qué tumultos eran estos.
Todos los grandes músicos de Italia han sido y son republicanos; lo mismo Bellini que Donizetti; así Verdi como Rossini: por consiguiente, los argumentos que han elegido para casi todas sus óperas respiran libertad e independencia. Ahora bien, los druidas de Norma, clamando contra la dominación romana; los suizos, alzándose contra el Austria en Guillermo Tell; los Puritanos, gritando libertad y patria; los mártires, caminando gozosos al suplicio con tal de no renegar; el pueblo hebreo, gimiendo bajo los faraones en el Moisés; Babilonia, escandalizada por Nabucco; los amigos de Beatrice di Tenda, pugnando contra la tiranía de Visconti, y otros tantos casos análogos como abundan en las obras de aquellos maestros, eran estrepitosamente aplaudidos por el público veneciano, que aprovechaba la ocasión para cantar desde palcos y butacas, y a coro con los artistas, mágicas frases de ardiente patriotismo, que los gobernadores austríacos no podían, sufrir con paciencia, tanto más cuanto que en todas esas óperas lo straniero acababa siempre por ser degollado...
        El teatro de La Fenice fue, pues, cerrado indefinidamente. »

Pedro Antonio de Alarcón.
De Madrid a Nápoles.
Gaspar Editores.

viernes, 2 de octubre de 2020

OBITER DICTUM





Ante todo, causa un terror instintivo el recordar que los habitantes de Pompeya se encontraban reunidos aquí en el momento de la catástrofe, y no puede uno menos de mirar frecuentemente al Vesubio (cuya mole, demasiado próxima, cierra el horizonte hacia el Septentrión), para ver si se advierte alguna novedad en el humo que lo corona... y tranquilizarse al hallarlo en su estado habitual.


Pedro Antonio de Alarcón.

viernes, 15 de marzo de 2019

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE


EL PENULTIMO VIAJE DE LOS HERMANOS JEE


“El terraplén se había hundido hacia la izquierda; la locomotora volcó por allí, encorvando el raíl sobre que gravitaba; pero, como marchaba al mismo tiempo que caía, se encontró con el raíl siguiente, que atravesó la caldera de parte a parte. Unido esto a que el Ingeniero inglés Alfredo Jee, que hacía de maquinista, tuvo tiempo antes de morir de quitar alguna fuerza a la máquina, dio por resultado que la locomotora encalló en las rocas que hay al pie del terraplén, por su parte menos elevada, y se paró, no sin haber dado dos vueltas enteras en el aire y el ténder una. Nuestro vagón se balanceaba sobre el abismo... ¡Un paso más, y cae también! El siguiente estaba descarrilado; el otro sobre los raíles, y el coche de primera tan perfectamente colocado sobre la vía, que las autoridades y personas de edad que lo ocupaban, no se enteraron desde luego de nuestro peligro, sino que creyeron que nos habíamos parado. Los que iban en la máquina y en el ténder rodaron por la pendiente movediza del terraplén. ¡Ni ellos mismos saben cómo! Los más afortunados quedaron en pie, y huyeron de la mole que se les venía encima. Los hermanos Jee, que iban delante de todos, cayeron mal, o no tuvieron tiempo de huir, y quedaron debajo de la locomotora, el uno, Alfredo, muerto en el acto, abrasado por toda la lumbre y por el agua hirviente de la máquina, y cogido por una rueda en medio del pecho; y el otro, Morlando, preso entre las piernas de su hermano y una peña, tendido boca abajo, con la cabeza y el pecho fuera de la máquina, pero recibiendo desde la cintura hasta los pies, y especialmente en la pierna derecha, el agua hirviendo de la caldera y el calor del hierro y de los carbones hechos ascuas. Contusos, ligeramente heridos o quemados, estaban otros muchos; pero ninguno de gravedad. Nuestro dolor al ver muerto al eminente ingeniero Alfredo Jee, y en tan grave situación a su hermano; nuestro asombro al encontrarnos vivos; nuestro reconocimiento a Dios que nos había librado; el terror del pueblo que nos cercaba; los penosos cinco cuartos de hora que se tardó en sacar a Morlando Jee de debajo de la máquina, son cosas que no acertaría a describir…”


Pedro Antonio de Alarcón. 
Viajes por España.