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jueves, 24 de julio de 2025

OBITER DICTUM

 




«En la mañana del acto, hice pasar aviso al General de que le esperaría en el recibimiento una hora más tarde para ir juntos al campo. El general me rogó, por la camarera, que pasase a su habitación. Estaba en el baño, desnudo, el muñón vibrante y las cicatrices a la vista. Le ayudaban su mujer y un par de legionarios, que le acompañaban siempre más como secretarios que como escolta. Se hizo secar y se enfiló el calzoncillo. Yo estaba en pijama. Así los dos, me invitó a acercarme a la ventana para hablarme aparte, mientras los suyos trajinaban preparando sus vestidos. Y me dijo algo parecido a esto:

Me eres muy simpático y además te estoy muy agradecido por haberte acordado de mí. No te pesará. Y quiero pagarte con un favor. Tengo que informarte de que tu nombre no suena bien en las alturas. Te consideran rebelde y poco de fiar. Yo estoy dispuesto a garantizarte, pero, para ello, tenemos que hacer aquí, ahora mismo, el juramento de La Legión.»

Dionisio Ridruejo.


viernes, 5 de agosto de 2022

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






NO SOMOS LAS PRIMERAS

«Por último —esto quizá sea lo que más interese a los espíritus aficionados a lo peliculesco— se me dió la confidencia de que en cierta tertulia de señoras dadas a las «drogas» y otros raros placeres, en la cual, para evitar la monotonía del sensualismo, se celebraban extravagantes sesiones de espiritismo, alternadas con otras de sugestiva ruleta, se estaba tratando de recaudar fondos entre los concurrentes con el fin de organizar una banda de hombres de acción —léase «pistoleros»— que asaltasen la cárcel de Madrid y pusieran en Libertad a los detenidos políticos, a cambio de obtener de ellos la promesa previa y solemne de que, si la República llegaba a triunfar, se legislaría: primero, otorgando el voto a las mujeres; segundo, concediendo el derecho al divorcio; tercero, determinando la investigación de la paternidad; cuarto, prohibiendo la vida en comunidad de los individuos pertenecientes a las Órdenes religiosas; quinto, reglamentando el juego, y finalmente, declarando libre el comercio de estupefacientes, pues, según ellas sostenían, tanto el hombre como la mujer eran dueños de hacer de su capa un sayo al llegar a la mayoría de edad.»

Emilio Mola.
Obras completas.
Librería Santarén.