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viernes, 4 de marzo de 2022

OBITER DICTUM






«Ruano recibía allí a mucha gente, por las tardes, aunque luego cogió la costumbre de irse a escribir al hotel Fénix, al anochecer, y allí redactaba algunas veces la Penúltima hora de ABC, que era una columna toda en negritas y firmada abajo con iniciales. En general, César estaba ya cansado, enfermo, más que viejo, y aquella breve columna solía dejarme triste al día siguiente, en el periódico, porque el maestro se iba, el amigo tardío, el modelo. »

Francisco Umbral.

miércoles, 20 de octubre de 2021

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





LA NO SIMPATÍA


«Don Miguel me corrigió alguna fecha, me amplió algún dato. Al final me dijo que el libro le parecía bien, aunque no estaba escrito con simpatía. Era verdad. Eso de la simpatía es un sentimiento insobornable, cuya razón muchas veces no encuentra razones ni en nosotros mismos. Yo no tuve nunca simpatía por don Miguel de Unamuno. Me apartaban de considerarle una criatura amable muchos y no siempre justos detalles: su egotismo, su castidad, su apostolado de Carlyle a la española, su lío religioso y su aldeanismo seco y escamón, desde el que captó y pretendió la universalidad. Me fastidiaban también íntimamente casi todos sus detalles. Tomaba, por ejemplo, una taza de café. Pues bien, apartaba un terrón de azúcar, revolvía el resto, lo bebía a pequeños sorbos haciendo ruido… Luego, cuando la taza estaba vacía, echaba el terrón reservado y un poco de agua, revolvía aquella porquería y la apuraba de un trago. También resultaba fastidioso su sentido reverencial del dinero o, por otro nombre, roñosería. Hay mil anécdotas de este vicio, pero en Salamanca tuve ocasión de apuntar la mil y una. Yo, que había ido allí en un auto alquilado sólo por la atención de no publicar mi libro sin su visto bueno; yo, que era un joven de veintitantos años y forastero, comí solo, porque él no me convidó a comer, y aun pagué siempre las pequeñas consumiciones que íbamos haciendo. Unicamente al final, casi al despedirnos, cuando llamé al camarero para pagar por última vez dos cafés, Unamuno pegó grandes voces:

—¡No, no, no! ¡De ninguna manera! Paguemos cada uno el nuestro.»


César González-Ruano.
Mi medio siglo se confiesa a medias.
Editorial Noguer.

sábado, 12 de diciembre de 2020

OBITER DICTUM






La catástrofe del Machichaco está en la memoria de todos los santanderinos. Llevaba dinamita no declarada y a poco de comenzar el incendio, que llevó al muelle a centenares de curiosos, el barco hizo explosión, dejando parte de la ciudad en escombros, matando a mucha gente y lisiando a la mitad de las modistillas de la ciudad. Mi padre, que estaba hablando con Arturo Pombo, salió despedido. Le pusieron entre los cadáveres y la casa de mi madre se llenó de amistades compungidas. Por fortuna luego se vio que no estaba sino herido y magullado.

César González-Ruano.

jueves, 3 de marzo de 2016

OBITER DICTUM





Tánger se me ha quedado en la memoria con una fijeza especial, borrosa en algunos detalles y casi fantástica en otros. Viví en Tánger intensamente jugando a morirme como uno supo hacerlo. De Tánger me queda en la memoria el olor. Todo olía en Tánger para mí de una manera especial; algo así como a una mezcla voluptuosa y pesada de mar, de pescado y pecado, de perfumes baratos, de hombre dormido, de frutas, de orines, y de mi rubia pasando en un coche. Todavía no está uno seguro si se irá a morir a Tánger. A morirse de gusto.

César González-Ruano.

miércoles, 16 de octubre de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




BLASCO, VALLE Y RUANO


Cuando la muerte de Blasco Ibáñez tuve una pequeña historia violenta con don Ramón. Había recogido yo unas opiniones para el Heraldo, y la de Valle-Inclán, muy lacónico, fue algo así como que Blasco Ibáñez era un burro. Sacaron defensores de Blasco a relucir unas dedicatorias autógrafas de Valle al novelista valenciano llamándole maestro y no sé cuántas cosas, y entonces Valle-Inclán dijo tan tranquilo que él no había escrito aquello. La casualidad me tentó para hacerle una espectacular trastada. Tenía yo, compradas en una librería de viejo, las Sonatas dedicadas al conde de San Jorge por la misma época que las dedicatorias a Blasco. Escribí un artículo que mandé a Pueblo, de Valencia, acompañando las dedicatorias al conde de San Jorge. Se solicitó una prueba pericial que cotejara ambas dedicatorias; fue ésta, naturalmente, afirmativa de que tanto unas como otras eran auténticas de Valle-Inclán, y se armó el gran lío, un lío en el que me vi metido sin ninguna simpatía por Blasco y mucha hacia don Ramón, pero jugando la carta a la que empecé a jugar. La campaña contra Valle-Inclán arreció. Los libreros de Valencia devolvían todos los títulos de Valle-Inclán y como era yo quien públicamente había promovido todo aquello, no me atreví a volver a la tertulia de Valle. Pero una noche, con la calle de Alcalá casi vacía, coincidimos los dos para entrar en la Granja del Henar. Le saludé cediéndole el paso. Él me contestó ceremonioso invitándome a que entrase yo antes. Volví a insistir y entonces me dijo don Ramón:

 —Ande, angelito… Pase usted primero, no me vaya a sacudir encima un leñazo…

César González-Ruano.
Mi medio siglo se confiesa a medias.
Editorial Noguer.