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viernes, 30 de octubre de 2015

OBITER DICTUM






        “Con frecuencia, desde que he descubierto América, me he dedicado a ser injusto con la vieja Inglaterra. Hoy me arrepiento y escojo, por decirlo así, Washington Square. Si he conseguido penetrar y comprender pronto a Nueva York, ha sido porque tenía sobre mis hombros diez años de allende la Mancha. Todas las bromas que circulan sobre los Estados Unidos e Inglaterra, dos países separados por la lengua y por el Atlántico, etc., etc., han acabado por hacernos olvidar que son madre e hija. La más joven reniega de la mayor como reniega una generación de otra; es decir, en vano.”


Paul Morand.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





LOS HÚNGAROS

                Míralos, Platero, tirados en todo su largor, como tienden los perros cansados el mismo rabo, en el sol de la acera.
                   La muchacha, estatua de fango, derramada su abundante desnudez de cobre entre el desorden de sus andrajos de lanas granas y verdes, arranca la hierbaza seca a que sus manos, negras como el fondo de un puchero, alcanzan. La chiquilla, pelos toda, pinta en la pared, con cisco, alegorías obscenas. El chiquillo se orina en su barriga como una fuente en su taza, llorando por gusto. El hombre y el mono se rascan, aquél la greña, murmurando, y éste las costillas, como si tocase una guitarra.
                   De vez en cuando, el hombre se incorpora, se levanta luego, se va al centro de la calle y golpea con indolente fuerza el pandero, mirando a un balcón. La muchacha, pateada por el chiquillo, canta, mientras jura, desgarradamente, una desentonada monotonía. Y el mono, cuya cadena pesa más que él, fuera de punto, sin razón, da una vuelta de campana y luego se pone a buscar entre los chinos de la cuneta uno más blando.
                   Las tres... El coche de la estación se va, calle Nueva arriba. El sol, solo.

--Ahí tienes, Platero, el ideal de la familia de Amaro... Un hombre como un roble, que se rasca; una mujer, como una parra, que se echa; dos chiquillos, ella y él, para seguir la raza, y un mono pequeño y débil como el mundo, que les da de comer a todos, cogiéndose las pulgas.


Juan Ramón Jiménez

martes, 27 de octubre de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE

 



LOS C-47


«Durante los dos meses siguientes volamos mucho en aviones de transporte rusos, y hay varias similitudes entre todos ellos, de modo que este avión bien podría describirse como representativo de todos ellos. Todos eran C-47, con pintura marrón de guerra, restos de un préstamo. Había aviones de transporte más nuevos en los campos, una especie de C-47 ruso con tren de aterrizaje de tres ruedas, pero en esos nosotros no viajamos. Los C-47 están un poco abandonados en lo que respecta a tapicería y alfombrado, pero sus motores se mantienen a punto y los pilotos parecen ser bastante buenos. Llevan una tripulación más numerosa que nuestros aviones, pero ya que no accedimos a la cabina de control no sabemos qué hacían. Cuando se abría la puerta, parecía que allí había seis o siete personas todo el tiempo, entre ellas una azafata. Tampoco sabemos qué hacía la azafata. Parecía no tener relación con los pasajeros. El avión no lleva comida para los pasajeros, pero estos lo compensan llevando grandes cantidades de vitualla por su cuenta.»


John Steinbeck.

Diario de Rusia.

Editorial Capitan Swing.


domingo, 25 de octubre de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





MUCHO TE QUISE Y CON DOLOR TE MIRO...

Mucho te quise y con dolor te miro
cuando aquí pasas con tu sueño a cuestas.
Mas para siempre, desde lejos, hondos
mis ojos te recuerdan.

Aquí en la tarde te contemplo
pasar hostil y sin clemencia.
Vas dura con tu sueño amargo y triste.
Ingrato sueño que el amor te veda.


Carlos Bousoño.

viernes, 23 de octubre de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




DOS CIUDADES

“Después de la egregia escritora de El Cisne, de alguno que otro coruñés ilustre y de tal cual coruñesa guapa (que las hay como soles, mejorando lo presente), lo más notable de La Coruña es la Torre de Hércules, edificada en la época de los fenicios, un paseo con arboleda y hermosos jardines, y el aspecto panorámico de la ciudad y sus inmediaciones, vistas desde el centro de la bahía. La población urbana que tiende a formar como un semicírculo, siguiendo la configuración de aquella parte de la costa, ofrece un golpe de vista muy agradable a los viajeros marítimos. Sirve como de fondo a tan hermoso cuadro una colina llena de huertos, de eras y de pequeños prados que se hallaban a la sazón en toda la fuerza de su lozanía primaveral. Desde el buque en donde yo estaba se veían por la tarde algunas familias merendando en aquellas agrestes cercanías de la ciudad, y en los días de fiesta daban mayor variedad y animación al paisaje los grandes grupos de aldeanas que pasaban sin cesar, con sus vistosos y pintorescos trajes y sus canastas de frutas y flores, ya por la carretera que hay en la falda de la colina, ya en pequeñas embarcaciones que iban de un lado a otro del puerto, y en las que se amontonaban aquellas de tal modo –formando una gran piña matizada de rojo, amarillo y verde, --que semejaban desde lejos la nave y su contenido una enorme fuente de fresas meciéndose entre las ondas de la bahía.
         La ciudad es agradable, aunque no precisamente bella. Hay cierta irregularidad en su conjunto, cierta desproporción propia de las poblaciones que por algún motivo adquieren más desarrollo del previsto en la época de su fundación. Para satisfacer las crecientes necesidades del comercio, de la industria y del aumento de población se ha ido formando una nueva ciudad al lado de la ciudad vieja, que hoy figura como un barrio distinto de los demás, con su aspecto sombrío, sus calles angostas, su arquitectura sólida y severa, sus escudos nobiliarios, sus templos, sus oratorios, en fin, todo lo que representa y constituye la tradición, enfrente de la ciudad moderna en donde alienta, palpita y se manifiesta de mil diversos modos el espíritu innovador, especulativo y revolucionario de la época presente.
         La hermosa calle Real, gala y orgullo de los coruñeses, sirve como de arteria para el tránsito y la comunicación urbana desde La Coruña del pasado a La Coruña del porvenir…


         Pero es inútil que yo continúe describiendo esta ciudad. ¿Han leído ustedes La Tribuna, preciosa novela naturalista, citada en el capítulo anterior? Pues aquella Marineda tan admirablemente descrita en varios pasajes de dicha obra, es el fiel trasunto de La Coruña.
         Influido por esa alucinación que suelen producir en el ánimo las descripciones artísticas cuando están hechas con exactitud, vigor y riqueza de colorido, más de una vez creí divisar en aquellos lugares la gallarda figura de Amparo, protagonista de la citada obra, o alguno de sus personajes más característicos; de igual modo que al contemplar las torres ennegrecidas y severas de Notre Dame, de Paris, nos parece aun distinguir a través de sus aberturas la sombra de la infeliz Esmeralda o la deforme figura de Cuasimodo.
         Mis principales paseos por La Coruña fueron como un agradable repaso de La Tribuna, un estudio de comparación entre la pintura y el original.”


Manuel Fernández Juncos. 
De Puertorrico a Madrid. 
Tipografía de José González.

lunes, 19 de octubre de 2015

OBITER DICTUM






“Este sistema económico puede funcionar con independencia del tipo de régimen político, ya sea democrático, dictatorial o de otro tipo. El capitalismo puede presentar dos versiones en virtud de una decisión política: la liberal o la socialista. En el caso del liberalismo, la inversión se realiza en el marco de la propiedad privada, según la iniciativa de cada empresa individual; en el del socialismo, la colectividad en su conjunto lleva a cabo las inversiones, según un plan definido por la voluntad política. Por tanto, el socialismo no constituye una forma de actividad económica diferente de la capitalista, sino una versión social de la misma. Esto quiere decir que el fin del capitalismo significará también el del socialismo, a pesar de la opinión de quienes pretenden que el socialismo sucederá al capitalismo”.


Julien Freund

sábado, 17 de octubre de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nada sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Francisco de Quevedo.

miércoles, 14 de octubre de 2015

OBITER DICTUM




GROUCHO: ¿Ha llegado el correo esta mañana?
MIS DIMPLE: Sí, hay una carta de la empresa de máquinas de escribir. Dicen que no ha pagado todavía la máquina de escribir.
GROUCHO: ¿Y por qué iba yo a pagar la máquina de escribir? Usted es quien la usa.
MIS DIMPLE: Pero Mr. Flywheel, yo…
GROUCHO: No importa. Mande una carta a esos miserables oportunistas. Veamos… Caballeros… Yo nunca pedí esa máquina de escribir. (Pausa.) Si lo hice, ustedes no la mandaron… Si la mandaron, yo no la recibí… Si la recibí, la pagué… Y si no le hice, no lo haré. Con mis mejores deseos…
MIS DIMPLE: ¿Algo más, Mr. Flywheel?
GROUCHO: Sí… Amor y besos. Pero no se los mande. Son para usted… Y, ahora… una carta a la Peerless Building Supply Company. (Pomposamente.) Caballeros, no aceptaré ni un centavo menos de cincuenta dólares por la instalación eléctrica de mi oficina. En caso de no tener noticias suyas, daré por hecho que no desean pagar más de doce dólares… Por tanto, y a fin de no perder más el tiempo, aceptaré los doce dólares.
MIS DIMPLE: ¡Pero Mr. Flywheel! ¡No puede puede usted vender la instalación de eléctrica! ¡Es propiedad del casero!
GROUCHO: Bueno, debería estar contento. Vendo su instalación eléctrica para poder pagarle su alquiler… Oiga, dígale a Ravelli que empaquete la araña del techo.
MIS DIMPLE:¿A Mr. Ravelli? No ha llegado todavía.
GROUCHO: Bueno, pues cuando venga, será mejor que le diga que se haga otro seguro de incendio. Le voy a bajar los humos


Groucho Marx.

martes, 13 de octubre de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






J'ai eu le courage de regarder en arrière
Les cadavres de mes jours
Marquent ma route et je les pleure
Les uns pourrissent dans les églises italiennes
Ou bien dans de petits bois de citronniers
Qui fleurissent et fructifient
En même temps et en toute saison
D'autres jours ont pleuré avant de mourir dans des tavernes
Où d'ardents bouquets rouaient
Aux yeux d'une mulâtresse qui inventait la poésie
Et les roses de l'électricité s'ouvrent encore
Dans le jardin de ma mémoire

Guillaume Apollinaire.

viernes, 9 de octubre de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






SOBRE EVARISTO PEÑALVA

“Ahora no recuerdo cuándo lo conocí, yo no debía de tener ni seis años, aunque creo que estaba a punto de cumplirlos cuando vi su casa por primera vez. En el capítulo dedicado a “Algunas aventuras con pájaros” describí mi primer largo paseo por la llanura, cuando mis hermanos me llevaron a ver un río que pasaba a cierta distancia de casa y me maravilló la visión de esa espléndida ave acuática, el flamenco. Cuando estábamos junto al borde de la corriente, que, debido al desbordamiento del río, debía de tener en aquel punto una anchura de unos doscientos metros, uno de mis hermanos mayores me señaló una casa larga y baja, con techumbre de juncos, que estaba en la otra orilla, a un kilómetro y medio de distancia, y me informó de que se trataba de la estancia de don Evaristo Peñalva, uno de los principales propietarios de la zona.
Es una de la imágenes de aquel día preñado de aventuras que no se ha borrado de mi memoria, la casa de adobe, baja y alargada, en medio de la llanura vacía y despejada; no muy lejos de ella, crecían tres acacias viejas y retorcidas que daban la impresión de estar medio muertas y, más allá, había un coral o terreno vallado para el ganado y pequeño redil. Era una casa pobre y austera, de aspecto deprimente, sin sombra ni jardín, y me atrevería a decir que incluso un niño inglés de sólo seis años como era yo debió de sonreír con incredulidad al escuchar la afirmación de que era la residencia de uno de los principales terratenientes de la región.
         Luego, como hemos visto, llegué a tener mi propio caballo; gracias a ello me libré del temor que me inspiraban las vacas malintencionadas de cuernos largos y puntiagudos, y empecé a pasar mucho tiempo en la llanura. Allí conocí a otros niños a caballo que me llevaron a sus casas y me presentaron a sus familias. De ese modo, llegue a visitar a aquella estancia de aspecto solitario, al otro lado del río  y a conocer a las interesantes personas que la habitaban, incluyendo al propio don Evaristo, su amo y señor. En aquellas fechas, era un hombre de edad mediana, estatura normal, muy pálido de piel, pelo largo y negro, barba, nariz recta, frente despejada y grandes ojos oscuros. Sus movimientos eran lentos y deliberados, llenos de dignidad y de gravedad, hablaba y se comportaba de modo ceremonioso y, a pesar de su aire altivo, tenía fama de tener un carácter amable y encantador y de comportarse de forma amistosa con todo el mundo, incluso con los críos pequeños, que suelen ser traviesos y un incordio para los mayores. Así, a pesar de mi timidez y de ser un extraño en su casa, descubrí que no había nada que temer de don Evaristo.
         Espero que el lector no olvide lo que sabe acerca de la vida doméstica de los patriarcas de los tiempos antiguos y que no empiece a disgustarle don Evaristo cuando diga que tenía seis esposas que vivían con él en la misma casa. La primera mujer, la única con la había podido casarse por la iglesia, era de su misma edad, tal vez un poco mayor, muy morena, y empezaba a tener algunas arrugas; era madre de varios hijos ya crecidos y de algunas hijas casadas. Las otras tenían distintas edades, las dos más jóvenes debían de rondarla treintena, eran gemelas y ambas se llamaban Ascensión, porque habían nacido el día de la Ascensión. Aquellas Ascensiones se parecían tanto entre sí que, en cierta ocasión, cuando fui algo mayor, entré en la casa, me encontré con una de las hermanas y empecé a contarle alguna cosa pero la llamaron y salió de la habitación. Al cabo de poco, regresó, o eso creí yo. De modo que seguí contándole mi historia y, hasta que no vi  su aire intrigado y su gesto de sorpresa, no me di cuenta de que le estaba hablando a la otra hermana.
         ¿Qué opinión les merecía a sus vecinos el hombre de las seis esposas. Lo querían y apreciaban más que a ningún otro de su posición. Cuando a alguien le preocupaba alguna cosa o tenía problemas, o una herida o enfermedad embarazosa, siempre acudía en busca del consejo, la ayuda y los remedios de don Evaristo, y si padecía alguna enfermedad mortal mandaba llamar a don Evaristo para que le redactara su testamento. Don Evaristo sabía leer y escribir y entre los gauchos tenía fama de hombre cultivado. Lo apreciaban más que a cualquier médico. Recuerdo que su cura para el herpes, una peligrosa dolencia frecuente en la región, era considerada infalible. La enfermedad se manifestaba en forma de una erupción, similar a la de la erisipela, que aparecía en medio de la espalda y se extendía por la cintura hasta formar un círculo perfecto. “Si el círculo no se ha cerrado aún, puedo curar la enfermedad”, decía don Evaristo. Mandaba a alguien al río a buscar un sapo de buen tamaño, hacía que el paciente se desnudara y tomaba la pluma y el tintero para escribir con letras mayúsculas sobre la piel de la zona que quedaba entre los extremos de la región inflamada las palabras: En el nombre del padre…, etcétera. Después cogía el sapo con la mano y lo frotaba suavemente sobre la parte afectada; el sapo, irritado al verse tratado de aquel modo, se hinchaba y exudaba por su verrugosa piel una secreción venenosa de color lechoso. Eso era todo, ¡pero el enfermo se curaba!”




W.H. Hudson. Allá lejos y tiempo atrás. Acantilado.

lunes, 5 de octubre de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




SOBRE LA REVOLUCIÓN


        “De nuevo una llegada tranquila. No había taxis para llevarnos a la ciudad, pero sí viejos coches de caballos. Poca gente por el paseo de Colón. Pero luego, al doblar la esquina de las Ramblas (la arteria principal de Barcelona), nos hemos llevado una sorpresa tremenda: ante nuestros ojos, la revolución. Era sobrecogedor. Como si acabáramos de llegar a un continente distinto de todo lo que había visto hasta ahora.
        La primera impresión: obreros armados con fusiles al hombro pero vestidos de paisano. Quizá un treinta por ciento de los hombres que había en las Ramblas llevaba fusiles, aunque no fueran policías ni militares uniformados. Armas, armas y más armas. Eran, muy pocos los proletarios armados que vestían los nuevos y flamantes uniformes azul marino de las milicias. Se les veía sentados en los bancos o bien paseando por las aceras de las Ramblas, con sus fusiles sobre el hombro derecho y, en muchos casos, con sus novias cogidas del brazo izquierdo. Salían en grupos para patrullar los barrios periféricos; o estaban plantados como guardias a la entrada de los hoteles, edificios de la administración y grandes tiendas; o permanecían agazapados tras las pocas barricadas que quedan en pie, perfectamente construidas con adoquines y sacos terreros (en su mayor parte ya las han eliminado, y han reparado rápidamente el pavimento destruido); o conduciendo a toda velocidad innumerables coches modernos que han expropiado y pintado con letras blancas de las siglas de sus respectivos partidos: CNT-FAI, UGT, PSUC, POUM, o con todas esas siglas a la vez, para manifestar su adhesión al movimiento en general. Algunos de los coches llevaban simplemente las letras UHP (¡Uníos, hermanos proletarios!), el eslogan que se hizo famoso en la rebelión de Asturias de 1934. El hecho de que todos esos hombres armados se pasearan, marcharan o fueran en coche con la ropa de calle hacía aún más impresionante esta exhibición del poder que tienen los obreros de las fábricas. Evidentemente, la cantidad de anarquistas, reconocibles por sus insignias rojas y negras, era abrumadora. ¡Y ni un solo burgués! ¡Ya no había jovencitas bien vestidas ni señoritos modernos por las Ramblas! Tan sólo obreros y obreras; ¡ni siquiera se veían sombreros! La Generalitat ha recomendado por radio a la gente que no los lleve porque podría parecer «burgués» y causar mala impresión. Las Ramblas no son menos pintorescas que antes pues están llenas de infinita variedad de azules, rojos y negros de las insignias de los partidos, las corbatas, los llamativos uniformes de las milicias. ¡Pero qué contraste con el brillante colorido de las muchachas catalanas de clase alta de antaño!
        La cantidad de expropiaciones llevadas a cabo en pocos días desde el 19 de julio es casi increíble. Las organizaciones obreras han requisado, con una o dos excepciones, todos los grandes hoteles (pero no los han quemado, tal como informaban muchos periódicos). Lo mismo ha pasado con la mayoría de las tiendas más importantes. Muchos bancos están cerrados, mientras que otros tienen pintadas que los proclaman bajo el control de la Generalitat. Nos han dicho que casi todos los patronos han huido o han sido asesinados y que los obreros se han hecho cargo de sus fábricas. Por todas partes hay grandes carteles fijados en las fachadas de los edificios más admirables que indican que han sido expropiados y explican que, o bien ahora los gestiona la UGT, o bien una organización en concreto se ha apropiado del edificio para sus tareas organizativas.”

Franz Borkenau.
El reñidero español.
Ediciones Peninsula.



sábado, 3 de octubre de 2015

ALLÁ EN LAS INDIAS






LA CAÍDA DE LOS TEPANECAS


       “Oydo esto, Ytzcoatl dixo: "Sea mucho de norabuena. Mandá a mis hermanos los mexicanos que se adereçen y aperçiban para este efecto, pues estamos ya en este término que nos emos de bender los unos y los otros en esta guerra. Hazé llamamiento a todos los prençipales mexicanos". Aperçibidos a guisa de guerreros, llegan al lugar de la guardia en Xoconochnopalyacac, y por caudillo dellos al do Tlacaelel, y trando en medio de los tepanecas, lo más fuerte de ellos, con grande bozería y alboroto, que solos los prençipales mexicanos y Tlacaelel con ellos, solos traron en campo con los enemigos tepanecas, que los demás mexicanos no abían trado con ellos, que estauan mirando lo que paraua. Y biendo que yban de huida a más andar los tepanecas, llegauan ya haldas de los montes, llegaron los otros mexicanos dando ánimo a los mayores y prençipales, diziéndoles: "Ea, balerosos mexicanos, que ya no ay memoria de tepanecas ni serranos, sus aliados, ni ay ya pueblo de Azcapuçalco, que todo es ya uro. Ya abéis terado buestro alto balor y señorío. ¿Qué podemos agora dezir?" Y así, boluieron a baxar los tepanecas y con boz humilde y baxa se ofresçieron a la suxeçión y dominio mexicano y ser basallos y serbilles como a señores, y ellos basallos, y harían todo lo esclauo le fuese mandado, pues en justa guerra quedaron bençidos y suxetos de ellos.


Hernando Alvarado Tezozómoc. 
Crónica Mexicana.