ATENAS
Y EL FENICIO
«Tan
lleno de confianza en sus dotes accedió a la cátedra de retórica
de Atenas, que le sirvió de proemio de sus palabras ante ellos no la
sabiduría de los atenienses, sino la suya propia, pues comenzó del
siguiente modo: «De nuevo llegan letras desde Fenicia ». Proemio
tal era propio de quien respiraba superioridad sobre los atenienses y
les otorgaba un bien mayor del que recibía. Desempeñaba sus
funciones en la cátedra de Atenas con relumbrante boato, vestía
ropajes costosísimos y llevaba sobre sí maravillosas piedras
preciosas, acudía a sus clases en un carruaje provisto de frenos de
plata y, tras impartirlas, volvía a su morada suscitando envidia con
su séquito de estudiantes de retórica procedentes de todas partes,
que lo veneraban ya, como las gentes de Eleusis al hierofante cuando
oficia los ritos más solemnes. Los atraía con diversiones,
reuniones en que ofrecía vino, partidas de caza y asistiendo, en su
compañía, a las fiestas helénicas. Se comportaba, en cualquier
ocasión, lo mismo que los jóvenes, por lo que se sentían ante él
como hijos delante de un padre bondadoso y afable, y llevaba el paso
con ellos en las danzas griegas. Yo sé bien que algunos de estos
lloran cuando lo recuerdan y que imitan el tono de su voz, su modo de
andar, la distinción de su atuendo.»
Adriano,
el fenicio.
Filóstrato
de Atenas.
Vidas
de los sofistas.
Editorial
Gredos.