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jueves, 13 de mayo de 2021

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






LOS FELICES AÑOS VEINTE


Antes de que pudiera quitarme el uniforme recibí dos ofertas de mil dólares a la semana. Una era de Jack Warner, la otra de la compañía de William Fox. Pero preferí continuar trabajando para Joe Schenck con mi antiguo salario de doscientos cincuenta dólares. No veía cómo podía equivocarme al continuar con un hombre honrado como él solo, que se había portado tan amablemente con mi familia. Nunca me había encontrado con un hombre mejor en el mundo del espectáculo. Y todavía no lo he encontrado.
       A veces me pregunto si el mundo parecerá alguna vez un lugar tan libre de preocupaciones y excitante como nos lo parecía a nosotros en Hollywood durante 1919 y los primeros años veinte. Todos éramos jóvenes, el aire en el sur de California era como el vino. Nuestro negocio era también joven y floreciente, como nada que se hubiera visto hasta entonces.
Nadie sospechaba que la guerra mundial que acababa sería sólo la primera.

Buster Keaton.
Slapstick. Memorias…
Plot Ediciones

martes, 8 de enero de 2019

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






SLIM SUMMERVILLE


        “Aquella noche, Bobby sobornó al barman del club para que pusiera doble ración de whisky en los copazos de Slim Summerville. Las sobrecargadas bebidas pronto pusieron a Slim tan somnoliento que se quedó dormido sobre la mesa.
        Bobby sacó lápiz y papel, escribió una nota y le pidió al camarero que se la diera a una chica que había en una mesa cercana. Ella estaba con un hombre que tenía los hombros de un gorila. Leyó la nota y luego se la pasó a él. La nota decía:
        «¿Por qué no te deshaces de ese pedazo de inútil que está contigo? No mires, pero estoy sentado en una mesa justo detrás de ti, fingiéndome dormido. Te espero fuera, en la puerta de detrás, dentro de diez minutos.»
        --¿Quién es ese tío listo?
        Ella miró alrededor, vio al durmiente Slim y se encogió de hombros.
        --Nunca en mi vida había visto a ese gracioso larguirucho.
        Su novio se levantó, se acercó al durmiente Slim y le agarró por la garganta. Lo siguiente que supo Slim fue que se encontraba en el exterior, por la puerta trasera, volando por el aire. Al golpear el durísimo cemento, miró hacia arriba para encontrarse con el rostro sonriente de Bobby que le miraba de hito en hito.
        --¿Qué demonios ha pasado? –preguntó.
        --No le des importancia –le dijo Bobby – No es más que uno de esos terremotos de California.
        Cuando Bobby Dunn murió, su alto y enjuto compañero estaba desconsolado. Slim lloró como un niño y pagó más dinero del que podía permitirse por una corona. De camino hacia la iglesia para las exequias, Slim recogió el correo y durante el funeral no paró de abrir y de mirar nerviosamente las cartas. Hizo cola con otros dolientes para dar un último adiós a al difunto antes de que cerrasen el féretro. Al pasar por delante del cuerpo agitó ante el rostro del fallecido la factura que acababa de recibir de la floristería.
        --¿Ves esto? –sollozó con voz quebrada --. Hasta después de muerto me cuestas dinero, pequeño hijo de puta.”


Buster Keaton. 
Slapstick. Memorias… 
Plot Ediciones.

sábado, 27 de enero de 2018

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



BOBBY DUNN


        “El policía de la Keystone que a mí me pareció el más valiente y aguerrido de entre todos ellos fue Bobby Dunn, un campeón profesional sobre saltos de agua que sólo medía uno sesenta y dos. Bobby se incorporó a los policías una temporada en la que había poca demanda de saltadores de feria y Sennett lo mantuvo por su agilidad e intrepidez. Colocó a Bobby junto a Slim Summerville, su policía de la Keystone más alto, por el aspecto tan divertido que tenían juntos.
        Sin embargo, la más valiente acrobacia que Bobby hizo jamás no fue en una película de Sennett. Fue en una de las comedias de la Sunshine Comedies que Henry (Pathé) Lehrman estaba realizando entonces para la Fox.
        Al oír que Bobby era saltador profesional, Lehrman le ofreció cinco dólares por saltar desde el tejado del Bryson Hotel a una cuba de argamasa llena de agua. El Bryson, en el centro de Los Angeles, tenía ocho pisos, y desde su tejado, a veinticuatro metros sobre la calle, la cuba de argamasa, que tenían dos setenta de largo, uno y medio de ancho y uno y medio de profundidad, parecía tener el tamaño de una ficha de dominó.
        Cuando Bobby aceptó la oferta, Lehrman le preguntó si podía hacer el salto ese viernes por la tarde.
        --Estoy haciendo una película para Sennett toda esta semana –dijo pensativamente--. El viernes rodarán, pero no creo que utilicen esa tarde a los policías. Podré escaparme sin ningún problema.
        Bobby se tiró de cabeza. Tirarse al agua desde veinticuatro metros cuando ésta tiene un metro y medio de profundidad significaba que tenía que golpear justo con el pecho y luego doblarse inmediatamente en arco. Salió sin un rasguño, recogió sus cinco dólares, se vistió y volvió aprisa al estudio de Mack Sennett antes de que pudieran echarle de menos.”

Buster Keaton. 
Slapstick. Memorias… 
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viernes, 17 de febrero de 2017

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE







CON CINCO AÑOS


La Sociedad para la Prevención de la Crueldad con los Niños de Nueva York (S.P.C.N.) empezó su campaña el día de mi debut, a los cinco años, en el Tony Pastor’s Theatre. Por entonces las leyes de Nueva York prohibían trabajar como actores a los niños menores de siete años. El benévolo Tony Pastor esquivó este problema firmando gustosamente una declaración en la que juraba que yo ya tenía siete años. Casualmente, en nuestra siguiente aparición en el Pastor, un joven flacucho del East Side, llamado Izzy Baline, cobraba 5 dólares a la semana por cantar baladas desde el gallinero durante nuestro número. Era, naturalmente, el mismo Izzy Baline que más tarde cambió su nombre por el de Irving Berlin.
Sin desanimarse por la perjura declaración de Pastor, la Gerry Society, como entonces se conocía a la S.P.C.N., acusó a mi padre de maltratarme en el escenario. De ello hicieron una cuestión tan personal que el alcalde R. A. Van Wyck, un Tammany* de Nueva York, ordenó que me llevaran a su oficina y me desnudaran para cerciorarse de si yo tenía cardenales o moratones.
      ¡Pero si está tan ileso como cualquiera de mis hijos! –dijo su señoría, desestimando los cargos.
Ese mismo verano, la S.P.C.N. intentó una vez más apartarme del trabajo cuando nos contrataron en el Steeplechase Park, en Coney Island. Wilson, el superintendente de la sociedad, sostenía que Coney Island no era lugar para una criatura de tan tierna edad, porque estaba repleto de carteristas, vagabundos y otra gentuza.
Aunque esto era cierto, el alcalde se ofendió por aquellas difamaciones contra una circunscripción que votaba a los demócratas en todas las elecciones y consideraba dementes a todos los republicanos.
      –Muchos domingos he ido en mi bicicleta a Coney Island –declaró. He visto cincuenta mil, incluso sesenta mil personas allí, y nunca he advertido ningún desorden. Aquellas personas tienen tanto derecho a divertirse como los ricos. Permiso concedido.
      –Yo tampoco he visto ningún jaleo por allí –convino alegremente Mom.
El alcalde Van Wyck se volvió y clavó sobe ella una seca mirada.
     –Señora –dijo, siga mi consejo: cuando gane un pleito no diga ni una palabra más.
Los incansables salva-niños continuaban su batalla. Cuando Seth Low, un alcalde reformista, sucedió a Van Wyck, me llevaron ante él para que me desnudaran y examinaran, y también me llevaron ante un gobernador de Nueva York. Elevaron el límite de edad, pero nuestro abogado les ganó en los tribunales señalando que la ley sólo prohibía que los niños actuaran sobre un alambre, ya estuviera alto o bajo, trapecios, bicicletas o cosas así. No decía una sola palabra que convirtiera en ilegal que mi padre me exhibiera en el escenario como una bayeta humana o me pateara la cara.
Lo que más consumía a Pop era que entonces hubiera miles de niños de mi edad abandonados, sin casa y hambrientos, vagabundeando por las calles de Nueva York, vendiendo periódicos, limpiando zapatos, tocando el violín en las barcazas del río Hudson, y otros miles de niños aún menores que yo trabajando como esclavos con sus padres en los cuchitriles del Lower East Side. Pop no podía comprender por qué la gente de la S.P.C.N. no dedicaba todo su tiempo, energía y dinero a ayudarles.”

*Tammany: La Tammany Society  fue una organización política fundada, en principio, como hermandad, en Nueva York por miembros del partido demócrata que, entre 1865 y 1871 y bajo la dirección del jefe político William M. Tweed, se hizo con el control de la ciudad robando millones de dólares. Por extensión este término se asocia a quien forma parte de un grupo u organización que ejerce o busca el control político de una ciudad por métodos a menudo asociados a la corrupción y al caciquismo. (N. del T.)





Buster Keaton. 
Slapstick. Memorias… 
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sábado, 22 de agosto de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




A PRECIO DE SALDO


       “Menos de un año después, tuve la oportunidad de comprar el tipo de barco que siempre había querido a precio de saldo. Era un crucero de treinta metros con un motor Diesel de dos hélices, con dos dormitorios principales, tres dormitorios más pequeños y un salón en el que podían dormir cuatro más. Requería una tripulación de cinco personas: capitán, mecánico, cocinero, camarero y marinero de cubierta. Uno de sus dos botes salvavidas había llevado un motor de seis cilindros. Este barco de ensueño había sido construido para el director del Times de Seattle a un precio de cien mil dólares, pero sólo había sido usado una vez. En su primer viaje, su mujer y sus hijos se marearon mucho y asqueado lo puso inmediatamente en venta. Yo conseguí aquel ligero y bonito yate, que sólo había visto cuarenta horas de servicio, por veinticinco mil dólares en efectivo. Cuando se cerró el trato, me fui a Seattle y navegué con él hasta el puerto de San Pedro naturalmente, con alguna ayuda del capitán y la tripulación.
       Aquel fin de semana llevamos de viaje a un nutrido grupo de amigos hasta la isla Catalina. Entre los que iban a bordo estaba mi jefe, Louis B. Mayer, quien, después de inspeccionar la nave, dijo:
       --No sé lo que has pagado por este barco, Buster, pero sea lo que sea, puedes obtener un beneficio de diez mil dólares ahora mismo vendiéndomelo a mí.”



Buster Keaton. 
Slapstick. Memorias… 
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lunes, 24 de marzo de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





WOODY, CHARLIE, HAROLD Y BUSTER


            “Ningún cómico ha sido nunca tan venerado en todo el mundo como Chaplin en aquellos años. Los niños en las calles de ciudades y pueblos de los cinco continentes imitaban el patoso andar de Charlie, su sonrisa, sus gestos. Se ponían sombreros hongos como el suyo, se untaban con betún negro debajo de la nariz como bigote a lo Chaplin. Derrapaban en las esquinas y saludaban con sus bombines como el pequeño vagabundo e intentaban hacer los trucos que Charlie hacía con su bastón de bambú. Los cines de todo el mundo convocaban innumerables concursos de Charlie Chaplin. Sus clientes lo pedían. No es muy difícil de comprender. En su mejor momento –y Chaplin se mantuvo en su mejor momento durante mucho tiempo--, era el cómico más grande que jamás haya existido.
         Como todos los demás, yo me había dado cuenta del talento de Chaplin desde la primera vez que le vi en el sketch de vodevil «A Night in an Englis Hall». Pero debo confesar que nunca pensé que un día sería aclamado como el cómico más grande de todos los tiempos. Creo que una de las razones pora as que subestimé a Charlie fue por la gran cantidad de cómicos de primera que había en los escenarios aquellos días. Yo les había visto actuar a todos y había trabajado con todos ellos. En aquella época, Charlie no parecía más divertido que Will Rogers, Willie Collier, Bert Williams, Frank Tinner o algunos otros.
         Más tarde me asombró que la gente hablara de las similitudes entre los personajes que Charlie y yo interpretábamos en las películas. Para mí hubo una diferencia básica desde el principio: el vagabundo de Charlie era un holgazán con una filosofía de holgazán. Por adorable que fuese, robaría si tenía ocasión. Mi personajillo era un trabajador, y honrado.
         Por ejemplo, digamos que los dos quisieran un traje que hubiesen visto en un escaparate. El vagabundo de Charlie lo admiraría, buscaría en sus bolsillos, sacaría una moneda de 10 centavos, se encogería de hombros y seguiría andando, esperando tener suerte al día siguiente y conseguir el dinero para comprarlo. Si no podía conseguir el dinero de otro modo, lo robaría. De lo contrario, se olvidaría por completo de traje.
         Aunque mi hombrecillo también se detendría, admiraría el traje y no tendría dinero para comprarlo, nunca robaría para conseguirlo. En lugar de eso, empezaría a pensar en cómo ganar dinero extra para comprarlo.
         El personaje de Lloyd era bastante diferente al de Chaplin y el mío. Él interpretaba a un niño de mamá, que sorprendía continuamente a todos, incluyéndome a mí, triunfando sobre una situación imposible y demostrando con puños y respingos el coraje de un león. A menudo, Lloyd parecía más un acróbata que un cómico. Pero fuera lo que fuese en la pantalla, siempre lo hacía mucho mejor que bien.
         Durante los años en que a nosotros tres nos iba bien, no tuvimos fracaso. Eso es cierto. Ninguno de nosotros conoció el fracaso durante los dorados años veinte. Sólo exitazos mundiales. Los largometrajes de Chaplin ingresaban una media de 3.000.000 de dólares cada uno en contratos de alquiler a cines. Los de Lloyd, 2.000.000 de dólares; los míos, entre 1.500.000 y 2.000 dólares. Eso ocurría en una época en la que los cines sólo cobraban una pequeña parte de lo que ahora cobran por sus atracciones. Como ya he dicho, a menudo nuestras comedias mudas recaudaban más que los largometrajes realizados por los intérpretes románticos más populares de Hollywood.
         Cuando hacíamos cortos, los propietarios de los cines los programaban delante de los largometrajes que proyectaban.
         Esa es una de las razones por las que yo estaban tan ansioso por hacer largometrajes como los que Roscoe Arbuckle estaba realizando con éxito en la Paramount. Parecía evidente que los contratos de largometrajes continuarían aumentando. Pero también creía que Joe Schenck, siendo un hábil hombre de negocios, debía saber de qué estaba hablando.
         Charlie Chaplin y Harold Lloyd fueron desde el principio negociantes más espabilados que yo. Se hicieron millonarios al principio de la partida, produciendo sus propias películas y conservando el control sobre su matearla filmado. Aún son dueños del material. Esto significa que están en condiciones de ganar frescas fortunas en cuanto les apetezca, alquilando o vendiendo los derechos de antena de sus viejas películas mudas. (De hecho, mientras escribía esto estaban reponiendo con éxito las viejas películas de Chaplin.)”



Buster Keaton. 
Slapstick. Memorias… 
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martes, 17 de septiembre de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE







ALLA NAZIMOVA


“El escenario representaba una tienda de antigüedades en Chinatown. Se abría con la entada de una joven pareja de raza blanca. Cuando el propietario de la tienda miraba a la mujer blanca era un caso de lascivia a primera vista. Hacía que uno de sus coolies apuñalara a su marido para así tenerla en su poder. Mientras el cuerpo del pobre tipo era arrastrado fuera del escenario, otro coolie golpeaba un gran gong chino para anunciar que la muerte había visitado la casa. Después rezaba entre gemidos una oración en chino. El telón bajaba para luego alzarse de nuevo en la misma tienda de antigüedades veinte años más tarde. La mujer, ahora de mediana edad, se había resignado a permanecer como la concubina del dueño de la tienda hasta el final de sus días. Pero cuando entra una pareja, reconoce en la mujer a su hija, a la que no ha visto desde que era un bebé. Pero su amo chino también tiene la vista clavada en la hermosa cliente, y la concubina sabe qué es lo que tiene en mente. Ella lo mata y luego hace sonar el gong chino al tiempo que baja el telón.
         Para nuestra parodia de este acto yo ataba un barreño bajo nuestra mesa, que planeaba utilizar durante el movido número que estuve haciendo con Pop durante algún tiempo. Mientras él cantaba, yo alineaba nuestras trece o catorce escobillas a lo largo del borde de la mesa, con los palos sobresaliendo. Subiéndome a la mesa, empezaba a voltear una pelota de baloncesto alrededor de mi cabeza, soltando cuerda poco a poco. La pelota se iba acercando más y más a la cabeza de Pop, que seguían cantando hasta que le arrancaba el sombrero. Entonces echaba a correr, perseguido por éste. Todavía en la mesa, yo le arrinconaba cerca del telón del foro y le enrollaba la cuerda de goma alrededor del cuello. Ésta se enroscaba hasta que al final la pelota le daba de lleno en la cara, y él caía, magullado e indefenso, contra el telón del foro. Como final, yo pisaba los palos de las escobillas, de forma que éstas le llovían encima.
         Cuando coincidíamos en cartel con The Yellow Jacket, después de esto, saltaba sobre el escenario y golpeaba el barreño con una de las escobillas, mientras chapuceaba en mi mejor imitación del chino. Esta sencilla acrobacia obtenía tales carcajadas, que conseguimos que nos incluyeran en cartel siempre que programaban aquella escena.
         A ninguno de los otros actores le divertía más esta especie de burla que a aquellos a su ver burlados. Lo reconocían por la adulación que suponía. Porque no puede parodiarse una escena mala, sólo una buena, y casi todos los intérpretes se dan cuenta de ello.
         Siendo como éramos payasos independientes, nos encantaba que los miembros de los otros números nos observaran mientras trabajábamos. Pero en una ocasión mi padre se quejó de ello. Esto ocurrió durante una semana en la que Alla Nazimova, la gran actriz dramática rusa, encabezaba el cartel. El lunes intentamos observar su actuación entre bastidores, pero nos ordenaron que nos fuéramos.
         --Madame Nazimova –nos dijeron--, no puede actuar mientras la gente se apiña entre bastidores.
         Salimos de allí y la vimos desde el patio de butacas. Nazimova, que más tarde se convertiría en una famosa estrella mundial, era una mujer con enormes y ardientes ojos, y poseía un gran poder emocional. Su talento de primera clase y su concentración en el trabajo merecían un gran respeto.
         En realidad no nos ofendimos. Sabíamos que, a diferencia de nosotros, los intérpretes dramáticos dependían enormemente de que tras el escenario todo estuviera en silencio mientras actuaban. Algunos incluso llevaban zapatillas en sus equipajes para que las usaran los tramoyistas mientras se representaba la obra.
         Pero uno o dos días después de que nos echaran de los bastidores por orden de Nazimova, mi padre la pilló, precisamente a ella, observando desde allí nuestro número de la trifulca familiar.
         --Por favor, despeje los bastidores –le dijo a un tramoyista--. ¿Cómo quiere que trabajemos mientras los bastidores están atestados de miembros de otros números estudiando nuestra técnica y los secretos de nuestro éxito?
         Pop se arrepintió nada más decirlo. Los enormes ojos marrones de Nazimova se llenaron de lágrimas, y se fue. Siendo extranjera, no comprendió que mi padre sólo estaba bromeando.
         Él se sintió muy mal por ello. Y aquella noche sacó su vieja máquina de escribir Blickensderfer y preparó esta invitación:


MATINÉ PROFESIONAL
En honor de Madame Nazimova,
reina suprema de la escena rusa.
Tenga la amabilidad de acudir puntual
el jueves por la tarde, ya que ambos lados
De los bastidores pudieran estar abarrotados

(firmado) Los tres Keaton

Hizo poner un sillón Morris entre bastidores para Nazimova. Ella asistió a nuestra “matiné profesional”, uso el sillón Morris y rió nuestras payasadas de baja comedia hasta que las lágrimas llenaron de nuevo sus expresivos ojos marrones”

Buster Keaton. 
Slapstick. Memorias… 
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