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miércoles, 10 de febrero de 2021

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE










EL CRIADO DE LA MUERTE


Incapaz de conciliar el sueño, salí a dar un paseo. Anduve unas cien yardas, pasando por delante de los burdeles en dirección al rompeolas, y por el camino fui contando los individuos que dormían en la calle. Estaban tumbados sobre la acera, uno al lado del otro. Algunos dormían sobre trozos de cartón, pero la mayoría lo hacían sobre el cemento, sin ropa de cama y sólo con algunas prendas de vestir, con los brazos cruzados debajo de la cabeza. Los niños dormían unos sobre el costado, otros boca arriba. No se veían indicios de que poseyeran bienes. Llegué a la cifran de setenta y tres y doblé la esquina, donde, bajando por la carretera que llegaba hasta el rompeolas había otros centenares de durmientes, sólo cuerpos, sin hatos ni carretillas, ni nada que los distinguiera unos de otros, sin evidencia alguna de vida. A veces se cree que estos durmientes de las calles de Bombay constituyen un fenómeno reciente, pero Mark Twain ya los vio. El escritor se dirigía a una ceremonia de esponsales que se celebraba a medianoche:

Parecía como si avanzásemos a través de una ciudad de muertos. Apenas había ningún indicio de ida en aquellas calles silenciosas y desiertas. Incluso las multitudes estaban silenciosas. Pero por doquier, en el suelo, yacían nativos durmiendo, cientos de cientos. Estaban tendidos todo lo largos que eran, envueltos en mantas, la cabeza y todo. Su posición y su rigidez constituían un trasunto de la muerte.

Eso era en 1896. Hoy son más numerosos, y hay otra diferencia. Los que yo vi no tenían mantas. El hambre es también el criado de la muerte.

Mark Twain.

Paul Theroux.
El gran bazar del ferrocarril.
Plaza & Janés.

viernes, 13 de septiembre de 2019

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






EL CABALLO DE NIS

«Un drama se produjo en las afueras de Nis. En una carretera cerca de la vía del tren, una multitud pugnaba por contemplar un caballo todavía enjaezado y enganchado a un carro, y que yacía muerto, tendido sobre uno de sus costados, dentro de una charca en la que evidentemente se había atascado el carro. Yo me imaginé que al animal se le había reventado el corazón cuando trataba de sacar el carro del lodazal en que se encontraba. Acababa de suceder en aquel momento. Unos niños estaban llamando a sus amigos, un hombre dejaba caer su bicicleta para acudir corriendo a ver qué ocurría, y más allá, un hombre que estaba meando junto a una valla se esforzaba por ver el caballo. La escena era como una pintura flamenca en la que el hombre que meaba constituía un vívido detalle. El tren, el marco de la ventanilla, al retener la escena por unos instantes, hizo de ello un cuadro. El hombre de la valla sacude las últimas gotas de su pene y, metiéndolo dentro de sus holgado pantalones, empieza a correr. El cuadro queda completo.»

Paul Theroux.
El Gran Bazar del Ferrocarril.

Plaza & Janes.

miércoles, 21 de marzo de 2018

OTRA BALSA EN AQUERONTE

















PERA PALAS


Verse uno a sí mismo en un espejo de diez pies de altura y marco dorado del «Pera Palas» de Estambul es conocer un instante de gloria, la alegría de ver su propia cara en un retrato de príncipe. La decoración del fondo es una suntuosidad decadente, un acre de mullida alfombra, negros paneles y escultura rococó en las paredes y en el techo en el que unos cupidos sonríen pacientemente y van desconchándose a pedacitos. En lo alto penden complicadas arañas de luces, y pasadas las columnas de mármol del salón de baile y las palmeras de cerámica, hay el bar de caoba en el que lucen unas copias excelentes de pinturas francesas mediocres. Este palacio, que desde el exterior, no parece más imponente que el «Charlestown Savings Bank» de Boston, es regentado por unos hombrecillos vestidos de oscuro que parece como si perteneciesen a varias generaciones de la misma familia y cada uno de ellos muestra una sonrisa cortés bajo su bigote y da respuestas francesas a preguntas inglesas. Afortunadamente, el hotel es una fundación caritativa, conforme a los deseos del difunto propietario, un filántropo turco: los beneficios de los gastos principescos, cualquier voluptuoso exceso, pasan a mejorar la suerte de turcos menesterosos.

Paul Theroux.
El Gran Bazar del Ferrocarril.

Plaza & Janes.

miércoles, 12 de julio de 2017

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



OTRO ORIENT EXPRESS


El Orient Express, en otro tiempo único por su buen servicio, es ahora único por su falta de él. El expreso indio de Rajdhani sirve curry en su coche restaurante y lo mismo hace el correo pakistaní del Khyber; el Meshed Express sirve kebab de pollo iranio y el tren de Sapporo, en el Japón septentrional, pescado ahumado y arroz glutinoso. En la estación de Rangún venden cajas con comida y los ferrocarriles malayos incluyen siempre un coche restaurante que parece un mee-hoon, y el Amtrak, que yo siempre había pensado que era el peor ferrocarril del mundo, sirve hamburguesas en el James Whitcomb Riley (Washington-Chicago). La muerte por inanición nada tiene que hacer en los viajes y, desde este punto de vista, el Orient Express es más inadecuado que el más pobre tren de Madrás, en el que se pueden cambiar unos cupones por una bandeja de hojalata con legumbres y un plato de arroz.

Paul Theroux.
El Gran Bazar del Ferrocarril.
Plaza & Janes.

sábado, 10 de diciembre de 2011

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






EN EL COCHE RESTAURANTE


       Mi comida costaba cuarenta y cinco francos, que calculé eran unos diez dólares. Me quedé horrorizado, pero tuve mi pequeña venganza. Al volver a mi compartimiento, me di cuenta de que había dejado mi periódico encima de la mesa del coche restaurante. Volví por él, pero en el momento en que le ponía la mano encima, me dijo el camarero:
       --Qu´est-ce que vous faîtes?
       --Es mi periódico –dije.
       --C´est votre place, cela?
       --Naturalmente.
       --Eh bien alors, qu´es-ce que vous avez mangé?
       Parecía disfrutar con la sutileza de su examen.
       Yo dije:
       --Pescado quemado. Una porción diminuta de rosbif. Courgettes quemadas y empapadas, patatas frías, pan rancio y por esto me han cobrado cuarenta y cinco francos, lo repito, cuaranta y cinco…
       Me dejó que me quedase con el periódico.


Paul Theroux. 
El Gran Bazar del Ferrocarril. 
Plaza & Janes.