Mostrando entradas con la etiqueta Pardo Bazán. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pardo Bazán. Mostrar todas las entradas

jueves, 9 de diciembre de 2021

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






UNA DE ARZOBISPOS


«El traje de Monseñor Sibour —el asesinado en Saint Etienne du Mont— es una grande alba blanca, rodeada de encajes, y que guarda aun las primorosas dobleces de las albas. El puñal había atravesado varias de estas dobleces, produciendo en vez de uno, muchos agujeros. Del último parte un reguero de sangre que llega hasta el encaje. Esta sangre  conserva su color rojo. El traje de Monseñor Affre —el que una bala perdida mató, mientras que en las barricadas suplicaba al pueblo de París que cesase en la lucha— es una túnica pastoral, de fondo morado con vueltas rojas. Está nueva, y no tiene más que un solo agujero: el de la homicida bala.

Pero el último, el traje de Monseñor Darboy, el fusilado por los comunistas en la prisión de la Roquette, mientras París se retorcía en un océano de llamas, es por sí solo un drama, un drama desgarrador, que eriza los cabellos y hiela la sangre en las venas. Es una pelliza morada, en todo semejante a la de Monseñor Affre, pero ha perdido por completo hasta la forma de tal. No solo está la pobre túnica acribillada con las infinitas balas que buscaron al través del paño el camino del corazón, sino que guarda las desgarraduras de los bayonetazos y las mil huellas del inmundo lodo en que la revolcaron. Las otras dos son la muerte violenta, pero la muerte de un solo golpe, sin agonía, sin ensañamiento, sin martirio. Pero esta túnica, ¡cuántos misterios horribles está revelando! El cuello ha sido desgarrado por manos trémulas de ciega rabia, las vueltas han sido hechas jirones al arrastrar a la víctima; el cuerpo ha sido revolcado en el lodo y pisoteado: aún guardan las manchas la forma de un pie grosero; los chorros de denegrida sangre no provienen de la bala rápida en dar la muerte, sino del sable y de la bayoneta que han ayudado a su obra! »

Emilia Pardo Bazán.
Apuntes de un viaje.
Real Academia Galega.

martes, 3 de abril de 2018

OBITER DICTUM






    «Nadie exigirá que pase lista á lo que contienen las demás vitrinas de los modistos supremos. Seis hay, por lo menos, que se imponen: Redfern, Doucet, Laferriére, Félix, Worth, y en pieles y abrigos, Storch; acaso en justicia también debiera nombrar á Raudnitz.»


Emilia Pardo Bazán.

viernes, 6 de mayo de 2016

OBITER DICTUM





EN TRANVÍA


“Por diez céntimos se puede él trasladar cómodamente de un punto a otro, en el coche de mejor movimiento que existe, que es el tranvía; el tranvía, del cual se dicen pestes, pero que es una cosa excelente, muy práctica, muy barata, muy superior al parisiense ómnibus, con su peligrosa y glacial impériale. Con el tranvía, las ventajas del coche son accesibles a todas las clases sociales; no hay cansancio, no hay distancias, no hay frío; es en verano el mejor abanico, en invierno una garita protectora, y es además, para el pobre, un Casino, una Bolsa donde se entera del alza y baja, recoge noticias, galantea, charla, dice y oye donaires, hace política y hasta implora caridad. En el tranvía las cocineras y criadas de servir se informan de las casas, comentan los precios de los víveres, inician o desenredan intrigas amorosas; las modistillas se citan con los horteras, las chulas se mofan de los señoritos, los rateros hacen su agosto, los empleadillos fraternizan con sus jefes, y las Siervas de María y las Hermanas de la Caridad se codean con los Tenorios callejeros y los perdonavidas, sin que ni ellas se espanten, ni ellos se propasen y desvergüencen. En el tranvía se recoge limosna, se deslizan cartas, se leen y se comentan periódicos, se regalan fl , se hacen amistades, se contrata verbalmente, se disputa, se curiosea, se ríe y se goza con la bulliciosa expansión y la intemperante franqueza propias de nuestro humor y de nuestra tradición democrática jamás desmentida.”


Emilia Pardo Bazán.

viernes, 25 de diciembre de 2015

OBITER DICTUM





“¿Qué tiene de extraño que esos oscuros trabajadores (pedir limosna es género de trabajo, y también es arte, y es a veces, en la estación de invierno, ruda y peligrosa faena) rellenen su hucha y su peto y su alcancía, en el temor de una forzosa suspensión de su labor, de un período de enfermedad y reclusión, o meramente por desquitarse, a solas, en la fría y oscura cárcel de su chiribitil, mirando a la luz de una candileja ahumada los bonitos alfonsos brillantes, cuyo reflejo convierte momentáneamente la mísera covacha en mágico palacio por la fuerza de la imaginación?”


Emilia Pardo Bazán.

miércoles, 22 de octubre de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



CARRUAJE A ZAMORA


“Zamora conserva, a semejanza de Toledo, un extraño carácter de Edad Media. No han abandonado aún sus habitantes el sayo, la caperuza y las abarcas del villano antiguo, ni sus lindas mujeres salen a la calle sin la característica mantilla sayagüesa, de vivos y ricos colores. Cuando digo que las zamoranas son lindas, no hago poesía, sino que consigno una gran verdad; blancas, pelinegras, con ojos de azabache y sonrosadas mejillas, forman un tipo en que el Norte y el Mediodía se han combinado harmoniosamente y lucen a competencia. Realza su gentileza la mantilla que he citado, que cubre desde la cabeza hasta los muslos, y en la cual se embozan con soltura; una sarta de cuentas de vidrio asoma por debajo de los poblados rodetes de trenzas negras, peinado sencillo del país; una saya corta, oscura, ciñe el airoso cuerpo, y un pulido zapato y una media azul en las solteras, negra en las casadas y viudas, completa este pintoresco traje.
Como el tren no saldrá hasta las ocho de la noche, tenemos tiempo de ver con detención Zamora. En consecuencia, henos aquí, después de haber almorzado y reparado el desorden que dos largos días de carruaje ocasionan en la toilette, recorriendo la vieja ciudad en todos sentidos, no sin que los chicos abran tamaña boca al ver que nos paramos ante algún vetusto edificio, y nos tomen por franceses, ingleses o cómicos, cosas que por lo visto tienen para ellos muchos puntos de contacto.
Hay ciudades que se condensan en un hecho, en un recuerdo, en un nombre. Toledo en Carlos V, La Coruña en María Pita, Valencia en el Cid, Zamora en doña Urraca. Hay el arco de doña Urraca, el alcázar de doña Urraca, el busto de doña Urraca. En cuanto a Vellido Dolfos, por un castigo digno del Dante, no ha quedado del traidor ni aun la memoria, y trabajo me costó que me indicasen el emplazamiento del portillo en donde clavó al Rey don Sancho el famoso venablo.
En vano busqué también una tumba, una inscripción que conmemorase a los Ordóñez de Lara, esos épicos campeones de Zamora, que sostuvieron aquel terrible reto que alcanzaba «a las aguas, a las piedras, a los aires, a los muertos y a los que habían de nacer». Sus huesos dormirán en algún polvoriento rincón de alguna iglesia, y las arañas hilarán sus redes con paciente tenacidad sobre su olvidada tumba.
En cambio no me costó trabajo hallar el antiguo palacio del obispo Acuña, aquel prelado díscolo y guerreador que manejaba la espada con tan gentil talante como llevaba la mitra, y a quien el Alcaide Ronquillo colgó de los hierros de su prisión por haberse puesto al frente de las Comunidades de Castilla. He aquí también la gótica fachada de la Inquisición, y el palacio del Conde de Puñonrostro, que el pueblo, poeta por instinto, llama de las Golondrinas, sin duda porque estas inocentes avecillas hacen sus nidos en las bocas de los monstruos de piedra que guarnecen la fachada.
La catedral, fuera de la magnífica cornisa del más puro Renacimiento, que adorna interiormente el frontis y de la sillería del coro, cuyas esculturas son de gran mérito, no ofrece nada de notable. Rezaremos un credo al señor de las Injurias cuya milagrosa imagen se venera allí, y vamos a ver las orillas del río y el puente.
El puente, moderno, no me detuvo mucho, y después de haber saludado la cabeza esculpida en piedra que el pueblo llama «el retrato de doña Urraca» y que corona un arco antiquísimo, creo haber llenado a conciencia el deber del viajero, de verlo todo y a destajo.
Solo me falta apuntar una tradición.
Hay en Zamora una fuente que se llama de las Llamas, en donde dicen que hubo en otro tiempo un volcán, que en un día dado, creo que el de la Natividad del Señor, se trocó a ruegos del pueblo afligido, en la fuente de agua pura y fresca que vemos hoy.
Si viene algún sabio geólogo a decirme que el terreno de Zamora no es plutónico y que por consecuencia, la formación volcánica es imposible, etc., etc., le agradeceré la buena intención, pero le daré el consejo de que no se dedique en su vida a la poesía.
¡Las ocho ya! el ómnibus de la estación va a salir, tomémosle a toda prisa, o arriesgamos quedarnos un día más con doña Urraca y el obispo Acuña.
Henos aquí ya en marcha para Burgos, instalados en un cómodo wagon, en compañía de una porción de caballeros que no se han visto en su vida, pero que con la genial franqueza española empiezan a charlar.
¿De qué hablaban?, dirá alguien. ¿De qué pueden hablar ocho españoles reunidos, sino de política?
Imitando el ejemplo del mayoral, los viajeros cortaron un sayo a la gloriosa, que no había más que pedir; se enzarzó la discusión sobre la cuestión reformista, y a un pobre ídem que se atrevió a emitir su opinión le trataron (y pienso que no sin motivo) de mal español, filibustero, y otras lindezas; y a todo esto el sueño se apoderó de mí, y me dormí sirviéndome de arrullo las palabras libertad, Congreso, Castelar, Antillas, pronunciamientos, masas inconscientes, etc., para no despertar sino cuando gritaron con una voz bastante ronca:
—¡Burgos! ¡veinte minutos!
Y saltando a toda prisa del wagon, nos lanzamos a recoger el equipaje.


Emilia Pardo Bazán. 
Apuntes de un viaje.
Real Academia Galega.

viernes, 7 de diciembre de 2012

OBITER DICTUM






Viajar por vocación se considera aquí indicio de extravagancia; algo que se acerca a manía. Y es porque, en concepto del español, todo viaje representa una suma de padecimientos y de gastos muy superior a los goces que puede reportar.
Hablando en general, yo creo que no van descaminados los que tal presuponen. Para disfrutar viajando se necesita poseer una fuerte educación, o colectiva, como la del pueblo inglés, o individual: una cultura que comprenda nociones completas de historia, de arqueología, de crítica artística; otra cultura, que dicte la urbanidad más exquisita, unida a la reserva más grave en el trato con las gentes a quienes forzosamente se encuentra y habla el viajero; la firmeza mayor para hacer valer su derecho, y la rectitud más desinteresada para respetar el ajeno; la precaución más cauta en los ajustes, y la oportuna generosidad en las gratificaciones; el valor para arrostrar los peligros, y la prudencia para sortearlos, y, por último (no me cansaré de recordar esto a mis compatriotas), la locuacidad para averiguar lo que conviene saber y el mutismo ante todo lo que sea murmuración, impertinente curiosidad, conato de investigar lo que a nadie importa.
El español tiene la graciosa costumbre de intimar con los compañeros de viaje; de abrirles el corazón; de hablar en las mesas de las fondas como si estuviesen en su casa, y disputar rabiosamente con gentes a quienes no conoce ni ha visto nunca, y cuya opinión, por lo tanto, debiera importarle tres cominos.
En cierta mesa redonda ocurrió, no ha mucho, un curioso incidente.
Sentábase en ella una dama a quien, mientras estuvo presente, colmaron de exageradas atenciones dos o tres caballeros (uno de ellos ocupaba puesto oficial). Despidiose la dama a los postres y se retiró a su habitación, y los… ¿caballeros? Quedaron de sobremesa y entre chupada y chupada de cigarro, poniendo a la antes obsequiada señora como digan dueñas.
Hallábase presente un inglés que, aunque trataba a la señora lo mismo que la trataban sus despellejadores, se había contentado con dirigirle una rígida inclinación de cabeza al verla entrar. No obstante, al oír a los maldicientes, dio el inglés señales de impaciencia, y acabó por advertirles que aquella conversación le parecía muy inconveniente.
Como el más calumniador de todos (el del puesto oficial) replicase con desabrimiento, el inglés se levantó; de un revés de su ancha manaza arrojó al individuo contra la pared y, sin descomponerse ni apresurarse, salió del comedor a largas zancajadas… ¿Ustedes creerán que por eso se corrigieron ni aquél ni los demás indiscretos que en viaje hablan como en el gabinete de su propia casa, y aún peor, si a mano viene? ¡Quiá! Manos había de tener el inglés que los abofetease a todos.”


Emilia Pardo Bazán.