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domingo, 1 de enero de 2017

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




UN GALLEGO EN RIO GALLEGOS

“El cabecilla de la revuelta se llamaba Antonio Soto.
Los habitantes del Sur aún recuerdan al gallego enjuto, pelirrojo, que apenas había terminado de perder la pelusa de las mejillas, con esos ojos azules miopes que se asocian con la ambigüedad y el fanatismo celtas. En aquella época usaba pantalones de montar y polainas, y llevaba la gorra insolentemente ladeada. Y se erguía en la calle cenagosa, mientras el viento hacía flamear sus banderas rojas, y vociferaba frases tomadas de Proudhon y Bakunin, clamando que la propiedad era un robo, y la destrucción, una pasión creadora.
Unos pocos inmigrantes españoles recuerdan incluso su encarnación anterior como tramoyista de unos actores itinerantes que habían llegado del norte y que representaban a Calderón y Lope de Vega en el escenario desnudo del Círculo Español. Y a veces interpretaba un papel secundario y se colocaba, decorativamente, contra las paredes encaladas de una aldea de Extremadura, paredes estas que se descascaraban de su telón de fondo confeccionado con lona.
Otros recuerdan que volvió a Río Gallegos doce años después de que pasaran los pelotones de fusilamiento. Aún interpretaba el papel del orador anarquista y usaba la camisa desabrochada hasta el ombligo. Pero esta vez podía exhibir un auténtico cuerpo de trabajador, marcado por las cicatrices de quemaduras que había recibido en una mina de salitre, en Chile. Se alojó en el Hotel Miramar y arengó a las familias de hombres que durante esos doce años habían yacido bajo cruces de madera blanqueada. Aquélla fue su última visita y declamó ante salas vacías. Sólo lo escucharon unos pocos españoles que asentían con movimientos de cabeza, y el gobernador lo echó a patadas al otro lado de la frontera.
Pero la mayoría de quienes conocieron a Antonio Soto recuerdan un corpachón de músculos fláccidos y una expresión que oscilaba entre la truculencia y la desesperación taciturna. En aquella época vivía en Punta Arenas y regentaba un pequeño restaurante. Y cuando los comensales se quejaban de la atención, respondía: «Este es un restaurante anarquista. Sírvase usted mismo». O se sentaba con otros exiliados españoles y rememoraban el terruño a través del delgado chorro que brotaba del porrón, recordando a quiénes debían venerar y a quiénes debían odiar en España, en tanto reservaban una maldición especial para el chico que Antonio había visto una vez en las calles de su puerto natal, El Ferrol, el muchacho acicalado cuya carrera había sido diametralmente opuesta a la suya y cuyo nombre era Francisco Franco Bahamonde.
Soto era hijo póstumo de un marinero español que se había ahogado durante la guerra de Cuba. A los diez años riñó con su padrastro y se fue a vivir con unas tías solteras en El Ferrol. Era devoto y puritano y enarbolaba estandartes en las procesiones religiosas. A los diecisiete años leyó las diatribas de Tolstoi contra el servicio militar y huyó a Buenos Aires para evadir el suyo. Gravitó hacia el teatro y hacia los grupos marginales del movimiento anarquista. Había muchos anarquistas en Buenos Aires, y Buenos Aires es un gran teatro.
Se incorporó a la Compañía de Teatro Español Serrano-Mendazo y en 1919 navegó en gira por los puertos de la Patagonia. Su llegada a Río Gallegos coincidió con la caída del precio de la lana, reducciones de salarios, nuevos impuestos y nuevas tensiones entre los criadores anglosajones y su personal. Los británicos asistían a la revolución roja que se desarrollaba en el otro extremo del mundo y se identificaban con los aristócratas rusos aislados en la estepa. Una semana su periódico, el Magellan Times, publicó una ilustración que mostraba la sala de una casa solariega cuyo propietario se humillaba ante un matón que tenía el torso desnudo cruzado por las cananas. El epígrafe rezaba: «Orgía nocturna de los maximalistas en la hacienda de Kislodovsk. ¡Cinco mil rublos o la vida!».
El mentor de Soto en Río Gallegos era un abogado y petimetre español, José María Borrero, de unos cuarenta años, con el rostro abotagado por el alcohol y una hilera de estilográficas en el bolsillo superior. Borrero había hecho sus primeras armas con un doctorado en teología de la Universidad de Santiago de Compostela. Y había terminado en el Lejano Sur, dirigiendo un periódico bisemanal, La Verdad, que hostigaba a la plutocracia británica. Su lenguaje entusiasmó a sus compatriotas, que empezaron a imitarlo: «En esta sociedad de Judas y Polichinelas, sólo Borrero preserva la singular integridad del Hombre... entre estos paquidermos de sonrisa falsa que hacen chasquear los dientes y tienen la conciencia castrada».
Borrero abrumó a Soto con su educación superior, su cháchara sediciosa y su afecto. El y un militante del Partido Radical, el juez Viñas (un hombre al que sólo movían venganzas personales), le revelaron los infortunios de los inmigrantes chilenos y la iniquidad de los latifundistas extranjeros. Se ensañaron sobre todo con dos personas: el gobernador en ejercicio, E. Correa Falcón, de tendencia anglófila; y su malhablado jefe de policía escocés, un tal Ritchie. Soto pasó fácilmente del teatro a la política. Consiguió trabajo como estibador y, al cabo de pocas semanas, lo eligieron secretario general de la Unión Obrera.”


Bruce Chatwin. En la Patogonia. Muchnik Editores.

lunes, 2 de febrero de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EN EL REINO DE NADEZHDA


“Nevaba fuerte la tarde en que fui a ver a Nadezhda Mandelstam. La nieve de mi abrigo se fundía y dejaba un reguero de agua sobre el suelo de su cocina. La cocina olía a queroseno y a pan rancio. Sobre la mesa había unos aros pegajosos de color púrpura, un jarrón lleno de begonias y unos vasos secos dejados allí desde la levedad de un verano ruso.
         Un tipo gordo con gafas salió del dormitorio. Se me quedó mirando mientra se anudaba una bufanda en torno a sus mofletes, y se fue.
         Ella me hizo entrar. Estaba tumbada sobre el lado izquierdo, encima de la cama, en medio de las sábanas arrugadas, apoyando la cabeza sobre el puño cerrado. Me saludó sin moverse,
         --¿Qué le parece mi médico? –se burló ella--. Estoy enferma.
         El médico, supongo, era el hombre del KGB que tenía asignado.
         La habitación atufaba de calor y estaba toda regada de libros y ropa. Su pelo de mala calidad parecía liquen, y la luz lateral de la lámpara lo traspasaba. Refuerzos de metal blanco brillaban entre los oscuros espetones de sus dientes. Un cigarrillo colgaba de su labio inferior. Su nariz era un arma. Uno se daba cuenta de inmediato de que era una de las mujeres más poderosas del mundo, y ella lo sabía.
         Un amigo de Inglaterra me había aconsejado que le llevara tres cosas: champán, novelas policíacas baratas y mermelada. Ella se quedó mirando al champán, y dijo: «¡Bollinger!», sin demasiado entusiasmo. Se puso a mirar las novelas y dijo:
         --Romans policiers! ¡La próxima vez que venga a Rusia tráigame verdadera BASURA!
         Pero cuando saqué los tres frascos de mermelada de naranjas sevillanas hechos por mi madre, se quitó el cigarrillo de la boca y sonrió.
         --Gracias, querido. La mermelada es mi infancia. Y dime, querido… --me indicó por señas que cogiera una silla, y en aquel momento una de las tetas se le salió del camisón--. Dime… --volvió a meterse el pecho dentro--, ¿hay algún gran poeta en tu país? Quiero decir verdaderamente grande… De la estatura de Joyce o de Eliot…
         Auden seguía vivo en Oxford. Así que, débilmente, sugerí que Auden.
         --¡Auden no es lo que yo llamaría un gran poeta!
         --Sí –dije--. La mayor parte de las voces están calladas.
         --¿Y en prosa?
         --No mucho.
         --¿Y en América? ¿Hay poetas?
         --Algunos.
         --Dime, ¿fue Hemingway un gran novelista?
         --No siempre –dije--. No ya al final. Aunque hoy goza de poca estima. Sus primeros cuentos son maravillosos.
         --El novelista americano maravilloso es Faulkner. Estoy ayudando a un joven amigo a traducir a Faulkner al ruso. Y tengo que decirle que estamos encontrando dificultades. En Rusia –gruñó—ya no quedan grandes escritores. También aquí las voces se han callado. Tenemos a Solyenitsin. Cuando cree que está diciéndote la verdad, cuenta las falsedades más terribles. Pero cuando piensa que está escribiendo una historia sacada de su imaginación, entonces, a veces, logra la verdad.
         --¿Qué piensa usted de ese relato…? –balbucí--. He olvidado su nombre. Ése donde la anciana es arrollada por un tren.
         --¿Quiere decir usted La casa de Matriona?
         --Sí, ése –dije--. ¿Cree usted que logra la verdad?
         --¡Eso nunca podría haber ocurrido en Rusia!
         Sobre la pared encima de la cama, había un lienzo blanco, colgado en oblicuo. La pintura era blanca, blanco sobre blanco, unas pocas botellas blancas sobre un fondo blanco puro. Conocía al autor de la obra: un judío ucraniano, como ella.
         --Veo que tiene usted un cuadro de Weissberg –dije.
         --Sí. Y me pregunto si querría usted ponérmelo derecho. Tire un libro y le di al cuadro por error. ¡Un libro desagradable de una escritora australiana!
         Le enderecé el cuadro.
         --Weissberg –dijo—es nuestro mejor pintor. Tal vez sea eso todo lo que puede hacerse hoy en Rusia: ¡pintar en blanco!”


Bruce Chatwin. ¿Qué hago yo aquí? Muchnik Editores.

martes, 10 de junio de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






CANCIONES



“--La ruta comercial es el Trazo de Canción—afirmó Flynn. –Porque el principal medio de intercambio son las canciones, no los objetos. Comerciar con “objetos” es la consecuencia secundaria del intercambio de canciones.
Antes de que llegaran los blancos, añadió, en Australia nadie carecía de tierra, porque todos y todas heredaban, como propiedad privada, un tramo de la Canción del Antepasado  y el tramo de terreno sobre el cual discurría la canción. Los versos de cada individuo eran sus títulos de propiedad sobre el territorio. Podía prestárselos a otro. Podía tomar prestados otros versos en canje. Lo único que no podía hacer era venderlos o deshacerse de ellos.
¿Y si los Ancianos del clan de la Serpiente Pitón resolvían que era hora de cantar su ciclo de canciones desde el comienzo hasta el fin? Se despachaban mensajes, camino arriba y camino abajo, convocando a los dueños de canciones para que se congregaran en el Lugar Grande. Entonces, cada “propietario” cantaba, cuando le llegaba el turno, su tramo de las huellas del Antepasado. ¡Siempre en el orden correcto!
--Cantar un verso fuera de lugar—manifestó Flynn con talante ceñudo, --era un crimen. Generalmente se castigaba con la pena de muerte.
--Lo entiendo—asentí. – Sería el equivalente musical de un terremoto.
--Peor—sentencio con cara torva. –Implicaría “descrear” la Creación.
Allí donde había un Lugar Grande, continuó, existía la posibilidad de que convergieran los otros Ensueños. De modo que en uno de los corroborees podían participar cuatro clanes totémicos distintos, de cualquier cantidad de tribus diferentes, todos los cuales intercambiarían cantos, danzas, hijos e hijas, y se concederían mutuamente “derechos de paso”.
Cuando pase más tiempo aquí—comentó, volviéndose hacia mí, --oirá la expresión “adquirir conocimiento ritual”.
Todo ello significaba que el individuo estaba ampliando su mapa de canciones. Estaba expandiendo sus opciones, explorando el mundo a través de la canción.
--Imagine a dos hermanos negros que se encuentran por primera vez en una taberna de Alice—dijo. –Uno ensayará un Ensueño. El segundo ensayará otro. Entonces es seguro que algo encajará…
--Y ése—intervino Arkadi, --será el comienzo de una hermosa amistad en torno de la botella.
Todos rieron al oírlo, menos Flynn, que continuó hablando.
La clave siguiente, manifestó, consistía en entender que todo ciclo de canciones saltaba a través de las barreras idiomáticas, independientemente de tribus o fronteras. La huella de un Ensueño podía nacer en el Noroeste, cerca de Broome; desovillar su trayecto a través de veinte o más lenguas; y desembocar en el mar cerca de Adelaida.
--Y sin embargo—dije, --es la misma canción.
-- Los nuestros—dictaminó Flynn, --afirman que reconocen una canción por su “sabor” o su “olor”… y a lo que se refieren, por supuesto, es a la “cadencia”. La cadencia sigue siendo siempre la misma, desde los primeros acordes hasta el final.
         --La letra puede cambiar—volvió a interrumpirlo Arkadi, --pero la melodía perdura-
         --¿Eso significa que un joven andariego podría cantar su camino de un extremo a otro de Australia con la única condición de que pudiera tararear la melodía correcta?—inquirí.
         --Teóricamente, sí—asintió Flynn.
         Alrededor de 1900, un habitante de Arnhemland atravesó el continente a pie en busca de esposa. Se casó en la costa sur y volvió caminando con su esposa y su flamante cuñado. Luego el cuñado se casó con una chica de Arnhemland y la llevó andando hasta el sur.
         --Pobres mujeres—comenté.
         --Es la aplicación práctica del tabú del incesto—explico Arkadi. – Si quieres sangre fresca, tienes que caminar para conseguirla.”


Bruce Chatwin. Los trazos de la canción. Muchnik Editores.

jueves, 21 de noviembre de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE







EN LA DERROTA


El ensueño de Soto terminó en la estancia La Anita, establecimiento que era el orgullo de la familia Menéndez. Encerró a sus rehenes en la casa verde y blanca, donde, desde el jardín de invierno estilo art nouveau, se ve cómo el glaciar Perito Moreno se desliza entre bosques negros hacia el lago gris. Sus hombres estaban en el cobertizo de la esquila, pero empezaron a irse en grupos cuando se enteraron de que una columna avanzaba por el valle.
Los intransigentes, encabezados por dos alemanes, quisieron apilar fardos de lana, convertir el cobertizo en una fortaleza y combatir hasta el último hombre. Pero Soto dijo que él escurriría el bulto, que no estaba hecho para que lo arrojaran a los perros, y que continuaría la lucha en las montañas o en el extranjero. Y los chilotes no querían pelear. Preferían confiar en la palabra de un oficial argentino antes que en promesas huecas.
Soto envió dos hombres a parlamentar con el capitán Viñas Ibarra.
–¿Parlamentar? –aulló–. ¿Parlamentar para qué? –Y los mandó a parlamentar con Jesucristo. Sin embargo, tampoco quería exponer a sus hombres al fuego, y le encomendó a un oficial subalterno la misión de negociar. El 7 de diciembre los rebeldes lo vieron avanzar cautelosamente hacia ellos: un caballo zaino, un hombre vestido con uniforme caqui, una bandera blanca y las gafas protectoras amarillas reflejando el sol. Su propuesta: rendición incondicional y se respetarían las vidas. Los hombres deberían alinearse a la mañana siguiente en el patio.
La decisión de los chilotes libró de responsabilidad a Soto. Aquella noche, él y algunos de los cabecillas cogieron sus mejores armas y caballos y partieron. Escalaron la montaña, pasaron al otro lado y bajaron en Puerto Natales. Los carabineros chilenos, que habían prometido bloquear la frontera, no hicieron nada para detenerlos.
Los chilotes esperaron a los soldados formando tres filas, con ropas de confección casera que olían a oveja, a caballo y a orina rancia, con los sombreros de fieltro encasquetados hasta las orejas, y con los fusiles y las municiones apiladas tres pasos mas adelante, junto con las sillas de montar, los lazos y los cuchillos.
Creían que volverían a sus casas, que los expulsarían y los mandarían a Chile. Pero los soldados los condujeron de nuevo al cobertizo de la esquila y, al enterarse de que habían fusilado a los dos alemanes, supieron qué era lo que les aguardaba. Unos trescientos hombres en los corrales de las ovejas y la luz titilante de las velas se reflejó sobre las vigas del techo. Algunos jugaban a las cartas. No había nada para comer.
La puerta se abrió a las siete. Un sargento distribuyó ostentosamente picos entre una cuadrilla de trabajo. Los hombres del cobertizo los oyeron alejarse con paso acompasado y, a continuación, el chasquido del acero contra la roca.
–Están cavando tumbas –comentaron.
La puerta volvió a abrirse a las once. Las tropas circundaban el patio con los fusiles preparados. Los ex rehenes contemplaban la escena. Un tal Harry Bond dijo que quería un cadáver por cada uno de los treinta y siete caballos que le habían robado. Los soldados sacaron a los hombres en grupos, para hacer justicia. Esta dependía de que un criador quisiera recuperar o no a uno de sus hombres. Procedían como si estuvieran seleccionando ovejas.
Los chilotes estaban blancos como el papel, con las mandíbulas desencajadas y los ojos dilatados. A los indeseados los hacían desfilar junto al baño de las ovejas y contornear una colina baja. Los congregados en el patio oían el restallido de los disparos y veían cómo los gallinazos se precitaban sobre la hondonada, batiendo con sus plumas el viento matinal.
Aproximadamente ciento veinte hombres murieron en La Anita. Uno de los verdugos manifestó: «Fueron al encuentro de la muerte con una pasividad auténticamente asombrosa».
El resultado regocijó a la comunidad inglesa, con algunas excepciones. El coronel, sobre el que habían recaído sospechas de cobardía, se había redimido con creces. El Magellan Times alabó su «espléndido coraje, en virtud del cual había circulado por la línea de fuego como quien participa en una parada militar... Los habitantes de la Patagonia deberían sacarse el sombrero ante el 10 de Caballería, ante esos valerosos caballeros». Durante un banquete que se celebró en Río Gallegos, el presidente local de la Liga Patriótica Argentina se refirió a «la dulce emoción de aquellos momentos» y al júbilo que había sentido cuando lo libraron de semejante plaga. Varela respondió que había cumplido con su deber de soldado, y los veinte británicos presentes, que no eran muy versados en la lengua castellana, rompieron a cantar: For he’s a jolly good fellow...
Los soldados, que gozaban de licencia de San Julián, acudieron al burdel La Catalana, pero las mujeres, todas mayores de treinta años, chillaron «¡Asesinos! ¡Cerdos! ¡No nos acostamos con asesinos!», de modo que las llevaron a la cárcel por insultar a uniformados y, en su persona, a la bandera de la nación. Entre ellas había una tal Maud Foster, «súbdita inglesa, de buena familia, con diez años de residencia en el país». Requiescat!
A su regreso, Varela no se encontró con la acogida reservada a los héroes sino con leyendas que rezaban: muera el caníbal del sur. El congreso estaba conmocionado, no porque a la gente le importaran mucho Soto y sus chilenos, sino porque Varela había hecho como la identidad de quien le había dado las órdenes. Acusaron a Yrigoyen, y éste, turbado, designó a Varela director de una escuela de caballería, con la esperanza de que se calmaran los ánimos.
El 27 de enero de 1923, Kurt Wilkens, un anarquista tolstoiano de Schleswig-Holstein, mató a tiros al coronel Varela en la intersección de las calles FitzRoy y Santa Fe, en Buenos Aires. Un mes más tarde, el 26 de febrero, Wilkens también fue muerto a tiros en la Cárcel de Encausados por su guardián, Jorge Pérez Millán Temperley (aunque nadie supo cómo llegó allí). Y el lunes 9 de febrero de 1925, Temperley fue asesinado por un enano yugoslavo, llamado Lukič, en un hospicio para locos peligrosos de Buenos Aires.
El hombre que entregó el revólver a Lukič era un caso interesante: Boris Vladimirovič, un ruso de alcurnia, biólogo y artista, que había vivido en Suiza y había conocido –o así decía – a Lenin. La revolución rusa de 1905 lo empujó a beber. Tuvo un ataque cardíaco y viajó a Argentina para emprender una nueva vida. Volvió a caer en la de antes cuando atracó una oficina de cambios con el fin de conseguir fondos para la propaganda anarquista. En el asalto hubo un muerto, y Vladimirovič se hizo acreedor a veinticinco años en Ushuaia, la prisión del fin del mundo. Allí entonaba las canciones de la madre patria, y en aras de la tranquilidad el gobernador lo hizo trasladar a la capital.
El domingo 18 de febrero, dos amigos rusos le entregaron el revólver dentro de una cesta con fruta. Fue difícil probar su culpabilidad. No se celebró ningún juicio, pero Boris Vladimirovič desapareció para siempre en la Casa de los Muertos.
Borrero murió de tuberculosis en Santiago del Estero, en 1930, después de un tiroteo con un periodista en el cual falleció uno de sus hijos.
Antonio Soto murió de trombosis cerebral el 11 de mayo de 1963. Desde la revolución había vivido en Chile, trabajando como minero, camionero, operador de una sala de cine, peón de campo y propietario de un restaurante.

Bruce Chatwin. En la Patogonia. Muchnik Editores.

lunes, 12 de noviembre de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





EL SINDICALISTA Y EL CORONEL


“Inició una nueva vida. Cuando hablaba a los chilotes, su voz abría las compuertas a los resentimientos de siglos. En su juventud o en su inocencia mesiánica había algo que los inducía a realizar actos de abnegación primero, y de violencia después. Quizá lo confundían con el salvador blanco que les prometían las leyendas folclóricas.
Los exhortaba a abandonar el trabajo y le obedecían; incluso se sumaron a la marcha que convocó para conmemorar el undécimo aniversario del fusilamiento de Francisco Ferrer en Montjuic, Barcelona. (Soto les dijo a los chilotes que rendían homenaje al educador catalán tal como los católicos se lo rendían a la Doncella de Orleáns o los musulmanes a Mahoma.) Puesto que concebía toda la vida como una sórdida lucha económica, no hacía concesiones a las clases pudientes. Extorsionaba a los hoteleros, a los comerciantes y a los criadores de ovinos. El precio que les cobraba para levantar el boicot consistía en obligarlos a humillarse, y cuando ellos aceptaban sus condiciones, Soto se limitaba a aumentar la presión y multiplicar las injurias.
Los esfuerzos encaminados a silenciarlo fracasaron y la cárcel tampoco podía retenerlo, porque su facción era demasiado fuerte. Una noche un cuchillo brilló en una calle desierta, pero la hoja chocó con el reloj que llevaba en el bolsillo de chaleco, y el asesino mercenario huyó. El fracaso del atentado no hizo más que confirmar su sentimiento de que estaba llamado a cumplir una misión. Convocó a una huelga general para derrocar los poderes que gobernaban Santa Cruz, sin darse cuenta de que su base de sustentación se había reducido. Los sindicalistas locales se reconciliaron con los patrones y se burlaron de su delirante falta de espíritu práctico. Soto los acusó a su vez de ser rufianes al servicio del burdel La Chocolatería.
Aislado del ala moderada, Soto inició la revolución por su cuenta. Sus aliados fueron agitadores que difundían sus ideas mediante la acción y no mediante las palabras. Se autodenominaban el Consejo Rojo y sus líderes eran italianos: un desertor toscano y un piamontés que había fabricado pastorcillas en una manufactura de porcelana de Dresde. El Consejo Rojo atacó las estancias con un contingente de quinientos jinetes belicosos: saqueaban armas, víveres, caballos y bebida; liberaban a los chilotes de sus inhibiciones; dejaban atrás pilas de chatarra retorcida por el fuego; y volvían a dispersarse en la estepa.
Ritchie envió una patrulla para que investigara lo que ocurría, pero sus miembros cayeron en una emboscada. Los rebeldes mataron a dos policías y un chófer. Un subalterno llamado Jorge Pérez Millán Temperley, que en realidad era un joven aristócrata con debilidad por los uniformes, recibió un balazo en los genitales. Los bandidos lo obligaron a cabalgar con ellos, y el dolor lo desquició definitivamente.
El 28 de enero de 1921, el Regimiento de Caballería del Ejército Argentino zarpó de Buenos Aires con la orden, dada por el presidente Yrigoyen, de pacificar la provincia. El oficial que mandaba la tropa era el teniente coronel Héctor Benigno Varela, un militar menudo de ilimitado patriotismo, estudioso de la disciplina prusiana, que quería que sus hombres se portaran como tales. Al principio, Varela contrarió a los terratenientes extranjeros, porque su programa de pacificación consistía en indultar a todos los huelguistas que entregaran las armas. Pero cuando Soto salió de su escondite y proclamó la victoria total sobre la propiedad privada, el ejército y el Estado, el coronel intuyó que había hecho un papel ridículo y sentenció:
–Si esto empieza de nuevo, volveré y los fusilaré a todos.
Los pesimistas acertaron. Durante aquel invierno, los huelguistas se movilizaron a lo largo de toda la costa, saquearon, incendiaron, formaron piquetes e impidieron que los funcionaros se embarcaran. Y cuando llegó la primavera, Soto planeaba su segunda campaña con tres nuevos lugartenientes (el Consejo Rojo había caído en una emboscada): Albino Argüelles, un funcionario socialista; Ramón Outerelo, un bakuninista y ex camarero; y un gaucho al que, por las dimensiones de su cuchillo, llamaban Facón Grande. Soto seguía creyendo que el gobierno era neutral y ordenó a cada lugarteniente que ocupara un sector del territorio, que realizase incursiones y que tomara rehenes. Soñaba, en secreto, con una revolución que se irradiaría desde la Patagonia y abarcaría el país. No era muy listo. Tenía un carácter frío y austero. Por la noche se iba a dormir solo. Los chilotes necesitaban un líder que compartiese cada parcela de sus vidas y empezaron a desconfiar de él.
Esta vez el doctor Borrero brilló por su ausencia. Tenía amoríos con la hija de un estanciero y aprovechó la caída del precio de la tierra para comprar su propio campo. Entonces se descubrió que, durante todo el tiempo, había estado a sueldo de La Anónima, la compañía de los Braun y los Menéndez. Los anarquistas notaron su deserción y escarnecieron a los «degenerados que alguna vez fueron socialistas, bebiendo en los bares a expensas de los trabajadores, y que hoy, como auténticos Tartufos, claman por el exterminio de sus antiguos camaradas».
El presidente Yrigoyen convocó a Varela por segunda vez y lo autorizó a utilizar «medidas extremas» para doblegar a los huelguistas. El coronel desembarcó en Punta Loyola el 11 de noviembre de 1921 y empezó a requisar caballos. Interpretó sus instrucciones como un permiso tácito para desencadenar un baño de sangre, pero como el Congreso había abolido la pena de muerte, él y sus oficiales debieron exagerar el potencial de los chilotes, describiéndolos como «fuerzas militares, perfectamente armadas y mejor provistas aún de municiones, enemigas del país donde viven». Arguyeron que Chile había instigado la huelga, y cuando capturaron a un anarquista ruso con una libreta llena de caracteres cirílicos, la interpretaron como la prueba de que ésa era la mano roja de Moscú.
Los huelguistas se dispersaron sin combatir. No estaban bien pertrechados y ni siquiera sabían usar las armas que tenían. El ejército difundió comunicados sobre enfrentamientos armados y arsenales capturados. Pero el Magellan Times publicó por única vez una información veraz: «Varias bandas de rebeldes se han rendido, al descubrir que la suya era una causa perdida, y los malos elementos que se contaban entre sus miembros han sido fusilados».
En cinco oportunidades distintas los soldados consiguieron que los huelguistas capitularan, tras prometerles que les respetarían la vida. En las cinco, los fusilamientos comenzaron después. Ejecutaron a Outerelo y Argüelles. Varela mató a Facón Grande en la estación Jaramillo, dos días después de que lo hubieran dado por muerto en combate. Fusilaban a centenares de hombres que caían en las tumbas que ellos mismos habían cavado, o los acribillaban y apilaban los cadáveres sobre hogueras del arbusto llamado «mata negra», de modo que el olor de la carne quemada y la resina de madera se esparcía por las pampas.”

Bruce Chatwin. En la Patogonia. Muchnik Editores.

martes, 6 de septiembre de 2011

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



DE DONCASTER A MANLY


Puerto de Sydney

“En el ferry que nos traía de regreso de Manly, una viejecilla me oyó hablar.
         --¿Usted es inglés, verdad?—preguntó, con acento inglés del norte.—Me doy cuenta de que lo es.
         --Lo soy.
         --Yo también.
         Usaba unas gafas de cristales gruesos, con montura metálica, y un simpático sombrero de fieltro con un atisbo de tul azul sobre el ala.
         --¿Está visitando Sydney?—le pregunté.
         --¡No, por amor de Dios!—respondió.—Resido aquí desde 1946. Vine a vivir con mi hijo, pero sucedió algo muy extraño. Cuando llegó el barco, él había muerto. ¡Imagínese! ¡Yo había vendido me casa de Doncaster, así que pensé que lo mejor sería quedarme! Entonces le pedí a mi segundo hijo que viniera a vivir conmigo. Y el vino… emigró… ¿y sabe una cosa?
         --No.
         --Murió. Tuvo un ataque al corazón, y murió.
         --Es horrible—comenté.
         --Había tenido un tercer hijo—prosiguió.—Había sido mi favorito, pero había muerto en la guerra, en Dunkerque, ¿sabe? Era muy valiente. Su oficial me envió una carta. ¡Muy valiente, eso era! Estaba en cubierta… cubierto de petróleo inflamado… y se arrojo al mar. ¡Ay! ¡Era una masa de fuego viviente!
         --¡Pero eso es horrible!
         Pero hoy tenemos un día hermoso—comentó sonriendo.-- ¿no le parece un día hermoso?
         Era un día soleado con nubes blancas y altas y una brisa que soplaba desde el océano. Algunos yates enfilaban a bandazos hacia The Heads, y otros yates navegaban con la vela balón izada. El viejo ferry cabalgaba sobre las cabrillas rumbo al teatro de la ópera y el puente.
         --¡Y se está tan bien en Manly!—exclamó. –Me encantaba ir a Manly con mi hijo… ¡antes de que muriera! Pero hace veinte años que no voy.
         --Sin embargo, está muy cerca—dije.
         --Es que no he salido de casa durante dieciséis años. Estaba ciega. Tenía cataratas y no veía nada. El cirujano dijo que eran incurables, así que me quedé encerrada. ¡Imagínese! ¡Dieciséis años en tinieblas! Hasta que la otra semana me visitó una simpática asistenta social y me dijo: “Será mejor que se haga examinar esas cataratas”. ¡Y véame ahora!
         Espié a través de sus gafas un par de titilantes –ésta es la palabra para definirlos--, de titilantes ojos azules.
         --Me llevaron al hospital—continuó. --¡Y me extirparon las cataratas! ¿No le parece estupendo? ¡Puedo ver!
         Sí—asentí. –Es maravilloso.
         --Es la primera vez que salgo sola—confesó. –No se lo conté a nadie. Me dije, a la hora del desayuno: “Es un día hermoso. Cogeré el autobús hasta el muelle circular, e iré en ferry a Manly… tal como lo hacíamos en los viejos tiempos”. Pedí pescado para el almuerzo. ¡Oh, fue divino!—Encorvó los hombros con aire de picardía y dejó escapar una risita. --¿Cuántos años calcula que tengo?—inquirió.
         --No lo sé—respondí. –Deje que la mire. Yo diría que tiene ochenta.
         --No, no, no—exclamó riendo. –Tengo noventa y tres… ¡y puedo ver!”


Bruce Chatwin. Los trazos de la canción. Muchnik Editores.