Mostrando entradas con la etiqueta Edwards. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Edwards. Mostrar todas las entradas

sábado, 6 de enero de 2024

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





EL EMBAJADOR Y LO AJENO


«—Es la hija del antiguo dueño de esta casa.


La muchacha, detenida en ese tiempo hipotético que antecede a las revoluciones y que la leyenda construye después de ellas, el de la douceur de vivre de Talleyrand, el de los happy few de Stendhal, que supo citar a Talleyrand en el contexto adecuado, esa muchacha, en el intermedio idílico de una historia salpicada de violencias y luchas, ajena a las convulsiones del pasado y del presente, que preparaban un parto doloroso y mucho más cercano de lo que ella había podido imaginar en el momento de posar para el retratista, sonreía contra un fondo de rosas y de nenúfares, bajo un cielo azul sin mancha, con la deliciosa curva de los hombros y la fresca piel de los brazos ocultas a medias por los tules del vestido, cuyo ruedo se confundía con el fondo vegetal y permitía divisar los tobillos y los delicados zapatos. El embajador mostraba el cuadro con una satisfacción evidente, como si entre él y la muchacha se hubiera establecido una relación sentimental y misteriosa.»


Jorge Edwards.

Persona non grata.

Alfaguara.


jueves, 1 de agosto de 2019

OBITER DICTUM






«—En nuestros países siempre había un poeta —me dijo Fidel— que no había tenido nada que ver con la Revolución y que más tarde se subía al carro desde afuera, y componía el himno nacional.

El comentario revelaba una concepción bastante singular del rol de los poetas. Puede que Fidel pensara en alguno de sus poetas oficiales, que habían volado desde las universidades de Estados Unidos y desde otros exilios igualmente cómodos a ocupar los cargos directivos de los organismos de la cultura. Después, ante la menor sugerencia soplada desde arriba, redactaban cartas de un revolucionarismo furibundo en contra de colegas que el Poder había resuelto condenar al purgatorio o al infierno. Me pareció que el menosprecio de Fidel se extendía por igual a poetas oficiales y poetas marginales, aun cuando su régimen entregaba algunas migajas en premio a la incondicionalidad de los primeros, en tanto que arrinconaba a los otros en sus covachas despapeladas y sórdidas, condenándolos al desarreglo nervioso, a la maledicencia estéril.»


Jorge Edwards

domingo, 16 de julio de 2017

OBITER DICTUM






Fidel no quiso mencionar expresamente a Stalin, pero sugirió con toda claridad, quizás para amedrentarme, y para amedrentar, por mediación mía, a mis amigos cubanos, que la política cultural de la Revolución ingresaba en un período estalinista. Conocía las críticas que esto suscitaría en Europa, precisamente entre los intelectuales que antes habían apoyado con entusiasmo a Cuba, y declaraba de antemano que ellas no alterarían su línea en un ápice. Sabía, por lo demás, que esas críticas ya habían comenzado; ahora optaba por tomar la iniciativa y precipitar él la ruptura. El gran pretexto, como siempre, era la necesidad de sentar las bases de una cultura proletaria.


Jorge Edwards

domingo, 6 de diciembre de 2015

OBITER DICTUM






«Yo, en mi calidad de secretario de la delegación chilena, había sido invitado para llenar un hueco en la mesa, como se acostumbra en la diplomacia con los secretarios de embajada, cuyas variadas funciones pueden ser de jurista, de redactor de discursos o sesudos informes, de traductor, de cicerone, de comensal número catorce cuando una excusa intempestiva deja una mesa con fatídicos trece asientos, de correveidile, de alcahuete, de chófer y de mozo de cuerda…»

Jorge Edwards.

domingo, 16 de febrero de 2014

OBITER DICTUM





Lezama, Buda asmático, ocupaba un sillón ceremonial, y yo, recordando su intención de conversar conmigo, me senté a su lado en una silla baja. El se inclinó con esfuerzo, lanzando bocanadas de humo.
—Y usted —dijo—, ¿se ha dado cuenta de lo que pasa aquí? —Sí, Lezama —le contesté.
—¿Pero se ha dado cuenta —insistió— de que nos morimos de hambre?
—¡Sí, Lezama! ¡Me he dado cuenta!


Jorge Edwards

jueves, 14 de noviembre de 2013

OBITER DICTUM






William Faulkner estuvo en su juventud en Nueva Orleans, puerto fluvial y marítimo del Mississippi situado directamente al sur de Oxford. Ahí conoció a uno de los maestros literarios de esos años, Sherwood Anderson. Sherwood Anderson escribía toda la mañana y se dedicaba en las tardes a recorrer la región y a beber whisky de maíz, bourbon, en compañía del joven Faulkner. Una tarde Faulkner se atrevió a decirle que había escrito una novela y amenazó con leérsela. Respuesta inmediata de Sherwood Anderson: “Me comprometo a recomendar tu novela a mis editores, pero con una sola condición”. “¿Cuál?” pregunto Faulkner, inquieto. “No tener que leerla nunca en mi vida”, dijo Anderson.


Jorge Edwards





miércoles, 1 de junio de 2011

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






ENTRE TRACTORES Y SOCIALISMO


Las hileras de tractores nuevos, rojos o verdes, seguían alineadas en terraplenes a la orilla del camino. Algunos continuaban adentro de sus embalajes de madera. Filas de máquinas agrícolas amarillas. Al otro lado de la ruta se divisaban las construcciones y los campos de esparcimiento y deporte de un manicomio modelo.
—¿Por qué no usan esas máquinas?
—¡Ah! —mi interlocutor levantaba las manos y me respondía en voz baja, lanzando miradas laterales a las invisibles orejas electrónicas—. Si continuaras aquí un año, observarías su enmohecimiento, su deterioro progresivo…
—En un país capitalista subdesarrollado —en Chile, por ejemplo—, la agricultura está bastante poco mecanizada. Pero si un agricultor compra un tractor, como tiene que invertir en eso sus ahorros, o endeudarse con el Banco del Estado, lo cuida y le saca el jugo.
—¡Ya te darás cuenta! —exclamaba mi interlocutor—. Lo que más caracteriza la economía socialista es el despilfarro. El empleado o el obrero, que no tienen derecho más que a un par de zapatos por año, miran esos tractores y piensan que sus zapatos están ahí, pudriéndose. ¿Comprendes?
—La economía de un determinado socialismo, dirás…
—¡Por supuesto! El socialismo no puede ser así. Lo que sucede es que aquí estamos rodeados de incapaces, ¡de comemierdas! ¡Comemierdas!


Jorge Edwards. 
Persona non grata. 
Alfaguara.