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miércoles, 27 de diciembre de 2023

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE


 


BONAPARTE, EL GRANDE



«No es grande Bonaparte por sus palabras, sus discursos, sus escritos, por el amor a las libertades que nunca tuvo y que nunca pretendió establecer; es grande por haber creado un gobierno auténtico y poderoso, un código de leyes adoptado en diversos países por los tribunales de justicia, las escuelas, una administración fuerte, activa, inteligente, y con la que todavía nos regimos; es grande por haber resucitado, ilustrado y administrado excelentemente Italia; es grande por haber hecho renacer en Francia el orden del seno del caos, por haber levantado de nuevo los altares, por haber reducido a unos furiosos demagogos, a unos orgullosos eruditos, a unos literatos anárquicos, a unos ateos volterianos, a unos oradores de plaza pública, a unos estranguladores de prisiones y de calle, a unos muertos de hambre de tribuna, de clubes y de cadalsos, por haberlos reducido a servir a sus órdenes; es grande por haber aherrojado a una turba anárquica; es grande por haber acabado con las confianzas de una suerte común, por haber forzado a unos soldados, sus iguales, a capitanes, jefes suyos o rivales, a doblegarse a su voluntad; es grande sobre todo por ser hijo de sí mismo, por haber sabido, sin otra autoridad que la de su genio, por haber sabido, él, hacerse obedecer por treinta y seis millones de súbditos en la época en que ninguna ilusión rodea los tronos; es grande por haber derrocado a todos los reyes que se oponían, por haber derrotado a todos los ejércitos cualesquiera que fuesen su disciplina y valor, por haber dado a conocer su nombre tanto a los pueblos salvajes como a los pueblos civilizados, por haber superado a todos los vencedores que lo precedieron, por haber llenado diez años de prodigios tales que hoy en día nos cuesta comprenderlos. El famoso delincuente en lo que a triunfos se refiere ya no existe; los pocos hombres que todavía comprenden los sentimientos nobles pueden rendir homenaje a la gloria sin temerla, pero sin arrepentirse de haber proclamado lo que esta gloria tuvo de funesta, sin reconocer al destructor de toda independencia como al padre de la emancipación: Napoleón no tiene ninguna necesidad de que le atribuyan méritos prestados; estuvo bastante dotado de ellos al nacer.»


François-René de Chateaubriand.
Memorias de ultratumba.
Acantilado.

martes, 30 de marzo de 2021

OBITER DICTUM






"Monsieur de Villèle creyó que yo aceptaría este trato, y se equivocó. Fui sincero y seré un enemigo irreconciliable. Nací con una desgracia: las heridas que se me infligen jamás cicatrizan en mí."

François-René de Chateaubriand.

martes, 4 de febrero de 2020

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



LOS AMIGOS MUERTOS


«Quizá nada hace sentir más el cariño y la gratitud que sentirse bajo el patronazgo de una amistad superior que, por su ascendiente sobre la sociedad, hace pasar vuestros defectos por cualidades, vuestras imperfecciones por encanto. Un hombre os protege por lo que él vale, una mujer por lo que vosotros valéis: he aquí por qué de estas dos formas de dominación una resulta tan odiosa, la otra tan dulce. Desde que perdí a esta persona tan generosa, de alma tan noble, de un espíritu que reunía algo de la fuerza del pensamiento de madame de Staël y la gracia del talento de madame de La Fayette, no he dejado de llorarla, de reprocharme las injusticias con que he podido afligir a veces a corazones que se habían consagrado a mí. ¡Hay que vigilar bien nuestro carácter! Pensemos que podemos, pese a sentir un cariño profundo, envenenar una vida que redimiríamos al precio de toda nuestra sangre. Cuando nuestros amigos hayan muerto, ¿cómo podremos reparar nuestros errores? Nuestros inútiles lamentos, nuestros vanos arrepentimientos, ¿son un remedio para las penas que les hemos causado? Hubieran preferido de nosotros una sonrisa en vida a todas nuestras lágrimas después de su muerte.»

François-René de Chateaubriand.
Memorias de ultratumba.
Acantilado

viernes, 28 de junio de 2019

OBITER DICTUM





"Una cosa me humilla: la memoria es a menudo un rasgo distintivo de la necedad; es propia generalmente de los espíritus lerdos, a los que vuelve más pesados aún por el bagaje con que los sobrecarga. Y ello no obstante, ¿qué seriamos sin la memoria? Olvidaríamos nuestras amistades, nuestros amores, nuestros placeres, nuestras ocupaciones; el genio no podría reunir sus ideas; el corazón más afectuoso perdería su ternura si dejara de recordar; nuestra existencia se vería reducida a los momentos sucesivos de un presente que discurre sin cesar; no habría ya pasado. ¡Oh, miserables de nosotros! Tan vana es nuestra vida que no es más que un reflejo de nuestra memoria."


François-René de Chateaubriand

lunes, 12 de noviembre de 2018

OBITER DICTUM





Las escenas otoñales poseen un inevitable carácter moral: esas hojas que caen como nuestros años, esas flores que se marchitan como nuestras horas, esas nubes que se esfuman como nuestras ilusiones, esa luz que se debilita como nuestra inteligencia, ese sol que se enfría como nuestros amores, esos ríos que se hielan como nuestra vida tienen relaciones secretas con nuestro destino.


François-René de Chateaubriand

domingo, 2 de julio de 2017

OBITER DICTUM





No veré más la magnolia que prometía su rosa para la tumba de mi floridana,  el pino de Jerusalén y el cedro del Líbano consagrados a la memoria de Jerónimo, el laurel de Granada, el plátano de Grecia, el roble de Armórica, a cuyo pie pinté a Blanca, canté a Cimodocea e inventé a Veleda. Estos árboles nacieron y crecieron con mis ensoñaciones; eran sus hamadríades. Pasarán bajo otro dominio: ¿los amará su nuevo amo como los amaba yo? Los dejará secarse, quizá los tale: nada debo conservar en la tierra. Diciendo adiós a los bosques de Aulnay es como voy a recordar el adiós que dije antaño a los bosques de Combourg: todos mis días son adioses.


François-René de Chateaubriand

sábado, 16 de enero de 2016

OBITER DICTUM






Como me es imposible prever el momento de mi fin, y a mis años los días concedidos a un hombre no son sino días de gracia, o más bien de rigor, voy a explicarme. El próximo 4 de septiembre, cumpliré setenta y ocho años: es hora ya de que abandone un mundo que me abandona a mí y que no echo de menos.


François-René de Chateaubriand

sábado, 11 de abril de 2015

OBITER DICTUM





¿Habéis oído caer el Imperio? No: nada ha turbado la tranquilidad de estos lugares. Sin embargo, el Imperio se ha hundido; la inmensa ruina se ha desplomado sobre mi vida igual que esos restos romanos caídos en el cauce de un arroyo ignorado. Pero a quien no le afectan los acontecimientos, poco le importan: algunos años escapados de las manos del Padre Eterno harán justicia a todos esos ruidos por medio de un silencio sin fin.


François-René de Chateaubriand

domingo, 19 de octubre de 2014

OBITER DICTUM





Unos amigos nos dejan, otros los suceden; nuestras relaciones varían: siempre hay un tiempo en el que no poseíamos nada de lo que poseemos, un tiempo en el que no tenemos nada de lo que tuvimos. El hombre no tiene una sola y única vida; tiene varias puestas una tras otra, y ésta es su miseria.


François-René de Chateaubriand

jueves, 6 de junio de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





NADA HA QUEDADO


Todo alimentaba la amargura de mis sinsabores: Lucile era desdichada; mi madre no me consolaba; mi padre me hacía probar las asperezas de la vida. Su taciturnidad iba en aumento con los años; la vejez volvía más rígidos tanto su alma como su cuerpo; me espiaba sin cesar para reprenderme. Cuando yo volvía de mis correrías salvajes y lo veía sentado en la escalinata, antes me hubiera dejado matar que entrar en el castillo. Lo cual no hacía, sin embargo, sino diferir mi suplicio: obligado a aparecer a la hora de la cena, me sentaba cohibido en una esquina de mi silla, con las mejillas húmedas aún de lluvia, el cabello alborotado. Ante las miradas de mi padre, permanecía inmóvil y el sudor cubría mi frente: el último destello de razón me abandonó. Heme aquí llegado a un momento en que necesito algunas fuerzas para confesar mi flaqueza. El hombre que atenta contra su vida muestra menos la fuerza de su alma que el desfallecimiento de su naturaleza. Yo tenía una escopeta de caza cuyo gatillo estaba tan gastado que a menudo se le escapaba el seguro. Cargué esta escopeta con tres balas, y me dirigí a un lugar apartado del gran Mail. Monté la escopeta, introduje el extremo del cañón en mi boca, golpeé la culata contra el suelo; repetí varias veces el intento: el tiro no salió; la aparición de un guarda hizo que suspendiera mi decisión. Fatalista sin quererlo ni saberlo, supuse que mi hora no había llegado, así que dejé para otro día la ejecución de mi plan. De haberme quitado la vida, todo cuanto he sido habría quedado enterrado conmigo; nada se sabría de la historia que me habría llevado a mi catástrofe; habría engrosado la multitud de infortunados anónimos; nadie me habría seguido por las huellas de mis pesares, como un herido por el rastro de su sangre. Quienes se hayan sentido turbados por lo que describo y tentados de imitar estas locuras, quienes guarden memoria de mí por mis quimeras, no deben olvidar que no oyen más que la voz de un muerto. Lector, a quien nunca conoceré, nada ha quedado de ello: no queda de mí más que lo que soy en manos del Dios vivo que me ha juzgado.


François-René de Chateaubriand. Memorias de ultratumba. Acantilado

sábado, 4 de febrero de 2012

OBITER DICTUM





Quienes me tachan de hipócrita y de ambicioso poco me conocen: no podría tener éxito jamás en la vida de mundo, precisamente porque me faltan una pasión y un vicio, la ambición y la hipocresía. La primera sería a lo sumo en mí amor propio herido; podría desear a veces ser ministro o rey para reírme de mis enemigos; pero al cabo de veinticuatro horas tiraría mi cartera y mi corona por la ventana.


François-René de Chateaubriand

sábado, 9 de abril de 2011

OBITER DICTUM





Si he padecido lo bastante en esta vida para ser en la otra una sombra feliz, algún rayo escapado de los Campos Elíseos derramará sobre mis últimos cuadros una luz protectora: la vida me sienta mal; tal vez me vaya mejor la muerte.


François-René de Chateaubriand