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viernes, 3 de abril de 2020

OBITER DICTUM





“Alguno de los delegados ha traído el libro de André Gide, ya su segundo libro acerca de la URSS. Lo he hojeado: eso ya son injurias y calumnias de corte abiertamente trotskista. Gide no lo disimula, cita abiertamente los nombres de trotskistas y antisoviéticos destacados que, «con mucha amabilidad», le han facilitado materiales. Y estos materiales constituyen una mezcla de recortes de periódico dogmáticamente seleccionados y de viejas anécdotas contrarrevolucionarias.”


Mijail Koltsov

miércoles, 13 de febrero de 2019

OBITER DICTUM





1905 

Miércoles 1 de marzo


        “Entierro de Schwob. Parece no haber amigos; hombres de letras, parientes, forman un grupo bastante distante; solo, pegado a la tumba, el chino, al que por primera vez veo vestido a la europea, sin coleta; admiro en su rostro extraño y casi bello la expresión aislada de su dolor.”


                                                                                          André Gide.

viernes, 16 de febrero de 2018

OBITER DICTUM





1931
31 de marzo

        “Gran placer en volver a ver a Saint-Exupery en Agay, donde yo había ido a pasar dos días con Pomme. Hace apenas un mes que ha regresado a Francia; se ha traído de la Argentina un nuevo libro y una novia. He leído el uno y visto a la otra. Le he felicitado mucho; pero sobre todo por el libro; deseo que la novia resulte igualmente satisfactoria.”


André Gide

martes, 25 de julio de 2017

OBITER DICTUM





1910
15 de abril

        “D`Annunzio, más afectado, refrenado, crispado, más reducido, y también más vivaz que nunca. Los ojos desprovistos de bondad, de ternura; la voz más zalamera que verdaderamente acariciadora; la boca menos golosa que cruel, la frente bastante bella. Nada en el en que el don deje paso al genio. Menos voluntad que cálculo; poca pasión, o de la fría. Suele decepcionar a aquellos a los que su obra engancha (es decir, engaña).”


André Gide

jueves, 31 de diciembre de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



EN GRANADA


       “Cuando llega uno a España sediento de sol, de danza y de canto, nada tan lúgubre como la sala de un cinematógrafo en el que la lluvia nos obliga a refugiarnos. Cantos y danzas, en vano los hemos buscado hasta Murcia. En Sevilla sin duda se encuentran aún; en Granada… Sí, me acuerdo de que en el Albaicín , hace unos veinte años (nada desde entonces, ni siquiera los cantos de Egipto, ha sabido tocar un lugar más secreto de mi corazón): era, de noche, en una amplia sala de mesón, un chico gitano que cantaba; un coro, a media voz, de hombres y mujeres, luego súbitas pausas, cortaban ese canto jadeante, excesivo, doloroso, del chico, en el que se sentía su alma, cada vez que se quedaba sin aliento, expirar. Hubiérase dicho un primer esbozo de la última balada de Chopin; pero era algo que quedaba como al margen de la música; no español, sino gitano, irreductiblemente… Para volver a oír ese canto, ¡ah!, habría cruzado tres Españas. Pero huiré de Granada por temor de no oírlo.”

André Gide. Diarios.

miércoles, 19 de marzo de 2014

OBITER DICTUM





“Los periódicos de hace algunos días anunciaron que la aparición en Alemania de los Diarios de Thomas Mann había sido recibida con notoria indiferencia. El autor de La montaña mágica dispuso que estos diarios sólo se publicaran al cumplirse los veinte años de su muerte. Esta frialdad de los lectores alemanes, hacia uno de sus más famosos escritores de los últimos cincuenta años, me ha llevado a reflexionar un poco sobre el fenómeno del olvido de nombres que fueran ilustres en un determinado momento de la vida literaria.
         Por lo que toca a Thomas Mann, es preciso reconocer que, si bien fue el autor de La montaña mágica, de Doctor Faustus y de La muerte en Venecia, también lo fue, por desdicha, de Las confesiones del estafador Félix Kruhl, de Las cabezas trocadas, de La engañada y de otras obras aun más débiles y farragosas. Su estilo pomposo solía caer con frecuencia en un soso y profesoral cubileteo de ideas, a menudo manidas y, en algunos casos, prestadas artificiosamente a los grandes autores de la literatura y el pensamiento germanos. Hay en Mann, no siempre por fortuna, un regodeo y un coqueto énfasis en su propio ingenio, esa debilidad del actor cabotin que se mira actuar y cae en la obviedad y el mal gusto. Tal vez los Diarios estén llenos de tales pasajes y de allí la indiferencia de los paisanos del autor que anota el cable.
         Pero este caso de Mann me ha llevado, decía, a otros nombres y a otros lugares. Qué ha pasado, por ejemplo, con André Gide. Ese Gide que llenó nuestra adolescencia de inquieta y febril esperanza en una vida plena, en donde los sentidos iban a ensanchar sus posibilidades hasta horizontes insospechados. El Gide de Les nourritures terrestres y de Les faux monnayeurs y, luego, más tarde, el Gide del Journal, que nos deslumbró con la certeza de un estilo espléndido. ¿Quién lee hoy a Gide? En Francia casi nadie. Hace mucho que sus obras no se editan, ni llegan al gran público lector. Pero lo que aún es para mí, más inquietante: ¿Quién recuerda hoy a Jean Giraudoux, al novelista delicioso de Simon le pathétique, Sigfried et le limousin, y Suzanne et le Pacifique? Esa prosa tersa, eficaz, rápida de Giraudoux, que a nuestros deslumbrados veinte años nos daba la impresión de estar leyendo un clásico, un escritor intemporal y soberbio que nos acompañaría el resto de nuestros días; esa prosa ha sido ignorada por las nuevas generaciones de lectores de Francia y del mundo. No se edita ya tampoco a Giraudoux. Pasando al terreno de nuestro idioma, me pregunto también: ¿Quiénes leen hoy a Gabriel Miró, a Azorín o a Pérez de Ayala? Ellos que, en su momenco, nos dieron también al leerlos, la impresión de estar frecuentando y gozando a un clásico de nuestro idioma, a un escritor que había vencido la fama pasajera y la acción corrosiva del tiempo. ¿Quién los lee hoy en España y América, con excepción de algún estudiante en trance de tesis? ¿Y quién lee hoy a Norman Douglas, a Aldous Huxley, a Knut Hamsun, a Panait Istrati, a Charles Morgan, a John Dos Passos, a tantos otros que deslumbraron nuestra adolescencia y nuestra juventud?
         Ya hemos caído en la villonesca lamentación que conduce a la autopiedad estéril, a la saudade innecesaria. Pienso yo que, tras este primer regreso al olvido nivelador y no siempre justiciero, hay un regreso ‑o varios, según el tiempo y la obra, como es obvio‑, que es el que nos permite ahora leer, bajo una nueva luz reveladora de inesperadas y magníficas zonas, antes ocultas, la obra de Valle Inclán, de Céline, de Musil, de Arnold Bennet, de Gustav Meirink, de Joseph Roth, y de otros grandes novelistas, que regresan de la penumbra de un relativo olvido, para inquietar de nuevo y enriquecer una vez más el ámbito literario del que se hallaban ausentes.
         Bello libro, digno de Thibaudet o de un Edmund Wilson, aquel que analizara los secretos mecanismos que mueven esta marea de la fama, hasta conseguir desentrañar el secreto de este fenómeno insusitado y a menudo absurdo que llamamos un clásico.”


Álvaro Mutis.

miércoles, 27 de marzo de 2013

OBITER DICTUM





        “Obsérvese que no dudo que todo esto sea para el mayor bien de todos. De todos, sí; pero quizá no de cada uno. Juego con las palabras para intentar extraer aquí la verdad tan valiosa que nos enseñaba el Evangelio, según el cual, como escribí antes, cada uno es más precioso que todos.
        Esto ha sido conquistado: no hay ya, en la URSS, explotación de un gran número para provecho de unos pocos; pero puede decirse, sin forzar demasiado las cosas: la felicidad de todos se obtiene a expensas de cada uno.”


André Gide

miércoles, 27 de julio de 2011

OBITER DICTUM





1941
7 de octubre

        “Hace cincuenta años, yo desembarcaba en Túnez por primera vez. Todos los niños, en esa época, hablaban francés, y bastante bien. Desde entonces, en cada uno de mis nuevos viajes por Túnez, he podido comprobar penosamente que Francia perdía terreno, y me he enterado de nuevas torpezas cometidas por la administración o por las autoridades, nuevas vejaciones absurdas ejercidas por los colonos sobre los indígenas. Cosechamos hoy el creciente descontento sembrado por tantas estupideces y maldades. Aunque el aspecto de la ciudad haya perdió mucho de su carácter, me siento, aquí, muchos menos en territorio francés que antaño; me siento extranjero, mal visto, ya no tan amado como temido, soportado a duras penas y… provisionalmente.”



André Gide