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lunes, 22 de agosto de 2016

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






VACAS


“El amor a las vacas parece absurdo, incluso suicida, a los observadores occidentales familiarizados con las modernas técnicas industriales de la agricultura y la ganadería. El experto en eficiencia anhela coger a todos estos animales inútiles y darles un destino adecuado. Y, sin embargo, descubrimos ciertas incoherencias en la condena del amor a las vacas. Cuando empecé a pensar si podría existir una explicación práctica para la vaca sagrada, me encontré con un curioso informe del gobierno. Decía que la India tenía demasiadas vacas, pero muy pocos bueyes. Con tantas vacas en derredor, ¿cómo podía haber escasez de bueyes? Los bueyes y el macho del búfalo de agua son la fuente principal de tracción para arar los campos en la India. Por cada granja de diez acres o menos, se considera adecuado un par de bueyes o de búfalos de agua. Un poco de aritmética muestra que, en lo que atañe a la arada, hay en realidad escasez más que exceso de animales. La India tiene sesenta millones de granjas, pero sólo ochenta millones de animales de tracción. Si cada granja tuviera su cupo de dos bueyes o dos búfalos de agua, debería haber 120 millones de animales de tracción, es decir, 40 millones más de los que realmente hay.
Puede que este déficit no sea tan grave puesto que algunos agricultores alquilan o piden prestados bueyes a sus vecinos. Pero compartir animales de tiro resulta a menudo poco práctico. La tarea de arar debe coordinarse con las lluvias monzónicas, y cuando ya se ha arado una granja, tal vez haya pasado el momento óptimo para arar otra. Además, una vez finalizada la arada, el agricultor necesita todavía su propio par de bueyes para tirar de su carreta, que es la base principal del transporte de bultos en toda la India rural. Es muy posible que la propiedad privada de granjas, ganado vacuno, arados y carretas de bueyes reduzca la eficiencia de la agricultura india, pero pronto me percaté de que esto no era provocado por el amor a las vacas.
El déficit de animales de tiro constituye una amenaza terrible que se cierne sobre la mayor parte de las familias campesinas de la India. Cuando un buey cae enfermo, el campesino pobre se halla en peligro de perder su granja. Si no posee ningún sustituto, tendrá que pedir prestado dinero con unos intereses usurarios. Millones de familias rurales han perdido de hecho la totalidad o parte de sus bienes y se han convertido en aparceros o jornaleros como consecuencia de estas deudas. Todos los años cientos de miles de agricultores desvalidos acaban emigrando a las ciudades, que ya rebosan de personas sin empleo y sin hogar.
El agricultor indio que no puede reemplazar su buey enfermo o muerto se encuentra poco más o menos en la misma situación que un agricultor americano que no pueda sustituir ni reparar su tractor averiado. Pero hay una diferencia importante: los tractores se fabrican en factorías, pero los bueyes nacen de las vacas. Un agricultor que posee una vaca posee una factoría para producir bueyes. Con o sin amor a las vacas, ésta es una buena razón para tener poco interés en vender su vaca al matadero. También empezamos a vislumbrar por qué los agricultores indios podrían estar dispuestos a tolerar vacas que sólo producen 500 libras de leche al año. Si la principal función económica de la vaca cebú es criar animales de tracción, entonces no hay ninguna razón para compararla con los especializados animales americanos cuya función primordial es producir leche. Sin embargo, la leche que producen las vacas cebú cumple un cometido importante en la satisfacción de las necesidades nutritivas de muchas familias pobres. Incluso pequeñas cantidades de productos lácteos pueden mejorar la salud de personas que se ven obligadas a subsistir al borde de la inanición.
Cuando los agricultores indios quieren un animal principalmente para obtener leche recurren a la hembra del búfalo de agua, que tiene períodos de secreción de leche más largos y una producción de grasa de mantequilla mayor que la del ganado cebú. El búfalo de agua es también un animal superior para arar en arrozales anegados. Pero los bueyes tienen más variedad de usos y los agricultores los prefieren para la agricultura en tierras de secano y para el transporte por carretera. Sobre todo, las razas cebú son extraordinariamente resistentes y pueden sobrevivir a las largas sequías que periódicamente asolan diferentes partes de la India.
La agricultura forma parte de un inmenso sistema de relaciones humanas y naturales. Juzgar partes aisladas de este “ecosistema” en términos que son pertinentes para el comportamiento del complejo agrícola americano produce impresiones muy extrañas. El ganado vacuno desempeña en el “ecosistema” indio cometidos que fácilmente pasan por alto o minimizan los observadores de sociedades industrializadas con alto consumo de energía. En Estados Unidos los productos químicos han sustituido casi por completo al estiércol animal como fuente principal de abonos agrícolas. Los agricultores americanos dejaron de usar estiércol cuando empezaron a arar con tractores en vez de con mulas o caballos. Puesto que los tractores excretan veneno en vez de fertilizantes, la utilización de una agricultura mecanizada a gran escala implica casi necesariamente el empleo de fertilizantes químicos. Y hoy en día se ha desarrollado de hecho en todo el mundo un enorme complejo industrial integrado de petroquímicas-tractores-camiones, que produce maquinaria agrícola, transporte motorizado, gas-oil y gasolina, fertilizantes químicos y pesticidas de los que dependen las nuevas técnicas de producción de altos rendimientos.

Para bien o para mal, la mayor parte de los agricultores de la India no pueden participar en este complejo, no porque veneren a sus vacas, sino porque no pueden permitirse el lujo de comprar tractores. Al igual que otros países subdesarrollados, la India no puede construir factorías que compitan con las instalaciones de los países industrializados, ni pagar grandes cantidades de productos industriales importados. La transformación de los animales y el estiércol en tractores y petroquímica requeriría la inversión de sumas increíbles de capital. Además, el efecto inevitable de sustituir animales baratos por maquinas costosas es reducir el número de personas que pueden ganarse la vida mediante la agricultura y obligar al correspondiente aumento en las dimensiones de la granja ordinaria. Sabemos que el desarrollo de la economía agrícola en gran escala en Estados Unidos ha significado la destrucción virtual de la pequeña granja familiar. Menos del 5 por 100 de las familias de Estados Unidos viven en la actualidad en granjas, en comparación con el 60 por 100 de hace aproximadamente cien años. Si la economía agrícola tuviera que desarrollarse de forma similar en la India, habría que encontrar en poco tiempo trabajo y alojamiento para 250 millones de campesinos desplazados.”

Marvin Harris. Vacas, cerdos, guerras y brujas. Alianza Editorial

martes, 7 de enero de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





CERDOS


“Roy Rappaport, profesor de la Universidad de Michigan, ha realizado un estudio detallado de la relación entre los cerdos y los maring, un remoto grupo tribal, amante de los cerdos, que habita en la Cordillera Bismarck de Nueva Guinea. Rappaport describe en su libro «Pigs for the ancestor: Ritual in the Ecology or a New Guinea People», cómo el amor a los cerdos contribuye a la solución de problemas humanos básico. Dadas las circunstancias de la vida de los maring, hay escasas alternativas viables.
Cada subgrupo o clan local de los maring celebra un festival de cerdos por término medio aproximadamente una vez cada doce años. El festival entero, que incluye diversos preparativos, sacrificios en pequeña escala y el sacrificio masivo final dura alrededor de un año y se conoce en el lenguaje de los maring como un kaiko. En los primeros dos o tres meses que siguen inmediatamente a la terminación del kaiko, el clan entabla un combate armado con los clanes enemigos, lo que produce muchas bajas y la pérdida o la conquista eventuales de territorio.
El resto de los cerdos se sacrifica durante el combate; vencedores y vencidos pronto se encuentran totalmente privados de cerdos adultos con los que ganarse el favor de sus respectivos antepasados. El combate cesa bruscamente, y los beligerantes acuden a los lugares sagrados para plantar árboles pequeños llamados rumbim. Cada varón adulto del clan participa en este ritual poniendo las manos sobre el árbol joven rumbim cuando se planta en el suelo.
El mago de la guerra se dirige a los antepasados, explicando que se han quedado sin cerdos y que les agradecen estar vivos. Asegura a los antepasados que el combate ya ha finalizado y que no se reanudarán las hostilidades mientras el rumbim permanezca plantado. De ahora en adelante, los pensamientos y esfuerzos de los vivos se orientarán a la cría de cerdos; sólo cuando se ha formado una nueva piara de cerdos lo suficientemente grande para celebrar un gran kaiko y dar así las debidas gracias a los antepasados, los guerreros pensarán en arrancar el rumbim y retornar al campo de batalla.
Rappaport ha podido mostrar en su estudio detallado de un clan llamado los tsembaga que el ciclo entero -que consiste en el kaiko seguido de guerra, plantación del rumbim, tregua, cría de una nueva piara de cerdos arrancamiento del rumbim y nuevo kaiko- no es un simple psicodrama de los criadores de cerdos que se han vuelto locos. Cada parte de este ciclo se integra en un ecosistema complejo autorregulado, que ajusta con eficacia el tamaño y distribución de la población animal y humana de los tsembaga según los recursos disponibles y las oportunidades de producción.
La cuestión central para poder comprender el amor a los cerdos entre los maring es la siguiente: ¿Cómo decide la gente el momento en que hay cerdos suficientes para dar gracias a los antepasados como es debido? Los mismos maring no supieron enunciar cuántos años deben transcurrir o cuántos cerdos se necesitan para celebrar un kaiko adecuado. Descartamos prácticamente la posibilidad de acuerdo sobre la base de un número fijo de animales o años, ya que los maring carecen de calendario y su lenguaje no dispone de palabras para números superiores a tres.
El kaiko de 1963 que observó Rappaport se inició cuando había 169 cerdos y unos 200 miembros en el clan de los tsembaga. El significado de estas cifras en términos de las rutinas cotidianas de trabajo y pautas de asentamiento proporciona la clave para la duración del ciclo.
La tarea de criar cerdos así como la de cultivar ñame, taro y batatas depende principalmente del trabajo de las mujeres maring. Estas transportan las crías de los cerdos junto con las criaturas humanas a los huertos. Después del destete, sus dueñas les adiestran a correr detrás de ellas como perros. A la edad de cuatro o cinco meses, los cerdos vagan  sueltos por el bosque hasta que sus dueñas los conducen al anochecer para proporcionarles una ración diaria de batatas y ñames sobrantes o de calidad inferior. A medida que crecen los cerdos y aumenta su número, la mujer debe trabajar mucho más para proporcionarles su cena.
Mientras el rumbim permanecía plantado Rappaport descubrió que las mujeres tsembaga estaban sometidas a una presión considerable para aumentar la dimensión de sus huertos, plantar más batatas y ñames, y criar más cerdos con tanta rapidez como fuera posible para tener "suficientes" cerdos y poder celebrar el siguiente kaiko antes que el enemigo. El peso de los cerdos adultos, que oscila alrededor de las 135 libras, sobrepasa el de la media de los maring adultos, y a pesar de hozar durante el día a cada mujer le cuesta tanto esfuerzo alimentarles como un hombre adulto. Cuando se arrancó el rumbim en 1963, las mujeres tsembaga más ambiciosas atendían el equivalente de 6 cerdos de 135 libras cada uno, además de trabajar en el huerto para ellas y sus familias, cocinar, amamantar, transportar las criaturas de un lado para otro y manufacturar artículos domésticos como bolsas de red, delantales de cuerda y taparrabos. Rappaport calcula que sólo el cuidado de los 6 cerdos consumía más del 50 por 100 del total de energía diaria gastada por una mujer maring sana y bien alimentada.”

Marvin Harris. Vacas, cerdos, guerras y brujas. Alianza Editorial.