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jueves, 6 de junio de 2019

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





LOS JÚPITER Y LA PERRERÍA


       "Antes de partirnos, leí en la huerta un número de «Current Literature», correspondiente al mes de junio, de ese magazine neoyorquino. Es increíble la suma de insultos graves que en artículo especial le endereza al General Díaz. El magazine nos lo remitió, con una nota, nuestra embajada en los Estados Unidos.
       Náuseas me provocó el tal artículo; y más que el artículo, la frecuencia de los virulentos ataques que de algún tiempo acá la prensa yanqui viene lanzando a nuestro Presidente. Síntoma inequívoco, antójaseme, de que los Júpiter, —no hay manera de pluralizar este nombre— de la Casa Blanca ya no quieren verlo en el solio que por tantos lustros ha sabido honrar, después que esa misma prensa, tan indecente, venal e interesable como sus congéneres del resto del mundo, lo ha elogiado hasta la bajeza y el ditirambo. La maniobra ha de traer gato encerrado, y en romance significa que preparan en la sombra alguna perrería mayúscula, aunque ostensiblemente pretendan con su fariseísmo sistemático, resultar ajenos a lo que nos ocurra por culpa exclusiva de ellos. Indignado todavía, y no porque yo juzgue a Porfirio Díaz un excepcional e inmaculado ¡quiá! Ningún ser humano lo fue nunca, y menos en las vertiginosas alturas del poder casi absoluto; pero ¡hombre! es mucho cuento que ahora que les estorba para la realización de Dios sabrá qué maquiavélicos planes, le regateen merecimientos y virtudes que en medio a sus errores y defectos de humano y de gobernante, es inconcuso que posee a porrillo. ¿Por qué no, mejor, se quitan la máscara de amigos y panegiristas con que lo han aturrullado oficial y privadamente?"


Federico Gamboa. 
Mi diario. 

viernes, 31 de octubre de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





MEXICO



1901
1º DE ENERO.

“En el preciso instante en que cohetes, dianas, repiques de templos y silbatos de máquinas atruenan los aires saludando a este primer año del siglo XX; cuando vibra todavía la campanada última de las doce de la noche que ha muerto, mi mujer y mi hermana hanse prosternado a rezar las viejas plegarias de las casas católicas, que desde niño uno, viene escuchando en las fechas memorables y sacras… Las beso a las dos, y me llego a la cama de mi hijo, que, sin dársele un ardite dentro de sus diecisiete meses de vida el que los siglos vayan y vengan, duerme apacible y filosóficamente. Cuidando de no despertarlo, bésolo también, y lo bendigo, convencido de que las bendiciones o maldiciones de los padres, alcanzan a los hijos...
¡Cuánto bien le deseo; cómo anhelaría acumular sobre su rubia cabecita, dicha, dicha, siempre dicha, la que a muy duras penas disfrutan los afortunados de veras!
¡Dios sólo sabe lo que será de este pedazo de mi alma!
Yo apetezco que, así sufra mucho, sea ante todo caballero, caballero a toda costa, aun a costa de la muerte. Pero no caballero del cuño corriente, no; caballero a la antigua, a la antiquísima, de los que ya nada más van quedando borrosos y vagos en el recuerdo de los descendientes de las familias linajudas, y en los cuadros vetustos de los  museos y catedrales. Que su propia conciencia ¡lo único insobornable! sea su juez  y su guía; y que el día que se considere irrevocablemente honorable y honrado, cuando  crezca y llegue a hombre, si yo estoy muerto, piense en mí, y mis flaquezas, a él en fortalezas se le tornen, y escarmiente en mis penalidades, y no incurra en mis defectos e imperfecciones; y en compensación de lo que yo he sufrido y luchado, él luche y sufra lo menos posible. Si estoy vivo para entonces, que me pague estos besos que a modo de aguinaldo y de préstamo deposito en su frente inmaculada de ángel que ignora el pecado, las pasiones y los vicios, con réditos de réditos, como deudor de una inmensa deuda usuraria y sin saldo... Luego, me acuesto; y a obscuras me río de lo que anhelaba desde muchacho alcanzar esta vigésima centuria. ¡Ya sucedió! ¿Y qué?... pues, nada; .lo mismo que cualquiera otra noche de cualquier mes y de cualquier año. ¡La transición ha sido meramente subjetiva!”


Federico Gamboa. Mi diario. Eusebio Gómez, editor.