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domingo, 17 de junio de 2018

OBITER DICTUM






      “Hace unos veinte años, en mi país se planteó el problema de crear un fondo de pensiones para los periodistas, ya que se supone que la jubilación debe llegar al final de todas las carreras profesionales. En el sindicato de periodistas llegamos a la siguiente conclusión: que era un problema que no se podía afrontar, puesto que en nuestra categoría casi nadie llega a la edad de la jubilación. Es ésta una de las características de nuestra profesión, una profesión hecha de constante estrés, de nerviosismo, inseguridad y riesgo, y en la que se trabaja día y noche. Por tanto, en la que se envejece pronto y pronto se sale de escena. De mi generación, poquísimos compañeros aún siguen vivos. Algunos se han jubilado tranquilamente, pero de los que empezaron conmigo, ninguno sigue todavía en activo.”


Ryszard Kapuscinski

lunes, 28 de agosto de 2017

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE







EN NOCHES DE FIEBRE


Uno de los síntomas de la enfermedad que me consume es la fiebre, constante y agotadora. Sube mucho por la noche, y entonces se tiene la impresión de que son nuestros huesos los que la irradian. Como si alguien nos colocase en la médula espirales metálicas y las conectase a la corriente eléctrica. Las espirales se calientan hasta volverse blancas y todo nuestro esqueleto, abrasado por un invisible incendio interior, arde en llamas.
         Uno no puede conciliar el sueño. En noches así, permanezco tumbado en mi habitación de Dar es Salam y miro cómo cazan las lagartijas. Las que habitualmente deambulan por el piso son pequeñas, tienen la piel de un color gris claro o de ladrillo y se mueven mucho. Ágiles y vivarachas, corren con facilidad por las paredes y el techo.
Nunca se mueven a un paso normal, tranquilo. Primero permanecen inmóviles, como paralizadas, y de repente se lanzan en una carrera enloquecida persiguiendo un objetivo que sólo ellas conocen y vuelven a quedarse quietas. Sólo por su tronco palpitante vemos que ese sprint, este lanzarse sobre una cinta de meta invisible, las ha agotado tanto que ahora realmente tienen que descansar, recuperar el resuello y las fuerzas antes de la siguiente acometida veloz.
         La caza empieza por la noche, cuando en la habitación arde la luz eléctrica. Su interés se centra en toda clase de insectos: moscas, escarabajos, polillas, mariposas nocturnas, libélulas y, sobre todo, mosquitos. Las lagartijas aparecen de repente, como si alguien las hubiese catapultado, pegándolas a las paredes. Miran a su alrededor sin mover la cabeza: tienen los ojos colocados en unos cojinetes independientes, como telescopios astronómicos, gracias a lo cual ven todo lo que está delante y detrás de ellas.
Y de pronto la lagartija divisa a un mosquito y se lanza en su persecución. El mosquito, dándose cuenta del peligro, empieza a huir. Lo curioso es que nunca huye hacia abajo, hacia el abismo cuyo fondo está forrado arriba, allí, nervioso y furioso, da vueltas y más vueltas hasta que, a fuerza de seguir subiendo, acaba aterrizando en el techo. Todavía no sabe, ni siquiera presiente, que tal decisión tendrá para él consecuencias mortales. Una vez enganchado al techo, con la cabeza hacia abajo, pierde la orientación el sentido de las direcciones y se le confunden los puntos cardinales. Como resultado, en vez de salir pitando del lugar del peligro, que es para él ahora el techo, se comporta de tal manera como si se resignase a haber caído en una trampa sin salida.
         A partir de este momento, la lagartija, que ya tiene al mosquito en el techo, puede mostrarse contenta y relamerse el hociquito: la victoria está cerca. Sin embargo, no se duerme en los laureles: sigue concentrada, alerta y llena de determinación. Se lanza al techo y, sin dejar de correr, empieza a dibujar alrededor del mosquito círculos cada vez más pequeños. Debe de producirse en este momento algún fenómeno mágico, un hechizo o hipnosis, puesto que el mosquito, a pesar de poder salvarse con una huida hacia el espacio donde ningún agresor conseguiría alcanzarlo, permite que la lagartija, que sigue haciendo sus rítmicos movimientos –salto, reposo, salto, reposo--, lo cerque y acose cada vez más. En un momento dado el mosquito se da cuenta con horror de que ya no le queda Ningún espacio para maniobrar, que la lagartija está al lado mismo y esta idea lo aturde y paraliza tanto que, vencido y resignado, se deja engullir sin oponer resistencia alguna.
         Todo intento de hacerse amigo de una lagartija invariablemente termina en fracaso. Se trata de unos seres muy desconfiados y asustadizos que andan (o más bien corren) por sus propios caminos Este fracaso nuestro también tiene un sentido metafórico: confirma que se puede vivir bajo el mismo techo y, sin embargo, no conseguir comprenderse, no lograr encontrar una lengua común.


Ryszard Kapuscinski. 
Ebano
Editorial Anagrama.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

OBITER DICTUM








“Personas como él, útiles para los demás, en el fondo son muy desgraciadas, porque a la hora de la verdad están condenadas a la más absoluta de las soledades. Es cierto que buscan otros congéneres; pero incluso cuando –a veces—les parece que los han encontrado en tal país o ciudad, cuando ya los han conocido a fondo, un buen día se despiertan con la sensación de que nada les une a ellos, que pueden marcharse de ese lugar en cualquier momento, pues de pronto descubren que las ha deslumbrado otro país y otra gente, y que el acontecimiento que ayer mismo las fascinaba ha palidecido, perdiendo todo sentido e importancia.”

Ryszard Kapuscinski.

domingo, 3 de noviembre de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





SATCHMO


“El estadio estaba fuera de la ciudad, lejos, pequeño, plano, con una capacidad para cinco mil personas a lo sumo. Y, sin embargo, sólo la mitad de los asientos estaba ocupada. En medio del césped había una tarima, bastante mal iluminada, pero como nos sentábamos cerca de ella, veíamos bien a Armstrong y su pequeña orquesta. Hacía una tarde bochornosa y asfixiante, y cuando Armstrong subió al estrado ya estaba empapado de sudor porque, además, llevaba puesta una americana y, en el cuello, una pajarita. Saludó a todos levantando un brazo en el que exhibía su dorada trompeta y dirigiéndose a un micrófono malejo y chasqueante, dijo que se alegraba de poder tocar en Jartum, que no sólo se alegraba sino que se sentía feliz, tras lo cual soltó una de sus carcajadas, sonora, desenfadada y contagiosa. Era una risa que invitaba a otras risas, pero el estadio guardaba un circunspecto silencio, no muy seguro de cómo debía comportarse. Sonaron la percusión y el contrabajo y Armstrong empezó por una canción muy adecuada al lugar y el momento: Sleepy Time Down South. En realidad resulta difícil decir cuándo oyó uno por primera la voz de Armstrong, pero hay en ella algo que hace pensar que se la conoce desde siempre, y cuando empieza a cantar todo el mundo dice, sinceramente convencido de su condición de experto: ¡Sí, señor, es él, Satchmo!
         Sí, señor, era él, Satchmo. Cantó Hello Dolly, This is Louis, cantó What a Wonderful World y Moon River, cantó I touch your lips and all at once the sparks go flying, those devil lips..., pero el público siguió guardando silencio, no hubo aplausos. ¿No habrían entendido las letras? ¿Demasiado erotismo expresado sin subterfugios para el gusto musulmán?
         Después de cada canción, e incluso durante la interpretación de las piezas, Armstrong se secaba la cara con un gran pañuelo blanco. Aquellos pañuelos se los pasaba un hombre que parecía viajar con él por África tan sólo con este propósito. Más tarde vi que tenía una bolsa llena de ellos, casi un centenar.
         Una vez acabado el concierto, la gente enseguida se dispersó, desapareciendo en la oscuridad de la noche. Yo estaba pasmado. Había oído que los conciertos de Armstrong causaban sensación, furor, éxtasis. Ninguno de esos arrebatos se produjo en el estadio de Jartum, a pesar de que Armstrong había interpretado muchas canciones de los esclavos africanos del sur estadounidense, de Alabama y Louisiana, de la que provenía él mismo. Sin embargo, aquella África americana del pasado y la africana del presente pertenecían ya a mundos diferentes que no tenían una lengua en común, que no podían comprenderse ni crear una comunidad emocional.
         Los sudaneses me llevaron al hotel. Nos sentamos en la terraza para tomar una limonada. Al cabo de un rato un coche trajo a Armstrong. Se sentó con visible alivio en una silla, en realidad se desplomó sobre ella. Era un hombre fornido, de hombros anchos, algo caídos. Un camarero le sirvió un zumo de naranja. Él se lo bebió de un trago, y después otro vaso y uno más. Sentado en silencio y con la cabeza agachada, se le veía cansado. Tenía por aquel entonces sesenta años y estaba enfermo –cosa que yo ignoraba—del corazón. El Armstrong del concierto y el de después eran dos hombres completamente diferentes: el primero alegre, animado, vital, tenía una voz poderosísima y sacaba de su trompeta una escala de sonidos increíble; el segundo, lento y torpe, agotado y sin fuerzas, exhibía un rostro apagado y surcado por profundas arrugas.”

Ryszard Kapuscinski. Viajes con Herodoto. Editorial Anagrama.

lunes, 8 de agosto de 2011

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




AUTOCRITICA


Exactamente sobre el mismo tema hablo un día con A., un inglés viejo que lleva años viviendo en África. A saber: La fuerza de Europa y de su cultura, a diferencia de otras culturas, radica en su capacidad crítica y, sobre todo, en su capacidad para la autocrítica. En su arte de análisis e investigación, en sus búsquedas continuas, en su inquietud. La mente europea reconoce que tiene límites, acepta su imperfección, es escéptica, duda y se plantea interrogantes. Otras culturas carecen de tal espíritu crítico. Más aún, tienden a la soberbia, a considerar todo lo propio como perfecto; en una palabra, se muestran todo menos críticas con ellas mismas. Las culpas de cualquier mal las cargan, exclusivamente, sobre otros, sobre fuerzas ajenas (complots, espías, dominación exterior, en la forma que sea). Perciben toda crítica como un ataque maligno, como una prueba de discriminación, como racismo, etcétera. Los representantes de estas culturas consideran la crítica como una ofensa a sus personas, como un intento premeditado de humillarlos, incluso como una forma de ensañarse con ellos. Si se les dice que su ciudad está sucia, lo perciben como si les dijésemos que lo están ellos, que tienen sucias las orejas, el cuello, las uñas, etcétera. En lugar de sentido autocrítico, llevan dentro un montón de resentimientos, complejos, envidias, rencores, enojos y manías. Esto hace que, desde el punto de vista de su cultura, de su estructura, sean incapaces de progresar, de crear en ellos, en su interior, una voluntad de cambio y desarrollo.”


Ryszard Kapuscinski. EbanoEditorial Anagrama.