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martes, 27 de julio de 2021

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






IN NO DIRECTION


To go in no direction
Surely as carelessly,
Walking on the hills alone,
I never found easy.

Either I sent leaf or stick
Twirling in the air,
Whose fall might be prophetic,
Pointing «there»,

Or in superstition
Edged somewhat away
From a sure direction
Yet could not stray,


Or undertook the climb
That I had avoided
Directionless some other time,
Or had not avoided,

Or called as companion
An eyeless ghost
And held his no direction
Till my feet were lost.

Robert Graves.

sábado, 10 de octubre de 2020

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





I’D DIE FOR YOU


I'd die for you, or you for me,
So furious is our jealousy—
And if you doubt this to be true
Kill me outright, lest I kill you.

                                         Robert Graves.

viernes, 12 de enero de 2018

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



ISLIP






“Todos los sábados durante los meses de invierno jugaba a fútbol con el equipo del pueblo. Los ex combatientes habían vuelto a introducir aquel juego en Islip después de un lapso de ochenta años en el que no se había practicado. El nonagenario del lugar se quejaba de que el fútbol había dejado de ser todo lo viril que era durante su juventud.
         --Aquella era nuestra meta –dijo--, la otra se encontraba a setecientos metros de aquí, junto al río. Las autoridades acabaron por prohibir el juego. En el último partido murieron tres hombres y uno quedó gravemente herido. ¡Aquello sí que era jugar! –A mí me parecía que el fútbol de Islip, aunque muy viril, era un juego de damas en comparación con el que solíamos jugar en Charterhouse. Cuando jugaba de delantero centro, a menudo recibía silbidos por cargar contra el portero mientras éste mostraba al público el balón de gol que había impedido. Los aplausos estaban reservados para el jugador de la izquierda que se pasaba casi todo e tiempo haciendo florituras con el balón y que muy rara vez se acercaba a la portería. Pero el club de fútbol era democrático, al contrario del club de criquet. Yo jugué a criquet la primera temporada, pero renuncié porque el equipo casi nunca estaba formado por los once mejores jugadores; los jugadores del pueblo tenían que dejar el campo libre cuando se presentaban los miembros de la pequeña nobleza rural.”

Robert Graves. 
Adiós a todo eso. 
Muchnik Editores.

miércoles, 15 de marzo de 2017

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




DAISY


        “Los ex combatientes llegaban constantemente a la puerta a vender cordones de zapatos y pedir ropa usada. Siempre les dábamos una taza de té y algo de dinero. Islip era un alto coveniente entre los asilos de Chipping Norton y Oxford. En una ocasión, un ex combatiente sin empleo (maquinista de profesión), se presentó con sus tres hijos, incluyendo un bebé. La madre había muerto recientemente de parto. Aquella situación nos produjo gran compasión, y Nancy se ofreció a adoptar a la hija mayor, Daisy, que iba a cumplir trece años y era la que preocupaba más a su padre. Nancy se comprometió a enseñarle a la niña los quehaceres domésticos, de manera que pudiera después encontrar un empleo en alguna casa. El ferroviario derramó lágrimas de gratitud, y Daisy, una muchachita grande, fea, fuerte como un caballo y endurecida por los tres años de vagabundeo por los caminos, pareció alegrarse de ser un miembro de la familia. Nancy le hizo nueva ropa, la lavamos, le compramos zapatos, y le dimos una habitación. El ferroviario quería que Daisy continuara sus estudios interrumpidos por el nomadismo de su vida. Pero la profesora puso a Daisy con los niños más pequeños, y las muchachas mayores no hacían más que burlarse de ella. Para desquitarse, ella les tiraba del pelo o las empujaba, y muy pronto detestó la escuela. Después de cierto tiempo comenzó a sentir nostalgia de su vida andariega.
        --Eso sí que era vida –solía decir--. Papa y yo y mi hermano y el bebé. El bebé resultó ser una bendición. Cuando llamaba a las puertas traseras con él siempre conseguía algo. Por supuesto yo era lista, y si trataban de cerrarme la puerta en la cara metía el pie y decía: «éste es mi hermanito huérfano»; entonces miraba qué había en la habitación y pedía algo de lo que había visto. Si veía un carrito de niños viejo lo pedía. Por supuesto que nosotros teníamos uno mejor, pero entonces revendíamos el que me acababan de dar en el pueblo siguiente. Los buenos mendigos siempre piden una cosa precisa, algo que ven que está a mano. No es bueno pedir comida o dinero. Yo lograba muchas cosas para mi papá. Según él yo era mucho mejor mendiga. Marchábamos cantando En el camino y hacia ninguna parte. Y siempre podíamos ir a los asilos cuando el tiempo era malo. El asilo de Chippy Norton era nuestro hogar durante el invierno. Allí veíamos películas una vez por semana. Recorrimos todo el país: Gales, Devonshire, llegábamos hasta Escocia, pero siempre volvíamos a Chippy.
        Nancy y yo nos quedamos aterrorizados un día que un vagabundo se acercó a la puerta y Daisy le cerró la puerta en la cara, gritándole:
        --¡Largo de aquí, inmediatamente, Narizotas, y que no se te vuelva a ocurrir asomar el hocico en casa de gente respetable! Te conozco muy bien, Narizotas Williams –continuó--, tú y tus documentos de ex combatiente que le robaste a un fulano en Salisbury, sé también que en Plymouth te espera cierta acusación por bigamia. Largo de aquí, inmediatamente, si no quieres que llame a la policía.
        Daisy nos contó las verdaderas historias de muchos de los mendigos a quienes habíamos protegido.
        --Ni una sola de estas porquerías es un hombre decente –dijo--; el único es mi padre. La razón por la que la mayoría anden de vagabundos es que la policía tiene algo contra ellos, por eso deben ir de un lado para otro. Por supuesto que a mi papá le desagrada esta vida; comenzó demasiado tarde. Mi mamá era muy respetable. Con ella siempre estuvimos limpios. La mayoría de los vagabundos tiene piojos, y enfermedades horribles; se mantienen alejados del hospicio todo lo que pueden, porque no toleran los baños con desinfectante.
        Daisy vivió con nosotros todo el invierno. Cuando llegó la primavera y los caminos se secaron, su padre la volvió a llamar. Sin ella no podía atender a los más pequeños. No la volvimos a ver, aunque en una ocasión nos escribió desde Chipping Norton pidiéndonos dinero.


Robert Graves. Adiós a todo eso. Muchnik Editores.

martes, 8 de enero de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




BURFORD Y BUMFORD



"En la agenda de registro,  por lo menos catorce hombres declararon tener más de cuarenta años, y ellos no eran los únicos. Fred Prosser, pintor en la vida civil, que admitía tener cuarenta y ocho años, tenía en realidad cincuenta y seis. David Davies, minero, que admitía tener cuarenta y dos, y Thomas Clark, otro minero que confesaba tener cuarenta y cinco, eran sólo uno o dos años más jóvenes que Prosser. James Burford, minero y mecánico, era el soldado más viejo de todos. La primera vez que hablé con él en las trincheras me dijo:
         --Excúseme, señor, ¿me podría explicar qué es este aparato que hay al lado de mi rifle?
         --Es el gatillo de seguridad. ¿No siguió usted un curso de artillería en el cuartel?
         --No, señor, me recluté en calidad de antiguo combatiente, y pasé allí sólo unos quince días. Los viejos rifles Lee-Metford no tenían este gatillo de seguridad.
Le pregunté cuándo había manejado por última vez un rifle.
--En Egipto, en 1882—me dijo.
--¿No estuvo usted en la guerra sudafricana?
--No, traté de incorporarme, pero me dijeron que era demasiado viejo, señor. En Egipto ya no era muy joven. En realidad tengo sesenta y tres años.
Pasaba los veranos vagabundeando por el país, y durante los meses de invierno trabajaba como minero, eligiendo una mina distinta en cada estación. Le oí discutir una noche con David Davies sobre los diferentes yacimientos de carbón en Gales, y recorrerlos de condado en condado y de mina en mina con comentarios técnicos.
La otra mitad del pelotón estaba formada por soldados que no habían cumplido aún la edad reglamentaria. Yo tenía a cinco de ellos a mis órdenes: me acuerdo, por ejemplo, de un tal William Bumford, también minero, que pretendía tener dieciocho años entonces y que tenía en realidad quince. Por lo general, se metía en problemas, pues se dormía cada vez que tenía que hacer la guardia nocturna, un delito que se sancionaba con la pena de muerte; a pesar de todos sus esfuerzos, no lograba evitarlo. En una ocasión lo vi dormirse repentinamente de pie, mientras sostenía un saco de arena para que otro individuo lo llenara. Así que durante un tiempo lo adscribimos al servicio de uno de los capellanes; unos cuantos meses después, todos los hombres mayores de cincuenta años y los menores de dieciocho habían sido eliminados. Bumford y Burford fueron enviados al campamento militar, pero eso no logró que evitaran la guerra. Bumford era lo suficientemente adulto en 1917 para devolverlo al batallón, y allí murió aquel verano. Burford murió en el campamento militar durante un bombardeo. O por lo menos eso me dijeron… la suerte que corrieron centenares de camaradas en Francia me llegó sólo de oídas."


Robert Graves. Adiós a todo eso. Muchnik Editores. 2000.