Mi lista de blogs

lunes, 27 de abril de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




LOS PEDAGOGOS EN ROMA


            “El cuidado de los hijos dejaba de ser prerrogativa de la mujer cuando acababa el período de la infancia. Cornelia, madre de los Gracos, es la única excepción gloriosa. En los austeros siglos de la República, Catón el Viejo reivindicaba para sí solo la formación de su hijo, a quien decía con orgullo haber enseñado a leer, escribir, combatir y nadar. Ya en el Imperio, fue preciso esperar al mandato de Antonino Pío para que los jueces, una vez presentadas las pruebas de la indignidad de un padre, confiaran a la madre la custodia de sus hijos, sin por ello despojar al padre de su autoridad. Pero en la mayoría de los casos, desde el momento en que dejaban de ser niños, la madre se inhibía de manera natural del proceso de su educación. La mujer rica los dejaba en manos del notable pedagogo, al que compraba a precio de oro, no sin antes tomar todas las precauciones posibles al hacer su elección y dar toda clase de consejos; con ello creía haber satisfecho sus obligaciones. En cuanto a los pobres, lo más que podían hacer era enviar a sus hijos a una de la numerosas escuelas primarias que los profesionales de la educación abrían en la ciudad a finales del siglo II.
         Sin embargo, estas costumbres fueron muy perjudiciales para los romanos. Como decía Plinio el Joven, la mujer caía en una ociosidad fatal desde todo punto de vista. Las menos dignas encontraban en su falta de ocupación una incitación o una excusa a sus extravíos. Las honestas, cuanto más intentaban huir del ocio aferrándose a esas vanas ocupaciones sin sentido, más se dejaban llevar por el bullicio y el parloteo de los «clubs» en los que terminaban reuniéndose, cuando no se resignaban a vegetar en un estado de torpe placidez de gineceo, como la vieja Ummidia Quadratilla, quien, hasta su muerte a los ochenta años, había gastado su vida en acudir a los juegos públicos, mover peones sobre un tablero o llenar la casa de representaciones de pantomima. Como consecuencia de ello, los hijos se desarrollaban en una situación de grave abandono materno. En realidad eran gentes de más baja condición social, esclavos o en el mejor de los casos libertos, quienes se encargaban de educarlos, y esta flagrante paradoja llevó a desastrosas consecuencias. Cuando el alumno pertenecía a una familia privilegiada, habitualmente trataba al maestro como correspondía a una persona de rango inferior, es decir, como a un sirviente, aunque en este caso se tratara de su preceptor. Ya Plauto, en sus Báquides, creó el personaje de un precoz adolescente, Pistoclero, que, para obligar a su «pedagogo» Lydus a acompañarle a casa de su amante, no tiene más que recordarle su condición servil. «Pues, a fin de cuentas –le decía--, ¿soy yo tu esclavo o tú el mío?» La cuestión no tenía vuelta de hoja, por lo que más de un magíster de Roma tuvo que oír, como delicadamente señala Gaston Boissier, la misma frase que Pistoclero dedica a Lydus. En el caso de que los adolescentes fueran de origen modesto, tampoco tenían consideración alguna hacia el instructor de baja condición social que tenían en la escuela y que, retribuido con un irrisorio salario de ocho ases, estaba obligado a desempeñar otras tareas, como la de escribano público; los maestros no tenían otra autoridad sobre sus alumnos que la que les confería la badana o la férula que con tanto rigor aplicaban en los tiempos de Marcial y Juvenal, como dignos sucesores del Orbilius, que había hecho temblar a Horacio.
         El descrédito de esta profesión era notorio. Era tal la antipatía que mostraban ante su figura los analistas del siglo I a.C., que hicieron del magíster de Faleria el primer maestro de escuela de toda la historia romana, un personaje de teatro que representaba a un ingrato traidor. En los tiempos del Imperio, los «pedagogos» no gozaban de mejor reputación; las buenas almas les miraban como se mira a la escoria de la sociedad. Es fácil, sin embargo, enumerar las razones de su desprestigio: en primer lugar, la indiferencia del Estado por su función, ya que no controlaba su actividad ni tomó a su cargo la retribución de su labor hasta el año 425 de nuestra era, y en Bizancio, hasta quince años después del saqueo de Roma por Alarico; en segundo lugar, las adversas condiciones en las que debían realizar su tarea, ya que, en el mismo exiguo e incómodo local se amontonaban niños y niñas de edades comprendidas entre los siete y trece años para las niñas y entre los siete y quince años para los niños y, por último, la brutalidad con la que mantenían la disciplina de unos grupos tan heteróclitos, lo que siempre provocaba la hipocresía y cobardía de los alumnos y, a veces, despertaba la hipocresía y cobardía de los alumnos y, a veces, despertaba el sadismo del maestro. «El dolor y el temor –testimonia con tristeza Quintiliano—obligan a los niños a hacer cosas que nos parecen impropias de ellos y que terminan cubriéndoles de vergüenza. Sería mucho más acertado que antes nos preocupáramos de asegurarnos de las buenas costumbres de sus vigilantes y sus maestros. No me atrevo a mencionar ni las infamias cometidas por unos hombres amparados en su derecho al castigo físico, ni los abusos que unos desgraciados niños pueden cometer contra otros a causa de su miedo: de sobra se me entiende (nimium est quod intellegitur…).»”

Jérôme Carcopino. La vida cotidiana en Roma… Ediciones Temas de Hoy.

viernes, 24 de abril de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA







                       DE PROFUNDIS


Si vais por la carretera del arrabal, apartaos, no os
inficione mi pestilencia.
El dedo de mi Dios me ha señalado: odre de putrefacción
quiso que fuera este mi cuerpo,
y una ramera de solicitaciones mi alma,
no una ramera fastuosa de las que hacen languidecer
de amor al príncipe,
sobre el cabezo del valle, en el palacete de verano,
sino una loba del arrabal, acoceada por los trajinantes,
que ya ha olvidado las palabras de amor,
y sólo puede pedir unas monedas de cobre en la
cantonada.
Yo soy la piltrafa que el tablajero arroja al perro
del mendigo,
y el perro del mendigo arroja al muladar.
Pero desde la mina de las maldades, desde el pozo
de la miseria,
mi corazón se ha levantado hasta mi Dios,
y le ha dicho: Oh Señor, tú que has hecho también
           la podredumbre,
mírame,
yo soy el orujo exprimido en el año de la mala
           cosecha,
yo soy el excremento del can sarnoso,
el zapato sin suela en el carnero del camposanto,
yo soy el montoncito de estiércol a medio hacer,
           que nadie compra,
y donde casi ni escarban las gallinas.
Pero te amo,
pero te amo frenéticamente.
¡Déjame, déjame fermentar en tu amor,
deja que me pudra hasta la entraña,
que se me aniquilen hasta las últimas briznas de
           mi ser,
para que un día sea mantillo de tus huertos!

Dámaso Alonso.

lunes, 20 de abril de 2015

OBITER DICTUM






“Los predicados que el pensar de la Metafísica atribuye desde antiguo al ser, según su última y suprema y por ello acabada figura, Schelling los encuentra en el querer. Sin embargo, la voluntad de este querer no está aquí pensada como capacidad del alma humana. La palabra «querer» es aquí el nombre del ser del ente en su totalidad. Éste es voluntad. Esto nos suena extraño y además lo será mientras sigan siéndonos extraños los pensamientos fundamentales de la Metafísica occidental. Seguirán siéndolo mientras no pensemos estos pensamientos sino que lo único que hagamos sea hablar de ellos. Se puede, por ejemplo, dar cuenta de un modo históricamente exacto, de los enunciados de Leibniz sobre el ser del ente sin que pensemos lo más mínimo de lo que él pensó cuando, a partir de la monada, determinaba el ser del ente como unidad de perceptio y appetitus, como unidad de representar y aspirar, es decir, como voluntad. Lo que piensa Leibniz llega, a través de Kant y Fichte, al habla como voluntad racional, una voluntad sobre la que Hegel y Schelling, cada uno a su manera, reflexionan. Lo mismo quiere decir Schopenhauer cuando da a su obra fundamental el título «El mundo (no el hombre) como voluntad y representación». Lo mismo piensa Nietzsche cuando reconoce al ser originario del ente como voluntad de poder.”


Martin Heidegger.

domingo, 19 de abril de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






MIS MUERTOS

Si me preguntas por mi padre
(mi padre se llamaba Eduardo)
si me preguntas por mi padre
te diré que está acostado

Si me preguntas por mi abuelo
(mi abuelo se llamó Nicolás)
si me preguntas por mi abuelo
te diré que dormido está

Y si se muere mi madre
y si se muere mi abuela
no me preguntes qué hacen
porque te diré que sueñan

Carlos Edmundo de Ory.

viernes, 17 de abril de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE

  UN HUEVO DE PINGÜINO


“Y a oscuras, acompañado casi de continuo por ventiscas huracanadas que a uno le impiden verse la mano incluso a la altura de los ojos. La vida en tales circunstancias resulta pobre tanto mental como físicamente. Hacer ejercicio al aire libre es difícil, y cuando sopla ventisca resulta totalmente imposible, y uno es consciente de todo lo que está perdiéndose al no poder ver el mundo que le rodea cuando sale al exterior. Me han contado que si uno se encuentra con un loco o con alguien trastornado por un gran dolor o conmoción, lo que hay que hacer es sacarle al exterior y dar una vuelta con él: la naturaleza se encargará del resto. A nosotros, que éramos personas normales y estábamos viviendo en unas condiciones anormales, la naturaleza podía ayudarnos mucho a apartar los pensamientos de la rutina diaria; pero la naturaleza también pierde buena parte de poder curativo cuando uno no la puede ver, sino sólo sentir, y cuando la sensación que produce es profundamente desagradable.
De alguna manera, a la hora de juzgar la vida en los polos uno debe dejar de lado el preceptivo aguante y averiguar qué responsabilidades puede eludir un hombre, sin olvidar en ningún momento que arrastrar un trineo constituye la prueba más difícil de todas. Si resulta difícil formarse una idea de lo que puede llegar a hacer un hombre normal y corriente es porque resulta mucho más fácil eludir responsabilidades en el mundo civilizado. En el fondo no importa si el hombre que trabaja dentro o fuera de la cabaña elude responsabilidades, como  tampoco importa mucho en el mundo civilizado: no constituye más que una oportunidad desaprovechada. Pero si uno está arrastrando un trineo por la Barrera, no cabe eludir responsabilidad alguna: a la mayoría se nos nota al cabo de una semana.
Son muchas las cuestiones que habría que analizar: el efecto que produce en el hombre el paso del calor al frío (como en el caso de Bowers, que se incorporó a nuestra expedición recién llegado del golfo Pérsico, o en el de Simpson, que se marchó de la Antártida a la India, es decir, el caso contrario);las diferencias entre el frío seco y el húmedo; ¿qué temperaturas son agradables en la Antártida, y cuales lo son en comparación con las de Inglaterra?; ¿cómo afectarían estas temperaturas a las mujeres? El hombre con nervios de acero es el que más lejos llega. ¿Cuál es la razón entre la presencia de ánimo y la fuerza física? ¿Qué es la vitalidad? ¿Por qué ciertas cosas le aterran a uno en un determinado momento y no en otros? ¿A qué se debe que muestre este coraje a primera hora de la mañana? ¿Cuál es influencia de la imaginación? ¿En qué medida puede un hombre exigirse a sí mismo? ¿De dónde salía la enorme cantidad de calor que generaba Bowers? ¿Y las canas de mi barba, de dónde salieron? Y los ojos azules de X, que zarpó de Inglaterra con ojos pardos y al regresar se encontró con que su madre se negaba a reconocerle como hijo suyo? ¿Varían el crecimiento y el color del pelo y de los ojos?
Son muchos los motivos que impulsan al hombre a ir a los polos, y el acicate intelectual está presente en todos ellos; pero en el fondo lo que cuenta es el deseo de saber, a secas, y en este momento no hay ningún lugar para obtener conocimientos que pueda compararse con la Antártida.
La exploración es la expresión física de la pasión intelectual.
Y diré una cosa: si tiene usted el deseo de saber y el poder para hacerlo realidad, vaya y explore. Si es usted un hombre valiente, no hará nada; si es un hombre miedoso, es posible que haga mucho, pues sólo los cobardes tienen necesidad de demostrar su valor. Hay quien le dirá que está chiflado, y casi todo el mundo le preguntará: “¿Para qué?” y es que somos una nación de tenderos, y ningún tendero esta dispuesto a parar mientes en una investigación que no le prometa un rendimiento económico antes de un año. Así que viajará usted prácticamente solo con su trineo, pero quienes le acompañen no serán tenderos, y eso tiene un gran valor. Si hace ueste su correspondiente viaje de invierno, obtendrá su recompensa, siempre y cuando lo único que desee sea un huevo de pingüino.”

Apsley Cherry-Garrard. El peor viaje del mundo. Ediciones B.

 

 

 

miércoles, 15 de abril de 2015

OBITER DICTUM






“Puedo caminar fácilmente quince, veinte, treinta kilómetros, o los que sean, a partir de mi puerta, sin pasar delante de ninguna casa ni cruzar camino alguno salvo los marcados por los zorros y visones; primero junto al río, después al lado del arroyo y por último por la pradera y los confines del bosque. Hay, por los alrededores, hectáreas sin habitantes. Desde muchas colinas logro ver de lejos la civilización y las moradas humanas. Los campesinos y sus labores no son mucho más visibles que las marmotas y sus madrigueras. Me alegra ver que el ser humano y sus asuntos, la Iglesia, el Estado y la escuela, el tráfico y el comercio, la industria y la agricultura, y hasta la política —lo más alarmante de todo— ocupan tan poco espacio en el paisaje. La política es sólo un terreno estrecho, y más estrecho aún ese camino distante que lleva a ella. A veces se lo señalo al viajero. Si queréis ir al mundo de la política, seguid ese camino, seguid al comerciante mientras os echa polvo en los ojos y os llevará directamente; pues ella también tiene sencillamente un sitio, y no ocupa todo el espacio. Paso por allí como quien pasa por un campo de judías para entrar en el bosque, y me olvido de ella. Al cabo de media hora llego a una parte de la superficie terrestre en la que ningún hombre está de un año a otro, y, por consiguiente, la política no existe, ya que no es más que el humo del cigarro de un hombre.”


Henry David Thoreau.

martes, 14 de abril de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




                OLVIDO


¡Cómo el olvido ha ido destruyendo
el mundo aquel que edificamos juntos!
¡Las abejas sonoras, los pastos, el estruendo
del río bramador acorralado, los difuntos
ecos del viento que partió gimiendo
con tu enorme cadáver, y ardió los juncos
con llama tan veloz que aún está ardiendo,
con ceniza tan cruel que aún están truncos!

Donde hubo razón de frescos vinos,
de panes floreciendo en la alborada,
de reluciente fruto mantenido

en remotos estrados cristalinos,
hoy sólo queda una sombra desgarrada
y tus restos luchando con mi olvido.

                                  Gastón Baquero

sábado, 11 de abril de 2015

OBITER DICTUM





¿Habéis oído caer el Imperio? No: nada ha turbado la tranquilidad de estos lugares. Sin embargo, el Imperio se ha hundido; la inmensa ruina se ha desplomado sobre mi vida igual que esos restos romanos caídos en el cauce de un arroyo ignorado. Pero a quien no le afectan los acontecimientos, poco le importan: algunos años escapados de las manos del Padre Eterno harán justicia a todos esos ruidos por medio de un silencio sin fin.


François-René de Chateaubriand

jueves, 9 de abril de 2015

ALLÁ EN LAS INDIAS






EL SUEÑO Y LA RUINA


“Grandes propósitos de buenos tuvieron los Reyes Católicos (como se ha visto) cerca de la conversion y doctrina de los naturales de las Indias que se conquistaban. Y si los gobernadores y otras personas que enviaron para el efecto tuvieran su espíritu, ó se rigieran por él, no hay dubda sino que este negocio tuviera otro suceso mejor del que tuvo. Pero en fin, no dejaron los buenos reyes de dar el órden y medios que para ello les pareció convenir. Y si algun descuido de su parte hobo, no seria otro sino hacer entera confianza de las personas que á las Indias enviaban, y de los consejeros que andaban á su lado; no creyendo que los que ellos tenían probados por hombres de sana intencion, la nueva ocasion del oro y el tratar con gente simple los mudaria. Como sus Altezas se hallaron en Barcelona al tiempo que Cristóbal Colon llegó con las primeras nuevas, y cosas que llevaba de las Indias, queriendo proveer, cuanto á lo primero, ministros eclesiásticos que industriasen aquellas nuevas gentes en las cosas de nuestra santa fe católica y los hiciesen cristianos, eligieron un religioso de la ó den del bienaventurado S. Benito, hombre de letras y buena vida, llamado Fr. Buil, de nacion catalan, el cual procuraron que trujese plenísimo poder de la Silla Apostólica para todo lo que se ofreciese, como prelado y cabeza de la Iglesia en partes tan remotas; y con él enviaron tambien una docena de clérigos doctos y expertos y de vida aprobada, y proveyéronlos de ornamentos, cruces, cálices y i mágenes, y todo lo demas que era necesario para el culto divino y para ornato de las iglesias que se hobiesen de edificar. Dieron asi mismo órden cómo las personas seglares que con ellos hobiesen de pasar á Indias fuesen cristianos viejos, ajenos de toda mala sospecha. Y así vinieron muchos caballeros y hidalgos, y entre ellos algunos criados de la casa real por dar contento á los reyes, que mostraban mucha gana de favorecer esta santa obra de la nueva conversion.  Vinieron todos estos el segundo viaje que hizo Cristóbal Colon con título de Almirante de las Indias. Y llegados á la isla Española, como vieron la muestra que aquella tierra daba de mucho oro, y la gente de ella aparejada para servir, y fácil de poner en subjecion, diéronse mas á esto que á enseñarles la fe de Jesucristo. Subjetados los indios (que habria un millon y medio de ellos en toda la isla), repartiólos todos Colon entre sus soldados y pobladores y otros criados y privados de los reyes, que de España lo granjeaban, para que les tributasen como sus pecheros y vasallos, imponiendo á cada uno de los que vivian en comarca de las minas, que hinchiesen de oro lo hueco de un cascabel, y á los que no comunicaban con las minas, impuso cierta cantidad de algodon, y á otros otras cosas de las que podían dar; y esto no fuera causa de su destruicion, antes bien, tolerable tributo, si despues no entrara de rota batida la desenfrenada cobdicia, sirviéndose de todos los indios como de esclavos para sacar el oro: y esto no fué imposicion de Cristóbal Colon, sino invencion de algunos sus compañeros que lo comenzaron, y despues lo alentó y canonizó otro inicuo gobernador, como al cabo de este primero libro se verá. Fr. Buil y sus compañeros no dejaron de baptizar algunos indios, pero pocos; y aun aquellos (segun se sospecha) más se baptizaban por lo que les mandaban sus amos, que movidos á devocion por las obras y buena vida que en ellos veian. Antes por presumir y jactarse los españoles del nombre de cristianos, haciendo por otra parte las hazañas que hacian, fueron causa de que los indios abominasen de este nombre, como de cosa pestífera y perniciosa. Y aun hoy en dia por la misma razon lo tienen por sospechoso los que no están muy doctrinados y enseñados de cómo entre los cristianos hay muchos malos que no guardan lo que en el baptismo profesaron, y que por esto no deja de ser santa y perfecta y necesaria á las ánimas la ley de nuestro Señor Jesucristo. Estuvo Fr. Buil dos años en la isla Española, y lo mas de este tiempo se le pasó en pendencias con el Almirante, y no (segun parece) por volver por los indios y procurar su libertad y buen tractamiento, sino porque castigaba con rigor á los soldados españoles por males que hacían á los naturales, y por otras culpas que cometian.  El Colon era culpado de crudo en la opinion de aquel religioso, el cual, como tenia las veces del Papa, íbale á la mano en lo que le parecia exceder, poniendo entredicho y haciendo cesar el oficio divino. El Almirante, que en lo temporal tenia el imperio, mandaba  luego cesar la racion, y que á Fr. Buil y á los de su casa y compañía no se les diese comida. Llegados á estos términos, poníanse buenos de por medio que los hacían amigos, aunque para pocos dias, porque en ofreciéndose otra semejante ocasion, volvían á lo mismo, y como esta rencilla se continuase, hubo de parar en que los reyes los enviaron ambos á llamar. Y aunque hubo quejas contra Colon, prevalescieron sus servicios y trabajos, y volvió á Indias con el mismo cargo. Y para el gobierno eclesiástico fueron proveidos prelados: por obispo de Santo  Domingo, Fr. García de Padilla, de la órden de S. Francisco, que fué el primer  obispo de la pri mera  Iglesia  de Indias; y  D. Pedro Juarez de Deza, por obispo de la Vega. Este pasó á su obispado y lo rigió algunos años. El Fr. García murió en España antes que pasase. Desgracia fué para los indios de aquella isla, y aun para los reyes de Castilla (cuyos vasallos eran), porque con la libertad á que estaba hecho de no tractar oro  ni dinero, pudiera fácilmente acertar como acertaron el obispo santo Zumárraga y los primeros doce frailes franciscos que vinieron á la Nueva  España á la ciudad de México.”


Gerónimo Mendieta. 
Historia Eclesiástica Indiana. 
Antigua Librería.

martes, 7 de abril de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




EM UN RETRATO


De sob o cômoro quadrangular
Da terra fresca que me há de inumar,

E depois de já muito ter chovido,
Quando a erva alastrar com o olvido,

Ainda, amigo, o mesmo meu olhar
Há de ir humilde, atravessando o mar,

Envolver-te de preito enternecido,
Como o de um pobre cão agradecido.


Camilo Pessanha.

viernes, 3 de abril de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






DE PASO EN GEORGETOWN


“No sé cómo se forjó la leyenda de que los hombres que administran territorios lejanos se caracterizan por su “fuerza y parquedad”. Lo contradice el testimonio de la experiencia. Algunos puede que empiecen siendo fuertes e incluso retienen una cierta enjutez en su edad adulta, pero la mayoría de ellos, cuando alcanzan alguna relevancia al servicio del Rey Emperador, son objeto de alguna que otra denuncia. En cuanto a su silencio, parece variar en relación inversamente proporcional a su distancia de la civilización. Para encontrar silencio uno debe ir a los comedores que hay a las afueras de Londres: los hombres que viven en grandes espacios abiertos, según mi experiencia, son asilvestradamente parlanchines; me he dado cuenta de que muchos de ellos adquieren la costumbre de habar con ellos mismos o con los perros y con los nativos, igualmente ajenos a su lengua. Y lo que es más hablan sobre cualquier tema: recuerdos personales, sus sueños, dieta y digestión, ciencia historia moralidad y teología. Aunque principalmente de teología. Parece ser la obsesión que aguarda a todo hombre solitario. Sacas cualquier tema grosero con un borrachín de la calle, aficionado al ron, y en diez minutos te está probando o rebatiendo la doctrina del pecado original.
Mr. Bain, aunque infatigable en su tarea, no era un hombre fuerte; frecuentes ataques de fiebre lo habían dejado consumido y sin sangre en las venas, y además sufría constantes ataques de asma terribles que le mantenían despierto prácticamente toda la noche, salvo una o dos horas. Tampoco era un hombre callado. Durante las quince noches que pasé a su lado habló de forma exhaustiva sobre todos los temas imaginables, con ansiedad, seguridad, entusiasmo, no siempre con exactitud o precisión, a veces apenas con congruencia, inagotablemente; con una imaginación exacerbada, con vertiginosos cambios en su manera de pesar e inquietantes efectos escénicos, con un vocabulario que combinaba de manera extraña la jerga que acostumbraba utilizar entre sus subordinados y las palabras más largas y menos frecuentes que había encontrado impresas en alguna parte. Como digo, hablaba sobre cualquier tema en cualquier momento, pero sobre todo hacía conjeturas metafísicas o contaba anécdotas. Siempre se presentaba a sí mismo en estas últimas de un modo prominente, y era entonces que sus gestos se volvían histriónicos al máximo. El diálogo estaba dispuesto en tu totalidad mediante la oratio recta: nunca ”le ordene que se fuera de una vez” sino “le dije vete, rápido, vete”, y con estas palabras el dedo de Mr. Bain se disparaba acusante, su cuerpo se estiraba y enervaba, y sus ojos se afilaban hasta tal punto que empecé a temer que fuera a sufrir algún tipo de ataque.
Un rasgo incesante –y lamentablemente poco común—de los recuerdos de Mr. Bain, era que a diferencia de la mayoría de la gente, que recuerda todas las injusticias con las que se ha topado, él recordaba y retenía también cada palabra de aprobación, el cariño que recibió de sus padres siendo niño, el premio en geometría que le otorgaron en el colegio, la mención de honor que obtuvo en la escuela de formación profesional por su habilidad para el dibujo, numerosas muestras espontáneas de aprecio por parte de muchos conocidos a lo largo de su vida, la devoción por parte de sus subordinados y la confianza de sus superiores; el deleite con el que el gobernador revisó sus informes oficiales; los testimonios de los convictos que incidían en la imparcialidad, clemencia y sabiduría de sus sentencias judiciales. Todas estás experiencias permanecían vívidas y relucientes en su memoria y todas, o casi todas, tuve el privilegio de escucharlas.
Me parecía que muchas de sus historias ponían a prueba los límites de la credibilidad, como por ejemplo que tenía un caballo que podía bucear o que tenían un consejero que contrató a un loro que le traía información. El pájaro, contaba Mr. Bain, se adelantaba volando y luego volvía para posarse sobre el hombro del indio y susurrarle al oído lo que había visto, quién andaba por la carretera y dónde se podía encontrar agua. No creo que Mr. Bain estuviera engañándome deliberadamente sino que al igual que cualquier persona que disfruta contando anécdotas, llega un momento que no sabía distinguir entre lo que realmente había ocurrido y las historietas inventadas que había contado tantas veces como ciertas. Resulta molesto que a uno le chafen su historia: pronto caí en la mezquina y exasperante manía de desmontar y cuestionar sus historias, lo que normalmente desenterraba las mentiras aceptadas.”


Evelyn Waugh. 
Noventa y dos días. 
Ediciones del Viento.

jueves, 2 de abril de 2015

OBITER DICTUM






La orden de reemplazar al guionista de una película no generaba en Irving Thalberg o David Selznick más congoja que la sentida por un entrenador de fútbol cuando sustituye a un delantero en el descuento del partido, aunque siempre era un consuelo que te cayera en suerte la redacción final sancionada por el mandamás de turno, pues en ese caso sabías que ninguna otra mano tenía ya potestad para hacer cambios ulteriores. Cuando la generación pionera de los magnates cinematográficos inició su lenta retirada a mediados de los cuarenta, nosotros empezamos a acariciar la nebulosa idea de que, en un medio menos jerárquico y mecanizado como el que vaticinábamos, los escritores tendrían más posibilidades de escoger sus proyectos y de hallar colaboradores o financiación. Nadie podía sospechar entonces que, lista negra aparte, el futuro nos depararía una mengua, no un aumento, en el estatus de los guionistas.


Ring Lardner Jr.