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lunes, 27 de abril de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




LOS PEDAGOGOS EN ROMA


            “El cuidado de los hijos dejaba de ser prerrogativa de la mujer cuando acababa el período de la infancia. Cornelia, madre de los Gracos, es la única excepción gloriosa. En los austeros siglos de la República, Catón el Viejo reivindicaba para sí solo la formación de su hijo, a quien decía con orgullo haber enseñado a leer, escribir, combatir y nadar. Ya en el Imperio, fue preciso esperar al mandato de Antonino Pío para que los jueces, una vez presentadas las pruebas de la indignidad de un padre, confiaran a la madre la custodia de sus hijos, sin por ello despojar al padre de su autoridad. Pero en la mayoría de los casos, desde el momento en que dejaban de ser niños, la madre se inhibía de manera natural del proceso de su educación. La mujer rica los dejaba en manos del notable pedagogo, al que compraba a precio de oro, no sin antes tomar todas las precauciones posibles al hacer su elección y dar toda clase de consejos; con ello creía haber satisfecho sus obligaciones. En cuanto a los pobres, lo más que podían hacer era enviar a sus hijos a una de la numerosas escuelas primarias que los profesionales de la educación abrían en la ciudad a finales del siglo II.
         Sin embargo, estas costumbres fueron muy perjudiciales para los romanos. Como decía Plinio el Joven, la mujer caía en una ociosidad fatal desde todo punto de vista. Las menos dignas encontraban en su falta de ocupación una incitación o una excusa a sus extravíos. Las honestas, cuanto más intentaban huir del ocio aferrándose a esas vanas ocupaciones sin sentido, más se dejaban llevar por el bullicio y el parloteo de los «clubs» en los que terminaban reuniéndose, cuando no se resignaban a vegetar en un estado de torpe placidez de gineceo, como la vieja Ummidia Quadratilla, quien, hasta su muerte a los ochenta años, había gastado su vida en acudir a los juegos públicos, mover peones sobre un tablero o llenar la casa de representaciones de pantomima. Como consecuencia de ello, los hijos se desarrollaban en una situación de grave abandono materno. En realidad eran gentes de más baja condición social, esclavos o en el mejor de los casos libertos, quienes se encargaban de educarlos, y esta flagrante paradoja llevó a desastrosas consecuencias. Cuando el alumno pertenecía a una familia privilegiada, habitualmente trataba al maestro como correspondía a una persona de rango inferior, es decir, como a un sirviente, aunque en este caso se tratara de su preceptor. Ya Plauto, en sus Báquides, creó el personaje de un precoz adolescente, Pistoclero, que, para obligar a su «pedagogo» Lydus a acompañarle a casa de su amante, no tiene más que recordarle su condición servil. «Pues, a fin de cuentas –le decía--, ¿soy yo tu esclavo o tú el mío?» La cuestión no tenía vuelta de hoja, por lo que más de un magíster de Roma tuvo que oír, como delicadamente señala Gaston Boissier, la misma frase que Pistoclero dedica a Lydus. En el caso de que los adolescentes fueran de origen modesto, tampoco tenían consideración alguna hacia el instructor de baja condición social que tenían en la escuela y que, retribuido con un irrisorio salario de ocho ases, estaba obligado a desempeñar otras tareas, como la de escribano público; los maestros no tenían otra autoridad sobre sus alumnos que la que les confería la badana o la férula que con tanto rigor aplicaban en los tiempos de Marcial y Juvenal, como dignos sucesores del Orbilius, que había hecho temblar a Horacio.
         El descrédito de esta profesión era notorio. Era tal la antipatía que mostraban ante su figura los analistas del siglo I a.C., que hicieron del magíster de Faleria el primer maestro de escuela de toda la historia romana, un personaje de teatro que representaba a un ingrato traidor. En los tiempos del Imperio, los «pedagogos» no gozaban de mejor reputación; las buenas almas les miraban como se mira a la escoria de la sociedad. Es fácil, sin embargo, enumerar las razones de su desprestigio: en primer lugar, la indiferencia del Estado por su función, ya que no controlaba su actividad ni tomó a su cargo la retribución de su labor hasta el año 425 de nuestra era, y en Bizancio, hasta quince años después del saqueo de Roma por Alarico; en segundo lugar, las adversas condiciones en las que debían realizar su tarea, ya que, en el mismo exiguo e incómodo local se amontonaban niños y niñas de edades comprendidas entre los siete y trece años para las niñas y entre los siete y quince años para los niños y, por último, la brutalidad con la que mantenían la disciplina de unos grupos tan heteróclitos, lo que siempre provocaba la hipocresía y cobardía de los alumnos y, a veces, despertaba la hipocresía y cobardía de los alumnos y, a veces, despertaba el sadismo del maestro. «El dolor y el temor –testimonia con tristeza Quintiliano—obligan a los niños a hacer cosas que nos parecen impropias de ellos y que terminan cubriéndoles de vergüenza. Sería mucho más acertado que antes nos preocupáramos de asegurarnos de las buenas costumbres de sus vigilantes y sus maestros. No me atrevo a mencionar ni las infamias cometidas por unos hombres amparados en su derecho al castigo físico, ni los abusos que unos desgraciados niños pueden cometer contra otros a causa de su miedo: de sobra se me entiende (nimium est quod intellegitur…).»”

Jérôme Carcopino. La vida cotidiana en Roma… Ediciones Temas de Hoy.