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jueves, 2 de abril de 2015

OBITER DICTUM






La orden de reemplazar al guionista de una película no generaba en Irving Thalberg o David Selznick más congoja que la sentida por un entrenador de fútbol cuando sustituye a un delantero en el descuento del partido, aunque siempre era un consuelo que te cayera en suerte la redacción final sancionada por el mandamás de turno, pues en ese caso sabías que ninguna otra mano tenía ya potestad para hacer cambios ulteriores. Cuando la generación pionera de los magnates cinematográficos inició su lenta retirada a mediados de los cuarenta, nosotros empezamos a acariciar la nebulosa idea de que, en un medio menos jerárquico y mecanizado como el que vaticinábamos, los escritores tendrían más posibilidades de escoger sus proyectos y de hallar colaboradores o financiación. Nadie podía sospechar entonces que, lista negra aparte, el futuro nos depararía una mengua, no un aumento, en el estatus de los guionistas.


Ring Lardner Jr.