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jueves, 26 de julio de 2012

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






Como leve sonido:
hoja que roza un vidrio,
agua que acaricia unas guijas,
lluvia que besa una frente juvenil;

Como rápida caricia:
pie desnudo sobre el camino,
dedos que ensayan el primer amor,
sábanas tibias sobre el cuerpo solitario;

Como fugaz deseo:
seda brillante en la luz,
esbelto adolescente entrevisto,
lágrimas por ser más que un hombre;

Como esta vida que no es mía
y sin embargo es la mía,
como este afán sin nombre
que no me pertenece y sin embargo soy yo;

Como todo aquello que de cerca o de lejos
me roza, me besa, me hiere,
tu presencia está conmigo fuera y dentro,
es mi vida misma y no es mi vida,
así como una hoja y otra hoja
son la apariencia del viento que las lleva.


Luis Cernuda

martes, 24 de julio de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





RELATOS DE VIAJE


“Hoy, cuando islas polinesias anegadas de hormigón son transformadas en portaaviones pesadamente anclados en el fondo de los mares del sur, cuando Asia entera cobra el semblante de una zona enfermiza, cuando las “villas miseria” corroen África, cuando la aviación comercial y militar marchita el candor de las selvas americanas o melanesias aun antes de poder destruir su virginidad, ¿cómo la pretendida evasión del viaje podría conseguir otra cosa que ponernos frente a las formas más desgraciadas de nuestra existencia histórica? Esta gran civilización occidental, creadora de las maravillas de que gozamos, no ha conseguido, ciertamente, producirlas sin su contrapartida. Como su obra más admirable, pilar donde se elaboran arquitecturas de una complejidad desconocida, el orden y la armonía de Occidente exigen la eliminación de una prodigiosa masa de subproductos maléficos que infectan actualmente la Tierra. Lo que nos mostráis en primer lugar, ¡oh viajes!, es nuestra inmundicia arrojada al rostro de la humanidad.
Entonces comprendo la pasión, la locura, el engaño de los relatos de viaje. Traen la ilusión de lo que ya no existe y que debería existir aún para que pudiéramos escapar a la agobiadora evidencia de que han sido jugados 20.000 años de historia. Ya no hay nada que hacer: la civilización no es más esa flor frágil que preservamos, que hacíamos crecer con gran cuidado en algunos rincones abrigados de un terruño rico en especies rústicas, sin duda amenazadoras por su lozanía, pero que permitían variar y vigorizar el plantel. La humanidad se instala en el monocultivo; se dispone a producir la civilización en masa, como la remolacha. Su comida diaria sólo se compondrá de este plato.
Antaño se arriesgaba la vida en las Indias o en las Américas para traer bienes que hoy nos parecen irrisorios; madera de brasa (de ahí Brasil), tintura roja, o pimienta, por la que en tiempo de Enrique IV se enloquecían hasta tal punto que la corte ponía sus granos en estuches de caramelos, para mordisquearlos. Estas sacudidas visuales u olfativas, ese gozoso calor en los ojos, esa quemazón exquisita en la lengua, agregaban un nuevo registro al teclado sensorial de una civilización que no había sospechado siquiera su propia insipidez. ¿Diremos entonces que nuestros modernos Marco Polo traen de esas mismas tierras, ahora en forma de fotografías, libros y relatos, las especias morales que nuestra sociedad, sintiéndose naufragar en el hastío, necesita con mayor apremio?”


Claude Lévi-Strauss. Tristes Trópicos. Ediciones Paidós Iberica.

domingo, 22 de julio de 2012

OBITER DICTUM





“Existe hoy día cierta clase de gente, en la mayoría de los casos jóvenes poetas, que pronuncia la palabra Alemania dilatando la nariz. Señal segura de que para ellos el patriotismo es sólo una pose. ¿Por qué sienten la necesidad de jactarse de ser alemanes? Soy un joven alemán: ¿significa esto acaso ser algo más importante que un joven inglés, un joven ruso o joven tahitiano? ¿O querrán significar con tal actitud que los alemanes tienen también ingenio y talento? Pero esto último sólo un ignorante o un loco podría negarlo. Y de ello me postulo como demostración. Ruego pues a mis compatriotas que abandonen esa inútil jactancia.”


Georg C. Lichtenberg

martes, 17 de julio de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




UN PULPO DE HULUAY


       “Sentado sobre las piedras miraba yo el mar cuando, de repente, escuché gritos a mi izquierda. Volviéndome de ese lado, pude contemplar una lucha que se desarrollaba en el agua. Los chinos se esforzaban en arrojar sobre la orilla, con sus pértigas, una especie de animal: pero de momento lo pisoteaban entre las olas. Al parecer, experimentaban un cierto miedo de la bestia pero no querían dejarla escapar. Corrí y vi un gran pulpo en pleno combate con los pescadores. Con sus potentes tentáculos se agarraba a las piedras, y a veces sacudía en el aire; después, se apartaba súbitamente como para meterse en alta mar. Pero otros tres chinos vinieron en auxilio de los pescadores. El enorme pulpo estaba tan cerca de la orilla que pude examinarlo a mi gusto. Su color cambiaba sin cesar, pasando de un azul más bien oscuro a un verde luminoso, para tomar en seguida un tono gris, o más bien amarillento. Cuanto más empujaban los chinos al gran molusco hacia la orilla más le faltaban las fuerzas al pulpo. Finalmente, lo tiraron a la orilla. Era como un saco inmenso, provisto de una cabeza de donde partían los largos tentáculos, con numerosas ventosas. Levantando dos o tres tentáculos a la vez, el pulpo dejaba entrever una especie de gran pico. Éste se extendía a veces con fuerza y se retraía a continuación completamente, mostrando nada más una pequeña hendidura. Pero lo más interesante eran los ojos; es difícil encontrar un animal cuyos ojos se parezcan tanto a los de un hombre.
       Poco a poco, los movimientos del pulpo se hicieron más lentos. Su cuerpo se sacudió en calambres y su coloración se oscureció. Acusando cada vez más un tono uniforme, una especie de grisáceo tirando a violeta. Este espécimen curioso hubiera merecido estar en un museo. Pero como yo no disponía de un recipiente apropiado ni de una cantidad suficiente de solución de formol, me conformé con seccionarle un tentáculo y meterlo en el mismo cacharro donde conservaba conchas y cangrejos ermitaños. Por la noche, examine el contenido de este recipiente y quedé asombrado al notar que faltaban dos conchas: simplemente, habían sido absorbidas por el fragmento de tentáculo del pulpo. O sea que las ventosas habían funcionado algún tiempo después que el tentáculo fuera cortado y colocado en cacharro que contenía la solución de formol.
       La visita a las pesquerías y la caza del pulpo me había ocupado casi toda la jornada. Por la noche, los chinos me ofrecieron la carne del pulpo. Cocida al agua de mar, en una marmita, aparecía blanca, elástica al tacto; su gusto recordaba un poco el de los hongos.


Vladimir Arseniev. Dersu Uzala. Editorial Mondadori.

sábado, 14 de julio de 2012

ALLÁ EN LAS INDIAS




LA SUERTE DE CORTÉS


         “Diego Velázquez riñó a Cristóbal de Lagos, diciendo que soltara a Cortés por dineros y soborno, y procuró de sacarlo por engaño de sagrado, y aun por fuerza; mas Cortés entendía las palabras y resistía la fuerza; empero descuidose un día, y cogiéronle paseando delante la puerta de la iglesia, Juan Escudero, alguacil, y otros, y metiéronle en una nave so sota. Entonces favorecían muchos a Cortés, sintiendo pasión en el gobernador. Cortés, como se vio en la nave, desconfió de su libertad, y tuvo por cierto que lo enviarían a Santo Domingo o a España. Probó muchas veces a sacar el pie de la cadena, y tanto hizo, que lo sacó aunque con grandísimo dolor. Trocó luego aquella misma noche sus vestidos con el mozo que lo servía; salió por la bomba sin ser sentido; colose de presto por un lado del navío al esquife, y fuese con él; mas porque no le siguiesen, soltó el barco de otro navío que allí junto estaba. Era tanta la corriente de Macaguanigua, río de Barucoa, que no pudo entrar con el esquife, como remaba solo y cansado, ni aún supo tomar tierra, temiendo ahogarse si trabucaba el barco. Desnudose, y atose con un tocador sobre la cabeza ciertas escripturas que tenía, como escribano de ayuntamiento y oficial del tesorero, y que hacían contra Diego Velázquez; echose a la mar, y salió nadando a tierra. Fue a su casa, habló a Juan Xuárez, y metiose otra vez en la iglesia con armas.
Diego Velázquez envió a decir entonces a Cortés que lo pasado fuese pasado, y fuesen amigos como primero, para ir sobre ciertos isleños que andaban alzados. Cortés se casó con la Catalina Xuárez, porque lo había prometido y por vivir en paz, y no quiso hablar a Diego Velázquez en muchos días. Salió Diego Velázquez con mucha gente contra los alzados, y dijo Cortés a su cuñado Juan Xuárez que le sacase fuera de la ciudad una lanza y ballesta, y él salió de la iglesia en anocheciendo, y tomando la ballesta, se fue con el cuñado a una granja do estaba Diego Velázquez con solos sus criados, que los demás estaban aposentados en un lugar allí cerca, y aún no habían venido todos, como era la primera jornada. Llegó tarde, y a tiempo que miraba Diego Velázquez el libro de la despensa; llamó a la puerta, que abierta estaba, y dijo al que respondió cómo era Cortés, que quería hablar al señor gobernador, y tras esto entrose dentro. Diego Velázquez temió, por verle armado y a tal hora; rogole que cenase y descansase sin recelo. Él dijo que no venía sino a saber las quejas que de él tenía, y a satisfacerle y a ser su amigo y servidor. Tocáronse las manos por amigos, y después de muchas pláticas se acostaron juntos en una cama; donde los halló a la mañana Diego de Orellana, que fue a ver al gobernador y a decirle cómo se había ido Cortés. De esta manera tornó Cortés a la amistad que primero con Diego Velázquez, y se fue con él a la guerra, y después que volvió se pensó ahogar en la mar, porque viniendo de las bocas de Bani, de ver unos pastores e indios que traía en las minas a Barucoa, donde vivía, se le trastornó la canoa de noche a media legua de tierra y con tempestad; mas salió a nado, y a tino de una lumbre de pastores que cenaban junto a la mar: por semejantes peligros y rodeos corren su camino los muy excelentes varones, hasta llegar do les está guardada su buena dicha.”


Francisco López de Gomara. 
Historia de la conquista de México.

viernes, 13 de julio de 2012

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





A LA FRIALDAD


                II

Disperso, suave y atado,
haciendo un fugaz saludo
al ángulo del desnudo
techo, frío y aprisionado.

Al saludar lo pensado,
colmo sutil del menudo
río que fue elaborado
por un tritón barbudo.

Olvido de la corriente,
esencia del sacrificio
y candelas de la orilla.

Cuerpo que se mancilla
ya con el nuevo artificio:
ausente, no estás ausente.


José Lezama Lima

domingo, 8 de julio de 2012

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




1964


I
Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,
cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.

II
Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta
y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna
y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al sur, a cierta puerta, a cierta esquina.


Jorge Luis Borges.

viernes, 6 de julio de 2012

OBITER DICTUM






“He aquí lo más vago: Dios.
        Sólo la idea de Él es más vaga que Él mismo.

 ...Y esa vaguedad fue desde siempre el más desgarrador tormento del hombre. La muerte no introduce precisión alguna en ella, sino sólo en el individuo. Y es que por el hecho de morir no conocemos a Dios más de cerca, porque nos extinguimos con todas las carencias de nuestro ser y nos enteramos de lo que no somos o lo que habríamos podido ser. Y así, la muerte nos ha descargado por última vez del peso del conocimiento.


E. M. Cioran





miércoles, 4 de julio de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




REGIONES DESCONOCIDAS


“Las regiones desconocidas de la tierra; los paisajes aún no pisados; las nuevas posibilidades del ser; los nuevos prodigios de la naturaleza… A ellos se dirige desde antiguo la nostalgia de la humanidad, eternamente afanosa. Nuestra época ha convertido esta tendencia, la más humana de todas, en una actividad frenética. Como si hubiésemos entrado en una era de nuestra evolución en que la impaciencia dirigiera el deseo de conocimientos. El hombre actual desea indagar al mismo tiempo el secreto de su origen, caído en el olvido durante milenios, y las posibilidades de su futuro desarrollo. Para sumergirse en las profundidades desconocidas y ascender a alturas tales que le permitan tener una visión de lo que hay más allá de su actual condición terrestre, recurre a la ayuda de todos los medios técnicos de su época.
         Sin embargo, mientras se cierra cada vez más el cerco en torno a las regiones desconocidas de la tierra, mientras las posibilidades de explorar nuevos parajes se reducen progresivamente, parece como si la reputación del trabajo científico palideciera frente a la actitud moderna de nuestro tiempo. Ya no cuenta el resultado alcanzado, sino el récord; la meta no es ya el conocimiento, sino lo sensacional.
         Los exploradores del polo, los escaladores de las más altas cimas, los conquistadores de los más profundos océanos, los descubridores de las selvas y los desiertos luchan entre sí, compitiendo y superándose ¡para ser los primeros!—pues lo consideran la recompensa más alta del saber--. Los antiguos, los verdaderos pioneros, se apartan con razón de aquellos que sólo ven el éxito en la precedencia y sólo busca la satisfacción en lo sensacional.
         También yo penetré en lugares desconocidos, emprendí trabajos de pionero y descubridor en el continente más misterioso, en África. Y también escuché los tristes reproches de los antiguos…”


Ladislaus Almásy. Nadadores en el desierto. Altair viajes.