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sábado, 23 de octubre de 2021

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





ODIOS Y BANDERAS


«La guerra de España no ha terminado. Conocemos el fin de las operaciones militares, pero el conflicto continúa. Guerra es también, según la Academia Española, «toda especie de lucha y combate, aunque sea en sentido moral». A esas luchas y combates me refiero al afirmar que no ha terminado la querella de los españoles. Lo que ha perdido en crueldad militar, lo ha ganado en virulencia política. Victoriosos y derrotados continuamos odiándonos con la misma fuerza, pero rezumándonos la pasión y no queriendo dejar sin empleo el sobrante, unos y otros, respondiendo a la misma naturaleza, nos hemos dividido y subdividido enconadamente. Las banderas españolas son, por esa causa, múltiples. Enumerarlas, indicando el nombre de cada abanderado, sería abusar de la paciencia del lector y, por lo que a mí hace, renovar un sentimiento que participa, a partes iguales, de la tristeza y de la indignación. Tristeza por nuestra radical insolidaridad, indignación por la constancia con que la fomentamos. Todo hace presumir que ni los triunfadores fecundarán la victoria, ni los derrotados escarmentaremos en el descalabro. No hay peor enemigo del español —y de lo español— que el español mismo. Una parte de esta verdad nos era conocida antes de que la mayoría del Ejército se sublevase contra la República, pero los más agudos no la sospechaban en su integridad. Si alguien escapa a ese reproche de evidencia es don Miguel de Unamuno. La definitiva visión de ese maestro de mi juventud la localizo en una sesión de las Cortes Constituyentes, en la que como se debatiera ásperamente sobre unos sucesos sangrientos ocurridos en Bilbao, Don Miguel, irguiéndose en su escaño, interrumpió al orador con voz de profeta: —Llegará un día en que nos asesinemos los unos a los otros en nombre de un crucifijo de piedra o por unas insignias de barro, con la quijada de un asno.»


Julián Zugagazoitia.

Guerra y vicisitudes de los españoles.

Editorial Librería Española.




J


sábado, 28 de agosto de 2021

OBITER DICTUM

 





«¿Hay algo, en efecto, más ridículo que el progresismo? Un buen señor que no puede o no quiere o cree que no quiere creer en otra vida y se consuela pensando —¿pero es que piensa?— que el progreso traerá la felicidad… ¿a quién? Y luego es tan vulgar… ¡tan vulgar!…»



Miguel de Unamuno.

martes, 17 de abril de 2018

OBITER DICTUM






“Poético, verdaderamente, poético, no es sino aquello que atesora pasado, lo que ha vivido y viviendo venció al dolor, lo que ha sufrido y sufriendo venció a la vida. A nuestras mismas previsiones del porvenir las vestimos con hermosura del pasado; es con los recuerdos con que construimos las esperanzas.”


Miguel de Unamuno

lunes, 16 de octubre de 2017

OBITER DICTUM






Tuve por mucho tiempo en mi cuarto de estudio dos cartones, un retrato de Spencer y otro de Homero, hecho por mí, a cuyo pie había copiado aquellos versos de su Odisea que dicen que los «dioses traman y cumplen la destrucción de los hombres, para que los venideros tengán qué cantar». Quintaesencia del vano espíritu pagano, del estéril esteticismo, que mata toda sustancia espiritual y toda belleza.


                                                           Miguel de Unamuno.

lunes, 20 de marzo de 2017

OBITER DICTUM






“He sido deportado acá por decir la verdad en mi pobre España, envilecida y degradada por una dictadura de generales que no es lo peor que sean sifilíticos borrachos y jugadores sino que son imbéciles, casi analfabetos, respirando odio y envidia a la inteligencia. El Primo de Ribera (sic), un macho con menos seso que un carnero, un loco impulsivo de los que primero dispara y después apuntan, se pasa las noches en casas de prostitución. El último escándalo fue por obligar a un juez a que soltara una prostituta que vendía cocaína. No es posible imaginar el grado de vileza a que ha caído España y la cobardía de los españoles. El ejercito, vencido en Marruecos, y corroído por toda clase de vicios soporta a ese botarate que es un monstruo de frivolidad atacado de cretinismo tremens.”


Miguel de Unamuno.

lunes, 27 de julio de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






RELIEVE HOMÉRICO


Y si habla mal de España, es español.


JOAQUÍN   MARÍA  BARTRINA

“En cierta ocasión me preguntó un sujeto cuál era el escritor español del siglo XIX que prefería yo entre todos, y aunque la pregunta es demasiado española, quiero decir simplista, porque casi nunca es posible contestar a cuestiones de primero y último, le contesté, sin embargo, diciendo: Sarmiento. Y al ver su gesto interrogativo, hube de añadir: Domingo Faustino Sarmiento, un argentino que murió,  ya de edad, el 11 de setiembre de 1888. "¿Argentino? -exclamó mi interlocutor-, entonces no era español".  Y hube de responderle: "Más español que ninguno de los españoles, a pesar de lo mucho que habló mal de España muy  bien". Y tuve que informarle de quién era don Domingo Faustino Sarmiento.
Le hablé de la vida fecunda y enérgica de ese maestro de escuela nacido de una antigua familia colonial en San Juan, al pie de los Andes, periodista en Chile, donde estuvo emigrado, peleando con la pluma contra el tirano Rosas, y gran educador de su patria, en que de ese vigoroso polígrafo, de sus obras educacionales y, sobre todo, del Facundo, llegó a la Presidencia de la República. Le hablé de la copiosa labor de sus tres obras capitales, los Viajes, viajes por Europa, África y América, en que nos narra el que en 1846 hizo a España, y es relato el de este viaje que merece ser reproducido; los Recuerdos de provincia, en que se leen las más sentidas y más vigorosas páginas que  un hijo puede dedicar a la santa memoria de su madre, y Civilización y barbarie, libro conocido comúnmente por  el Facundo, y en que Sarmiento nos cuenta las biografías del general Juan Facundo Quiroga, el Tigre de los Llanos, del general ex-fraile dominico Félix Aldao, y del Chacha, tres caudillos de las contiendas civiles de la República Argentina  en el primer tercio del siglo pasado.
"¿Y no habla más que de cosas de allá?" -me preguntó-. Y le respondí: "No habla más que de cosas de allá, no habla más que de las luchas que enardecían a los ánimos de aquellos entre quienes vivía; pero habla de tal modo, con tal pasión y tan soberana elocuencia, con tan candente parcialidad, que son libros que pueden leerse en cualquier país y en cualquier época. Es como en la Divina Comedia, en que todo el calor y la soberana inspiración viene de que el Dante habla de sus contemporáneos, de sujetos que, a no ser por el inmortal poeta, se habrían anegado en la Historia".
Bajo la pluma de Sarmiento, los personajes todos de las luchas civiles de la Argentina a principios del siglo XIX adquieren un relieve homérico. Sarmiento tenía lo que los campesinos llaman ojo de caballo, engrandecía cuanto miraba.  No hay sino leer las pinturas que en sus Recuerdos de provincia hace  del clérigo don José Castro, el maestro de su madre, el santo cura Castro, que llevaba el Evangelio en la mano y el Emilio, de Rousseau, escondido bajo la sotana; el portentoso retrato de don Domingo de Oro, o  en Civilización y barbarie la de los tres caudillos que biografía, y en todas sus obras, o poco menos, lo que dice del tirano don Juan Manuel Rosas. Nadie contribuyó a agigantar la figura de ese prodigioso tirano, tan grande para la leyenda como puedan serlo los más grandes del Renacimiento italiano, como contribuyó a ello su más implacable enemigo: Sarmiento. En el Facundo, Rosas adquiere por momentos la grandeza de un Satanás miltoniano, y se comprende leyendo eso que Juan Bautista Alberdi -otro argentino que es de los contados escritores en lengua castellana que pudo soportar­ dijera hablando del tirano, cuyo nombre durante veinte años apenas dejó de figurar  un momento en la prensa europea, estas palabras: "Si se perdiesen los títulos  de Rosas a la nacionalidad argentina, yo contribuiría con un sacrificio no pequeño al logro de  su rescate". Y cuenta que Alberdi fue otro de los enemigos de Rosas.
El mismo Alberdi, en sus Cartas quillotanas,  escritas desde Quillota, en Chile, dijo de Sarmiento cuanto malo puede decirse de este incorregible ególatra, de este hombre repleto de vida y de energía y desbordante de sí mismo, que se pasó la mayor  parte de su vida hablando, como Byron, de sí, y que ha alumbrado las encendidas páginas de sus escritos con la llama de un espíritu ardiente de vida.


Miguel de Unamuno. Americanidad. Biblioteca Ayacucho.

lunes, 14 de marzo de 2011

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






LA MIRADA DE FABIÁN VIDAL


“Fabián Vidal publicó en el número del día 12 de este mes de noviembre de este diario mismo un artículo titulado “Mirando a Oriente. El bolchevismo y el bloqueo”, artículo que empezaba por estas palabras: “No, amigo y maestro Unamuno. Se sabe lo que sucede en Rusia”. Y el artículo tiende a demostrar que él, Fabián Vidal, es uno de los que saben lo que sucede en Rusia. Y luego nos lo cuenta. Y nos cuenta lo que yo ya he leído en publicaciones españolas y extranjeras, en semanarios ingleses sobre todo. A pesar de lo cual sigo no estando muy seguro de todo ello. Lo que se debe acaso a mi hipercriticismo, a que tengo un espíritu mucho más escéptico –en ambos sentidos—que el de Fabián Vidal, a que no me dejo convencer tan pronto.
Fabián Vidal, en el artículo que me dedicaba, nos cuenta una vez más la lucha del sovietismo contra la democracia. Y me dice así:
“¿Quiere usted enterarse de una vez, ilustre amigo Unamuno, de lo que es el sovietismo? Pues bien: el sovietismo es el zarismo, más tiránico, más intransigente, más perseguidor y sanguinario todavía. Lenin y Trotsky, que desprecian profundamente los occidentalismos, que se ríen de estas palabras astrales –democracia, libertad, individualismo, derecho, etc.--, inventaron el reóforo extraño de la dictadura del proletariado. Hoy el proletariado es más esclavo en Rusia que bajo el yugo de Nicolás Romanoff. La Okhrana o policía secreta subsiste bajo un nuevo nombre. Hay un tchin, es decir, una organización burocrática escalonada, regulada, unida como los eslabones de una cadena flexible y estranguladora como los anillos de una culebra. Y a ella pertenecen –no se asombre demasiado—infinitos empleados del viejo régimen”.
¿Es ello así o no? Yo no contesto sino lo que dijo Manzoni en su oda al “Cinco de Mayo” (de 1821) –el día de la muerte de Napoleón, el Único.., y fue:
¿Fu vera la gloria? Ai posteri l`ardua sentenza.
¿Es todo eso así? Ya lo dirán los que vengan después y lo vean a distancia.
Pero al final de su artículo dice Fabián Vidal:
“La historia nos cuenta lo que fueron los paraguayos bajo Gaspar Francia y los argentinos bajo Juan Manuel Rosas. Rusia es un inmenso Paraguay, que tal vez tiene en su seno un “Solano López”.

Miguel de Unamuno. Americanidad. Biblioteca Ayacucho.