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miércoles, 24 de febrero de 2016

OBITER DICTUM





     “Los envidiosos me tacharon de espía británico y agente secreto afgano, no queriendo entender que los seres extraños como yo pueden vivir honradamente, satisfechos, con la idea de que se han reconciliado con Dios y ya no les importan los miserables humanos. En mi opinión, ésa es la única lección que merece la pena aprender cuando se viaja mucho."


Sirdar Ikbal Ali Shah

miércoles, 16 de abril de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EN SIRIA


“Siria no es un país unificado ya sea en razas, religiones o costumbres, y sus habitantes, muchos de ellos enfrentados entre sí, sólo tienen un punto de cohesión que son las manifestaciones.
         La agitación popular proporciona un entretenimiento que no puede compararse con nada de lo que conllevan los días festivos. Implica un tumulto temporal al abrigo del cual se pueden realizar muchas cosas. Los universitarios, olfateando la bronca, toman partido indiscriminadamente. Después de todo, tienen que divertirse mientras aún son jóvenes. Las mujeres, escudándose en su sexo, disfrutan con la conmoción. Hay muchas cosas atractivas para la mente femenina que se pueden llevar a cabo cuando la atención de sus hombres está desviada. En cuanto a los hombres, cualquier ocasión es buena para distraerlos de sus labores diarias y les viene bien ejercitar sus órganos vocales.
         --¡Abajo el mandato! –gritan los estudiantes, y la policía desaparece discretamente. Ansiosamente, observan a los manifestantes desde una cierta distancia. Después de todo, resultaría entretenido unirse a la diversión, pero deben tener cuidado. La multitud mantenía un cierto orden y unos cuantos gritos honrados no hacían daño a nadie. Además, sería embarazoso tener que arrestar a un primo o a un cuñado. Es molesto porque en casa las mujeres no acaban de entender el funcionamiento del gobierno y los vecinos tienden aponerse despectivos.
         Cuando entré en Damasco me encontré con una escena similar. Más gente se unía a los manifestantes. Rápidamente se cerraron las tiendas y los tenderos se apresuraron a unirse a la manifestación. La multitud frente a las oficinas gubernamentales era considerable.
--¿Por qué se manifiestan? –le pregunté a un hombre que aullaba como un chacal.
Me miró inexpresivamente, se encogió de hombros y siguió chillando más fuerte. Me volví a otro manifestante, intentando enterarme.
--Oh –dijo en respuesta a mi pregunta--, han arrestado a un nabi y es una cuestión religiosa.
--No era un nabi –interrumpió el chacal, haciendo una pausa en sus aullidos--. Se dice que el Alto Comisionado ha rechazado injustamente una petición de los sacerdotes alauitas.
--Nada de eso –protestó su vecino con vehemencia--, esta manifestación es para demostrar a las autoridades nuestro desagrado por la nueva escala de impuestos.
--Abajo los tiranos! –chillaban los estudiantes, y su demostración se cargaba con más veneno cuando pensaban en sus profesores dispuestos a atormentar a los jóvenes de la nación con innecesarias ecuaciones de variadas incógnitas.
Todo ello bajo una temperatura de 40 grados a la sombra. Al cabo de un rato, se produjo una conmoción entre los que se hallaban más cerca del edificio y pronto corrió la voz de que la manifestación carecía de sentido. Todo había sido un error. No habían arrestado a un nabi, los sacerdotes no se habían ofendido y todo lo que ocurría es que habían detenido a un ladrón muy buscado en las montañas.
Con tristeza, la multitud comenzó a dispersarse. Los estudiantes abatidos pensaron en los problemas que les quedaban por resolver; los hombres regresaron lenta y desconsoladamente a sus trabajos; las tiendas abrieron de nuevo y las mujeres bajaron decorosamente sus párpados.
En las dependencias del gobierno, las máquinas de escribir volvieron a teclear y Damasco retornó a su soñolienta y pacífica canción de cuna oriental.”


Sirdar Ikbal Ali Shah. Solo en las noches de Arabia. Editorial Sufi.

viernes, 22 de febrero de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EL AFGANO



“--Ni siquiera sabe usted mi nombre –dijo mi Lirio--. Más vale que se lo aprenda por si luego preguntan. Además sentarme aquí fuera y con un jeque desconocido va a terminar con la reputación que me quede. No es que me importe mucho. Las reputaciones son como la flor de la vida. ¡tan frágiles que no merece la pena conservarlas!
Yo seguía sin saber qué hacer; la chica se acercó a mí de forma que pude ver el surco entre sus pechos. Aparté la mirada, pues iba a volverme loco. La sangre silbaba en mis oídos y ante mí había una niebla roja que hasta el momento sólo había aparecido cuando hundía mi cuchillo en la garganta de un enemigo.
         --Soy Nella Carson .--la oí decir--. Tengo veintitrés años, estoy sana de mente y cuerpo y… soy viuda.
Se inclinó hacia delante de forma que no podía verle la cara.
         --Mataron a Jim en Salónica, hace quince meses. Las cosas ocurren así, ¿sabe? Durante un tiempo pensé que era el fin del mundo, pero ahora, bueno, me he hecho más sabia. Maldito mundo, ¿verdad?
En ese momento ansiaba consolarla. Las lágrimas rodaban por sus mejillas y yo, que conocía los secretos del rifle y el cuchillo, me sentía impotente. Sin embargo, al final me volví hacia ella y, como si fuera un milagro, la encontré entre mis brazos. Apenas hacía media hora que la conocía. Ayer no la había visto jamás, pero en ese momento su fragancia me producía un nudo en la garganta.
         --Dime –susurré--. ¿no puedo consolarte?
Entonces encontré sus labios, pétalos de la pasión más pura, que se unieron a los míos y me llevaron al paraíso. Loado sea Alá, porque las mujeres son mujeres, ya sea en Kirmanshah o en Hampstead. Se recostó entre mis brazos con sus esbeltos miembros junto a los míos y podía sentir el latido de su corazón mientras me inclinaba a besar la perfumada blancura de su hombro. No sé cuanto tiempo permanecimos en ese jardín de huríes. Debió de ser bastante pues, cuando regresamos, muchos de los hombres “valiosos” se habían marchado, llevándose sus mujeres. Mi Lirio encontró a la anfitriona prácticamente sola en la sala de baile, y ésta le sonrió dulcemente.
         --¡Vaya conquista! –le oí decir--. Deberías ser un poquito más discreta, Nella querida. ¡Nunca se sabe lo que van a hacer estos extranjeros!
Habría matado a esa mujer si no hubiera recibido una dulce mirada de unos ojos azules que retorció mi corazón igual que el cocinero retuerce el pescuezo de una gallina.
         --¿Me acompañas a casa?—dijo mi Lirio, cuando estuvimos de nuevo bajo las estrellas.
Una calle se extendía vacía ante nosotros. Había pocas luces, pero de repente un taxi se detuvo junto a nosotros. De modo que fuimos a su casa juntos. No sé qué hora era, pues el tiempo nada tiene que ver con la pasión.”

Sirdar Ikbal Ali Shah. Solo en las noches de Arabia. Editorial Sufi. 1994.