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domingo, 20 de septiembre de 2020

OBITER DICTUM





“Desde Herodoto en adelante, las historias de viajeros se escuchan con justificada incredulidad y los conciudadanos de Marco Polo leyeron con tanto escepticismo la narración de sus admirables aventuras que a su volumen le quedó el nombre de Milione: el millón de mentiras que los sagaces venecianos se negaban a tragar.”


Alberto Denti de Pirajno.

viernes, 3 de marzo de 2017

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





EL AROMA DEL VINO VIEJO


       “Navegaba por el Mediterráneo nuevamente en dirección a Eritrea después de un periodo de permiso en Italia, cuando a la altura de Candia un marconigrama desde Egipto me rogó que interrumpiese mi viaje, que desembarcase en Port Saíd y me dirigiese a Alejandría.
       Fue así como en una de estas jornadas otoñales que sólo se tienen entre el Nilo, Suez y Port Saíd, cuando el cielo, la tierra y el mar componen una armonía de tan lograda belleza que llega a ser molesta, como una luz demasiado cegadora, un ceremonioso señor perfectamente esférico, al que parecía que habían sacado brillo con aceito de coco, se me acercó a los pies de un escalón y me dirigió, casi rodando, por interminables corredores de color escarlata, a lo largo de pasillos estucados de blanco hasta una sala abierta que daba al mar; un mar tan azul y tan silencioso que parecía imposible que a dos kilómetros de distancia, frenado por los diques, llevase espuma verdosa y bituminosa en el puerto, entre chirridos de grúas, ululatos de sirenas, jadeos de locomotoras y zumbido de motores.
       El señor ceremonioso hablaba un correcto francés levantino, pero la señora que me esperaba en el salón abierto al mar se expresaba en un inglés que tenía la cadencia de Oxford.
       Había ya coincidido con esta mujer en otros países y en circunstancias completamente distintas. Ahora se había enterado de que tenía que atravesar el Canal para volver a Eritrea y había querido verme.
       Me encuentro con una mujer que ha pasado de los cuarenta hace bastante, a la cual el tiempo ha dado el aroma del vino viejo, la pátina que los siglos extienden sobre los mármoles preciosos. Al verla no se piensa en lo bella que tuvo que ser de joven, más bien parece que su perfección ha alcanzado un carácter definitivo. Alta, delgada, esbelta no esconde los frecuentes cabellos blancos en la masa leonada de su cabellera, no corrige con maquillaje las señales del tiempo, que no envejecen el rostro, sino que le confieren la nobleza de un esmalte.”


Alberto Denti de Pirajno. Medicina para serpientes. Ediciones del Viento.

lunes, 25 de julio de 2016

OBITER DICTUM





“Los dos pueblos, a pesar de convivir sin choques clamorosos, se desprecian cordialmente. Los bereberes encuentran a los árabes obtusos, ladrones y traidores, mientras los árabes dicen que los bereberes tienen la «la avaricia de los hebreos, el veneno de la víbora y la honestidad de una prostituta». Probablemente, tanto los unos como los otros tienden a exagerar los defectos de su vecino.”


Alberto Denti de Pirajno.

viernes, 24 de julio de 2015

OBITER DICTUM





“Cada dos o tres meses, iba a pasar unos días al oasis de Gadames, nudo crucial de todas las pistas que convergen allí desde la costa, Fezzán, Túnez y Argelia. He recorrido los trescientos kilómetros que separan Nalut de Gadames, con todo tipo de transportes: aeroplano, automóvil, camión, caravana, y tengo que reconocer que, aunque es el más incómodo, ninguna forma de viajar iguala la belleza del paso lento del camello sobre una pista soleada. El que, después de días y días de caravana, tiene la fortuna de asomarse al balcón que forman las dunas de Bab, y contemplar desde la silla de un mehari el oasis de Gadames envuelto en la luz de la puesta de Sol, difícilmente podrá olvidar aquel momento.


Alberto Denti de Pirajno.

sábado, 30 de junio de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





YEMBERIÉ IGZAW


         “Era un abisinio del Goyam que se había enrolado en los batallones mixtos, compuestos por ambaras y eritreos. Era bajo de estatura, negro como el carbón y tenía rasgos negroides pero, como buen abisinio, estaba convencido de que era blanco, y decía que los blancos eran rojos, por el colorido del pabellón de la oreja visto a contraluz.
         En amhárico Yemberié significa “mi sol” mientras Igzaw quiere decir “lo dominas”.
         “Mi sol lo dominas” aparentaba una edad indefinible. Parecía un muchachito, pero no debía tener menos de veinticinco años. Al escucharlo, era imposible enterarse de algo. Contaba que se había escapado de casa a los seis años, expatriándose a Eritrea, donde lo habían nombrado jefe de estación –en realidad cuando era un chaval había trabajado como picapedrero a lo largo de la línea ferroviaria y, pasado un tiempo, había conseguido la promoción a capataz--. Pero en cuanto se abrió el reclutamiento para la gente que estaba al otro lado de la frontera, fue corriendo a firmar, y hasta se consideraba un soldado indígena anciano, tan anciano que empezaba a extrañarse de que todavía no lo hubiesen ascendido a muntaz.
         Era un cristiano copto, y orgullosísimo de su fe, se paseaba entre los árabes luciendo en el pecho un gran crucifijo de latón, tan grande que podía ser la envidia de un arzobispo. Tenía una marcada intolerancia hacia los musulmanes, aunque de vez en cuando me hablase con respeto de algún mahometano culto, de algún notable eminente, y tratase con benevolencia a algún artesano honesto y trabajador; pero odiaba sin discriminación a los israelitas, varones o hembras, de todas las edades, cualquiera que fuese su condición social. Las lavanderas de Misurata eran todas hebreas, y Yemberíe se empeñaba en lavarme la ropa blanca para que no se contaminase con contactos impuros. En la primera casa del gueto, hacia el mar, habitaba una lavandera adolescente de una belleza singular, descendiente directa de las mujeres que en el pilón de Betlemme aclaraban la ropa del rey David. Cuando le hablé de esa criatura, que sin duda habría inspirado a Salomón un segundo Cantar de los Cantares, proponiéndole que la invitásemos a casa para dejar en sus manos mis pañuelos sucios, me miro con severidad, y me dijo que nunca más podría sonarme la nariz en un pañuelo tocado por las manos que habían crucificado a Jesús. Intenté en vano demostrarle cómo evidentes razones cronológicas absolvían a esta joven maravillosa del atroz delito, pero me respondió que todos los hebreos eran responsables de la muerte de Cristo, incluso aquellos que no habían nacido.”


Alberto Denti di Pirajno. Medicina para serpientes. Ediciones del Viento.