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miércoles, 1 de diciembre de 2021

OBITER DICTUM






«En la prensa de Madrid se discutió durante mucho tiempo con toda seriedad acerca de la clase de queso que le gustaba a Pablo Iglesias. Un diario le acusó de exigir en todas sus comidas queso de Camembert. Otro rectificó la noticia, asegurando que el señor Iglesias no probaba otro queso que el Chester. Los semanarios socialistas salieron al encuentro de la acusación. Todo era falso. El jefe del socialismo español no comía más que quesos castellanos de ínfimo precio en cantidades inapreciables. Pero su negativa no alcanzó éxito. Los artículos de fondo, las caricaturas, las crónicas políticas comentaron durante mucho tiempo con amargura aquel sibaritismo de Iglesias. »

Wenceslao Fernández Flórez.

viernes, 10 de julio de 2020

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





A Carlos o a Vicente.
Incluso a ambos.
In memoriam.

AGUADORES, SERENOS Y MOZOS DE CUERDA


—Los gallegos andan constantemente con almadreñas por sus calles embaldosadas, lo que produce tanto ruido, que allí a todo el mundo le duele la cabeza. Podemos dividirlos en dos grandes grupos: uno, el de los serenos de comercio, y otro, el de los aguadores. Los serenos se ganan la vida abriéndoles las puertas a los aguadores; y los aguadores, llevándoles agua a los serenos. Cuando se desequilibra por exceso de personal una de las dos clases y hay más serenos que aguadores o más aguadores que serenos, se envía el remanente a Madrid. Debe considerarse también la existencia de un numeroso grupo de mozos de cuerda. Se reconoce asimismo la realidad de una pequeña minoría que pasa sus años bailando incesantemente la «muiñeira».
—Es maravilloso.
—¡Oh! —protestó modestamente—; no tiene importancia nada de lo que digo. Todo el mundo lo sabe. Añadiré que dentro de esa ley general que abarca a todos los gallegos, hay que abrir una subdivisión para los coruñeses; más que a otro oficio, se consagran al cultivo y a la fabricación del pescado, en lo que han hecho notables progresos. Es preciso imaginarse a los pobladores de La Coruña como hombres pensativamente inclinados sobre las retortas de donde han de salir los salmonetes, o sobre los alambiques donde se hace la destilación de la tinta de calamar, o bien regando amorosamente la bien abonada tierra en la que tienen las plantaciones de sardinas, harto preocupados del sol y de las lluvias, porque según sean éstas abundantes o no, así salen sardinas o salen boquerones…

Wenceslao Fernández Flórez.
Las gafas del diablo.

Espasa-Calpe Argentina.

viernes, 19 de octubre de 2012

OBITER DICTUM





Casi todos mis artículos provocan alguna indignación. Pero no la que yo espero, sino otra absolutamente imprevisible. Esto termina por alterar demasiado los nervios. En España existe una porción de personas a las que no conozco, en las que nunca he pensado, en cuyas vidas jamás creo poder cruzarme. Pues bien, de repente, hoy una, otra mañana, se sienten galvanizadas, impelidas por una fuerza superior que provoco, yo no sé cómo, y me escriben cartas comentando artículos que no son míos o afirmaciones que nunca formulé. Estas cartas me aburren, porque todas son iguales. Se reducen a algunos insultos de la mayor vulgaridad y a hacer conjeturas acerca de la cantidad de billetes que me pagan en ABC por cada crónica. Es extraordinaria la unanimidad con que esa diseminada muchedumbre cree que cada noche el propio Juan Ignacio Luca de Tena me llama a su despacho y, jugando al desgaire con un billete de cinco duros, me dice:
–Bueno, Wenceslao, ¿quiere usted decir hoy tal o cual cosa?
–¡No! –rujo, echando chispas por los ojos.
–Sea usted amable –insiste el director, sustituyendo el billete de 25 por otro de 50.
–Jamás –bramo.
       –Medítelo usted, amigo mío –aconseja, mostrando otro papelito de 20 duros.
–Pero mire usted que…
–¿Por qué no se convence? (Dos billetes más).
Hasta que llega a un punto en que me precipito sobre los vales con alegres gritos de “¡Tiene usted más razón que un santo!”, y corro a pergeñar la crónica.


Wenceslao Fernández Flórez.

lunes, 13 de junio de 2011

OBITER DICTUM





Sí; te conozco. Yo te he visto atravesar las calles de mi pueblo, en Galicia. Tras de ti marchaba un aldeano venido de Abegondo o de Altamira. Sobre tus lomos, tres sacos enormes repletos de piñas, te abrumaban. Te reconozco. Tú eres el auténtico «caballo de las piñas». Quizá naciste en Vimianzo y alguien te compró en la feria de Payosaco. Tú estás aquí traído por ese espíritu aventurero, emigratorio, de la raza gallega; estás aquí ganando tu pan como don Eduardo Dato, como el criminalista Doval, como yo mismo… Te reconozco caballo de mi tierra…
Y como el animal hiciese remiso su paso, le grité:
 ¡Ei, besta!
Y él reanudó su andar, su trepar más bien, por la montaña. Y dio un relincho, un ligero y riente relincho, lleno de «saudade».


Wenceslao Fernández Flórez.