Mostrando entradas con la etiqueta Cela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cela. Mostrar todas las entradas

domingo, 31 de diciembre de 2023

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE

 




TONTOS Y LISTOS


«Hay gentes que tienen cosas que decir y las dicen o no las dicen, y gentes que tienen cosas que callar y las callan o las pregonan; para nuestros efectos es lo mismo porque tanto las unas como las otras pueden funcionar con arreglo al esquema que aquí se esboza. Hay gentes que tienen cosas que dicen a todo el mundo; gentes que se las dicen tan sólo a sus mejores amigos; gentes, que ni a éstos siquiera; gentes, que a nadie, y gentes, por último, que ni a sí mismos y no sólo por vergüenza —⁠supuesto admisible⁠— sino también porque ni sabrían expresarlas. Esto de la locuacidad o la discreción son características no siempre fáciles de explicar serenamente, y unas veces ocultan y otras vocean la estulticia, que hay tontos cautelosos y listos deslenguados y voceras.»


Camilo José Cela.

El juego de los madroños.

Editorial Destino.


lunes, 25 de abril de 2022

OBITER DICTUM


 



«Los chinos son muchísimos, según es bien sabido, novecientos millones o más, y muy confusos, al menos para nosotros los occidentales: los gallegos, los castellanos, los vascos, los gascones, los bretones, los normandos, los irlandeses, los galeses, los escoceses, etcétera. Por aquí tenemos mayor variedad; también pudiera ser que la posible variedad de los chinos no sepamos verla porque la distancia y el color amarillo borran, o al menos desdibujan, las perspectivas.»


Camilo José Cela.


lunes, 5 de marzo de 2018

OBITER DICTUM






 Ahí están los dos viejos amigos, ante mí, sin tener nada que decirse, como tantas veces, bastándose con su amistad, con un silencio zumbante de conversaciones remotas. He ahí una amistad cumplida. El vivo es el que asiste al mutismo del otro. El muerto es sólo un amigo enfadado: así he visto siempre a los muertos.
      
Francisco Umbral.

lunes, 25 de mayo de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



A GUADALAJARA


“En la bajada de la estación, algunas mujeres ofrecen al viajero tabaco, plátanos, bocadillos de tortilla. Se ven soldados con su maleta de madera al hombro y campesinos de sombrero flexible que vuelven a su lugar. En los jardines, entre el alborotar de miles de gorriones, se escucha el silbo de un mirlo. En el patio está formada la larga, lenta cola de los billetes. Una familia duerme sobre un banco de hierro, debajo de un letrero que advierte: Cuidado con los rateros. Desde las paredes saludan al viajero los anuncios de los productos de hace treinta y cinco años, de los remedios que ya no existen, de los emplastos porosos, los calzoncillos contra catarros, los inefables, automáticos modos de combatir la calvicie.
El viajero, al pasar al andén, nota como un ahogo. Los trenes duermen, en silencio, sobre las negras vías, mientras la gente camina sin hablar, como sobrecogida, a hacerse un sitio a gusto entre las filas de vagones. Unas débiles bombillas mal iluminan la escena. El viajero, mientras busca su tercera, piensa que anda por un inmenso almacén de ataúdes, poblado de almas en pena, al hombro el doble bagaje de los pecados y las obras de misericordia.
El vagón está a oscuras. Sobre la dura tabla los viajeros fuman, adormilados. De cuando en cuando se ve brillar la punta de un cigarro, se oye el chasquido de una cerilla que ilumina, unos instantes, una faz rojiza y sin afeitar. Unos obreros se sientan, con la chaqueta al hombro, la fiambrera envuelta en un pañuelo sobre las rodillas. Sube al vagón un grupo de pescadores —el cestillo de mimbre en bandolera— que colocan, con todo cuidado, las largas cañas de pescar. Entran mujeres de grandes cestas al brazo, campesinas que han bajado a Madrid a vender huevos y chorizo y queso, a comprar una tela estampada para un traje de domingo, o una gorra de visera para el marido. Dos guardias civiles se acomodan, uno enfrente del otro, en un extremo del departamento, al lado de la puerta, debajo del timbre de alarma y de la placa de loza con el extracto de la legislación de ferrocarriles.
Se apagan las luces del andén y la oscuridad es ya absoluta. A última hora aparecen, subiéndose al tren de un salto, soldados de caballería que van a Alcalá de Henares, que hacen todos los días el mismo viaje.
El tren sale; son ya las siete. De repente, al escapar de la marquesina, el viajero descubre que ya es de día. Dos trenes salen a la misma hora y corren, paralelos, hasta que el otro tira para abajo, camino de Getafe. Es gracioso verlos correr, uno al lado del otro, mientras los viajeros se agolpan en las ventanillas para mirarse. Algunos se saludan con la mano y dan gritos como animando al tren a correr más. En el fondo —no se sabe por qué—, los viajeros de un tren envidian siempre un poco a los viajeros de otro tren; es algo que es así, pero que resulta difícil explicar. Quizá sea, aunque no lo vean muy claro, porque un viajero de tercera se cambiaría siempre por otro viajero, aunque fuera de tercera también.
Sobre la ciudad brilla un violento cielo sonrosado, terso como un espejo, un cielo que parece de cristal de color. Durante mucho tiempo el tren corre entre vías y entre montones de carbón. Se ven máquinas fuera de uso, viejas locomotoras ya jubiladas, que semejan caballos muertos en la batalla y puestos a secar al sol. En un vagón sin enganchar, en un vagón solitario, se agolpan docena y media de vacas negras, de largos cuernos y ubre peluda y escasa, que esperan estoicamente la hora de la puntilla y del ancho cuchillo de sangrar. El viajero piensa que los animales estarán muertos de sed, sin saber demasiado a ciencia cierta qué es lo que les pasa.
El sol aparece sobre el horizonte al cruzar el último cambio de vías de la estación, la última señal, el último disco. Aún no hay niños jugando por los barrios extremos. A lo lejos, al sur, se ve, aislado, el cerro de los Ángeles. El campo está verde y crecido; no parecen los alrededores de Madrid. Entre dos sembrados, un campo sin cuidar, un campo de amapolas meciéndose, suaves, a la ligera brisa de la mañana. El tren marcha ya por la vía libre cuando el viajero se aparta de la ventanilla, se sienta, enciende un cigarro y echa la cabeza atrás.
Al pasar por el apeadero de Vallecas se rompe violentamente el silencioso aire del vagón. Un hombre, con una americana color lila, un pañuelo al cuello y un diente de oro, ofrece a voz en grito unas tiras de cartas de baraja que llevan un numerito por detrás.
--¡A probar la suerte, señoras y caballeros, un paquete especial de caramelos finos o una bolsita de almendras, a elegir! ¡A perra chica, la carta! ¡Después rifaré, en honor del respetable, la muñeca Manolita, el juguete sensación!”


Camilo José Cela. Viaje a la Alcarria. Editorial Espasa-Calpe.

miércoles, 27 de agosto de 2014

OBITER DICTUM





“Mi vida por entonces no podía ser más placentera y menos heroica. Por las mañanas salía en piragua en la mar de Riazor, una piragua canadiense de lona y con la proa y la popa reviradas, salía todos los días o casi todos los días pero casi nunca pasaba de las peñas de enfrente porque hubiera sido peligroso, si hacía frío me ponía un jersey de marinero de manga larga, tenía dos muy bonitos, uno azul y el otro a franjas horizontales blancas y azules, y si llovía iba de boina o con un gorro de punto blanco y con un pompón rojo; en las mareas vivas la mar se enseñaba bastante dura y la gente iba a verme pelear con las olas, ahora aquello me parece una insensatez pero entonces, no; sabiendo tomarle el pulso a las olas y aprovechando la novena, que es la grande, la cosa no era demasiado difícil, esta novena ola me ponía encima del malecón, en la vía del tranvía. La piragua me la guardaba Pachancho en su cueva, hacia el campo de futbol, el viejo Riazor, donde vivía con su mujer y sus siete hijos pequeños, todos niños; Pachancho y los suyos eran tan pobres que no comían más que centollas y pulpos, que era lo que les quedaba más a mano.”



Camilo José Cela.

lunes, 23 de abril de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






EN LA CALLE VELÁZQUEZ


         “La casa de Velázquez, 85, hoy 97 moderno, esquina a Diego de León, fue quizá las más bonita de todas las siete u ocho que tuve en Madrid, de soltero o de casado, hasta que levanté el vuelo de la capital para no volver más que de visita. La casa tenía una estructura un poco desequilibrada pero graciosa; por el lado que da a Diego de León se ven dos pisos y el bajo, claro, y por la parte de Velázquez se alzan dos o tres pisos más, me parece que dos. En la esquina había un jardincito minúsculo, pero en el que quedaba sitio para que pudieran crecer una par de árboles y una enredadera; en una esquina y casi tapado por la yerba languidecía un triciclo al que ningún niño tocó jamás, al lado de una tinaja rota por la mitad en la que una gata parió siete gatitos. A mi no me dejaron llevarme ninguno para casa y los pobres tuvieron una mala muerte porque una criada los puso en la vía del tranvía y el 32, Velázquez-Sol-Fuentecilla, les aplastó el cráneo o los partió por la mitad; la criada estaba muy colorada y muerta de risa, hay gente muy bestia con la que no se debería tener ni piedad ni caridad, la mayoría de la gente mayor es muy bestia y desconsiderada. Ahora aquel jardín ha desaparecido, lo absorbió el Banco de Bilbao que es el actual inquilino de la plata baja; encima está la galería de la que fue nuestra casa, con sus mecedoras, sus helechos y sus cortinas de indiana. A la casa se entraba por Velázquez y creo recordar que no había ascensor, por lo menos para nuestro piso, que era el principal izquierda, la verdad es que tampoco era alto y se subía bien. El edificio era –sigue siendo—de ladrillo rojo y, ya digo, muy armonioso y elegante. Mi cuarto era exterior, era el último de Diego de León y en el cristal de la ventana había un graven, o sea unas lajas de cristal movibles, que duró hasta hace poco, duró lo menos sesentas años y aguantó la guerra civil; lo mandó instalar mi padre para que yo tuviera aire puro porque por entonces ya empezaba a andar medio escorado de las vías respiratorias, ese banco de pruebas de la paciencia que me acompañó con tan enojosa tenacidad hasta bien entrada la madurez. Mis padres, como me cansaba mucho y no se me quitaba la tos, me llevaron a un médico muy bueno, don Jacobo Elicegaray o Elizagaray, que era médico de la Real Casa; vivía en la calle de Velázquez, creo recordar que entre Ayala y Hermosilla, quizá en Hermosilla y Goya, en nuestra misma acera, la de los nones, y lucía una solemne y respetable barba blanca. Don Jacobo era de Santiago, o estuvo trabajando en Santiago, y había sido médico y amigo de mi abuelo John. Don Jacobo era muy cariñoso conmigo y me auscultaba dándole aliento al fonendoscopio para que no estuviese demasiado frío; después me recetaba Siroline Roche para la tos, Tricalcine para los huesos y los pulmones, bronquios, etc., y emulsión Scott y aceite de hígado de bacalao, el negro, que era más fuerte y sabía a arenques prensados, y el claro, que era medio untuoso y repugnante. En una de estas ocasiones don Jacobo mandó que me hicieran una radiografía de tórax y mis padres me llevaron a un radiólogo que me parece que estaba por la calle de Mejía Lequerica, no recuerdo bien; a los dos días mi madre fue a recoger la radiografía, los iniciados le llamaba placa, y al llegar a casa la miró al trasluz y se echó a llorar desconsoladamente. Cuando mi padre vino a la hora de cenar, se la encontró hecha un mar de lágrimas.
            --¿Qué te pasa?
            --¡Tú verás! Fui a recoger la radiografía de Camilo José y tiene un agujero enorme en un pulmón.
            Me padre miró la radiografía y también se alarmó.
            --Bueno, mujer, no anticipemos acontecimientos; ya veremos lo que nos dice don Jacobo, lo bueno de estas cosas es cogerlas a tiempo y el niño no puede estar mejor cuidado.
            Cuando fueron a llevarle la radiografía, don Jacobo, que los vio tan mustios y cariacontecidos, se dirigió a mi madre y le preguntó:
            --¿Qué te sucede, Camila?
            Don Jacobo tuteaba a mi madre y no le cobraba las consultas a mi padre; ellos correspondían tratándole de usted y con mucho respeto y regalándole un capón y dos botellas de champán por Navidad.
            --Nada don Jacobo, aquí le traemos la radiografía del niño.
            Don Jacobo la miro apoyándola en una pantalla de cristal esmerilado y no dijo nada alarmante.
            --Al chiquillo darle mucho de comer y que tome esos potingues que voy a recetarle; no tiene nada de importancia y la tos se le quitará pronto, ya veréis. Traédmelo por aquí antes de iros de veraneo.
            Mi madre y no pudo y sin mayores rodeos preguntó lo que le preocupaba.
            --Oiga, don Jacobo, ese agujero que tiene ahí, ¿no es un poco grande?
            Don Jacobo sonrió casi con dulzura.
            --No, Camila, ese agujero que tiene ahí tu hijo es de su tamaño, ni mayor ni menor; ese agujero que tiene ahí tu hijo es el corazón, puedes marcharte tranquila.”


Camilo José Cela. Memorias, entendimientos y voluntades. Plaza & Janés.

viernes, 28 de enero de 2011

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





ANTES DE LA ALCARRIA


“El viajero está echado, boca arriba, sobre una chaise-longue forrada de cretona. Mira, distraídamente, para el techo y deja volar libre la imaginación, que salta, como una torpe mariposa moribunda, rozando, en leves golpes, las paredes, los muebles, la lámpara encendida. Está cansado y nota un alivio grande dejando caer las piernas, como marionetas, en la primer postura que quieran encontrar.
El viajero es un hombre joven, alto, delgado. Está en mangas de camisa fumando un cigarrillo. Lleva ya varias horas sin hablar, varias horas que no tiene con quién hablar. De cuando en cuando bebe un sorbo —ni pequeño ni grande— de whisky o silba, por lo bajo, alguna cancioncilla.
En la casa todo es silencio; la familia del viajero duerme. En la calle sólo algún taxi errabundo rompe, muy de tarde en tarde, la piadosa intimidad de los serenos.
La habitación está revuelta. Sobre la mesa, cientos de cuartillas en desorden dan fe de muchas horas de trabajo. Extendidos sobre el suelo, clavados con chinchetas a las paredes, diez, doce, catorce mapas con notas y acotaciones en tinta, con fuertes trazos de lápiz rojo, con blancas banderitas sujetas con alfileres.
—Después, nada de esto sirve nunca para nada. ¡Siempre pasa igual!
A caballo de una silla duerme la chaqueta de dura pana. En la alfombra, al lado de un montón de novelas, descansan las remachadas botas de andar. Una cantimplora nueva espera su carga de espeso y saludable vino tinto. Suena en el noble, en el viejo reloj de nogal, la última campanada de una alta hora de la noche.
El viajero se levanta, pasea la habitación, pone derecho un cuadro, empuja un libro, huele unas flores. Ante un mapa de la península se para, ambas manos en los bolsillos del pantalón, las cejas casi imperceptiblemente fruncidas.
El viajero habla despacio, muy despacio, consigo mismo, en voz baja y casi como si quisiera disimular.
     —Sí, la Alcarria. Debe ser un buen sitio para andar, un buen país. Luego, ya veremos; a lo mejor no salgo más; depende.
     El viajero enciende otro cigarrillo —a poco más se quema el dedo con el mixto—, se sirve otro whisky.
—La Alcarria de Guadalajara. La de Cuenca, ya no; por Cuenca puede que ande el pinar; o la Mancha, ¡quién sabe!, con sus lentos caminos.
El viajero hace un gesto con la boca.
—Y tampoco importa que me salga un poco, si me salgo. Después de todo, ¿qué más da? Nadie me obliga a nada; nadie me dice: métase por aquí, suba por allí, camine aquel ribazo, esta laderilla, esta otra vaguada tierna y de buen andar.
El viajero revuelve entre los papeles de la mesa buscando un doble decímetro. Lo encuentra, se acerca de nuevo a la pared y, con el pitillo en la boca y el entrecejo arrugado para que no se le llenen los ojos de humo, pasea la regla sobre el mapa.
—Etapas ni cortas ni largas, es el secreto. Una legua y una hora de descanso, otra legua y otra hora, y así hasta el final. Veinte o veinticinco kilómetros al día ya es una buena marcha; es pasarse las mañanas en el camino. Después, sobre el terreno, todos estos proyectos son papel mojado y las cosas salen, como pasa siempre, por donde pueden.
Busca unas notas, consulta un cuadernillo, hojea una vieja geografía, extiende sobre la mesa un plano de la región.
—Sí; sin duda alguna, las regiones naturales. Los ríos unen y las montañas separan, es la vieja sabiduría; no hay otra división que valga.
El viajero se distrae un instante y toma, de la estantería, el primer libro que alcanza: la Historia de Galicia, de don Manuel Murguía, encuadernado en rojo cartoné ya desvaído por el tiempo. No lo necesita para nada; en realidad, lo coge sin darse cuenta.
—Es gracioso este libro..., es un libro lleno de paciencia.
El viajero está medio dormido y da un par de cabezadas mientras pasa las hojas. Se despierta de nuevo del todo, cuando lee al pie de una lámina: Cromlech que existe en Pontes de García Rodríguez. Lo devuelve a su sitio y piensa que, realmente, tiene los libros bastante mal ordenados. La Historia de Galicia queda entre una Fisiología e Higiene, del bachillerato, y el The sun aiso rises, de Hemingway.
El viajero vuelve ante el mapa.
—Las ciudades las bordearé, como los buhoneros y los gitanos, igual que el jabalí y el gato garduño.
Se rasca una ceja y arruga la frente. El viajero no está muy convencido.
—O no, no las bordearé. Las ciudades hay que cruzarlas, a media tarde, cuando las señoritas salen a pasear un rato, antes del rosario.
El viajero sonríe. Tiene los ojos semicerrados, como de estar soñando.
—Bueno, ya veremos.
Se queda un rato en silencio, pensando muy confuso, muy precipitadamente. Es ya muy tarde.
—¡Qué barbaridad!
El viajero —que se cansa de golpe, igual que un pájaro herido— piensa, al final, que ya sólo falta empezar, que quizás esté dándole demasiadas vueltas en la cabeza a un viaje que se quiere hacer un poco a rumbo, un poco como el fuego en una era: a la buena de Dios y a la que salga.
De la misma botella bebe el último trago.
—No. Estas son las cuentas de la lechera; lo mejor será coger el macuto y echarse a andar.
Se desnuda, desdobla la manta de pelo, apaga la luz y se echa a dormir sobre la chaise-longue forrada de cretona.
Fuera se oye el distante golpear del chuzo contra la acera. Por las rendijas de la persiana se cuela un hilito de claridad. Pasan lentos, entumecidos, los carros de los primeros traperos. El viajero se ha dormido al tiempo de nacer el día como un pollo que sale, un poco avergonzadamente, del derrotado y tibio cascarón.”

Camilo José Cela. Viaje a la Alcarria. Editorial Espasa-Calpe.