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viernes, 3 de febrero de 2023

OBITER DICTUM






«Cuando escuchó la Pasión según San Mateo cayó en un estado que recuerdo porque no pudo conversar de veras conmigo durante varios días. No pudo leer durante toda una semana. Abría un libro pero no era capaz de ver una sola línea; en su lugar sólo oía a la contralto Ilona Durigo. Una noche apareció en mi cuarto con lágrimas en los ojos y me dijo: «Para mí se han acabado los libros, ya no podré leer nunca más». Traté de consolarla y le propuse sentarme junto a ella mientras leía, así dejaría de oír aquellas voces; si las oía era porque estaba sola; pero si yo me sentara junto a ella siempre podría decirle algo con lo que las voces tendrían que desaparecer: «Pero yo quiero oírlas. ¿Entiendes? ¡No quiero oír otra cosa que no sean esas voces!». Fue un estallido tan apasionado que me asusté. Pero estaba, maravillado por ella y guardé silencio. Durante los días siguientes de vez en cuando la miraba interrogante; ella entendía mi mirada y me respondía en una mezcla de felicidad y desesperación: «Todavía las oigo».»


Elías Canetti.




sábado, 4 de septiembre de 2021

OBITER DICTUM






Mi madre, que sentía un odio implacable por la guerra, seguía de cerca todo lo que pudiera significar su fin. No tenía relaciones políticas, pero Zürich se había convertido en un centro de pacifistas de los más diversos países y tendencias. Una vez, al pasar delante de un café, me señaló el enorme cráneo de un hombre sentado junto a la ventana; sobre la mesa tenía una gran pila de periódicos; tenía uno en la mano, que acercaba mucho a sus ojos. De repente echó atrás la cabeza, se dirigió a otro hombre que estaba junto a él, y le habló vehementemente. Mi madre me dijo: «Míralo bien. Es Lenin. Vas a oír hablar mucho de él».

Elías Canetti.

lunes, 15 de julio de 2019

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





EL ANIVERSARIO

"Bien pudiera ser que aquel discurso estuviera lleno de fruslerías; desde siempre tuve buen olfato para ello; pero lo que hirió hasta lo más profundo mis puros sentimientos fue aquella gran consideración por un escritor del que ni siquiera mi madre conocía las obras. Cuando le conté lo que había pasado se quedó atónita y dijo: «No sé, al final tendré que leer algo de él».
La vez siguiente que fui al Círculo de Lectores de Hottingen pedí Los campesinos de Seldwyla, todavía con bastantes reservas mías. La señorita de la ventanilla sonrió, y un señor que había ido a recoger algo me corrigió como si yo fuera un analfabeto: «La gente de Seldwyla», y no faltó mucho para que me dijera: «¿Ya sabes leer?». Me avergoncé mucho y en lo sucesivo me propuse ser más cuidadoso con Keller. No imaginaba entonces con cuánto goce leería un día «Enrique el Verde»; y cuando de vuelta a Viena como estudiante, volví a enfrascarme en Gogol, sólo pude reconocer en la literatura alemana que yo conocía, un relato de la misma talla: «Los tres fabricantes de peines amantes de la justicia», de Keller.
Si tuviera la suerte de seguir vivo en el año dos mil diecinueve, y el honor de estar presente en la celebración de su segundo centenario en la Iglesia del Predicador y de homenajearle con un discurso, encontraría elogios muy distintos para él, que doblegarían hasta al ignorante orgullo de un chico de catorce años."

Elías Canetti.
La lengua absuelta.
Alianza Editorial.

viernes, 13 de julio de 2018

OBITER DICTUM






Lo que con más fuerza crece es el miedo; es impensable lo poco que seríamos sin haber padecido miedo. Es propia del hombre la tendencia a ceder al miedo. Ningún miedo desaparece, pero sus escondrijos son indescifrables. De todas las cosas quizás sea el miedo la que menos cambia. Cuando pienso en mis primeros años lo primero que reconozco son sus miedos, de los que hubo una riqueza inagotable. Muchos de estos miedos los descubro sólo ahora; otros, que no hallaré jamás, deben constituir el misterio que me hace apetecer una vida eterna.

Elías Canetti.

sábado, 12 de noviembre de 2011

OBITER DICTUM






No logro recordar quién fue el primero que me habló del hundimiento del Titanic. Sin embargo nuestra institutriz lloró durante el desayuno, jamás la había visto llorar antes, y Edith, la criada, vino al cuarto de los niños, donde no la veíamos nunca, y lloró con ella. Me enteré de lo del iceberg, de lo espantoso de que se ahogaran tantas personas, pero lo que más me impresionó fue el que la orquesta siguiera tocando hasta que el barco se hundió. Quise saber qué habían tocado y me contestaron con una impertinencia. Entendí que había preguntado algo impropio, y me puse a llorar con ellas. Llorábamos los tres a la vez cuando mi madre llamó a Edith desde abajo; probablemente se acababa de enterar en aquel momento. Entonces bajamos la institutriz y yo y encontramos a mi madre y a Edith llorando juntas.

Elías Canetti.