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viernes, 30 de noviembre de 2018

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





POR VENECIA


       “En Venecia se levantan tarde, comen tarde, cenan tarde, y se acuestan tarde. Por las mañanas las señoras salen en su góndola con basquiña y cendal; las viejas se van a misa y a visitar monjas, y las mozas con sus maridos o sus amantes a dar un paseo por la Plaza de San Marcos, y a pasar un par de horas en los casinos en buena compañía y tomar café, siendo de advertir que en Venecia suelen tomar café siete u ocho o más veces al día, bien que el café es excelente y las tazas pequeñas. Después del teatro, se juntan, o en los casinos o en las casas particulares, y dura la conversación o el juego toda la noche, sale el sol y se van a la cama, todo esto debe entenderse de la gente culta y de buen tono, porque la canalla tiene otras horas y otros estilos. Los venecianos son en general muy corteses, alegres, habladores, elegantes en el vestir, pero sin afectación; hay bella juventud en uno y otro sexo; el lenguaje es un toscano corrompido por la pronunciación, con algunas palabras provinciales, y un tonillo gracioso, que es particular al país.”


Leandro Fernández de Moratín. 
Viage a Italia.
M. Rivadeneyra

lunes, 30 de marzo de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






POR ZURICH


“Zurich está situada al fin de un hermoso lago, que toma el nombre de esta ciudad, y un pequeño río que desemboca en él, la divide en dos. Muchas cuestas en ella, mal empedrada, casas muy altas, viejas y sin elegancia, calles torcidas, callejones estrechos, tenebrosos, largos. Quien haya visto las tiendecillas y mercancías de algunas de nuestras ciudades, por ejemplo de Alcalá, ve una copia exacta de las de Zurich: aquellas puertas en arco, aquellos mostradores sucios, aquellos escaparatillos con cintas, botones de metal, navajas, dedales y paquetes cagados de moscas, y aquella casaca y aquel peluquín del amo de la tienda. No hay cafés ni vi librería cuyo surtido pasara de treinta tomos, ¿y para qué es menester más? Sus campos están bien cultivados, comen bien y viven contentos, ¿no saben bastante?, ¿naciones ilustradas sabéis otro tanto?
En los pocos edificios modernos de alguna consideración hay mucha pesadez y mal gusto de adornos. Sobre las ventanas bajas de la Casa de la Ciudad hay varios bustos mal ejecutados, a un lado vi los de Temístocles, Epaminondas, Scévola, Cocles, Arístides..., y al otro, los de varios héroes nacionales, recomendables por los servicios que hicieron a su país, todos ellos, así los antiguos como los modernos, tienen un lema latino alusivo a sus virtudes patrióticas.
Vi sobre el río fábricas donde se pintan lienzos, levantando el agua que necesitan por medio de grandes ruedas con arcaduces, movidas por la misma corriente. Muchos talleres de varios oficios, artes útiles, pero rudas. Abundancia de frutas, excelente hortaliza, gran carnicería; mucha gente, ningún lujo; las damas de este país no me parecen las más a propósito para enseñar actitudes elegantes al teatro ni a las bellas artes, se visten para no estar desnudas y andan por no estar paradas.
Buena posada sobre la orilla del lago, deleitosa vista desde mis ventanas, enfrente montes con árboles y al pie de ellos pequeñas laderas con mucho cultivo y un sin número de casas pequeñas de labranza o de recreo, entre la frondosidad de jardines y frutales de que está cubierta toda aquella orilla, a otra parte la ciudad y el río, que la atraviesa, y a la del sur montes altos que me entristecen el ánimo al considerar que he de pasar por ellos. El lago, hermosísimo, sus aguas muy claras, barcos largos y chatos para el transporte de granos y otros frutos. A la parte de oriente una eminencia que domina la ciudad, con muchas casas de campo, algunas construidas con elegancia y comodidad, rodeadas de viñas, huertas y jardinillos. En éstos no reina el mejor gusto, galerías, pedestales, balaústres, pirámides, boliches de bojes y murtas, donde gime la naturaleza bajo, la tijera y el compás para producir formas extravagantes y mezquinas y esto en un país donde ella presenta por todas partes las más hermosas. Zurich es capital del cantón de este nombre, está fortificada, aunque pienso que no completamente, vi pararrayos en muchas casas y montaderos a la antigua en las puertas, muchas fuentes. La gente es sencilla y cortés.
Como muy bien y salgo a las cuatro para Lucerna, distante de aquí unas ocho leguas, el camino es un reventadero para los infelices caballos por las penosas cuestas que hay que subir y bajar, por lo demás es viaje muy divertido. Montes de mucha frondosidad y repartidas por ellos y en las vegas y cañadas que forman, muchas casas de labranza, distantes unas de otras un tiro de piedra, las más son de madera, todo es rústico, pintoresco y pobre. El camino, aunque mucho más angosto que los de Inglaterra, se parece a aquéllos por los continuos vallados de arbustos y árboles que le adornan a un lado y otro. Hay muchos frutales y desde la silla de posta iba cogiendo ciruelas y manzanas. Abundancia de fuentecillas que se componen de un tronco perpendicular por donde sube el agua, un caño de hierro y otro gran tronco de nogal, socavado, que hace de pilón, a modo de una artesa. Hice noche en medio de estos montes en un lugarcillo infeliz, en cuya posada hallé una buena sopa, una excelente tortilla, pichones, pollos, jamón, un guisado de vaca, manteca, queso, barquillos y vino tinto y blanco.”


Leandro Fernández de Moratín. Viage a Italia. Madrid. M. Rivadeneyra.

miércoles, 28 de mayo de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






ROMA



“La mala policía de Roma se ve desde luego en la suciedad de sus plazas y calles, que sirven de basurero a la vecindad, exceptuando algunas, que parece que tienen privilegio exclusivo para estar limpias, a cada paso se hallan, en los parajes más públicos de la ciudad, montones de basura hediondos, que impiden el paso y apestan el aire. Cualquiera que haya paseado las cercanías de la Plaza de España, que es una de las barriadas más frecuentadas de Roma, habrá visto hasta qué punto llega la desidia del Gobierno en esta parte. En Roma no hay más alumbrado público que el de la luna; cuando ésta falta, todo es tinieblas. La salida de los teatros, a media noche, por callejuelas puercas, oscurísimas entre la confusión de los coches, que corren disparados por todas partes, sin haber quién los contenga ni los ordene, es una de las más difíciles y peligrosas operaciones que tiene que hacer la gente de a pie; todo cochero tiene derecho de atropellar y aplastar impunemente a cuantos animales, llamados hombres, encuentre al paso. Los mendigos son otros tantos basureros ambulantes, que se atraviesan por las calles, entran en las tiendas y los cafés casi desnudos, llenos de jirones y arambeles, hinchados, llenos de costras y úlceras, monstruosos, hediondos, acompañando sus gestos y convulsiones con plegarias lamentables. Otros, que tienen puesto fijo en los parajes más concurridos de la ciudad, se tienden por el suelo, se agrupan con dos o tres chiquillos sarnosos y acancerados, o se ponen de rodillas, cubiertos de una sotana negra, con una cruz en la mano, los brazos abiertos, cerrados los ojos, la barba larga, macilento el color, la voz profunda, con un farol de papel puesto en el suelo, que ilumina de noche la figura y el rostro, produciendo un efecto de luces y sombras digno de los pinceles del Caravaggio; éstos, y las mujeres que se cubren con un trapajo negro la cabeza y el pecho, y prenden un cartel, donde se dice que es una señora, viuda de un capitán, mujer de obligaciones, con cuatro criaturas..., son ciertamente los que menos remueven el estómago; pero también son los más impostores, ninguno de ellos vi que no gozase de salud perfecta, los demás ganan el pan a costa de sus miembros, y por muchos cuartos que recojan, no se les pagan las crueles operaciones que sufren para ejercitar la caridad pública.
No hay extravagancia inglesa que ya no se imite en Italia, ya es moda emborracharse con ponche, hartarse de cerveza, estragarse el estómago con té, dejarse crecer las patillas, cortar las colas a los caballos, correr en ellos, y caer y matarse, gracias a la ridícula construcción de sus sillas, componer comedias que hacen llorar, tragedias que hacen reír, admirar a Milton y criticar al Taso. Y entre tantas cosas como se imitan de aquella nación, no se ha imitado hasta ahora la caridad bien entendida, el arreglo admirable de que cada ciudad y cada parroquia mantenga sus pobres, que no se confundan los infelices con los pícaros, que no se vean espectáculos tan repugnantes e indecentes, que la vejez, la enfermedad, las desgracias humanas hallen un alivio seguro en la protección celosa del Gobierno y en la caridad cristiana, que favorece sus ideas; y la impostura, la holgazanería y los vicios que la acompañan, un castigo inevitable en los calabozos y las galeras.
Habiendo hablado ya de la poca limpieza en las calles de Roma, debe inferirse, por consecuencia, que el barrio de los judíos será un muladar asqueroso y pestífero, porque al descuido general del Gobierno se añade la suciedad y sordidez que particularmente caracteriza al pueblo de Dios. Estos infelices, que pasan de cuatro mil entre chicos y grandes (número que no se incluye en la población total de Roma), viven en un barrio que se cierra de noche en malas habitaciones, amontonados unos sobre otros, por la estrechez del sitio. Aquél es el recogedero de los trapajos más sucios, y aquélla la fábrica donde las reliquias fétidas de lo basureros se convierten en lienzos, paños, sedas y vestidos, que al quererlos usar se deshacen en átomos invisibles. Esta es su principal industria, y éste su comercio; su aplicación, su actividad, son admirables; pagan crecidos tributos, viven oprimidos y despreciados; se sustentan en fuerza de lo que mienten y lo que engañan, pero el Gobierno no les permite otros medios de prosperar. Han solicitado que se les venda un terreno dentro de Roma, para edificar en él un barrio más sano y de una extensión proporcionada a su número, y no lo han podido conseguir, el populacho los detesta, los escarnece, y les compra sus pérfidas mercancías; no hay conmoción popular que no amenace su destrucción. Cuando se alborotó la plebe de Roma, cuatro años ha, y cometió con superior impulso el execrable asesinato de Basville, la turba feroz de los trastiberinos iba ya de mano armada a quemar y saquear el barrio de los judíos, como si hubiese alguna conexión entre la superstición judaica y la constitución francesa entre el Tálmud y los Derechos del Hombre, pero esto prueba a qué estado de opresión y envilecimiento están reducidos. Enfrente de una de sus puertas hay una iglesia, en cuya fachada está pintado un Cristo, con dos inscripciones al pie, una en latín y otra en hebreo, para que lo entiendan mejor, sacadas del capítulo 65 de Isaías; la latina dice así: «Expandi manus meas tota die ad populum incredulum qui graditur in via non bona post cogitationes suas. Populus qui ad iracundiam provocat me ante faciem meam semper».”

Leandro Fernández de Moratín. Viage a Italia. Madrid. M. Rivadeneyra.