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sábado, 8 de mayo de 2021

OBITER DICTUM







Esto, que se ha hecho en siglos pasados en América, en Africa y en Oceanía, ahora se quiere hacer en Europa. Como los alemanes necesitan palabras universitarias para legitimar sus ideas de conquista, a eso han llamado la política del espacio vital. Todo ello es darle vueltas a lo mismo. Los Estados modernos quieren tener como dos técnicas: una de simulaciones, de palabras razonables, basadas en el derecho; otra de realidades, la del espacio vital, basada en la guerra. Con la una se discuten todos los puntos de un tratado con gran seriedad y gran meticulosidad; con la otra se hace cínicamente lo que conviene, sin hacer caso de lo que se ha firmado.

Pío Baroja.

sábado, 7 de julio de 2018

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



GRIEGOS Y JUDÍOS


    “Los griegos compiten con los judíos por ser la raza con mayor conciencia política del mundo. Por desesperadas que sean sus circunstancias o por graves que sean los peligros que corre su país siempre están divididos entre muchos partidos, con numerosos dirigentes que luchan entre sí con un vigor desesperado. Bien dicen que donde quiera que haya tres judíos juntos habrá dos primeros ministros y un jefe de la oposición. Y lo mismo se puede decir de esta otra famosa raza antigua, cuya lucha por la vida, violenta e infinita, se remonta a las fuentes del pensamiento humano. No hay otras dos razas que hayan dejado en el mundo una marca semejante. Las dos han demostrado su capacidad de supervivencia a pesar de los peligros interminables y los sufrimientos producidos por los opresores externos equiparables tan sólo a sus propias enemistades, luchas y convulsiones incesantes. Aunque pasen varios miles de años no se aprecia ningún cambio en sus características ni disminuyen sus padecimientos ni su vitalidad. Han sobrevivido a pesar de todo lo que el mundo pudo hacer contra ellos y de todo lo que ellos pudieron hacer contra sí mismos, y cada uno de ellos desde ángulos tan diferentes nos ha dejado la herencia de su genio y su sabiduría. No hay dos ciudades que hayan contado más en la historia de la humanidad que Atenas y Jerusalén. Sus mensajes sobre la religión, la filosofía y el arte han sido los principales faros de la fe y la cultura modernas. A pesar de siglos de dominio extranjero y de opresión indescriptible e infinita siguen siendo unas importantes comunidades vivas y activas en el mundo moderno, con enfrentamientos intestinos de una vivacidad insaciable. Personalmente siempre he estado de parte de las dos y he creído en su poder invencible para sobrevivir a los conflictos internos y a las corrientes mundiales que amenazan con extinguirlas.”


Winston S. Churchill. 
La Segunda Guerra Mundial. 
La Esfera de los Libros.

martes, 6 de marzo de 2018

OBITER DICTUM






«Si queremos entender la política exterior inglesa, no hay que preguntarse nunca si Inglaterra hará esto o aquello pensando en el bien de la humanidad, o de Europa, o de un pueblo oprimido, o de un derecho burlado, o de una causa justa. Inglaterra siempre hará o dejará de hacer algo según convenga, o según le parezca que conviene, a su estricto interés del momento; y, dado que ese interés varía, como el viento del mar, la política exterior británica salta con increíble presteza, casi cínica, de un cuadrante a otro, y al parecer también cambia de manera continua, y se contradice a sí misma, y ahora dice blanco y luego negro, desconcertando y defraudando a todo el mundo. De ahí su fama de pérfida. Pero, en el fondo, no hay más firme, continua e inmutable, porque, bajo esos cambios de piel que desorientan y perjudican a los demás, ella siempre va recorriendo su propio camino, y ningún otro más que el suyo.»


Gaziel

viernes, 25 de marzo de 2016

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





DE LA VICTORIA A LA ESTUPIDEZ


         “Las disposiciones económicas del Tratado eran tan perversas y  tan absurdas que evidentemente resultaron fútiles. Condenaban a Alemania a pagar unas indemnizaciones fabulosas. Estos dictados eran una manifestación de la ira de los vencedores, pero también implicaban que sus pueblos no se daban cuenta de que ninguna nación ni comunidad vencida puede pagar nunca un tributo que compense los costes de la guerra moderna.
         Las multitudes seguían sumidas en la ignorancia de los datos económicos más elementales, y sus líderes, en su afán por conseguir sus votos, no se atrevían a decepcionarlas. Los periódicos, como siempre, reflejaban y destacaban las opiniones dominantes. Pocas voces se alzaron para explicar que las indemnizaciones sólo se pueden pagar con servicios, o mediante el transporte físico de mercancías en vagones que atraviesen las fronteras terrestres, o por barcos que surquen los mares; o que cuando estos productos lleguen a sus países de destino desplacen a la industria local, salvo en sociedades muy primitivas o controladas con mucho rigor. En la práctica, como ya han aprendido hasta los rusos, la única forma de expoliar a una nación derrotada es llevarse los bienes muebles que interesen y una parte de sus hombres, como esclavos temporales o permanentes. Pero las ganancias que se obtienen de este modo no guardan ninguna relación con el coste de la guerra. Ninguna de las personas que ocupaban altos cargos tuvo el tino, el ascendiente o la imparcialidad frente a la locura general para explicarle al electorado estas crudas verdades fundamentales; aunque tampoco nadie les hubiera creído. Los aliados triunfantes siguieron afirmando que exprimirían a Alemania «como un limón», lo cual tuvo gran influencia en la prosperidad del mundo y en el talante de la raza alemana.
         Sin embargo, en la práctica, estas disposiciones no se cumplieron nunca. Al contrario, mientras que las potencias vencedoras se apropiaron de alrededor de mil millones de libras esterlinas en bienes alemanes, pocos años después le prestaron más de mil quinientos millones, sobre todo Estados Unidos y Gran Bretaña, de modo que Alemania pudo reparar rápidamente las ruinas de la guerra. Como esta aparente magnanimidad iba acompañada además por el clamor mecánico de las poblaciones infelices y amargadas de los países vencedores y la garantía de sus estadistas de que harán pagar a Alemania «hasta el último céntimo», no cabía esperar ni gratitud ni buena voluntad.
         La historia calificará todas estas operaciones de demenciales, ya que contribuyeron a generar tanto la maldición marcial como la «tormenta económica», de las que hablaremos más adelante. Toda una historia lamentable de compleja estupidez en cuya confección se malgastaron muchos esfuerzos y virtudes.”


Winston S. Churchill. La Segunda Guerra Mundial. La Esfera de los Libros.

viernes, 14 de septiembre de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EL BUENO, EL FEO Y EL MALO


            “Una vez finalizada nuestra conversación de una hora me puse en pie y me despedí. De pronto Stalin pareció incómodo y me dijo, con una cordialidad que todavía no había usado nunca conmigo: “Si se va al amanecer, ¿por qué no vamos a mi casa a beber algo?” Dije que en principio siempre estaba a favor de este tipo de políticas. De modo que me condujo por numerosos pasillos y salas hasta salir a una calzada tranquila, dentro del Kremlin, y al cabo de un par de centenares de metros llegamos al apartamento donde vivía. Me enseño sus habitaciones, que eran de tamaño mediano, sencillas y dignas, cuatro en total: un comedor, un estudio, un dormitorio y un cuarto de baño grande. Entonces aparecieron primero un ama de llaves muy anciana y después una hermosa niña pelirroja que besó a su padre, como correspondía. Él me miró con satisfacción y me pareció como si dijera: “¿Lo ve? Hasta los bolcheviques tenemos una familia”. La hija de Stalin comenzó a poner la mesa y poco después apareció el ama de llaves con algunos platos. Mientras tanto, Stalin se había puesto a descorchar varias botellas con las que empezó a organizar un buen despliegue. Entonces propuso: “y si invitamos a Mólotov? Le preocupa el comunicado. Podríamos resolverlo aquí. Y Mólotov tiene una ventaja: sabe beber”. Entonces me di cuenta de que habría una cena. Yo tenía previsto cenar en la Villa del Estado núm. 7 donde me esperaba el general Anders, el comandante polaco, de modo que le pedí a mi nuevo y excelente intérprete, el comandante Birse, que telefoneara para avisar que no regresaría hasta después de medianoche. En ese momento llegó Mólotov. Nos sentamos y, con los dos intérpretes, éramos cinco en total. El comandante Birse había vivido veinte años en Moscú y se entendió muy bien con el mariscal, con el que mantuvo durante un rato una animada conversación en la que no puede participar.
         Estuvimos sentados a esta mesa desde la 20.30 hasta las 2.30 de la madrugada, lo que, sumado a mi entrevista anterior, daba un total de más de siete horas. Evidentemente la cena se fue improvisando en el momento, pero poco a poco fue llegando más comida. Picoteamos, como suele ser habitual en Rusia, de una larga serie de exquisiteces, y degustamos una variedad de vinos excelentes. Molotov se mostró sumamente afable y Stalin, para aligerar la situación, se burlo de él sin piedad.
         Al final hablamos sobre los convoyes a Rusia, lo que provocó que hiciera un comentario desagradable y grosero sobre la casi total destrucción un convoy ártico en junio.
         “Pregunta el señor Stalin –dijo Pávlov, vacilante—si la Armada británica no tiene sentido de la gloria. “Le respondí: “Puede creerme que lo que se hizo estuvo bien hecho. Realmente sé mucho sobre la Armada y la guerra en el mar”. “Esto significa –dijo Stalin-- que yo no sé nada.” “Rusia es un animal terrestre –dije--; en cambio, los británicos son animales acuáticos.” Calló y recuperó su buen humor. Entonces cambié el tema de la conversación hacia Mólotov. “Sabía el mariscal que la última vez que su ministro de Asuntos Exteriores estuvo en Washington dijo que estaba decidido a hacer una visita a Nueva York por su cuenta, y que su regreso no se retrasó por ningún fallo del avión sino porque se había ido por ahí?”
         Aunque en una cena rusa se puede decir en broma casi cualquier cosa, este comentario hizo que Mólotov se pusiera bastante serio. En cambio, la cara de Stalin se encendió de júbilo al decir: “En realidad no fue a Nueva York sino a Chicago, donde viven los demás gángsteres”.



Winston S. Churchill. La Segunda Guerra Mundial. La Esfera de los Libros.

sábado, 2 de julio de 2011

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





EL CANÍBAL AUSTRIACO





“En octubre de 1918, un cabo alemán perdió la vista temporalmente como consecuencia de un ataque británico con gas mostaza, cerca de Comines. Mientras estuvo ingresado en un hospital de Pomerania, la derrota y la revolución asolaron Alemania. Hijo de un oscuro funcionario de aduanas austriaco, de joven había soñado con llegar a ser un gran artista pero, al negársele el acceso a la Academia de Arte de Viena, vivió en la pobreza en esa capital y después en Munich. En ocasiones como pintor de paredes y a menudo como trabajador eventual, sufrió privaciones físicas que hicieron crecer en él un resentimiento violento, aunque oculto, por el éxito que le mundo le había negado. Pero estos infortunios no lo condujeron a las filas comunistas sino que, por una honrosa inversión, le hicieron acariciar todavía más una sensación anormal de lealtad racial y una admiración ferviente y mística por Alemania y el pueblo alemán. Se presentó a filas enguanto estalló la guerra y prestó servicio durante cuatro años en un regimiento bávaro en el frente occidental. Éstos fueron los comienzos de Adolf Hitler.
Durante el invierno de 1918 que pasó en el hospital, ciego e indefenso, su propio fracaso personal pareció fundirse con el desastre de todo el pueblo alemán. El impacto de la derrota, el desmoronamiento de la ley y el orden y el triunfo de los franceses produjeron en este cabo convaleciente una agonía que consumió su ser y que engendró esas fuerzas del espíritu portentosas e inconmensurables que pueden significar la salvación o la condena de la humanidad. La caída de Alemania le parecía inexplicable por procesos naturales. En algún lugar había habido una traición gigantesca y monstruosa. Solitario y encerrado en sí mismo, el humilde soldado reflexionaba y especulaba sobre las posibles causas de la catástrofe, con su escasa experiencia personal como  única guía. En Viena se había relacionado con grupos ultranacionalistas alemanes y había oído hablar de las actividades siniestras y destructivas de una raza de enemigos y explotadores del mundo nórdico: los judíos. Su ira patriótica se fundió con su envidia de los ricos y los triunfadores en un solo odio arrollador.
Cuando finalmente, como a un paciente cualquiera, le dieron el alta del hospital, llevando todavía el uniforme por el que sentía un orgullo casi pueril, ¡qué espectáculo vieron sus ojos recién destapados! ¡Qué temibles son las convulsiones de la derrota! A su alrededor, en un ambiente de desesperación y frenesí, brillaban las peculiaridades de la revolución roja. Los vehículos blindados recorrían como una exhalación las calles de Munich repartiendo panfletos o balas entre los caminantes fugitivos. Sus propios camaradas, con desafiantes brazaletes rojos sobre el uniforme, gritaban eslóganes furiosos contra todo lo que a él le importaba en la vida. Como en un sueño, todo se aclaró de repente. Alemania había sido apuñalada por la espalda y destrozada por los judíos, por los especuladores y los intrigantes que había detrás del frente, por los malditos bolcheviques con su conspiración internacional de intelectuales judíos. Radiante ante él vio su deber: salvar a Alemania de esta calamidad, vengarla y conducir a la raza superior hacia el destino que la aguardaba.
Los oficiales de su regimiento, muy preocupados por el espíritu sedicioso y revolucionario de sus hombres, se sintieron satisfechos al dar con uno, al menos, que parecía comprender la raíz de la situación. El cabo Hitler quería seguir movilizado y encontró empleo como “oficial de educación política” o agente. De esta forma, reunía información sobre motines y propósitos subversivos. Entonces, el oficial de seguridad para el que trabajaba le dijo que asistiera a los mítines de los partidos políticos locales de todo tipo. Una noche de septiembre de 1919 el cabo fue al mitin de Partido de los Trabajadores Alemanes que se celebraba en una cervecería de Munich, donde escuchó decir por primera vez lo que él opinaba en secreto acerca de los judíos, los especuladores, los “criminales de noviembre” que habían empujado a Alemania al abismo. El 16 de septiembre se afilió a este partido y poco después, combinándolo con su trabajo militar, se dedicó a hacerle propaganda. En febrero de 1920 se celebró en Munich el primer mitin masivo del Partido de los Trabajadores Alemanes, en el que destacó el propio Adolf Hitler que esbozó en veinticinco puntos el programa del partido. Se había convertido en político. Había comenzado su campaña de salvación nacional. Fue desmovilizado en abril y se entregó de lleno a la expansión del partido. A mediados del año siguiente había desbancado a los líderes originales y, gracias a su pasión y su genio, obligó al público hipnotiza a aceptar su control personal. Ya era “el führer” Compraron un periódico de poca difusión, el Voelkischer Beobachter, que se convirtió en órgano del partido.”

Winston S. Churchill. La Segunda Guerra Mundial. La Esfera de los Libros.