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miércoles, 18 de julio de 2018

OBITER DICTUM






A las siete el cielo está teñido de oro y rosa, pero apenas salimos hacia Rocca, llegan los nubarrones desde el Campidoglio: relámpagos, truenos, lluvia torrencial. Estoy asustado, me preocupa tener que conducir, pero doy un trago a la botella de whisky y me siento mejor. Me falta la risa de la vida, me digo al volver del estanco. Entonces pienso en la oración: «Prepáranos para la aventura, pero no nos ahorres los peligros.»


John Cheever

viernes, 22 de septiembre de 2017

OBITER DICTUM







1954


         “En Tarrytown vi un bote hundido por las lluvias de agosto. Cogí el tren de Boston que sale a la una. Me tomé unos whiskies en el comedor con un comerciante campechano. El comedor olía a comida rancia. La mantelería era sórdida; los camareros hoscos. La taza del lavabo estaba rota y al mirar dentro vi pasar las vías. Por la ventanilla, el paisaje otoñal; los arroyos desbordados y el mar, que en la costa parece contar una historia muy triste. He hecho este viaje mil veces y en vista de lo sucedido en el pasado, me parece lógico sentir ansiedad; sufrir regresiones a la infancia; sentir temor, no de las imágenes sino de las sombras, de esa creación que veo con el rabillo del ojo.”


John Cheever





miércoles, 14 de diciembre de 2016

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





UN HOMBRE SOLO


“Un hombre solo es un ser solitario, una piedra, un hueso, un palo, un receptáculo para la ginebra Gilbey, una figura encorvada sentada en el borde de la cama de un hotel, lanzando suspiros ruidosos como el viento otoñal. ¿Sería Hammer uno de esos hombres que, habiendo formado una pareja poco feliz, carecería de la vitalidad y la inteligencia para romperla? No tiene más vida afectiva que inventar rubias. Su única vida sexual es meneársela. Viaja con sus rubias en barco y en avión; les muestra las magnificencias de París, Roma y Leningrado; pide comidas de cuatro platos en los restaurantes; observa con detenimiento la carta de vinos; las lleva a pasear; les extiende cheques; les compra joyas; se queda dormido con las caderas rodeadas de montes de Venus. Jamás deja de cepillarse los dientes y afeitarse antes de hacer el amor. La señora Hammer diría:”Eres un felpudo, un felpudo calzonazos, y no me eches a mí la culpa. Eres de los que creen que un buen día se enamorará de ellos una rubia esbelta, culta, hermosa, rica e inteligente. Como si lo viera. Es repugnante. Tiene pelo lacio, piernas largas, veintiocho años, divorciada pero sin hijos. Seguro que es actriz o cantante de cabaré. Hasta ahí llega tu imaginación. ¿Qué haces con ella, amigo, qué haces aparte de llevártela a la piltra? ¿Qué puede hacer un felpudo calzonazos? ¿La llevas al teatro o a cenar? ¿Le compras joyas? ¿Viajáis? Seguro que sí. Es lo que tú llamas ser distinguido. Catorce días en el Cristoforo Colombo, polvos mañana, tarde y noche, y a las siete vais al bar de primera clase vestidos de etiqueta. ¡Qué pareja más soberbia! ¡Qué mierda! Pero no, elegirías el Flandre para alardear de que sabes francés. Y la llevas a pasear por todo París, mostrándole tus viejas guaridas. Siento pena por ella; de verás. Pero escucha bien, amigo, presta atención: si apareciera esa rubia, no tendrías agallas para llevártela a la cama. La mirarías con ojos de carnero degollado, la achucharías detrás de la puerta de la cocina, pero al final no me serías infiel. Si aparece la rubia, cosa que no va a ocurrir. ¿oyes lo que te digo? No va aparecer ninguna rubia. Esa rubia no existe. Estás viejo, tienes cinco dientes postizos, mal aliento, pelos en la panza y serás un solitario el resto de tu vida. Estarás solo durante el resto de tu vida.
         Bueno, a ver, contesta. ¿Qué te pasa, se te ha comido la lengua el gato? ¿No respondes a las ofensas? Ya sé, te haces el santo. La otra mejilla, ¿eh? Bueno, si hay algo que puede empujar a una buena mujer a la bebida y la fornicación es la convivencia con un hijo de puta que se cree un santo. Una copa es lo que voy a tomarme en cuanto llegue a casa.”


John Cheever. Diarios. Emecé Editores.

domingo, 15 de marzo de 2015

OBITER DICTUM






1971

         “La aterradora insularidad de un hombre y una mujer casados, enfrentados en un ring imaginario, dándose golpes verbales en los ojos y los genitales. El ambiente es biempensante, propio de la cultura en que viven. Su ropa es la adecuada para esta parte del mundo, esta época del año, este nivel de ingresos. Hay flores (de invernadero) en la mesa (heredada). Los niños duermen o velan en los dormitorios del primer piso. Parecen tan arraigados en este medio como si hubieran nacido aquí, como los árboles en el jardín, pero en el momento más violento del combate se diría que están en un cráter de la luna, un árido desierto, el Sahara. Su insularidad es incomprensible. Éste es un lugar abandonado.”


John Cheever

viernes, 30 de noviembre de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EL AIRE DE ROMA


“Lo que no mencionan las guías es la sensación de peligro que experimenta el turista en Roma. Al volver a la ciudad después de un fin de semana largo, ves la larga fila de coches fúnebres ante las puertas del Campo Verano. Casi todos los coches y carrozas fúnebres de Roma están ahí, y mientras observas, otros dos se suman a la cola. Debe de haber unos veinticinco. Preguntas a uno de los conductores qué sucede y responde que se debe a la epidemia. Hace tres días que transporta cadáveres sin un momento para comer o descansar. Se persigna y avanza lentamente hacia la entrada. En la ciudad, en la Piazza Venezia, es una noche de invierno, con la lúgubre humedad característica de esa parte del mundo. Los reflectores que apuntan al monumento, las nubes amarillas de una niebla de gran ciudad. Estacionas el coche, giras la llave de contacto, inmovilizas el volante y cierras bien todas las puertas, porque los robos son habituales en este barrio. Entras a un bar a comprar cigarrillos y son tales la humedad y el frío que la pobre chica que te atiende está temblando a pesar de sus tres jerséis de lana y las botas forradas de piel. Compras el periódico vespertino. En el bar y en las calles, todo el mundo tose. Le preguntas al portero de nuestra casa qué sabe sobre la epidemia y responde que hay peste, pero que por la gracia infinita de Dios, su casa y su familia están bien. Su hermana se ha llevado a los niños a Capranica para huir del aire envenenado de la ciudad, pero él no tiene adónde enviar a sus hijos. Sólo le queda rezar. Arriba, en tu casa, te sirves un buen whisky medicinal y sales al balcón a contemplar la peligrosa y extraña ciudad. Llamas a otro amigo y una voz desconocida te dice que se ha ido a Suiza. Llamas a otro amigo, que ha salido hacia Mallorca. Llamas al médico. Está de mal humor, porque tu llamada ha interrumpido su cena. Le preguntas si la ciudad es peligrosa. “Sí, claro que la ciudad es peligrosa –responde a gritos--. Roma siempre ha sido peligrosa. La vida es peligrosa. ¿Cree que vivirá siempre? Cuelga con violencia. Hojeas el diario en busca de noticias sobre la peste. Las habituales crisis ministeriales, un nuevo yacimiento de petróleo descubierto en Sicilia, un asesinato en la Via Cassia, pero la única noticia sobre la epidemia es que van a celebrar una misa cantada en seis iglesias por la salud de la ciudad de Roma. Podrías huir a Suiza o a Mallorca como tus amigos, pero ¿cómo vas a huir sin saber de qué huyes?”


John Cheever. Diarios. Emecé Editores.