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miércoles, 15 de enero de 2020

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





COPLILLA DESPUÉS DEL 5.° BOURBON

Pensaba que sólo habría
sombra, silencio, vacío.
Y murió. Estaba en lo cierto.
El mismo Dios se lo dijo.

José Hierro

domingo, 6 de mayo de 2018

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




COPLILLA DESPUÉS DEL 5º BOURBON

Pensaba que sólo habría
sombra, silencio, vacío.
Y murió. Estaba en lo cierto.
El mismo Dios se lo dijo.


            José Hierro

sábado, 27 de agosto de 2016

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA



              VIAJE A ITALIA


Y ahora qué haré, si tú no estás.

En el espejo te desvaneciste.

Qué haré, si ya no estás. Cómo encontrarte.
Fui a la agencia de viajes.
Dije: «Un billete». «¿Para dónde?»
«Para dónde ha de ser». (Me comprendieron enseguida).
«Mucho tiempo esperó», dijeron enigmáticos.
Volví a casa cantando, recobrada
la vida. Me miré al espejo.
Tú ya no estabas. Comprendí.

Ahora qué voy a hacer. Sin ti quién puede
recobrar lo soñado, lo perdido: Venecia
de vidrio rosa, Roma con cabellos de fuentes.
Florencia y Siena, Nápoles y Pisa,
Botticelli, Giotto, Tiziano, cipreses y palacios,
canales, Miguel Angel, frutos, palomas, Donatello
qué van a ser sin ti, si eras tú quien les dabas
vida, sentido, magia.

Llegaré —a veces gusto
imaginar que en el crepúsculo—
a no sé que ciudad. Consultaré la Guide Blue

y, ...Esta es la prueba. ¿Quién puede acercarse
después de tanto amor, a un gran amor,
sin alma, sin amor, es decir, solo con los ojos?

«Un billete» diré. Preguntarán para dónde.
«Para un lugar que yo invente
y tal vez ya no existe. Par mirarme en un espejo
que reflejo mi vida cuando no estaba yo
y al que me acerco ahora
cuando no puede devolver mi imagen».

Y entenderán por qué lo digo.


                                                José Hierro

sábado, 27 de diciembre de 2014

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA



    PECIOS DE SOMBRA


Hablaban con bocas de sombra,
susurraban sucesos mágicos,
historias de herrumbre y de musgo
(no sabían que estaban muertos,
y yo no quería apenarlos).
Fui reconstruyendo sonidos
que en el sueño significaban
para interpretarlos despierto
y atribuirlos a unos labios.

(Quería conocer el nombre
de quienes me hablaban en sueños:
la rosa no olería igual
si su nombre no fuese rosa.)
Rescaté, lúcido y sonámbulo,
los vestigios que la marea
llevó a mi playa de despierto;
con ellos construiría un puente
desde el soñar hasta el velar:
así tendrían consistencia
las palabras impronunciables
que yo escuché cuando dormía,
fantasmal materia de sueño.


José Hierro

miércoles, 29 de febrero de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






ROSAS Y VINO PARA UN POETA


“Flores anónimas y arrancadas, flores mojadas en vino, lapiceros de colores. Los nietos enredando entre sus pies, José Hierro se ponía a pintar en mitad de una comida, después de una cena, en un viaje. Él, tan locuaz, se quedaba hermético, no participaba en la conspiración general y pintaba rápido, nervioso, inspirado, porque también los aficionados tienen inspiración. A mí me hizo la portada de mi primer libro, Tamouré, pegando papeles de colores, rectángulos de luz.
Desde los primeros momentos se veía que ponía más inspiración en la pintura que en el dibujo. De todo hacía un color. Dijo Eugenio d'Ors que el dibujo es la honradez de la pintura. Pepe, Pepe Hierro vivía la honradez de ambas cosas, pero se emocionaba más, le temblaban más las manos inventando colores, creando colores inéditos con unas migas de pan, con una lágrima de vino, con todo aquello que él convertía en impresionismo abstracto o figurativo, manchando mucho la mesa donde trabajaba. Cada vez era más dado a aislarse en su pintura, que le permitía desbocar una pasión secreta y, de paso, distanciarse correctamente de la conversación general, cargada de tópicos, de pedantería y de versos. A sus pies, la bombona del oxígeno que de pronto se colgaba al hombro, como un ala de salud, para marcharse.
José Hierro fue crítico de arte. Más de una vez recorrí con él las galerías de Madrid, al caer la tarde. Tomaba unas notas en un cuaderno para luego, en casa, escribir la crónica de cada exposición. Hierro era un crítico claro, riguroso, rápido, honrado, con ideas muy concretas sobre la pintura. Pero más que por sus críticas veía yo por sus creaciones la tendencia a crear una vaguedad de caras sonrosadas, de cabellos con perfume de vino, de improvisaciones que eran hallazgos. Nunca me atreví a pedirle nada. La plástica, sin duda, era su segunda vocación. Quizá dedicó más versos a la música o hizo siempre versos musicales que resonaban en su pecho, pero la pintura era el sello ingenuo que nos dejaba una personalidad tan complicada como la de Hierro.
Cuando conocí a Lines comprendí aquel amor: aquella cabeza era lo que él hubiera querido pintar, una luz rubia que venía del hermoso pelo y una sonrisa pálida siempre y para todos.
Pasaba el tiempo, le hicieron académico, todos los días le daban algún premio, tenía la prisa de vivir y de fumar, iba con su ala de oxígeno volando España y posándose en las más altas almenas de la lírica. Una conferencia suya era una conversación, un relato, una representación, una sorpresa. Algunas tardes vino a buscarme a casa para irnos en un coche a Segovia, a Ávila, a Cuenca, para dar nuestras conferencias. Pepe hablaba de todo y yo hablaba de él. Nada más entrar en mi huerto se ponía a dar botes con una pelota o una fruta. Cuando trabajó en la radio, lo primero que hacía, al llegar por la mañana, era quitarse la chaqueta y hacer el pino durante un rato. Nunca supe qué es lo que escribía en la radio. Lo del pino tenía bastante desconcertados a los otros redactores.
Partíamos en el coche hacia la provincia inmediata. Había un chofer, estaba Lines, estaba Pepe, dormido y delirante, y estaba yo. Conocía los hoteles, conocía las posadas, entraba y pedía vino, se ponía y se quitaba la bombona de oxígeno, un día le llamaron por teléfono al coche para decir que le habían dado el Premio Miguel Hernández de poesía. Dio las gracias, colgó y seguimos hablando de otra cosa. Conocía los ambientes, los campos, conocía España, después de los primeros vinos se ponía a dibujar en un rincón, hasta la hora de la cena.
En mitad de una conferencia donde yo estaba leyendo algo sobre él, me quitó el libro de las manos, lo cerró y lo guardó. No soportaba que se hablase tanto de José Hierro. Pero era igual, porque yo seguí hablando de él, ya sin libro, y tuvo que aguantarse. Cenaba bien, pero exquisito, sabio, selectivo, alternando los manjares rurales con los lujosos pescados de gran hotel y los vinos, el vino blanco, el vino tinto, el chinchón del pueblo, le gustaba comer pero estaba delgado, cuando salíamos del hotel, ya la pequeña ciudad cerrada y dormida, preguntaba a gritos por la casa de prostitución, sólo para alborotar. Luego volvíamos en el coche a Madrid:
—Me verás bebido, pero nunca borracho.
Cuando le hospitalizaron definitivamente yo iba a verle algunas tardes.
Compartía la habitación con un señor del Seguro. A lo mejor él también era del Seguro. Dibujaba sentado en la cama, cumplía encargos que le habían hecho como pintor, sacaba de debajo de la almohada un artículo mío, recortado del periódico, que le había gustado.
—Qué bueno es esto, por qué no escribes versos, cabrón. Eres un poeta exquisito pero te gusta ir de hombre terrible.
Esto me lo dijo muchas veces, pero yo nunca quise decirle que escribía prosa porque la prosa se cobra y el verso no. Incluso él tenía que ayudarse de la prosa. Había un cielo muy alto, un clima muy claro, pero yo veía que eran las últimas tardes del amigo, del poeta. Le dejaba unas flores para que pintase y me iba. Se venía conmigo, en pijama y descalzo, hasta el ascensor. Recuerdo la última tarde, que fue como otras, pero yo salí del hospital con la pesadumbre de la muerte invadiendo un sol excesivo. Luego, en el tanatorio, tuve la cabeza frágil de Lines en mi pecho.”


Francisco Umbral. Días felices en Argüelles. Editorial Planeta.






martes, 5 de abril de 2011

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






TEORÍA Y ALUCINACIÓN DE DOUBLIN


I. TEORÍA

Un instante vacío
de acción puede poblarse solamente
de nostalgia o de vino.
Hay quien lo llena de palabras vivas,
de poesía (acción
de espectros, vino con remordimiento).

Cuando la vida se detiene,
se escribe lo pasado o lo imposible
para que los demás vivan aquello
que ya vivió (o que no vivió) el poeta.
Él no puede dar vino,
nostalgia a los demás: sólo palabras.
Si les pudiese dar acción...

La poesía es como el viento,
o como el fuego, o como el mar.
Hace vibrar árboles, ropas,
abrasa espigas, hojas secas,
acuna en su oleaje los objetos
que duermen en la playa.
La poesía es como el viento,
o como el fuego, o como el mar:
da apariencia de vida
a lo inmóvil, a lo paralizado.
Y el leño que arde,
las conchas que las olas traen o llevan,
el papel que arrebata el viento,
destellan una vida momentánea
entre dos inmovilidades.

Pero los que están vivos,
los henchidos de acción,
los palpitantes de nostalgia o vino,
esos... felices, bienaventurados,
porque no necesitan las palabras,
como el caballo corre, aunque no sople el viento,
y vuela la gaviota, aunque esté seco el mar,
y el hombre llora, y canta,
proyecta y edifica, aun sin el fuego.


                                              José Hierro