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domingo, 8 de mayo de 2022

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






RIGORISMO VIGILANTE
 O
COLORIDO DE TRISTEZA

«En Francia, y mucho menos en México, no podrá formarse idea de la posición de unas muchachas bonitas la mayor parte, desde veinte hasta treinta leguas de distancia de las casas de sus padres, entregadas a su sola virtud. A pesar de esto, no se advierten efectos deplorables en Lowell, a excepción de muy corto número de casos, que no destruyen la regla general. La raza inglesa tiene costumbres muy diferentes que la española y francesa. Otros hábitos, otras ideas. La educación protestante traza alrededor de cada individuo un círculo más difícil de penetrar que el que forma la educación católica. Por una parte hay, es verdad, más frialdad, menos comunicación en las relaciones sociales, una ausencia mas o menos absoluta de efusión y de confianza; pero por la otra se encuentra más respeto, mas consideraciones por la personalidad de los otros. Lo que entre nosotros sería considerado como una pura travesura, una aventura insignificante, se reprobaría severamente en Inglaterra y los Estados Unidos del Norte. Así, pues, ninguno se admire de ver en este país las hijas de los propietarios cultivadores del campo, ausentarse de sus padres e irse solas a grandes distancias a establecerse en una ciudad en donde no conocen a nadie, y residir allí tres o cuatro años en su trabajo, hasta hacer una pequeña fortuna. Se hallan bajo la salvaguardia de la fe pública. Esto supone en las costumbres una reserva extremada, y en la opinión pública un rigorismo vigilante e inexorable. Es verdad que este rigorismo y esta reserva dan a la sociedad un colorido de tristeza y de tediosa monotonía que cansa a los que no están acostumbrados a ella, pero cuando se reflexiona sobre los peligros a que el sistema contrario expone a las jóvenes incautas que se precipitan a los placeres; cuando se cuentan las víctimas que ha hecho esa facilidad de comunicación y ese abandono en otros países, es difícil no convenir que la frialdad e incomunicabilidad angloamericana, vale bien y mucho más que la amable y dulce sociabilidad francesa y mexicana.»



Lorenzo de Zavala.
Viaje a los Estados-Unidos del Norte de America.
Imprenta de Castillo y Compañía.

miércoles, 6 de junio de 2012

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





EL TEATRO EN NUEVA YORK


“En Nueva-York hay tres teatros, que son el Park, el de Bowery y el de la Opera. Generalmente hablando, los americanos del Norte son poco afectos á esa clase de diversiones que suponen un grado de civilización urbana que no se puede decir es la parte mas prominente entre aquellos habitantes. En las ciudades en que el gusto por la sociedad y las diversiones ha tomado incremento, tales como Boston, Filadelfia, Nueva-York y otras pocas, se advierte siempre que el pueblo no toma mucho empeño en la asistencia á ellas. ¡Qué diferencia de la ansiedad con que corren á las puertas de los teatros, á los bailes, á los conciertos en las ciudades de Europa, especialmente en Francia! Quince teatros que hay en la sola ciudad de Paris, se llenan todas las noches, y se sostienen los empresarios haciendo buenas ganancias. En Nueva-York no puede mantenerse un teatro de ópera italiana en concurrencia de los otros dos, en que se representan piezas sueltas de canto ó dramáticas. Yo he advertido mucha mayor inclinación al teatro en el pueblo de la república mexicana, que en el de los Estados del Norte. La razon de esta diferencia debe buscarse en las diversas circunstancias en que se han formado ámbos pueblos. El de los norte-americanos se compone en su mayoría de emigrados agricultores que, obligados en su principio á trabajar en el campo, no tenian ni el tiempo ni los estímulos para dedicar las horas del descanso á ningún pasatiempo bullicioso. Por otra parte, el espíritu de secta, que tendía en su orígen á un ascetismo rigoroso entre los presbiterianos emigrados á aquellas comarcas, dejó tras sí una aversión insuperable á los espectáculos, como prohibidos por la religión.
         En las colonias españolas se hizo una separacion absoluta de conquistadores y conquistados. Los primeros tenian las riquezas, los privilegios y los goces que ámbos procuran, así como las inclinaciones y gustos que engendran. Los descendientes de los conquistadores heredaban de sus padres los españoles el gusto por la música y las diversiones que se conciliaban con el culto católico, cuya cabeza en Roma daba el impulso á todo género de espectáculos. En vez, pues, de dedicarse al trabajo de la tierra, ó á otras ocupaciones penosas, se entregaban á las bulliciosas fiestas á que por otra parte convidan sus climas cálidos ó templados. No habia ademas esa imperiosa necesidad de acumular para el invierno provisiones, leña y ropas. El primer móvil para el trabajo, es la necesidad: luego entran los placeres. Así, pues, se ve un mexicano hacer el gasto de un peso que ha adquirido con mucha dificultad, en el teatro, en los toros, ó en el baile; mientras que un norte-americano temeria sacar uno entre cien pesos, para una inversion semejante.”

Lorenzo de Zavala. 
Viaje a los Estados-Unidos del Norte de America *.
Imprenta de Castillo y Compañía (1846).



* Respetada la ortografía original del libro.

martes, 16 de agosto de 2011

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





CÁRCELES Y HOSPICIOS


            “En Nueva-York hay una casa de refugio para los jóvenes delincuentes de ambos sexos, en donde se les enseñan oficios análogos a sus disposiciones, y no están expuestos a corromperse por los malos ejemplos de los criminales de las otras cárceles. Hay igualmente un hospicio de sordo-mudos, y un asilo de locos. En todos estos establecimientos hay el mejor orden, y nada falta a los desgraciados a quienes la suerte ha condenado a sufrir. El interés que toman los encargados de velar de la dirección de estas instituciones, y la perfecta cooperación que encuentran en todos sus agentes, son verdaderamente laudables y dignos de ser propuestos como modelos. Los que comparen este establecimiento con nuestro S. Hipólito de México, notarán en el hospicio mexicano magnificencia de edificio, dotaciones grandes de empleados y administradores, un templo espacioso, muchos reglamentos y rentas cuantiosas, al lado de la falta de limpieza, de la poca asistencia a los dementes; mientras en el norte-americano el edificio es proporcionado a la necesidad, hay una capilla, el cuidado y esmero para con los lunáticos es admirable, el aseo y limpieza de camas y ropas no dejan que desear y los sueldos son sumamente moderados.
         En el estado de Nueva-York hay dos grandes prisiones sobre el modelo poco más o menos de las de los estados de Massachussets y Pensilvania, de que ya he hablado. Estas son Singsing sobre el río Hudson, y Aunburn sobre el Oswego. Esta última tiene quinientos cincuenta cuartos, en cada uno de los cuales hay un preso. Su encierro no es, como el de los de la Penitenciaría de Filadelfia, para permanecer solitarios por todo el tiempo de su condena. Habiendo considerado la legislatura del estado que el ejercicio corporal es de necesidad para conservar la salud, se les destina al trabajo durante el día, bajo las más estrictas reglas. Luego que entra el sentenciado, se le da la ropa de la prisión, se le lee el reglamento y se le instruye de sus obligaciones. Estas se reducen a obedecer las órdenes y trabajar con actividad y en silencio; a hablar siempre con respeto a los custodios de los prisioneros; a no hablar sin necesidad ni aun a los mismos guardianes; no cantar ni bailar, ni hacer ruido alguno; no separarse del local en que están destinados sin permiso; no distraerse de su trabajo ni descansar un momento. Tampoco les es permitido recibir cartas, ni tener especie alguna de comunicación de afuera. Todas las que tengan de este género, deben ser por conducto de sus custodios. Cada preso tiene una Biblia a costa del estado.
         Por las infracciones que comenten del reglamento o de las advertencias verbales, son inmediatamente castigados con la pena de azotes con un látigo de cuero. Los castigos son tan prontos y tan inmediatos a las faltas, que hay muy raros ejemplos de que se comentan éstas. Por la mañana temprano se toca la campana, y los carceleros abren las celdas de los presos. Estos salen a un patio común en verano, o a un gran salón en invierno, se lavan las caras y las manos en vasijas destinadas al efecto, y a continuación pasan en línea, como soldados, a sus respectivos trabajos. Los nuevos presos, si tienen oficio, trabajan en él; si no, se les enseña el que escojan. Trabajan regularmente doce horas. Comen en refectorio, y siempre de espaldas los unos de los otros en el mayor silencio. Cuando necesitan los criados, levantan las manos y se les sirve lo que quieren. El tiempo de cada comida es regularmente de media hora. Al retirarse por la noche se lavan otra vez las manos y la cara. Se les mantiene siempre la ropa aseada.
         Los domingos, después de lavarse, en lugar de trabajar van a la capilla, en donde el capellán hace el servicio divino. Los que no saben leer y escribir, que son raros, van a la escuela dominical, en donde reciben la instrucción conveniente.
         Las raciones de cada preso por día son diez onzas de carne de cerdo, o diez y seis de vaca; diez onzas de harina de trigo, doce de harina de maíz cocida, papas calientes, y medio cuartillo de centeno hecho en forma de café, endulzado con melaza: en la comida se les da sopa hecha de caldo de vaca espesada con harina de maíz, pan, papas y agua fría. Para cenar, una especie de polenta de maíz que llaman musk y agua fría. Esta cantidad de alimento se ha considerado la necesaria para mantener a los presos en perfecta salud.
         La ganancia media de cada preso se calcula en el día de dos a tres reales. De este fondo salen los gastos de prisión, la que es tan aseada y limpia que no puede apetecerse más. Los presos antes de salir en libertad están obligados a contar su vida, y decir qué género de profesión han ejercido y van a ejercer. Esto hará una colección curiosa de anécdotas, de que podrán sacarse útiles observaciones acerca del carácter nacional, y aun de la naturaleza humana. De ciento sesenta que habían salido ciento y doce se enmendaron completamente, y veintiséis continuaron malos: el resto indiferentes. Los presos dicen que su mayor pena es el no poder conversar, ni tener noticias de lo que pasaba fuera. Es necesario confesar que estas precauciones son necesarias, y llorar sobre la suerte del hombre condenado a sufrir tan grandes privaciones. Aquí no puede decirse con el Dante:



Lorenzo de Zavala. 
Viaje a los Estados-Unidos del Norte de America. 
Imprenta de Castillo y Compañía.