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lunes, 30 de diciembre de 2013

ALLÁ EN LAS INDIAS







De los trabajos que pasó don Diego de Almagro y su gente en el descubrimiento de Chili

Grandes trabajos pasó don Diego de Almagro y su gente la jornada de Chili, así de hambre y sed, como de reencuentros que tuvieron con los indios de muy crescidos cuerpos, que en algunas partes había muy grandes flecheros y que andaban vestidos con cueros de lobos marinos; y sobre todo, les hizo gran daño el demasiado frío que pasaron en el camino, así del aire tan helado como después al pasar de unas sierras nevadas, donde acaesció a un capitán que iba tras don Diego de Almagro, llamado Ruy Díaz, quedársele muchas personas y caballos helados, sin que bastasen ningunos vestidos y armas a resistir la demasiada frialdad del aire, que los penetraba y helaba. Y era grande la frialdad de la tierra, que cuando dende a cinco meses don Diego volvió al Cuzco halló en muchas partes algunos de los que murieron a la ida en pié arrimados a algunas peñas, helados, con los caballos de rienda también helados, y tan frescos y sin corrupción como si entonces acabaran de morir; y así, fue gran parte de la sustentación de la gente que venía los caballos que topaban helados en el camino y los comían. Y en todos estos despoblados donde no había nieve, era grande la falta de agua, la cual suplieron con llevar cueros de ovejas llenos de agua; de tal manera, que cada oveja viva llevaba a cuestas el cuero de otra muerta, con agua; porque, entre otras propiedades que tienen estas ovejas del Perú, es una de llevar dos y tres arrobas de carga, como camellos, con quien tienen mucha semejanza en el talle, si no les faltase la jiba de los camellos; y también las han impuesto los españoles en que lleven una persona cabalgando cuatro o cinco leguas en un día y cuando se sienten cansadas y se echan en el suelo ningún medio basta para levantarlas, aunque las hieran y ayuden, sino es quitándoles la carga; y cuando llevan alguno cabalgando, si se cansan y las apremian a andar, vuelven la cabeza al que va encima y le rucian con una cosa de muy mal olor, que paresce ser de lo que traen en el buche. Es animal de gran fruto y provecho porque tiene finísima lana, especialmente las que llaman pacos, que tienen las vedijas largas; son de poco mantenimiento, especialmente las que trabajan, y comen maíz, que se pasan cuatro y cinco días sin beber. La carne dellas es tan sabrosa y sana como los carneros muy gordos de Castilla. Y destas hay ya por toda la tierra carnicerías públicas, porque a los principios no eran menester, sino que, como cada español tenía ganado propio, en matando una oveja enviaban los vecinos por lo que habían menester a su casa, y así se proveían a veces. En cierta parte de Chili, en unos campos rasos, hay avestruces que para las matar se ponían los de caballo en postas, corriendo tras ellas los unos hasta donde estaban los otros, porque de otra manera no las podía alcanzar un caballo, según vuelan a pié, saltando a trancos, casi sin levantar del suelo. También hay por aquella costa muchos ríos que corren de día, y de noche no traen gota de agua; lo cual causa gran admiración a los que no entienden que aquello procede de que se derrite de día la nieve de las sierras con el calor del sol, y entonces corre el agua, lo cual de noche, con la frialdad, se reprime y no corre.



Agustín de Zárate. 
Historia del descubrimiento y conquista del Perú.

viernes, 27 de diciembre de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EL VESUBIO QUE NOS MIRA


Libro VI, 16

“Me pides que te describa la muerte de mi tío para poder dejar a la posteridad un relato más verídico de la misma. Te doy las gracias, pues me doy cuenta de que su muerte alcanzará, si es celebrada por ti, una gloria inmortal. Aunque haya perecido en una catástrofe, al mismo tiempo que pueblos y ciudades, como si fuese a vivir siempre gracias a un suceso tan memorable, aunque él mismo haya dejado numerosas obras literarias dignas de ser recordadas, sin embargo, la inmortalidad que merecen tus escritos contribuirá en gran medida a perpetuar su memoria. En verdad que considero afortunados a los hombres a los que los dioses han concedido o bien realizar hazañas que merezcan ser escritas, o bien escribir obras que merecen ser leídas, y muy afortunados a los que les conceden ambas cosas. Entre estos últimos se encontrará mi tío gracias a sus libros y también a los tuyos. Por todo esto, no solo acepto con agrado la tarea que me encomiendas, sino que incluso la reclamo.

Se encontraba en Miseno al mando de la flota. El 24 de agosto, como a la séptima hora, mi madre le hace notar que ha aparecido en el cielo una nube extraña por su aspecto y tamaño. Él había tomado su acostumbrado baño de sol, había tomado luego un baño de agua fría, había comido algo tumbado y en aquellos momentos estaba estudiando; pide el calzado, sube a un lugar desde el que podía contemplarse mejor aquel prodigio. La nube surgía sin que los que miraban desde lejos no pudieran averiguar con seguridad de qué monte (luego se supo que había sido el Vesubio), mostrando un aspecto y una forma que recordaba más a un pino que a ningún otro árbol. Pues tras alzarse a gran altura como si fuese el tronco de un árbol largísimo, se abría como en ramas; yo imagino que esto era porque había sido lanzada hacia arriba por la primera erupción; luego, cuando la fuerza de esta había decaído, debilitada o incluso vencida por su propio peso se disipaba a lo ancho, a veces de un color blanco, otras sucio y manchado a causa de la tierra o cenizas que transportaba. A mi tío, como hombre sabio que era, le pareció que se trataba de un fenómeno importante y que merecía ser contemplado desde más cerca. Ordena que se le prepare un navío veloz, y me ofrece la oportunidad de ir con él, si yo lo deseaba; le respondí que prefería continuar estudiando, y precisamente él me había dado algún material para que yo lo escribiese. Cuando salía de su casa, recibe un mensaje de Rectina, esposa de Tascio, aterrorizada por el peligro que la amenazaba (pues su villa estaba al pie de la montaña y no tenía ninguna escapatoria, excepto por mar); le rogaba que le salvase de esa situación tan desesperada. Él cambió de planes y lo que había iniciado con el ánimo de un estudioso lo terminó con el de un héroe. Manda sacar las cuadrirremes, él mismo sube a bordo con la intención de auxiliar no solo a Rectina sino a otros muchos (pues los encantos de la costa atraían a un gran número de visitantes). Se dirige rápidamente al lugar del que todos los demás huyen despavoridos, mantiene el rumbo en línea recta, el timón directo hacia el peligro, hasta tal punto libre de temor que dictaba o él mismo anotaba todos los cambios, todas las formas de aquel desastre, tal como las había captado con los ojos. Ya las cenizas caían sobre los navíos, más compactas y ardientes, a medida que se acercaban; incluso ya caían piedra pómez y rocas ennegrecidas, quemadas y rotas por el fuego; ya un bajo fondo se había formado repentinamente y los desprendimientos de los montes dificultaban grandemente el acceso a la playa. Mi tío dudó algún tiempo si sería conveniente regresar; luego al piloto, que le aconsejaba que así lo hiciese, le dijo: “la Fortuna ayuda a los héroes: pon rumbo a casa de Pomponiano”. Esta se encontraba en Estabias, al otro lado de la bahía (pues el mar, al curvarse ligeramente la costa cerrándose sobre sí misma, penetra en tierra). Allí, aunque el peligro aún no estaba cerca, era evidente que se aproximaba conforma iba creciendo, y Pomponiano había cargado sus pertenencias en unos barcos, decidido a huir, tan pronto como el viento, que se oponía a ello, se hubiese calmado. Mi tío, impulsado por ese mismo viento muy favorable para él, arriba a puerto, abraza a su atemorizado amigo, le consuela y anima y, para calmar sus temores con el ejemplo de su propia tranquilidad, ordena que sus esclavos le lleven al baño; después del aseo, se sienta a la mesa y come algo con buen humor o (lo que no es menos hermoso) finge que está de buen humor. Entretanto, en numerosos puntos en las laderas del Vesubio podían verse enormes incendios y altísimas columnas de fuego, cuyo brillo y resplandor aumentaba la oscuridad de la noche. Mi tío, intentando calmar el miedo de sus acompañantes, repetía que se trataba de hogueras dejadas por los campesinos en su huida y casas abandonadas al fuego que ardían en la soledad. Luego se retiró a descansar y ciertamente durmió sin la menor sombra de duda, pues su respiración, que a causa de su corpulencia era más bien sonora y grave, podía ser escuchada por las personas que iban y venían delante de su puerta. Pero el patio desde el que se accedía a su habitación, repleto de cenizas y piedra pómez de tal manera había subido de nivel que, si hubiese permanecido más tiempo en el dormitorio, ya no habría podido salir. Luego que fue despertado, salió fuera y se reúne con Pomponiano y los demás que habían pasado toda la noche en vela. Deliberan en común si deben permanecer bajo techo o salir al exterior, pues los frecuentes y fuertes temblores de tierra hacían temblar los edificios y, como si fuesen removidos de sus cimientos, parecía que se inclinaban ya hacia un lado, ya hacia el otro. Al aire libre, por el contrario, el temor de la caída de fragmentos de piedra pómez, aunque estos fuesen ligeros y porosos, pero la comparación de los peligros les llevó a elegir esta segunda posibilidad. En el caso de mi tío venció el mejor punto de vista, en el de los demás venció el temor mayor. Para protegerse contra los objetos que caen, colocan sobre sus cabezas almohadas sujetas con cintas. En cualquier otro lugar era ya de día, pero allí era de noche, una noche más densa y negra que todas las noches que haya habido nunca, cuya oscuridad, sin embargo, atenuaban el fuego de numerosas antorchas y diversos tipos de lámparas. Mi tío decidió bajar hasta la playa y ver sobre el lugar si era posible una salida por mar, pero este permanecía todavía violento y peligroso. Allí, recostándose sobre un lienzo extendido sobre el terreno, mi tío pidió repetidamente agua fría para beber. Luego, las llamas y el olor del azufre, anuncio de que el fuego se aproximaba, ponen en fuga a sus compañeros, a él en cambio le animan a seguir. Apoyándose en dos jóvenes esclavos pudo ponerse en pie, pero al punto se desplomó, porque, como yo supongo, la densa humareda le impidió respirar y le cerró la laringe, que tenía de nacimiento delicada y estrecha y que con frecuencia se inflamaba. Cuando volvió el día (que era el tercero a contar desde el último que él había visto), su cuerpo fue encontrado intacto, en perfecto estado y cubierto con la vestimenta que llevaba: el aspecto de su cuerpo más parecía el de una persona descansando que el de un difunto.

Entretanto, mi madre y yo en Miseno; pero esto no tiene importancia para la historia, y tú solo quieres tener noticias sobre la muerte de mi tío. No me voy, pues, a extender más. Tan solo añadiré que yo te he expuesto con detalle todos los acontecimientos de los que o bien fui testigo o bien tuve noticias inmediatamente después de que ocurriesen, cuando se recuerdan más fielmente. Tú seleccionarás lo más importante, pues una cosa es escribir una carta y otra un relato histórico; una cosa escribir a un amigo y otra escribir para todos. Adiós.”


Plinio el Joven.
Cartas. 
Editorial Gredos.

lunes, 23 de diciembre de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





POR MANCHURIA


“En Moukden, en Manchuria, bajo la soberanía japonesa, tuve la ocasión de contemplar otro mundo. Mis compañeros periodistas, que conocía desde hacía una hora, sabían que a trescientos kilómetros había una troupe de primer orden, pero yo les dije que quería ver un espectáculo de último orden. Un viejo carricoche con sombrilla, guiado por una jaca mongólica, nos llevó a un barrio de la ciudad dedicado a la prostitución y casi enterrado por las lluvias torrenciales que caían desde la noche anterior. Este barrio inundado estaba dividido en distintas partes: la coreana, la rusa y la japonesa, a pesar de que la ascendencia de estas caras sólo quedaba revelada por el tono de sus peticiones. Esa noche no tenían clientes y se ofrecían a un precio reducido, que iba de los veinte sen a los tres yuans, según un baremo que nadie supo explicarme. Llegamos a la entrada de una avenida estrecha en la que la jaca se negó a entrar por el ruido de las claquetas de madera, que nos indicaba que estábamos cerca de teatro.
         Entramos en la sala en medio del alboroto, producido por unos músicos vestidos de negro, y tuvimos que refugiarnos de unos platos humeantes que volaban hacia los espectadores, llenos de sudor, que se podían permitir ese lujo. Intenté encontrar un sitio donde no me alcanzara ningún plato caliente, pero me equivoqué al coger un asiento cerca del escenario. Los niños, que se agitaban por el teatro como hormigas, se acostumbraron a subirse en mis rodillas para trepar hasta el escenario, sin preocuparse de los actores. En virtud de su privilegio tradicional, los cómicos nos daban la espalda para tomar un té que les servía un ayudante con camisa negra y cogulla, lo que quería decir que era invisible. Estos paréntesis se daban en medio de una frase que, por lo que pude darme cuenta, debía ser importante. Tras probar su pócima, se colocaban las barbas y pelucas para continuar el diálogo con voz de eunucos. Entonces reparé en que la mayoría del público eran soldados con bayoneta calada, que se ponían de espalda al escenario y que no estaban allí para ver el espectáculo. Las horas pasaban sin que nada cambiara. Los platos seguían su recorrido, los chiquillos se arrastraban y trepaban, los soldados vigilaban algo que no se sabía, los actores probaban su té, el público rezumaba y los músicos rompían el aire. La noche era calurosa e incomprensible.
         Los orientales persiguen la imperturbabilidad; los actores preparan los rostros para transformarlos en máscaras sin vida, y su esfuerzo consiste en alcanzar la inmovilidad más perfecta. Me levanté, al fin, para irme y me miraron hasta los soldados, pero aproveché la ocasión cuando todos se volvieron para salir a buscar a mis compañeros, que ya hacía rato que habían salido.”


Josef von Sternberg. Memorias. Ediciones JC CLEMENTINE.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




DIOSES MORTALES


“Si de los grandes dioses, que moran lejos de las luchas y preocupaciones de esta vida terrena, se cree que mueren al fin, no es de esperar que un dios aposentado en un frágil tabernáculo carnal escape al mismo destino, aunque hayamos oído de reyes africanos que se creyeron inmortales gracias a sus propias hechicerías. Los pueblos primitivos, como ya vimos, creen en ocasiones que su seguridad, y más aún la del mundo entero, está ligada a la vida de uno de esos hombres-dios o encarnaciones humanas de la divinidad. Es natural por esto que se observen extremos cuidados con su vida, en consideración a la del propio pueblo. Mas ninguna suma de cuidados y precauciones evitará que el hombre-dios vaya haciéndose viejo y débil y, que al final, muera. Sus adoradores deben contar con esta triste necesidad y resolverla como mejor puedan. El peligro es formidable, pues si la marcha de la naturaleza depende de la vida del hombre-dios, ¿qué catástrofe no podrá esperarse de la gradual debilitación de sus poderes y de su extinción final en la muerte? Sólo hay un procedimiento para evitar estos peligros; matar al hombre-dios tan pronto como muestre síntomas de que su poderío comienza a decaer, y su alma será transferida a un sucesor vigoroso antes de haber sido seriamente menoscabada por la amenazadora  decadencia. Las ventajas de matar al hombre-dios en vez de dejarle morir de vejez y enfermedad son bastante evidentes para el salvaje, porque si el hombre-dios muere de lo que llamamos muerte natural, significa, en consecuencia, para el salvaje que su alma se ha marchado voluntariamente de su cuerpo y rehúsa volver o, más a menudo aún, que ha sido arrebatada o por lo menos detenida en sus correrías por algún demonio o hechicero. En cualquiera de estos dos casos, el alma del hombre-dios se ha perdido para sus adoradores y con ella se ha marchado la prosperidad y la propia existencia de éstos se halla en peligro. Aun si se capturara el alma del dios agonizante cuando le abandona, saliendo por sus labios o por los orificios de la nariz, transferirla así a un sucesor tampoco tendría efecto para sus propósitos, pues, moribundo por una enfermedad, su alma dejaría el cuerpo necesariamente en tal estado de debilidad y agotamiento que así enfeblecida, continuaría arrastrando una lánguida e inerte existencia en el cuerpo al que fuese transferida. En cambio, matándole sus adoradores, en primer lugar se asegura la captura de su alma cuando escape y su transferencia a un sucesor apropiado y en segundo lugar, matándole antes que sus energías naturales se abatan, podrá asegurarse que el mundo no decaiga al par de la decadencia del dios. Todos los propósitos, por esto, quedan satisfechos y todos los peligros evitados, dando muerte al hombre-dios mientras está aún en su auge y transfiriendo su alma a un  sucesor vigoroso.
A los reyes del fuego y del agua en Camboya no se les permite morir de muerte natural y, por esto, cuando alguno de estos reyes místicos está seriamente enfermo y los jefes de familia piensan que ya no podrá recobrar la salud, lo apuñalan. Las gentes del Congo creían, como hemos visto, que si su pontífice el Chitomé moría de muerte natural, el mundo perecería y la tierra, que sólo se sostenía por su poder y virtud, sería aniquilada inmediatamente. En consecuencia, cuando caía enfermo y creían posible su muerte, el hombre destinado a ser su sucesor entraba en la casa pontifical con una cuerda o una maza y le estrangulaba o aporreaba hasta matarle. Los reyes etíopes de Méroe fueron adorados como dioses; pero cuando los sacerdotes querían, enviaban un mensajero al rey ordenándole morir y alegando un oráculo de los dioses como su autoridad para el mandato. Esta orden fue siempre obedecida por los reyes hasta el reinado de Ergamenes, contemporáneo del rey de Egipto Ptolomeo II, el cual, habiendo recibido educación griega que le emancipaba de las supersticiones de sus paisanos, hizo caso omiso del mandato sacerdotal, y entrando en el Templo Dorado a la cabeza de unos grupos de soldados, pasó a filo de espada a los sacerdotes.”

James G. Frazer. La rama dorada. Fondo de Cultura Económica.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LLUVIA






     Y LLEGARÁ


Todos pasaremos.
Nos olvidarán.
Nada permanecerá.

De nuestros pasos bajo la lluvia ni sombra ni murmullo.
De tu sonrisa bajo la lluvia ni sombra ni brizna.
De aquel adiós bajo la lluvia ni sombra ni apunte.

Afortunademente
llegará la noche con su manto de cuchillos de hielo azul…
y llegará de puntillas…
desnuda, hermosa y callada,
cálida, cruel y blanca,
eterna, sorda y final.

                                     Adelina Aller

sábado, 14 de diciembre de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE

 




EL DEAN Y LOS CERDOS



«Mayor importancia tuvo en relación con la formación de Miguel, en aquellos primeros años de su vida, que el Deán, compensando sus excesos con rasgos de verdadero benefactor de la sociedad cordobesa, amparase a los niños abandonados, a los expósitos, que recién nacidos eran dejados a su suerte en el Patio de los Naranjos; un hermoso rincón cordobés, sin duda, pero no el más adecuado para que aquellos desventurados pudieran sobrevivir. Y la amenaza era cierta, dado que se les dejaba a la intemperie. Y como el cuidado era nulo, ocurrió que como entonces a los cerdos se les dejaba ir libremente por calles y plazas, varios de ellos franquearon el acceso al Patio de los Naranjos y devoraron a tres de aquellos pobres pequeñuelos, tan abandonados a su negra suerte. El suceso conmovió a la ciudad y el propio Deán tomó a su cargo desde entonces el sostenimiento de la fundación que los acogiera, criara y educara.»



Manuel Fernández Álvarez.

Cervantes visto por un historiador.

Editorial Espasa.


viernes, 13 de diciembre de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






LA CANCIÓN INTRASCENDENTE


Tonadilla de viajero:
del corazón a la boca,
y de la boca, al sendero.

Siembra los rumbos del viento
y quién sabe
si vayas a hacer granero
en la garganta de un ave.

Por los valles y los montes
anda a probar tu fortuna:
los cabellos de los pinos
huelen a viento y a luna.

El río tiene su flauta
y la fuente sus espejos:
quédate y canta con ellos,
nosotros vamos más lejos.

Tu padre no quiere oírte
después de haberte engendrado:
no eres más que una canción
que el viento se habrá llevado.

Viajeros somos, viajeros
que andamos nuestro camino:
luna y monte, monte y luna,
manta y silbo, pan y vino.

Y como es recio el camino,
llevamos por equipaje:
en el pecho, el corazón,
y en la boca una canción
para el viaje.


                 Concha Urquiza

viernes, 6 de diciembre de 2013

Y ELÓBOLO BAJO LA LENGUA





PONIENTE

                                                                                                                Notre-Dame

La ciudad se fragmenta en múltiples colores
Qué hermosas vestiduras lucen las avenidas
Qué extrañas vidrieras sobre el ir y venir
      Arbolados de humo
               Surtidores de plata
Construcciones de oro sobre de yunques de acero
En olas de ruidos suben los bulevares
En el horizonte
                        Las torres gemelas
                                           Sostienen la tarde


                                                          Rafael Lasso de la Vega.

jueves, 5 de diciembre de 2013

OBITIR DICTUM






Los obreros tienen la costumbre de sacar en carretillas a los esquiroles de las huelgas. Los campesinos tienen la costumbre de poner en la picota a los esquiroles de la causa común. No dudamos que los Soviets encontrarán el medio de condenar como se merecen a los miserables esquiroles de la revolución y de sus organizaciones.


Iósif Stalin

martes, 3 de diciembre de 2013

OBITER DICTUM






«Pero París era una muy vieja ciudad y nosotros éramos jóvenes, y allí nada era sencillo, ni siquiera el ser pobre, ni el dinero ganado de pronto, ni la luz de la luna, ni el bien ni el mal, ni la respiración de una persona tendida a mi lado bajo la luz de la luna.»

Ernest Hemingway.

lunes, 2 de diciembre de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





ESCRITO EN LANDESBERG


“En el invierno de 1919 y más todavía en la primavera y el verano de 1920, el joven partido nacionalsocialista se vio obligado a definir su posición frente a un problema que, durante la guerra, habría asumido extraordinaria importancia. En la breve descripción contenida en la primera parte de este libro, acerca de los síntomas que pude constatar personalmente sobre el desastre alemán que se avecina, hice referencia a la índole especial de la propaganda ejercitada tanto por los franceses como por parte de los ingleses, para fomentar la antigua querella entre el Norte y el Sur de Alemania. En la primavera de 1915 aparecieron sistemáticamente en el frente alemán los primeros volantes de agitación contra Prusia, señalándose a este país como al único culpable de la guerra.
En 1916 alcanzó esta campaña un grado de desarrollo consumado a la par hábil y villano. Pronto comenzó a dar sus frutos aquella agitación hecha entre los alemanes del Sur contra los del Norte, y que estaba calculada para estimular los más bajos instintos.
Es fuerza hacer a las autoridades responsables de entonces, tanto en el gobierno como en el ejército -pero ante todo en el comando bávaro- un reproche que no pueden eludir: y este es que, en criminal olvido del cumplimiento de su deber, no obrasen con la entereza necesaria, frente a semejante campaña. ¡Nada se hizo! Por el contrario, incluso parecía que al algunos sectores no se veía con desagrado aquella campaña, pensándose con evidente limitación mental, que, mediante aquella funesta influencia, no sólo se oponía una barrera al desenvolvimiento de unidad alemana, sino que con ello, se producía también, automáticamente, una intensificación de la tendencia federalista. ¡Raramente ha de encontrarse en la Historia un caso de deliberado descuido con efectos más graves! El debilitamiento que se creía infligir a Prusia afectó a toda Alemania y su consecuencia fue precipitar el desastre, que significó no sólo la ruina del conjunto nacional de Alemania, sino asimismo la de cada uno de los Estados alemanes en particular.
Munich, la ciudad donde con más violencia ardía el odio artificialmente concitado hacia Prusia, debió ser la primera en lanzar el grito revolucionario contra su tradicional monarquía.
Pero sería un error atribuir exclusivamente a la propaganda de guerra enemiga el origen de ese espíritu hostil a Prusia. La forma increíblemente insensata en que estaba organizada nuestra economía de guerra, que, con una centralización rayana en el absurdo, mantenía bajo su tutela todo el territorio del Reich, y lo explotaba, fue una de las causas principales que engendraron aquel sentimiento antiprusiano; pues, para la concepción de la gente del pueblo, los comités de aprovisionamiento, que tenían su central en Berlín, estaban identificados con la capital y, a su vez, Berlín con Prusia.
Demasiado malicioso era el judío, para no haberse dado cuenta, ya entonces, de que la infame campaña de explotación que él mismo había organizado contra el pueblo alemán, bajo la capa de los comités, de aprovisionamiento, provocaría y debía provocar resistencia. Mientras esa resistencia no implicó para él un peligro, no tenía porqué temerla; pero a fin de prevenir una explosión de las masas movidas por la desesperanza y la indignación, descubrió que no podía haber receta mejor que la de desviar el furor popular en otro sentido, como medio de neutralizarlo.
¡Luego vino la revolución!
El judío internacional, Kurt Eisner, comenzó a intrigar en Baviera contra Prusia. Dando al movimiento revolucionario bávaro un cariz deliberadamente hostil contra el resto de Alemania, no obraba ni en lo más mínimo animado del propósito de servir intereses de Baviera, sino, llanamente, como un ejecutor del judaísmo. Explotó los instintos y antipatías del pueblo bávaro para poder, por ese medio, desmoronar más fácilmente a Alemania. Pero pronto el Reich en ruina habría caído en manos del bolchevismo.
Óptimos frutos produjo el arte con que los agitadores bolcheviques supieron presentar la eliminación de la república del Consejo de Soldados como una victoria del "militarismo prusiano" sobre el pueblo bávaro "antimilitarista y antiprusiano". Cuando en Munich se realizaron las elecciones para la dieta constituyente de Baviera, Kurt Eisner contaba en su favor escasamente con diez mil adeptos y el partido comunista apenas si llegaba a tres mil, en tanto que al producirse el fracaso de la república comunista, el número de ambos grupos había alcanzado ya un total aproximado de cien mil.
Desde aquella época, me empeñé personalmente en la lucha contra la descabellada agitación de los Estados alemanes entre sí. En toda mi vida no creo haber emprendido jamás obra más popular que aquella campaña mía de resistencia contra la animadversión existente contra Prusia. Durante el gobierno del consejo de soldados tuvieron lugar en Munich los primeros mítines donde se excitaba el odio contra el resto de Alemania, en especial contra Prusia, en una forma tal, que no sólo entrañaba peligro de vida para el alemán del Norte que se arriesgase a concurrir a un mitin de aquellos, sino que aquellas demostraciones concluían casi siempre con la estúpida vocinglería de "¡Abajo Prusia!", "¡Separémonos de Prusia!", ¡"Guerra a Prusia"!, etc., estado de ánimo que hallaba su expresión cabal en el grito de guerra de un "insuperable" representante de los altos intereses de Baviera en el Reichstag, que decía : Preferimos morir como bávaros antes que perecer como prusianos.”

Adolf Hitler. Mi lucha.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





LA CALLE


Es una calle larga y silenciosa.
Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
y me levanto y piso con pies ciegos
las piedras mudas y las hojas secas
y alguien detrás de mí también la pisa:
si me detengo, se detiene;
si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
Todo está obscuro y sin salida,
y doy vueltas y vueltas en esquinas
que dan siempre a la calle
donde nadie me espera ni me sigue,
donde yo sigo a un hombre que tropieza
y se levanta y dice al verme: nadie.

Octavio Paz.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





                 LAURETTA


Ya cesaron las lluvias.
Ya perdieron su flor los jacarandáes.
Pronto me iré de aquí.

No hice muchos amigos.
No bajé a los infiernos como Lowry,
y nada me importabas
cuando te conocí.

Ojalá no te hubiera conocido,
boca de ajonjolí.
Ojalá no te hubiera querido
así.

Sólo espero que nunca la tristeza
te trate como a mí.


                                          Jon Juaristi

jueves, 21 de noviembre de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE







EN LA DERROTA


El ensueño de Soto terminó en la estancia La Anita, establecimiento que era el orgullo de la familia Menéndez. Encerró a sus rehenes en la casa verde y blanca, donde, desde el jardín de invierno estilo art nouveau, se ve cómo el glaciar Perito Moreno se desliza entre bosques negros hacia el lago gris. Sus hombres estaban en el cobertizo de la esquila, pero empezaron a irse en grupos cuando se enteraron de que una columna avanzaba por el valle.
Los intransigentes, encabezados por dos alemanes, quisieron apilar fardos de lana, convertir el cobertizo en una fortaleza y combatir hasta el último hombre. Pero Soto dijo que él escurriría el bulto, que no estaba hecho para que lo arrojaran a los perros, y que continuaría la lucha en las montañas o en el extranjero. Y los chilotes no querían pelear. Preferían confiar en la palabra de un oficial argentino antes que en promesas huecas.
Soto envió dos hombres a parlamentar con el capitán Viñas Ibarra.
–¿Parlamentar? –aulló–. ¿Parlamentar para qué? –Y los mandó a parlamentar con Jesucristo. Sin embargo, tampoco quería exponer a sus hombres al fuego, y le encomendó a un oficial subalterno la misión de negociar. El 7 de diciembre los rebeldes lo vieron avanzar cautelosamente hacia ellos: un caballo zaino, un hombre vestido con uniforme caqui, una bandera blanca y las gafas protectoras amarillas reflejando el sol. Su propuesta: rendición incondicional y se respetarían las vidas. Los hombres deberían alinearse a la mañana siguiente en el patio.
La decisión de los chilotes libró de responsabilidad a Soto. Aquella noche, él y algunos de los cabecillas cogieron sus mejores armas y caballos y partieron. Escalaron la montaña, pasaron al otro lado y bajaron en Puerto Natales. Los carabineros chilenos, que habían prometido bloquear la frontera, no hicieron nada para detenerlos.
Los chilotes esperaron a los soldados formando tres filas, con ropas de confección casera que olían a oveja, a caballo y a orina rancia, con los sombreros de fieltro encasquetados hasta las orejas, y con los fusiles y las municiones apiladas tres pasos mas adelante, junto con las sillas de montar, los lazos y los cuchillos.
Creían que volverían a sus casas, que los expulsarían y los mandarían a Chile. Pero los soldados los condujeron de nuevo al cobertizo de la esquila y, al enterarse de que habían fusilado a los dos alemanes, supieron qué era lo que les aguardaba. Unos trescientos hombres en los corrales de las ovejas y la luz titilante de las velas se reflejó sobre las vigas del techo. Algunos jugaban a las cartas. No había nada para comer.
La puerta se abrió a las siete. Un sargento distribuyó ostentosamente picos entre una cuadrilla de trabajo. Los hombres del cobertizo los oyeron alejarse con paso acompasado y, a continuación, el chasquido del acero contra la roca.
–Están cavando tumbas –comentaron.
La puerta volvió a abrirse a las once. Las tropas circundaban el patio con los fusiles preparados. Los ex rehenes contemplaban la escena. Un tal Harry Bond dijo que quería un cadáver por cada uno de los treinta y siete caballos que le habían robado. Los soldados sacaron a los hombres en grupos, para hacer justicia. Esta dependía de que un criador quisiera recuperar o no a uno de sus hombres. Procedían como si estuvieran seleccionando ovejas.
Los chilotes estaban blancos como el papel, con las mandíbulas desencajadas y los ojos dilatados. A los indeseados los hacían desfilar junto al baño de las ovejas y contornear una colina baja. Los congregados en el patio oían el restallido de los disparos y veían cómo los gallinazos se precitaban sobre la hondonada, batiendo con sus plumas el viento matinal.
Aproximadamente ciento veinte hombres murieron en La Anita. Uno de los verdugos manifestó: «Fueron al encuentro de la muerte con una pasividad auténticamente asombrosa».
El resultado regocijó a la comunidad inglesa, con algunas excepciones. El coronel, sobre el que habían recaído sospechas de cobardía, se había redimido con creces. El Magellan Times alabó su «espléndido coraje, en virtud del cual había circulado por la línea de fuego como quien participa en una parada militar... Los habitantes de la Patagonia deberían sacarse el sombrero ante el 10 de Caballería, ante esos valerosos caballeros». Durante un banquete que se celebró en Río Gallegos, el presidente local de la Liga Patriótica Argentina se refirió a «la dulce emoción de aquellos momentos» y al júbilo que había sentido cuando lo libraron de semejante plaga. Varela respondió que había cumplido con su deber de soldado, y los veinte británicos presentes, que no eran muy versados en la lengua castellana, rompieron a cantar: For he’s a jolly good fellow...
Los soldados, que gozaban de licencia de San Julián, acudieron al burdel La Catalana, pero las mujeres, todas mayores de treinta años, chillaron «¡Asesinos! ¡Cerdos! ¡No nos acostamos con asesinos!», de modo que las llevaron a la cárcel por insultar a uniformados y, en su persona, a la bandera de la nación. Entre ellas había una tal Maud Foster, «súbdita inglesa, de buena familia, con diez años de residencia en el país». Requiescat!
A su regreso, Varela no se encontró con la acogida reservada a los héroes sino con leyendas que rezaban: muera el caníbal del sur. El congreso estaba conmocionado, no porque a la gente le importaran mucho Soto y sus chilenos, sino porque Varela había hecho como la identidad de quien le había dado las órdenes. Acusaron a Yrigoyen, y éste, turbado, designó a Varela director de una escuela de caballería, con la esperanza de que se calmaran los ánimos.
El 27 de enero de 1923, Kurt Wilkens, un anarquista tolstoiano de Schleswig-Holstein, mató a tiros al coronel Varela en la intersección de las calles FitzRoy y Santa Fe, en Buenos Aires. Un mes más tarde, el 26 de febrero, Wilkens también fue muerto a tiros en la Cárcel de Encausados por su guardián, Jorge Pérez Millán Temperley (aunque nadie supo cómo llegó allí). Y el lunes 9 de febrero de 1925, Temperley fue asesinado por un enano yugoslavo, llamado Lukič, en un hospicio para locos peligrosos de Buenos Aires.
El hombre que entregó el revólver a Lukič era un caso interesante: Boris Vladimirovič, un ruso de alcurnia, biólogo y artista, que había vivido en Suiza y había conocido –o así decía – a Lenin. La revolución rusa de 1905 lo empujó a beber. Tuvo un ataque cardíaco y viajó a Argentina para emprender una nueva vida. Volvió a caer en la de antes cuando atracó una oficina de cambios con el fin de conseguir fondos para la propaganda anarquista. En el asalto hubo un muerto, y Vladimirovič se hizo acreedor a veinticinco años en Ushuaia, la prisión del fin del mundo. Allí entonaba las canciones de la madre patria, y en aras de la tranquilidad el gobernador lo hizo trasladar a la capital.
El domingo 18 de febrero, dos amigos rusos le entregaron el revólver dentro de una cesta con fruta. Fue difícil probar su culpabilidad. No se celebró ningún juicio, pero Boris Vladimirovič desapareció para siempre en la Casa de los Muertos.
Borrero murió de tuberculosis en Santiago del Estero, en 1930, después de un tiroteo con un periodista en el cual falleció uno de sus hijos.
Antonio Soto murió de trombosis cerebral el 11 de mayo de 1963. Desde la revolución había vivido en Chile, trabajando como minero, camionero, operador de una sala de cine, peón de campo y propietario de un restaurante.

Bruce Chatwin. En la Patogonia. Muchnik Editores.