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sábado, 24 de diciembre de 2022

OBITER DICTUM





«Nuestro enemigo principal es el fascismo, son los fascistas. Pero los fascistas tienen sus agentes para trabajar. Naturalmente, que si los agentes que trabajan con ellos dijesen: “Somos fascistas y queremos trabajar con vosotros para crear dificultades”, inmediatamente serían eliminados por nosotros. Por eso tienen que ponerse otro nombre… Unos se llaman trotskistas. Es el nombre bajo el cual trabajan muchos fascistas emboscados, que hablan de revolución para sembrar el desconcierto y yo digo: Si esto lo saben todos y lo sabe también el Gobierno ¿qué hace el Gobierno que no los trata como a tales fascistas y los extermina sin consideración?»


José Díaz.

lunes, 31 de enero de 2022

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




LOS CANÍBALES DEL KREMLIN


“Entre tanto, en el seno del partido, iba avecinándose una nueva crisis. El consabido “trío”, que se había enfrentado contra mí como un solo hombre en la primera época, distaba mucho de formar una compacta unidad. Tanto Zinovief como Kamenef estaban muy por encima de Stalin, lo mismo en capacidad teórica que en talento político. Pero los dos carecían de esa pequeñez que se llama carácter. La amplia perspectiva internacional – amplia comparada con la de Stalin –que adquirieran en la emigración bajo el magisterio de Lenin, lejos de darles mayor fuerza, debilitaba su posición. El barco navegaba rumbo a “la independencia nacional, apta para bastarse a sí misma”. Los esfuerzos de Zinovief y Kamenef por defender, aunque sólo fuese parcialmente, la orientación internacional, les convertía, a los ojos de la burocracia, en trotskistas de segundo rango. Esto movíales a atacarme con más furia, para, de este modo, hacerse acreedores a seguir disfrutando de la confianza de los burócratas. Pero estos esfuerzos fueron en vano. Los poderes burocráticos comprendían, cada vez con mayor evidencia, que Stalin era carne de su carne. Pronto Zinovief y Kamenef se encontraron enfrentados con él como enemigos, y cuando intentaron llevar en apelación ante el Comité central su pleito, hubieron de convencerse de que Stalin tenía una mayoría inatacable.
         A Kamenef se le consideraba como el caudillo oficial de Moscú. Los comunistas de Moscú, que habían presenciado cómo en el año 23 se destruyó la organización del partido en aquella capital con ayuda suya, en castigo a la mayoría que se había manifestado favorable a la oposición guardaron ahora silencio, despechados. En las primeras tentativas que hizo para resistir contra Stalin, Kamenef no encontró apoyo en nadie. En Leningrado ocurrió muy de otro modo. En el año 23, los comunistas de esta capital estaban a salvo de la oposición gracias a la tupida red burocrática que había venido tejiendo Zinovief. Pero ahora, les llegaba el turno a ellos. El rumbo que se seguía hacia los “kulaks” y el “socialismo en un solo país” tuvo la virtud de indignar a los obreros de Leningrado. La protesta de clase de los trabajadores coincidió con la fronda de los privilegiados desatada por Zinovief. De este modo, surgió una nueva oposición en la que formó en los primeros momentos Nadeida Konstantinovna Krupskaia. Con gran asombro de todos, y en primer lugar de sí mismo, Zinovief y Kamenef veíanse obligados e repetir, en parte, las críticas de la oposición, con lo cual consiguieron que se les adscribiese inmediatamente a las filas de los “trotskistas”. Nada tiene de extraño que para los nuestros tuviese que ser, cuando menos, paradójica una alianza con Zinovief y Kamenef. Eran muchos los de la oposición que se resistían a pactar esta alianza, y hasta había algunos –claro está que muy pocos – que abogaban por unirse a Stalin contra los otros dos. Uno de mis mejores amigos, Mratchkovsky, viejo revolucionario, que había sido, durante toda la guerra civil, uno de los mejores caudillos militares, se pronunció contra una y otra alianza, dando la siguiente fundamentación, que puede quedar como clásica: “Stalin faltará a su palabra, y Zinovief huirá.” Pero estas cuestiones no se deciden nunca en última instancia por motivos psicológicos, sino por razones políticas. Zinovief y Kamenef reconocieron abiertamente que los “trotskistas” habían tenido razón en la campaña seguida contra ellos en el año 23 y se hicieron cargo de los principios que formaban nuestro programa. En tales condiciones, no era posible que nos negásemos a pactar un bloque con ellos, sobre todo teniendo en cuenta que detrás de ellos estaban varios miles de obreros revolucionarios de Leningrado.
         Yo no había vuelto hablar con Kamenef, fuera de las sesiones oficiales, desde hacía tres años, es decir, desde aquella noche en que, a punto de partir para Georgia, me prometiera apoyar la política de Lenin y la mía, para luego, al saber que Lenin no tenía salvación pasarse al campo estalinista. La primera vez que volvimos a encontrarnos, Kamenef apresurose a decirme:
         --No tiene usted más que presentarse en público, en la misma tribuna con Zinovief, y el partido reconocerá inmediatamente cual se su verdadero Comité central.
         Aquel optimismo burocrático no pudo por menos de hacerme reír. Por lo visto, Kamenef no daba importancia a toda la labor de desmoralización del partido que el “trío” había venido realizando por espacio de tres años. Así se lo hice notar, sin la menor consideración.
         La depresión de nivel revolucionario, que había comenzado a fines del año 23, o sea después de la derrota de la revolución conjurada sobre Alemania, cobraba contornos internacionales. En Rusia navegaba a velas desplegadas la reacción contra el movimiento de Octubre. La burocracia del partido propendía cada vez más abiertamente a la derecha. En estas condiciones, era pueril pensar que el solo hecho de unirnos, el triunfo se nos caería en las manos como una breva madura.
         --Hay que disponerse a luchar contando con que la campaña será larga – así se lo dije docenas de veces a nuestros aliados. Éstos, en el arrebato del primer momento, no quisieron hacer caso de mis palabras. Y como aquel arrebato no podía durar mucho, su celo de oposición iba marchitándose por días y por horas. Mi amigo Mratchkovski había acertado en su apreciación de las personas: Zinovief acabó por desertar de nuestro campo. Pero no se llevó consigo, ni mucho menos, a todos sus correligionarios. La segunda conversión de Zinovief asestó una herida incurable a la leyenda del “trotskismo”.


León Trotsky.
Mi vida. 
Marxists Internet Archive.

lunes, 17 de diciembre de 2018

OBITER DICTUM






“La perspectiva de Lenin puede expresarse brevemente por las siguientes palabras: la atrasada burguesía rusa es incapaz de realizar su propia revolución. La victoria completa de la revolución, por mediación de la “dictadura democrática del proletariado y los campesinos”, desterraría del país el medievalismo, imprimiría al capitalismo ruso el ritmo del americano, fortalecería el proletariado en la ciudad y en el campo y haría posible efectivamente la lucha por el socialismo. En cambio, el triunfo de la Revolución rusa daría enorme impulso a la revolución socialista en el Oeste, y ésta no sólo protegería a Rusia contra los riesgos de la restauración, sino que permitiría al proletariado ruso ir a la conquista del poder en un período histórico relativamente breve.”


León Trotsky.

jueves, 22 de septiembre de 2011

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE







EN EL PAÍS DE LAS MOMIAS


“Pues bien: a la revolución de Octubre hay que juzgarla a una distancia histórica aún mayor. Sólo gentes necias o de mala fe pueden acusarla de que en doce años no haya traído la paz y el bienestar para todos. Contemplada con el criterio de la Reforma o de la Revolución francesa, que representan, en una distancia de unos tres siglos, dos etapas en el camino de la sociedad burguesa, no puede uno por menos de admirarse que en un pueblo tan atrasado y solitario como Rusia se haya podido asegurar a la masa del pueblo, doce años después de la sacudida, un promedio de vida que, por lo menos, no es inferior al que se les brindaba en vísperas de la guerra. Ya esto, por sí solo, es un milagro. Pero, claro está que el sentido y la razón de ser de la revolución rusa no es ahí donde hay que buscarlos. Estamos ante el intento de un nuevo orden social. Es posible que este intento cambie y se transforme, fundamentalmente tal vez. Es seguro que habrá de adoptar un carácter totalmente distinto sobre la base de la nueva técnica. Pero, pasarán unas cuantas docenas de años, pasarán unos cuantos siglos, y el orden social que rija remontará la mirada a la revolución de Octubre como el régimen burgués de hoy hace con la Revolución francesa y la Reforma. Y ésto es tan claro, tan evidente, tan indiscutible, que hasta los profesores de Historia lo comprenderán; claro está que pasados unos cuantos años...Bien, ¿y de la suerte que en todo esto ha corrido su persona, qué me dice usted? Ya me parece estar oyendo esta pregunta, en la que la ironía se mezcla con la curiosidad. A ella, no puedo contestar con mucho más de lo que ya dejo dicho en las páginas del presente libro. Yo no sé que es eso de medir un proceso histórico con el rasero de las vicisitudes individuales de una persona. Mi sistema es el contrario: no sólo valoro objetivamente el destino personal que me ha cabido en suerte, sino que, aun subjetivamente, no acierto a vivirlo si no es unido de un modo inseparable a los derroteros que sigue la evolución social.
¡Cuántas veces, desde mi expulsión, he tenido que oír a los periódicos hablar y discurrir acerca de mi "tragedia" personal! Aquí no hay tragedia personal de ninguna especie. Hay, sencillamente, un cambio de etapas en la revolución. Un periódico norteamericano publicó un artículo mío, acompañándolo de la ingeniosa observación de que el autor, a pesar de todos los reveses sufridos, no había perdido, como el artículo demostraba, el equilibrio de la razón. No puede uno por menos de reírse ante esa pobre gente para quien, por lo visto, la claridad de juicio guarda relación con un cargo en el Gobierno y el equilibrio de la razón depende de los vaivenes del día. Yo no he conocido jamás, ni conozco, semejante relación de causalidad. En las cárceles, con un libro delante o una pluma en la mano, he vivido horas de gozo tan radiante como las que pude disfrutar en aquellos mítines grandiosos de la revolución. Y en cuanto a la mecánica del Poder, me pareció siempre que tenía más de carga inevitable que de satisfacción espiritual. Pero, mejor será que acerca de esto oigamos palabras muy discretas, dichas ya por otros: El día 26 de enero de 1917, Rosa Luxemburgo escribía a una amiga, desde la cárcel: "Eso de entregarse, por entero, a las miserias de cada día que pasa, es cosa para mí inconcebible e intolerable. Fíjate, por ejemplo, con qué fría serenidad se remonta un Goethe por encima de las cosas. Y sin embargo, no creas que no hubo de pasar por amargas experiencias: piensa tan sólo en la gran Revolución francesa, que, vista de cerca, seguramente tendría todo el aspecto de una mascarada sangrienta y perfectamente estéril, y en la cadena ininterrumpida de guerras que van desde 1793 a 1815... Yo no te pido que hagas poesías como Goethe, pero su modo de abrazar la vida --aquel universalismo de intereses, aquella armonía interior-- está al alcance de cualquiera, aunque sólo sea en cuanto aspiración. Y si me dices, acaso, que Goethe podía hacerlo porque no era un luchador político, te replicaré que precisamente un luchador es quien más tiene que esforzarse en mirar las cosas desde arriba, si no quiere dar de bruces a cada paso contra todas las pequeñeces y miserias... siempre y cuando, naturalmente, que se trate de un luchador de verdad..." ¡Magníficas palabras! Las leí por vez primera no hace muchos días y ellas me han hecho cobrar nuevo afecto y devoción por la figura de Rosa Luxemburgo.
En cuanto a doctrinas, carácter e ideología, no hay en Proudhon, esa especie de Robinsón Crusoe del socialismo, nada que me simpatice. Pero Proudhon era, por naturaleza, un luchador; era, intelectualmente, generoso; sentía un gran desdén hacia la opinión pública oficial y en él ardía esa llama inextinguible del afán acuciante y universal de saber. Esto le permitía estar por encima de los vaivenes de la vida personal y por encima de la realidad circundante.
El día 26 de abril de 1852, Proudhon escribía a un amigo desde la prisión: "El movimiento, indudablemente, no es normal ni sigue una línea recta; pero la tendencia se mantiene constante. Todo lo que los Gobiernos hagan, primero unos y luego otros, en provecho de la revolución, es cosa que ya no se puede desarraigar; en cambio, lo que contra ella se intenta, se evapora como una nube. Yo disfruto de este espectáculo, cada uno de cuyos cuadros sé interpretar; asisto a esta evolución de la vida en el universo como si desde lo alto descendiese sobre mí su explicación; lo que a otros destruye, a mí me exalta, me enardece y me conforta; ¿cómo, pues, puede usted pretender que me lamente de mi suerte, que me queje de los hombres y los maldiga? ¿La suerte? Me río de ella. Y en cuanto a los hombres, son demasiado necios y están demasiado envilecidos, para que yo pueda reprocharles nada."
Pese al regusto de patetismo eclesiástico que hay en ellas, también éstas son palabras muy bien dichas, y yo las suscribo.”


León Trotsky.
Mi vida.
Marxists Internet Archive.