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viernes, 31 de mayo de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





No es el muerto quien provoca el estupor
es la sorpresa de ver cómo olvidamos
su propia muerte, nuestro gran dolor.
Queda el muerto, nosotros nos marchamos.

No es el muerto, no, quien se retira.
Somos nosotros que vamos discutiendo,
sobre el cadáver que mudo nos mira,
la posibilidad de seguir sobreviviendo.

Cuando en la memoria al muerto divisamos
(juegos del tiempo, macabro escandiador)
no es pues al muerto a quien estamos viendo:

Somos nosotros que tétricos quedamos
al ver cómo miramos sin horror
al que en el gran horror se va pudriendo.


                                        Reinaldo Arenas

jueves, 30 de mayo de 2013

OBITER DICTUM

 




«Muchas veces me he preguntado por qué me incliné al comunismo. En primer lugar me atrajo su fórmula simplista para resolver el problema social. Al desaparecer los capitalistas y la propiedad privada sobre los medios de producción, las clases sociales perderían su razón de ser y la sociedad entraría en una etapa ininterrumpida de progreso moral y material. Un Estado basado en estos principios, tenía necesariamente que gobernar en beneficio de todo el pueblo. Lo que toda esta utopía resultaba en realidad, lo supe mucho más tarde.»


Manuel Tagüeña.


lunes, 27 de mayo de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



AUSCHWITZ



“A medida que iba amaneciendo se hacían visibles los perfiles de un inmenso campo: la larga extensión de la cerca de varias hileras de alambrada espinosa; las torres de observación; los focos y las interminables columnas de harapientas figuras humanas, pardas a la luz grisácea del amanecer, arrastrándose por los desolados campos hacia un destino desconocido. Se oían voces aisladas y silbatos de mando, pero no sabíamos lo que querían decir. Mi imaginación me llevaba a ver horcas con gente colgando de ellas. Me estremecí de horror, pero no andaba muy desencaminado, ya que paso a paso nos fuimos acostumbrando a un horror inmenso y terrible. A su debido tiempo entramos en la estación. El silencio inicial fue interrumpido por voces de mando: a partir de entonces íbamos a escuchar aquellas voces ásperas y chillonas una y otra vez, en todos los campos. Sonaban igual que el último grito de una víctima, y sin embargo había cierta diferencia: eran roncas, cortantes, como si vinieran de la garganta de un hombre que tuviera que estar gritando así sin parar, un hombre al que asesinaran una y otra vez…”


Viktor Frankl

jueves, 23 de mayo de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE










EN EL BALLENERO


“Había una cosa curiosa en la tripulación del Esperanza. El hombre que firmaba como primer oficial era un hombrecillo enclenque y desmejorado, a todas luces incapaz de cumplir sus funciones. Por su parte, el pinche era un gigantón barbitaheño, de piel ronceada, miembros enormes y voz estentórea. Pero, en el momento mismo de zarpar, el oficial decrépito desapareció en la cocina para hacer de pinche durante la travesía, mientras el fornido pinche se dirigía a la popa para ejercer las funciones de oficial jefe. ¿Explicación? Pues que uno tenía certificado, pero ya no estaba para muchas aventuras, mientras que el otro no sabía ni leer ni escribir, pero era un marinero excelente. Así, mediante un pacto, del que era cómplice toda la tripulación, intercambiaban los papeles cuando el barco se daba a la mar.
Colin McLean, uno ochenta y cinco de estatura, tieso y robusto, barba de fuego que desbordaba por las tiras de la gorra, era oficial por selección natural, título superior a cualquier certificado expedido por el Ministerio de Comercio. Su único fallo era su carácter demasiado arrebatado: bastaba muy poco para que se lo llevaran los demonios. Recuerdo que pasé una noche tratando de separarlo del camarero, el cual había cometido la temeridad de criticar su manera de perseguir en cierta ocasión a una ballena, que se le había escapado. Los dos marineros habían bebido bastante ron, lo que había vuelto a uno discutidor y al otro violento,  heme aquí sentado con ellos en un espacio de aproximadamente siete pies por cuatro, haciendo lo humano y lo divino para que la disputa no degenerara en homicidio. De vez en cuando, justo cuando y9o creía que ha había pasado el peligro, el camarero volvía con la cantinela: “No te ofendas, Colin, lo único que digo es que, si hubiera sido un poco más rápido con el pez…” No recuerdo cuántas veces empezó esta frase; pero ni una sola vez la terminó, pues a la palabra “pez” Colin siempre lo agarraba del cuello, y, a mi vez, yo agarraba a éste por la cintura, y los tres nos agarrábamos hasta el agotamiento de las fuerzas y del resuello. Luego, cuando el camarero había recobrado un poco el aliento, volvía otra vez con la maldita frase, y la palabra “pez” era la señal para el inicio de otra agarrada. Creo sinceramente que, si yo no hubiera terciado, el oficial de cubierta lo habría malherido, pues era el hombre más iracundo que he visto en mi vida.
En total, había a bordo cincuenta hombres, la mitad escoceses y la otra mitad de las Shetland, a los que recogimos en Lerwick. Estos últimos eran más ecuánimes, tratables, tranquilos, honrados y mejor hablados; mientras que los marineros escoceses eran más conflictivos, pero también más viriles y de carácter más fuerte. Los oficiales y arponeros eran todos escoceses, pero, como marineros ordinarios, y especialmente como barqueros, los de Shetland eran ideales.”


Arthur Conan Doyle. Memorias y aventuras. Valdemar.

martes, 21 de mayo de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





Y SIN EMBARGO SÉ QUE SON TINIEBLAS...

Y sin embargo sé que son tinieblas
las luces del hogar a que me aferro,
me agarro a una mampara, a un hondo hierro
y sin embargo sé que son tinieblas.

Porque he visto una playa que no olvido,
la mano de mi madre, el interior de un coche,
comprendo los sentidos de la noche,
porque he visto una playa que no olvido.

Cuando de pronto el mundo da ese acento
distinto, cobra una intimidad exterior que sorprendo,
se oculta sin callar, sin hablar se revela,

comprendo que es el corazón extinto
de esos días manchados de temblor venidero
la razón de mi paso por la tierra.


Fina García Marruz

sábado, 18 de mayo de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE







ADIÓS, BEBO



“Yo soy un hombre democrático totalmente. Mientras que tú no infrinjas la ley, haz lo que te dé la gana y lo que tú quieras. Ahora, no me obligues a mí a hacer lo que tú haces. Eso es todo.
Empezaron insinuando que trabajaba para los… (gángsteres), y en todos los casinos los había, pero si no te metías con ellos o les quitabas la chica no pasaba nada; luego que si tocaba piezas americanas, ¿y cómo no las iba a tocar si la mayor parte del público de Tropicana procedía de Estados Unidos o Canadá? Y, finalmente me hicieron la vida imposible.”

“Mandaron a Luis Yáñez, un comunista bravo que estaba a cargo del personal. Era compositor. (Yáñez había sido miembro del movimiento de feeling en los años cuarenta.) Es un hombre que era amigo mío, pero la represión tumba a los hombres y los hace chivatos y los hace mierdas. Era un protegido mío. Yo le hice muchos arreglos. Pero vino la revolución y las cosas cambiaron. A ése, que tan cercano era, lo pusieron de espía. Vivía hasta en el mismo lugar donde yo vivía. A ése mandaron a proponerme esto.”

“Yo no soy político, pero ese sistema… no me va. Como no quise integrarme, me botaron de todas partes. Entraron (a dirigir los centros donde se producía música) individuos que de música no sabían nada, y me tumbaban cada vez que ellos me decían:”Compañero, que hay que hacer esto así”, y yo decía que no. Pasé al Havana Hilton, y me tumbaron; al Habana Riviera, y me tumbaron; era director (musical) de El show de las 7 de Radio Progreso, y me tumbaron… Al gobierno le molestó que yo, siendo de Cuba, fuera un compositor que no pertenecía a una sociedad cubana, sino americana. Les dije: “Cuestión de negocios; yo soy músico, no político”. Pero nada. No aceptas lo que ellos te dicen y no te (admiten). Te quedas fuera y ya.”

“Cuando me fui, ya me habían amenazado con veinte años de cárcel, como hicieron con muchos amigos. Mira, aquí, damos paredón a cualquiera, eso era lo que te decían los que iban vestidos de paisano, que tenían mucho que ver. Un día fui a una transmisión a la radio, y al entrar me ponen la metralleta y me dicen: “Tú no puedes entrar”. Y digo: “Pero, mi orquesta toca a las siete…”. Y responden “Aquí la única persona que no está integrada eres tú”. Ésa era la palabra. Y tenías que ir (a donde) te mandara el miliciano, y hacer lo que te dijera. Yo estaba muy mal visto. Los mejores amigos, yo no los critico y los quiero, pero se quedaron. Así que paredón y veinte años de cárcel, y entonces llame a Reiter y lo preparé todo para irme. No se lo dije a nadie, ni a mi orquesta ni a mi hijo. No podía.”

“Un día vino a casa un capitán de la guardia revolucionaria. Quería que yo le acompañase a la plaza, donde Castro estaba dando un discurso. Le pregunté si habría música y me contestó que Castro era música. Me exigían que me afiliara al Partido. Mi libertad de movimiento se estaba disminuyendo.”

“Abandonar a tus hijos y abandonar tu casa con un contrato incierto y sabiendo que no podías volver más a tu tierra. Hice como Cortés en Veracruz (cuando) quemó las naves… Me dijeron bien: “O te vas o vas preso o te fusilamos. O estás con nosotros o no estás”. Yo tuve que escoger. Mi padre me dio un abrazo y me dijo que no le iba a ver más. No lo vi más. La última vez que habló conmigo, en 1977,  mi mamá dijo que aunque olvidara nunca olvidara lo que fue mi padre y lo que yo fui… Yo sabía que todo lo iba a perder (pero) si tuviera que (tomar) una decisión de nuevo (tomaría) la misma decisión y nada me remordería.”


Mats Lundahl. Bebo de Cuba. RBA Libros.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





LLUEVE   

  Y llueve.

Llueve un dolor
seco clavado de miradas.
Llueve entre los zarzales
nevados de mi amor enfermo.
Llueve sin esperanza ni cura.
Llueve sobre el desierto
helado que habitamos.

  Y llueve.

Llueve sobre cada
palabra que pisas,
piensas o pronuncias.
Sobre cada beso que os debo.
Incluso llueve cuando
afirmo entre dientes
que ya no, ya no llueve.

  Y llueve.

Llueve cuando miro
y cuando no te miro
porque veo pero no te veo.
Y llueve y llueve y llueve…
un dolor seco, sin remedio,
que huele a partida inmediata.
Sé que ya no dejará de llover.

                        Silvano Lago




domingo, 12 de mayo de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





ALGÚN BAR


“Yo he pasado en los bares horas deliciosas. El bar es para mí un lugar de meditación y recogimiento, sin el cual la vida es inconcebible. Costumbre antigua, robustecida con los años. Al igual que san Simeón el Estilista que, desde lo alto de su columna, hablaba con su Dios invisible, yo, en los bares, he pasado largos ratos de ensueño, hablando rara vez con el camarero y casi siempre conmigo mismo, invadido por cortejos de imágenes a cual más sorprendente. Ahora, con tantos años como el siglo, apenas salgo de casa. Pero, a la hora sagrada del aperitivo, a solas en el cuartito en el que guardo mis botellas, me gusta recordar los bares que amé.
Ante todo, debo puntualizar que para mí no es lo mismo el bar que el café. Por ejemplo, en París nunca pude encontrar un bar cómodo. Por el contrario, es una ciudad abundante en admirables cafés. Dondequiera que uno se encuentre, de Belleville a Auteuil, no debe temer que le falte una mesa a la que sentarse ni un camarero para tomar nota. ¿Se podría imaginar París sin sus cafés, sus maravillosas terrazas, o sin sus estancos? Sería como vivir en una ciudad devastada por una explosión atómica.
Una gran parte de la actividad surrealista se desarrolló en el café «Cyrano» de la place Blanche. A mí me gustaba también el «Sélect» de los Campos Elíseos y fui invitado a la inauguración de «La Coupole» de Montparnasse. Allí me citaron Man Ray y Aragon para preparar el estreno de Un chien andalou. No podría citarlos todos. Sólo quiero decir que el café es charla, ir y venir y el trato, bullicioso a veces, de las mujeres.
Por el contrario, el bar es un ejercicio de soledad.
Tiene que ser, ante todo, tranquilo, más bien oscuro y muy cómodo. Toda clase de música, incluso música lejana, debe estar absolutamente desterrada (al contrario de la infame costumbre que hoy se extiende por el mundo). Una docena de mesas a lo sumo, a ser posible, con clientes habituales y poco comunicativos.
Me gusta, por ejemplo, el bar del «Hotel Plaza», de Madrid. Está instalado en el sótano, lo cual es excelente, ya que hay que desconfiar de los paisajes. El maître me conoce bien y me lleva inmediatamente a mi mesa favorita, junto a la pared. La luz ambiente es discreta, pero las mesas están suficientemente iluminadas.
De Madrid me gustaba también mucho «Chicote», lleno de preciosos recuerdos. Pero es más para ir con los amigos que para meditar en solitario.En el «Hotel del Paular», al norte de Madrid, instalado en uno de los patios de un magnífico monasterio gótico, yo solía tomar el aperitivo por la noche en una sala muy larga con columnas de granito. Salvo los sábados y los domingos, siempre días nefastos en los que los turistas y los chiquillos ruidosos andaban por todas partes, yo estaba prácticamente solo, rodeado de reproducciones de cuadros de Zurbarán, uno de mis pintores favoritos. A lo lejos, de vez en cuando, pasaba la silenciosa sombra de un camarero, respetando mi recogimiento alcohólico.
Puedo decir que llegué a querer aquel lugar tanto como a un viejo amigo. Al fin de una jornada de paseo y de trabajo, Jean-Claude Carrière, que colaboraba en el guión, me dejaba solo durante tres cuartos de hora. Luego, puntualmente, sus pasos sonaban en el suelo de baldosas de piedra, se sentaba frente a mí y yo tenía la obligación —así lo habíamos acordado, pues estoy convencido de que la imaginación es una facultad de la mente que puede ejercitarse y desarrollarse al igual que la memoria—, decía que yo tenía la obligación de contarle una historia, corta o larga, que hubiera inventado durante mis cuarenta y cinco minutos de ensoñación, que podía o no tener relación con el guión en que estábamos trabajando y ser cómica o melodramática, sangrienta o seráfica. Lo importante era contar algo.
A solas con las reproducciones de Zurbarán y las columnas de granito, esa piedra admirable de Castilla y con mi bebida favorita (en seguida vuelvo sobre esto), me abstraía sin esfuerzo, abriéndome a las imágenes, que no tardaban en desfilar por la sala. A veces, mientras pensaba en asuntos familiares o en proyectos prosaicos, de repente ocurría algo extraño, se perfilaba una escena sorprendente, aparecían personajes que hablaban de sus problemas. Alguna vez, solo en mi rincón, me echaba a reír. Cuando me parecía que aquella inesperada situación podía ser útil para el guión, volvía atrás, procurando poner orden y encauzar mis errantes ideas.
Guardo excelente recuerdo del bar del «Hotel Plaza», de Nueva York, a pesar de que era un punto de reunión muy frecuentado (y vedado a las mujeres). Yo solía decir a mis amigos, algo que ellos han podido comprobar varias veces: «Si pasas por Nueva York y quieres saber si estoy allí, ve al bar del “Plaza” a las doce del día. Si estoy en Nueva York, allí me encontrarás.» Desgraciadamente, este bar magnífico, con vistas a Central Park, ha sido invadido por el restaurante. Del bar propiamente dicho no quedan más que dos mesas.
Por lo que respecta a los bares mexicanos que frecuento, me gusta mucho, en México capital, el de «El Parador», pero es para ir con amigos, como «Chicote». Durante mucho tiempo pasaba muy buenos ratos en el bar del hotel de «San José Purúa», en el Michoacán, adonde solía retirarme a escribir mis guiones durante más de treinta años.
El hotel está situado en el flanco de un gran cañón semitropical. Por tanto, las ventanas del bar se abrían a un paisaje espléndido, lo cual, en principio, es un inconveniente. Por suerte, delante de la ventana, tapando un poco el paisaje, crecía un zirando, árbol tropical de ramas ligeras, entrelazadas como una maraña de largas serpientes. Yo dejaba vagar la mirada por aquel inmenso amasijo de ramas, resiguiéndolas como si fueran los sinuosos hilos de múltiples historias y viendo posarse en ellas ora un búho, ora una mujer desnuda, etc.
Lamentablemente, y sin razón válida alguna, el bar se cerró. Aún nos veo a Silberman, a Jean-Claude y a mí, en 1980, vagando por el hotel como almas en pena, en busca de un lugar aceptable, Es un mal recuerdo, Nuestra época devastadora que todo lo destruye no respeta ni los bares.”


Luis Buñuel. Mi último suspiro. Random House Mondadori.

viernes, 10 de mayo de 2013

ALLÁ EN LAS INDIAS






PERLAS


        “Pues que se han dicho de algunas cosas que no son de tanta estimación o prescio como las perlas, justo me parece que diga la manera de cómo se pescan, y es así: en la costa del norte, en Cubagua y Cumaná, que es donde aquesto más se ejercita, según plenariamente yo fui informado de indios y cristianos, dicen que salen de aquella isla de Cubagua muchos indios, que allí están en cuadrillas de señores particulares, vecinos de Santo Domingo y Sant Juan, y en una canoa o barca vanse por la mañana cuatro o cinco o seis o más, y donde les parece o saben ya que es la cantidad de las perlas, allí se paran en el agua, y échanse para abajo a nado los dichos indios, hasta que llegan al suelo y queda en la barca uno, la cual tiene queda todo lo que él puede, atendiendo que salgan los que han entrado debajo del agua, y después de gran espacio ha estado así debajo, sale fuera encima del agua y nadando se recoge a su barca, y presenta y pone en ella las ostias que saca, porque en ostias se hallan las dichas perlas, y descansa un poco, y come algún bocado, y después torna a entrar en el agua y está allí lo que puede, y torna a salir con las ostias que ha tornado a hallar, y hace lo que primero, y de esta manera todos los demás que son nadadores para este ejercicio, hacen lo mismo; y cuando viene la noche, y les paresce tiempo de descansar, vanse a la isla a su casa, y entregan las dichas ostias al mayordomo de su señor, que de los dichos indios tiene cargo; y aquel háceles dar de cenar, y pone en cobro las dichas ostias; y cuando tiene copia, hace que las abran, y en cada una hallan las perlas o aljófar, dos, y tres y cuatro, y cinco, y seis, muchos más granos según natura allí los puso, y guárdanse las perlas y aljófar que en las dichas ostias se hallan, y cómense las hostias si quieren, o échanlas al mar, porque hay tantas, que aborrecen, y todo lo que sobra de semejantes pescados enoja, cuanto más que ellas son muy duras y no tan buenas para comer como las de España.”


Gonzalo Fernández de Oviedo. 
Historia general y natural de las Indias.

miércoles, 8 de mayo de 2013

OBITER DICTUM




                                              “Consistía en escribir a los autores más en boga: Anatole France, Mirbeau,  Hervieu, Lavedan,  Marcel  Prévost,  Sardou, Donnay,  Huysmans... —todos vivían en mi orilla—-, pidiéndoles, en nombre de cualquiera de los semanarios ilustrados donde yo colaboraba, «el honor de una entrevista». Este favor lo obtenía siempre —los artistas extranjeros no desaprovechan ningún elogio, y hacen bien—; la entrevista se celebraba, y el tres cher maitre, informado de que yo preparaba un estudio completo de su obra, me daba una carta en la que pedía para mí a su editor todos sus libros. En estas pequeñas zancadillas no había traición ni fraude: yo, con la mejor buena fe, escribía mi entrevista con «el gran hombre», leía sus libros y después, poco a poco, los llevaba a casa del «bouquiniste». Generalmente, me pagaban los volúmenes a un franco o a un franco veinticinco; pero como la producción de cualquiera de aquellos autores ilustres era considerable —siempre de veinte tomos en adelante—, y las subsistencias infinitamente más baratas que lo son ahora, sucedía que con «un Paul Bourget» y «un Alfred Capus», por ejemplo, resolvía mi vida de una semana.”

Eduardo Zamacois.

viernes, 3 de mayo de 2013

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





              LES CHERCHEUSES DE POUX


Quand le front de l'enfant, plein de rouges tourmentes,
Implore l'essaim blanc des rêves indistincts,
Il vient près de son lit deux grandes soeurs charmantes
Avec de frêles doigts aux ongles argentins.

Elles assoient l'enfant auprès d'une croisée
Grande ouverte où l'air bleu baigne un fouillis de fleurs,
Et dans ses lourds cheveux où tombe la rosée
Promènent leurs doigts fins, terribles et charmeurs.

Il écoute chanter leurs haleines craintives
Qui fleurent de longs miels végétaux et rosés
Et qu'interrompt parfois un sifflement, salives
Reprises sur la lèvre ou désirs de baisers.

Il entend leurs cils noirs battant sous les silences
Parfumés ; et leurs doigts électriques et doux
Font crépiter parmi ses grises indolences
Sous leurs ongles royaux la mort des petits poux.

Voilà que monte en lui le vin de la Paresse,
Soupirs d'harmonica qui pourrait délirer ;
L'enfant se sent, selon la lenteur des caresses,
Sourdre et mourir sans cesse un désir de pleurer.



                                                                     
Arthur Rimbaud.