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miércoles, 8 de mayo de 2013

OBITER DICTUM




                                              “Consistía en escribir a los autores más en boga: Anatole France, Mirbeau,  Hervieu, Lavedan,  Marcel  Prévost,  Sardou, Donnay,  Huysmans... —todos vivían en mi orilla—-, pidiéndoles, en nombre de cualquiera de los semanarios ilustrados donde yo colaboraba, «el honor de una entrevista». Este favor lo obtenía siempre —los artistas extranjeros no desaprovechan ningún elogio, y hacen bien—; la entrevista se celebraba, y el tres cher maitre, informado de que yo preparaba un estudio completo de su obra, me daba una carta en la que pedía para mí a su editor todos sus libros. En estas pequeñas zancadillas no había traición ni fraude: yo, con la mejor buena fe, escribía mi entrevista con «el gran hombre», leía sus libros y después, poco a poco, los llevaba a casa del «bouquiniste». Generalmente, me pagaban los volúmenes a un franco o a un franco veinticinco; pero como la producción de cualquiera de aquellos autores ilustres era considerable —siempre de veinte tomos en adelante—, y las subsistencias infinitamente más baratas que lo son ahora, sucedía que con «un Paul Bourget» y «un Alfred Capus», por ejemplo, resolvía mi vida de una semana.”

Eduardo Zamacois.