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martes, 10 de junio de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






CANCIONES



“--La ruta comercial es el Trazo de Canción—afirmó Flynn. –Porque el principal medio de intercambio son las canciones, no los objetos. Comerciar con “objetos” es la consecuencia secundaria del intercambio de canciones.
Antes de que llegaran los blancos, añadió, en Australia nadie carecía de tierra, porque todos y todas heredaban, como propiedad privada, un tramo de la Canción del Antepasado  y el tramo de terreno sobre el cual discurría la canción. Los versos de cada individuo eran sus títulos de propiedad sobre el territorio. Podía prestárselos a otro. Podía tomar prestados otros versos en canje. Lo único que no podía hacer era venderlos o deshacerse de ellos.
¿Y si los Ancianos del clan de la Serpiente Pitón resolvían que era hora de cantar su ciclo de canciones desde el comienzo hasta el fin? Se despachaban mensajes, camino arriba y camino abajo, convocando a los dueños de canciones para que se congregaran en el Lugar Grande. Entonces, cada “propietario” cantaba, cuando le llegaba el turno, su tramo de las huellas del Antepasado. ¡Siempre en el orden correcto!
--Cantar un verso fuera de lugar—manifestó Flynn con talante ceñudo, --era un crimen. Generalmente se castigaba con la pena de muerte.
--Lo entiendo—asentí. – Sería el equivalente musical de un terremoto.
--Peor—sentencio con cara torva. –Implicaría “descrear” la Creación.
Allí donde había un Lugar Grande, continuó, existía la posibilidad de que convergieran los otros Ensueños. De modo que en uno de los corroborees podían participar cuatro clanes totémicos distintos, de cualquier cantidad de tribus diferentes, todos los cuales intercambiarían cantos, danzas, hijos e hijas, y se concederían mutuamente “derechos de paso”.
Cuando pase más tiempo aquí—comentó, volviéndose hacia mí, --oirá la expresión “adquirir conocimiento ritual”.
Todo ello significaba que el individuo estaba ampliando su mapa de canciones. Estaba expandiendo sus opciones, explorando el mundo a través de la canción.
--Imagine a dos hermanos negros que se encuentran por primera vez en una taberna de Alice—dijo. –Uno ensayará un Ensueño. El segundo ensayará otro. Entonces es seguro que algo encajará…
--Y ése—intervino Arkadi, --será el comienzo de una hermosa amistad en torno de la botella.
Todos rieron al oírlo, menos Flynn, que continuó hablando.
La clave siguiente, manifestó, consistía en entender que todo ciclo de canciones saltaba a través de las barreras idiomáticas, independientemente de tribus o fronteras. La huella de un Ensueño podía nacer en el Noroeste, cerca de Broome; desovillar su trayecto a través de veinte o más lenguas; y desembocar en el mar cerca de Adelaida.
--Y sin embargo—dije, --es la misma canción.
-- Los nuestros—dictaminó Flynn, --afirman que reconocen una canción por su “sabor” o su “olor”… y a lo que se refieren, por supuesto, es a la “cadencia”. La cadencia sigue siendo siempre la misma, desde los primeros acordes hasta el final.
         --La letra puede cambiar—volvió a interrumpirlo Arkadi, --pero la melodía perdura-
         --¿Eso significa que un joven andariego podría cantar su camino de un extremo a otro de Australia con la única condición de que pudiera tararear la melodía correcta?—inquirí.
         --Teóricamente, sí—asintió Flynn.
         Alrededor de 1900, un habitante de Arnhemland atravesó el continente a pie en busca de esposa. Se casó en la costa sur y volvió caminando con su esposa y su flamante cuñado. Luego el cuñado se casó con una chica de Arnhemland y la llevó andando hasta el sur.
         --Pobres mujeres—comenté.
         --Es la aplicación práctica del tabú del incesto—explico Arkadi. – Si quieres sangre fresca, tienes que caminar para conseguirla.”


Bruce Chatwin. Los trazos de la canción. Muchnik Editores.