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lunes, 5 de octubre de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




SOBRE LA REVOLUCIÓN


        “De nuevo una llegada tranquila. No había taxis para llevarnos a la ciudad, pero sí viejos coches de caballos. Poca gente por el paseo de Colón. Pero luego, al doblar la esquina de las Ramblas (la arteria principal de Barcelona), nos hemos llevado una sorpresa tremenda: ante nuestros ojos, la revolución. Era sobrecogedor. Como si acabáramos de llegar a un continente distinto de todo lo que había visto hasta ahora.
        La primera impresión: obreros armados con fusiles al hombro pero vestidos de paisano. Quizá un treinta por ciento de los hombres que había en las Ramblas llevaba fusiles, aunque no fueran policías ni militares uniformados. Armas, armas y más armas. Eran, muy pocos los proletarios armados que vestían los nuevos y flamantes uniformes azul marino de las milicias. Se les veía sentados en los bancos o bien paseando por las aceras de las Ramblas, con sus fusiles sobre el hombro derecho y, en muchos casos, con sus novias cogidas del brazo izquierdo. Salían en grupos para patrullar los barrios periféricos; o estaban plantados como guardias a la entrada de los hoteles, edificios de la administración y grandes tiendas; o permanecían agazapados tras las pocas barricadas que quedan en pie, perfectamente construidas con adoquines y sacos terreros (en su mayor parte ya las han eliminado, y han reparado rápidamente el pavimento destruido); o conduciendo a toda velocidad innumerables coches modernos que han expropiado y pintado con letras blancas de las siglas de sus respectivos partidos: CNT-FAI, UGT, PSUC, POUM, o con todas esas siglas a la vez, para manifestar su adhesión al movimiento en general. Algunos de los coches llevaban simplemente las letras UHP (¡Uníos, hermanos proletarios!), el eslogan que se hizo famoso en la rebelión de Asturias de 1934. El hecho de que todos esos hombres armados se pasearan, marcharan o fueran en coche con la ropa de calle hacía aún más impresionante esta exhibición del poder que tienen los obreros de las fábricas. Evidentemente, la cantidad de anarquistas, reconocibles por sus insignias rojas y negras, era abrumadora. ¡Y ni un solo burgués! ¡Ya no había jovencitas bien vestidas ni señoritos modernos por las Ramblas! Tan sólo obreros y obreras; ¡ni siquiera se veían sombreros! La Generalitat ha recomendado por radio a la gente que no los lleve porque podría parecer «burgués» y causar mala impresión. Las Ramblas no son menos pintorescas que antes pues están llenas de infinita variedad de azules, rojos y negros de las insignias de los partidos, las corbatas, los llamativos uniformes de las milicias. ¡Pero qué contraste con el brillante colorido de las muchachas catalanas de clase alta de antaño!
        La cantidad de expropiaciones llevadas a cabo en pocos días desde el 19 de julio es casi increíble. Las organizaciones obreras han requisado, con una o dos excepciones, todos los grandes hoteles (pero no los han quemado, tal como informaban muchos periódicos). Lo mismo ha pasado con la mayoría de las tiendas más importantes. Muchos bancos están cerrados, mientras que otros tienen pintadas que los proclaman bajo el control de la Generalitat. Nos han dicho que casi todos los patronos han huido o han sido asesinados y que los obreros se han hecho cargo de sus fábricas. Por todas partes hay grandes carteles fijados en las fachadas de los edificios más admirables que indican que han sido expropiados y explican que, o bien ahora los gestiona la UGT, o bien una organización en concreto se ha apropiado del edificio para sus tareas organizativas.”

Franz Borkenau.
El reñidero español.
Ediciones Peninsula.