lunes, 13 de septiembre de 2021

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






CHA


«Mi kurumaya dice llamarse «Cha». Lleva un sombrero blanco que parece la punta de una seta gigantesca; una chaqueta corta de mangas anchas; pantalones azules ajustados como leotardos, que le llegan a los tobillos; y unas sandalias ligeras de paja que van atadas a sus pies desnudos con cuerdas de fibra de palmito. Sin duda, personifica toda la paciencia, resistencia y artero poder de persuasión de su gremio. Ya ha manifestado su capacidad para hacer que le dé más de lo que la ley permite; y en vano me han puesto en guardia contra él. Pues la primera sensación que se experimenta al tener a un ser humano por caballo, brincando de arriba abajo durante horas entre dos largueros, basta por sí sola para despertar un sentimiento de compasión. Y cuando resulta que este ser humano, que de ese modo trota entre los largueros, con todas sus esperanzas, recuerdos, sentimientos y vivencias, posee la más dulce de las sonrisas y la facultad de devolver el menor favor mediante una vistosa exhibición de infinita gratitud, la compasión se transforma en solidaridad, y suscita impulsos irracionales de autosacrificio. Creo que el espectáculo del abundante sudor tiene también algo que ver con el sentimiento, pues te hace pensar en el precio de los latidos y las contracciones musculares, y también de los resfriados, congestiones, y pleuresías. Las ropas de Cha están empapadas, y él se seca el rostro con una toallita color azul celeste con figuras blancas de brotes de bambú y gorriones, toalla que lleva enrollada en la muñeca mientras corre.»

Lafcadio Hearn.
En el país de los dioses.
El Acantilado.